ARTÍCULO

Los caminos de la memoria

 

La coincidencia en el tiempo de la aparición de memorias de los hermanos Carlos y Jorge Semprún –las del primero explícitas y las del segundo evocación literaria de unos años decisivos– autoriza una reflexión sobre el género, sus características y sus diferencias.

En primer lugar, una constatación. La literatura española actual está cuajada de memorialismo: Juan Cruz, Terenci Moix, Alberto Oliart, Manuel Vicent, Jesús Pardo, Carlos Castilla del Pino, Oriol Bohigas, Román Gubern, Carlos Luis Álvarez (Cándido), Eduardo Haro Tecglen, Gregorio PecesBarba, Simón Sánchez Montero, entre otros, han publicado sus recuerdos durante los últimos tiempos. Incluso acaban de reeditarse las de Joan de Sagarra. Abundan también los diarios: aparecen periódicamente los del escritor Andrés Trapiello, se convierten en un best seller los «cuadernos robados» a Manuel Azaña, se publican de forma parcial los de Max Aub. El género, muy extenso y de fronteras difusas, vive un momento de esplendor.

Los libros de memorias en circulación van desde los que constituyen un fenómeno puramente mediático –Naomi Campbell, por ejemplo, que ya tiene el suyo– hasta los de interés histórico, escritos por intelectuales o políticos. También los hay valiosos por su misma calidad literaria, como ocurre con los de Antonio Martínez Sarrión.

El auge tanto de la escritura como de la lectura de memorias y diarios tiene sin duda algo que ver con la cuestión de la identidad personal y colectiva. En muchos casos, están relacionados con una crisis de identidad, con el exilio o el simple viaje, con el cambio de lengua, de medio de vida o de clase social. O, simplemente, con observarse a uno mismo. Y de todo ello hay en la historia personal de los dos hermanos Semprún.

El comunismo, en el que ambos incurrieron, es una identidad fuerte, una identidad total y, por tanto, la ruptura es traumática y necesita de explicación. De ahí la intensidad de las memorias de comunistas y ex comunistas, que constituyen prácticamente un subgénero: Silone y London son el paradigma de estas últimas. Sólo en el ámbito español pueden mencionarse muchos recuentos tanto de comunistas que han permanecido tales como de ex comunistas. Entre los primeros, el Cambio de rumbo de Ignacio Hidalgo de Cisneros, el Después de todo de Luis Galán –sin duda entre los mejores– y los libros relacionados con la guerra civil, muy numerosos: Juan Modesto, Enrique Líster, Manuel Tagüeña, Jesús Izcaray. Entre los segundos, Jesús Hernández, Valentín González –El Campesino–, Enrique Castro Delgado y el mismo Jorge Semprún en su Autobiografía de Federico Sánchez. En cualquier caso, la prudencia que imponía el franquismo hizo que éstos no fueran en España tan frecuentes como en otros países europeos.

Jorge Semprún (Madrid, 1923) no podía faltar a la cita de la memoria. Todo escritor es memorialista por definición, pero él lo es particularmente. Su obra está impregnada de recuerdos en su totalidad, pero al menos tres de sus libros publicados en español (Autobiografía de Federico Sánchez, Federico Sánchez se despide de ustedes y este Adiós, luz de veranos...) están basados en memorias personales en sentido estricto. De hecho, en la mayor cadena de librerías de España, Adiós... figura entre los libros más vendidos en la lista llamada de no ficción, de acuerdo con el criterio anglosajón que poco a poco se va imponiendo entre nosotros. La Autobiografía fue muy significativa en su momento, esto es, poco después de la legalización del Partido Comunista en la transición. Supuso –y el premio Planeta aumentó su resonancia– la intervención en la vida política española de quien entonces era ya un escritor francés. Semprún consiguió más en términos políticos con un libro que en sus más de diez años como dirigente clandestino del Partido Comunista.

Hoy, ya poco más se puede decir contra el comunismo. El «libro negro» supone una recapitulación final de sus horrores. En Francia desató una cierta polémica periodística; en España ha tenido una repercusión limitada al ámbito intelectual. El filón comercial está agotado. Las memorias de los Semprún –de ambos– ya no tienen aquella relevancia política, pero sí más importancia social, literaria y hasta histórica. Jorge fue ministro de Cultura en uno de los gabinetes socialistas y, además de su gestión, tuvo un cierto protagonismo en la pugna –hoy también historia– entre guerristas y felipistas. Declaró entonces que cuando de verdad iba a hacer política sería cuando dejara el ministerio. Felizmente no ha sido así y hoy continúa su trayectoria de escritor.

Carlos Semprún (Madrid, 1926), por el contrario, nunca ha participado del poder. Su trayectoria va del comunismo ortodoxo al heterodoxo (Frente de Liberación Popular, Acción Comunista), de éste a la acracia y de la acracia a la adhesión tardía a la democracia liberal (p. 255). Ha recorrido, por tanto, todo el espectro ideológico. Sus memorias se llaman –sin duda por el ingenio que derrochan los editores a la hora de titular– El exilio fue una fiesta. Pero poco de festivo aparece en el libro.

Los dos hermanos Semprún, junto al resto de la familia, salieron exiliados de España al comienzo de la guerra civil. Representaban un grupo bastante singular: el padre, abogado, católico, corresponsal de Esprit en España, poeta y amigo de Bergamín y Lorca, había sido gobernador civil de Santander y Toledo y sería luego encargado de negocios de la República en La Haya. Tras enviudar de una de las hijas menores de Antonio Maura se casó con la fräulein de sus hijos, una suiza alemana cordialmente detestada por Carlos («la perra» es el epíteto habitual para su madrastra). Tenía siete hijos. A pesar de la escasa diferencia de edad, Jorge formaba parte del grupo de los mayores y Carlos de los pequeños.

Carlos tuvo que cuidar algunas huertas en las cercanías de París para poder vivir después de la guerra mundial, a pesar de la solidaridad del grupo de Esprit. Jorge participó en la Resistencia y fue detenido y deportado al campo de Buchenwald, una experiencia que ha marcado su vida y su literatura (El largo viaje, La escritura o la vida). Más tarde, en los años cincuenta, ambos pertenecieron al Partido Comunista de España y viajaron clandestinamente a Madrid. Los dos rompieron con el comunismo ortodoxo, pero mientras Carlos –que se fue antes, justo es reconocerle esta primacía– siguió ejerciendo la política de alguna forma, Jorge se dedicó a una carrera brillante de escritor y guionista de cine (La guerre est finie, Zeta, La confesión, Sección especial) desde 1964. Carlos, por su parte, ha escrito más de cincuenta obras de teatro –en su mayor parte radiadas, pero algunas también representadas con éxito–, novelas, cuentos y varios ensayos: Ni Dios, ni amo, ni CNT (1978), Revolución y contrarrevolución en Cataluña (1978), Vida y mentira de Jean-Paul Sartre (1996). También ha ejercido el periodismo en España, en Diario 16 durante la transición y en la actualidad como colaborador de ABC. Los dos son básicamente escritores en francés con alguna incursión en el castellano. A pesar de que en la solapa se nos dice que El exilio... ha sido escrito en esta lengua, se trata más bien de una versión reelaborada de un original francés, como confiesa el autor en la página 239. El léxico incluye algunos americanismos (como llamar laburo al trabajo) y usos poco habituales en el español peninsular, como utilizar el diminutivo otras cositas para referirse a los crímenes de Stalin. Adiós, luz de veranos... ha sido traducido del francés por Javier Albiñana.

Los dos Semprún tienen algo singular que contar y lo cuentan bien, son buenos narradores. El hecho de que sean hermanos añade interés y hasta una cierta morbosidad a una lectura paralela de sus relatos. En los dos hermanos, que han superado los setenta años, permanece muy vivo el recuerdo de la infancia madrileña, traumáticamente truncada por la guerra civil. Ambos dirigen obsesivamente su mirada hacia la casa de la calle Alfonso XI en que nacieron y hacia el barrio que discurre entre el Paseo del Prado y la verja del Retiro, por el que todavía ven deambular a sus fantasmas familiares. La infancia se convierte así, una vez más, en uno de los escenarios privilegiados por la memoria. Jorge Semprún parece ir cada vez más hacia atrás en sus recuerdos, en busca de una identidad anterior a Buchenwald. La rememoración de la madre desaparecida cuando los dos tenían menos de diez años es protagonista en ambos relatos, pero especialmente en el de Jorge.

Mientras El exilio fue una fiesta se pretende una autobiografía total, escrita desde una vejez que se confiesa de forma reiterada, Adiós... constituye sobre todo el relato y la reflexión sobre la forja de la personalidad de Jorge Semprún. No de la personalidad política en este caso, sino de la misma identidad: la asunción del transterramiento, el cambio de lengua, el despertar de la sexualidad, los primeros trabajos. Frente a la extensión de Carlos está la intensidad de Jorge, su enfoque sobre los años decisivos que transcurren entre la salida de España y el inicio de la vida adulta.

El libro de Carlos comienza y termina como ajuste de cuentas ––incluso consigo mismo– con lo que cumple otra de las funciones clásicas de las memorias. El de Jorge indaga sobre el yo, pero no pasa facturas ni zahiere a diestro y siniestro. En El exilio... Bergamín es tildado de cretino (p. 26), Eduardo Haro Tecglen de mentiroso y de haber trabajado para la Unión Soviética, al igual que Tuñón de Lara (p. 306), Manuel Azcárate, también de mentiroso en sus memorias, Derrotas y esperanzas (p. 87), Fernando Claudín de estalinista recalcitrante, incluso después de haber roto con el PCE (p. 155), Marcel Niedergang, Régis Debray, Max Gallo, Antonio García-Trevijano y José Luis de Vilallonga de «tontos útiles» (p. 303). Puede imaginarse lo que dice de Carrillo o Pasionaria. El autor parece haber vivido siempre rodeado de torpes, locos y malvados, reales ayer, fantasmagóricos hoy. Al lector sólo le quedan algunos recuerdos agradables de Ricardo Muñoz Suay, Antonio López Campillo y unos pocos más, al margen de los naturales hacia la mujer y los hijos. Cuando se habla demasiado de los demás, el protagonista tiende a desvanecerse. Por el contrario, Jorge es decididamente su propio protagonista. Lo demás es coro. Ésta es sin duda una de las grandes diferencias.

Jorge Semprún ha escrito casi una autobiografía literaria, de gran riqueza léxica y construcción esmerada. Un buen día pidió un croissant a una panadera de la calle Racine y la panadera, que se había dado cuenta de su acento, aludió al «ejército derrotado» de los republicanos españoles. Aquella panadera influyó de una sola vez en las literaturas francesa y española. A partir de ese momento, la conversión al bilingüismo habría de servir para «preservar mi identidad de extranjero, para convertirla en una virtud interior, secreta, fundadora y singularizante» (p. 76). Pero el cambio de lengua supuso que su educación literaria fuera ya definitivamente francesa. De hecho, los dos hermanos se muestran satisfechos de las calificaciones obtenidas por sus redacciones escolares (¿pequeña vanidad de escritor?). Pero sus textos actuales son muy diferentes.

Lamentablemente, la obra literaria de Carlos Semprún es muy poco conocida en España. Estas memorias están poco cuidadas desde un punto de vista formal. Ha preferido las estampas a la cronología, pero se trata de un relato errático, con saltos adelante y atrás no siempre lógicos y una sintaxis a veces enrevesada. El texto de Jorge, sin embargo, constituye un ejercicio literario en sí mismo. Estructurado en torno a cuatro grandes temas ––la memoria, el idioma, la ciudad y el destino– deja avanzar y retroceder los recuerdos en una tensión permanente entre el pasado ––o, mejor, los pasados– y el presente. La presencia de París se adueña de Adiós, luz de veranos..., como Barcelona llegaba a poseer los Años sin excusa de Carlos Barral. Jorge Semprún sabe que ya no es el muchacho de apenas dieciséis años que retrata y que no ha lugar el debe ni el haber. Tampoco es ya ni el dirigente comunista clandestino ni el ministro socialista de cultura. Es, definitivamente, un escritor y la distancia le da perspectiva. Escribe de sí mismo, pero podría hacerlo sobre cualquier otro. El presentar lo narrado como algo que realmente ocurrió le da una dimensión añadida al relato y permite lecturas diferentes.

Frente a un Jorge adulto prematuro, Carlos aparece como un niño grande con sus querellas inacabadas e inacabables. En Jorge abunda la referencia literaria, en Carlos, la personal. Jorge, entre la reflexión y el relato, relee, reinterpreta su adolescencia desde la edad adulta; Carlos prorroga sus vivencias a través del texto. Jorge mantiene la resolución para defender una causa imperfecta (p. 108). Carlos parece haber pasado su vida en busca de la causa perfecta.

Toda narración, como la vida misma, es interminable por naturaleza. «Cuanto más rememoro, más se enriquece y diversifica lo vivido antaño» (p. 187), afirma Jorge Semprún. Escribir unas memorias es inventarse o, mejor dicho, reinventarse, en la medida en que vivir es inventarse a uno mismo cada día, como hiciera con un cierto descaro el profesor Tierno Galván. Supone una tensión sostenida entre el yo subjetivo y el yo objetivo. En las memorias se cuenta algo «real», la «verdad» sobre el autor. Se trata de algo que ya no existe, lo que hace más libre al escritor. Obviamente, no se cuenta toda la verdad. El autor, como luego hará el lector, elige «su» verdad, hace su lectura de su propia vida. Cuenta lo que quiere o le interesa y lo cuenta a su manera.

Las memorias no constituyen por tanto una verdad absoluta, sino una verdad narrativa. Las memorias tienen algo de restitución. Los hermanos Semprún nos cuentan la historia que estuvo vedada a la mayoría de los españoles durante cuarenta años. Cómo se formó y cómo se vivió una parte significativa del exilio español tras la guerra civil. Carlos Semprún nos devuelve algo robado a nuestro propio pasado. Ha estado en casi todas las organizaciones revolucionarias no burocráticas del antifranquismo –sobre las que lamentablemente hay poco publicado– y cuenta algunos episodios interesantes –la emisora clandestina, la búsqueda de armas por José Manuel Arija, la supuesta fuga de Cerón– aunque menores. En un determinado momento reconoce que en su permanente voluntad política ha habido una cierta emulación de su hermano. Precisamente él, que no estuvo en la Resistencia, ni fue deportado a un campo de concentración, que no fue nunca detenido ni torturado por la policía franquista –y le da cierto reparo confesarlo – se fue haciendo más y más izquierdista hasta su brusco giro final. Jorge, por su parte, nos recuerda en su libro nuestra dimensión de europeos. Hoy, cuando ya no existe la frontera administrativa y política que él contemplaba nostálgico desde Biriatou en cada viaje a la península.

Mientras Carlos ha dibujado con trazo grueso un fresco sobre el exilio y la oposición, Jorge ha realizado una miniatura detallista y profunda sobre el paso a la madurez de un adolescente transterrado. Carlos inspira la simpatía del perdedor que aborda su pasado con franqueza. Su libro es menos reflexivo que el de Jorge, más de combate todavía. Sólo hay algo de introspección al final, en el último capítulo. El rechazo de su Vida y mentira de Jean-Paul Sartre por algunos editores de campanillas le lleva en las páginas anteriores a un duelo a espada con Tusquets y Muchnick que tiene más de satisfacción personal que de interés público. Pero posiblemente uno también escribe sus memorias para quedarse a gusto.

01/08/1998

 
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