ARTÍCULO

Las joyas nunca descansan

Trama, Madrid
160 pp. 17 €
 

Que escribe muy bien es lo primero que notamos. Pero, veamos, «escribir muy bien» puede querer decir hoy día cosas muy distintas. La pequeña frase puede ser un elogio o, por el contrario, una forma educada de decir que el escritor es malo, o incluso insoportable. No, María Vela Zanetti escribe muy bien en el mejor de los sentidos. Escribe muy bien porque domina maravillosamente las palabras, pero también porque finge todo el rato que lo que hace no cuesta trabajo, que su libro surge de la holgazanería, que su escribir es, como anuncia el título, una forma de «no hacer nada». Nos regala así con una obra que es tan exquisita como golosamente legible. Una rareza, una pequeña maravilla en este panorama editorial donde, al parecer, sólo pueden publicarse novelas, y sólo novelas de cierto género, y sólo de cierta extensión.
María Vela invoca a Cazotte en su primera página. No es casualidad, puesto que Cazotte es también un autor de miniaturas, de rarezas, de gemas, y posee por encima de todas, igual que nuestra autora, la rara cualidad de inventar continuamente frases citables. Frases que pueden desprenderse de la página, igual que una pegatina, para adherirse en cualquier otro sitio. Su obra también me recuerda a Xavier de Maistre y al universo ferozmente íntimo de su Viaje alrededor de mi habitación. Pero las referencias literarias están aquí muy ocultas. Percibimos toda una vida de lecturas detrás de estas páginas, pero cuando la autora se pregunta, por ejemplo, «¿no eran las manos el último reducto de la dignidad humana, de la compasión, de la laboriosidad?», no se molesta en recordarnos que está citando Masa y poder de Canetti. Quizá porque supone que su lector ya reconocerá el pasaje. Quizá por una simple cuestión de buena educación.
Y es que este es, de hecho, un libro muy educado. No porque no se meta con nadie (Gerardo Diego, por ejemplo, no parece caerle muy bien a nuestra autora, el arte conceptual le irrita sobremanera y [dos signos de admiración] de los microrrelatos afirma que, «tan corrientes como los microcréditos» sólo son aptos, en su opinión, «para países con mala conciencia y lectores estivales»), sino porque su autora está obsesionada con el buen gusto, con las sensaciones delicadas, con la elegancia, con los pequeños placeres domésticos. Es una escritora refinada, pero pertenece a la rara especie (al menos en nuestras letras) de los refinados de izquierdas. Escribe como una gran dama de la época de Saint-Simon, con una pluma afiladísima, con un tono voluntariamente arcaico, pero no hay en ella nada de viejo régimen, ni mucho menos de reaccionario en esta dama que se declara atea y se desternilla, por ejemplo, ante el lujo equívoco de los ropajes eclesiásticos. Percibimos un finísimo cachondeo debajo de todo ese aire de gran dama que escribe sobre invitaciones al baile, perfumes, recetas halladas en libros antiguos (una espléndida de «ensalada a la rusa», por ejemplo), pero es obvio, al mismo tiempo, que estos temas pasados de moda, tales como la «temible» «manicura francesa» (¡sólo puede parecerle «temible» a quien sepa de qué se trata o, aún más, a aquella que se la ha hecho hacer!), las distintas calidades de las telas, los diversos tipos de rosas, o las diversas piedras que pueden engastarse en una joya, le interesan poderosamente e incluso, aunque parezca increíble, le inquietan. Maravillosa es, por ejemplo, la colección de aforismos sobre joyas («Notas sobre luces...»), donde leemos, por ejemplo: «Las joyas nunca descansan. Y mucho menos sobre el pecho». María Vela es, como era inevitable, totalmente francófila, y suele citar palabras en inglés para hablar de cosas que desprecia. Declara su amor por el gin tonic y su desconfianza ante la música. Afirma que la falta de intensidad es la responsable de todo ingenio, y se consagra por eso al ingenio y a la falta de intensidad, es decir, a la elegancia. Tiene, de hecho, la obsesión de la elegancia, y curiosas y encantadoras teorías sobre los «hombres de gusto» y los «hombres elegantes». «El elegante –afirma– es por definición un progresista; el hombre de gusto es un hastiado conservador». Al mismo tiempo defiende el desorden e incluso el descuido, afirmando que la higiene excesiva nos llevará a la tumba. Es, en definitiva, todo un personaje. Desconfía del amor y los niños no parecen enternecerle mucho, pero en cambio adora a los perros. «La felicidad es un arte perdido», dice la cita de Cyril Connolly. Y María Vela: «“La felicidad es un arte perdido”. Pero no para los perros». Los perros, como las rosas o el desorden, le sugieren pasajes tan brillantes como éste: «Los perros no aburren nunca, son como los cuadros antiguos: hay mucho tema, grandísimo oficio y ninguna soberbia intelectual».
Referencias aquí y allá a otras mujeres escritoras, como la misteriosa «m. e.», «amiga de la infancia» de Alice James (que es, supongo, ella misma, ya que «me» en inglés significa «yo»), como Elizabeth von Arnim, como Alma Mahler, y una voz literaria que es resueltamente, y con todas las consecuencias, una voz de mujer que define un mundo de sensaciones femeninas: la suavidad de la blonda, la experiencia de ponerse un pendiente cuando los orificios de los oídos están semicerrados y el brotar de esa gota de sangre que puede arruinar una perla natural, la incomodidad que sienten las mujeres ante sus hermanas, siempre más hermosas que ellas, el consejo de dejar el sujetador en la nevera (¿para qué?), la complacencia en un universo pesado, perfumado, sensual, decadente, de alcoba desordenada, que trae sugerencias de Pierre Louÿs, de Aubrey Beardsley, de Boucher: «La intimidad sorprendida en revoltijo es una promesa de placer para el amante. No hay escenario más tentador que la laxitud de los cajones revueltos». Es difícil saber hasta qué punto está jugando María Vela a ser un personaje de Maupassant y hasta qué punto el personaje literario que se ha inventado coincide con la realidad. Ah, pero nos dicen que esta pregunta nunca debemos hacérnosla.
Pero ¿quién es, entonces, María Vela Zanetti? La contraportada de su libro nos informa de que nació en la República Dominicana, que es hija de exiliados, que estudió en el colegio Estilo, y poco más. Compañera sentimental del poeta Ángel González, a quien dedica una de las secciones de su libro, fue columnista de moda en el suplemento Tentaciones de El País y escribe en la actualidad una columna en Yo dona, la revista de actualidad de El Mundo, con un estilo tenso relajado, bienhumorado, malvado y maravillosamente urbano y depravado que declaro abiertamente envidiar, pero con envidia de la mala. Vicente Molina Foix le dedica una página muy afectuosa en su blog «El boomeran(g)», donde nos revela, por ejemplo, que Juan Benet afirmaba que tenía un nombre ferroviario «por sus iniciales» M. V. Z. (yo tampoco lo entiendo) y que en 1987 María publicó un libro de poesía llamado José al que siguieron otros diez libros más.
Sea como sea, en este primer libro de prosa, maravillosamente editado por la editorial Trama y delicadamente ilustrado con grabados del clásico Otro mundo de Grandville, María Vela Zanetti trae algo que resulta muy necesario en la literatura española actual. No sé cómo acabar de definir ese don tan raro que ella posee, y que es una combinación de maestría con las palabras y calidez personal. Maneras de no hacer nada señala la aparición de una voz nueva en nuestras letras. Esta voz, el tono que abre en nuestra literatura, el personaje que perfila y que inventa, esa mujer refinada, irónica, voluptuosa, maniática, cultísima, descreída, en absoluto cursi ni sentimental, es una creación tan sustanciosa que sería una pena que no volviéramos a saber de ella.

01/01/2010

 
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