ARTÍCULO

¿Misterios desvelados?

Trotta, Madrid
Trad. de Andrés Piquer y Pablo Torijano
480 pp. 36 €
 

La introducción definitiva» a los Rollos del Mar Muerto, se lee en la cubierta de la edición inglesa, y la afirmación está justificada. Teniendo en cuenta que los rollos se descubrieron en 1947, se han difundido ya un sinfín de trabajos relacionados con ellos. Aparte de los treinta y nueve grandes volúmenes de la edición original, Discoveries in the Judean Desert (Descubrimientos en el desierto de Judea), ha habido publicaciones académicas mucho más allá del alcance del lector medio y publicaciones sensacionalistas como The Sacred Mushroom and the Cross, de John Allegro. Indignadas campañas de prensa han defendido que el fracaso a la hora de publicar en su totalidad los rollos fue «el escándalo académico del siglo [XX]». Time Magazine y The National Geographic, así como The Times de Londres, han publicado infinidad de artículos sobre el particular. Una demanda judicial por infracción de la legislación sobre propiedad intelectual, en la que se reclamaban cientos de miles de dólares, dio lugar a un congreso internacional de abogados para abordar las cuestiones legales que se derivaban del caso. En Jerusalén, su «Santuario del Libro» es la joya de la corona del Museo de Israel. En esta notable introducción, dos miembros del círculo más íntimo de los estudiosos de los rollos han trazado, con una calma, buen humor y cortesía admirables, el desarrollo del proyecto desde el primer descubrimiento de los rollos hasta las publicaciones oficiales finales. Aun cuando hay que culpar de algo a estudiosos o eclesiásticos, o incluso a políticos, esta culpa siempre se ve atemperada con el elogio de otras cualidades. En un ámbito plagado de bombas en forma de tecnicismos de todo tipo –arqueológicos, químicos, legales, lingüísticos–, las minas son desactivadas con paciencia y dejadas abiertas para su contemplación. En un par de ocasiones los autores incluso aconsejan a los lectores no muy duchos en ciertas habilidades lingüísticas que se salten alguna parte que reviste una especial complejidad.
El libro se encuentra organizado en cinco partes. La primera cuenta la historia del hallazgo extraordinariamente inesperado de los rollos por parte de miembros de tribus beduinas y las fascinantes negociaciones orientales gracias a las cuales saltaron a la esfera pública. También se cuentan los importantes avances en técnicas de restauración desde los primeros tiempos en que se pegaron los delicados trocitos con cinta adhesiva, aunque se tiene el tacto de evitar mencionar que los restauradores que trabajaron en primer lugar corrieron alegremente el riesgo de dejar caer la ceniza de cigarrillos sobre los rollos. La segunda parte comienza con una paciente explicación de las diferentes formas en que han llegado hasta nosotros la Biblia hebrea y el Antiguo Testamento (omitiendo educadamente toda mención de la dudosa operación militar encubierta mediante la cual Israel se hizo con la posesión del Códice Alepo), detallando a continuación en un capítulo de medio centenar de páginas cómo han contribuido los rollos a nuestro conocimiento de cada uno de los libros de la Biblia. Los rollos nos proporcionan con mucho nuestros textos más antiguos de la Biblia, incluida la totalidad del Libro de Isaías, y casi cada uno de los libros de la Biblia cuenta con una variación textual significativa de esas lecturas. La tercera parte sitúa a los escritores de los rollos y explica su posición teológica única dentro de las variedades del judaísmo de la época. Resulta interesante la rotundidad con que se expresan los autores en relación con las teorías modernas, principalmente francófonas, de que no existe ninguna conexión entre las cuevas esparcidas por los cortes verticales en el terreno en que se descubrieron los rollos y el asentamiento de Qumrán propiamente dicho. Aunque los rollos han sido fechados sobre bases epigráficas y científicas en un período que se extiende desde comienzos del segundo siglo antes de Cristo hasta la destrucción de los edificios de Qumrán por parte de los romanos en el año 68 después de Cristo, el único vínculo firme con personalidades que se conoce por otros documentos históricos es con gobernantes judíos de finales del siglo ii, e incluso estos responden a sobrenombres crípticos («el hombre de Belial», «el León de la Ira»). La cuarta parte define cuidadosamente la contribución de los rollos a nuestro conocimiento de Jesús y el cristianismo. La apasionante pero efímera teoría del papirólogo catalán José O’Callaghan, según el cual varios de los fragmentos griegos de la Cueva 7 pertenecen al Nuevo Testamento, es rechazada amablemente (pp. 321-326 de la edición española). La baza de O’Callaghan era un fragmento de diecisiete cartas que podía leerse como una variante de Marcos 6:52-53. Veinte años después, los expertos (ayudados por un carpintero de Disneylandia) descubrieron que el modelo de cartas encajaba mejor como una parte de una obra griega no bíblica. Por otro lado, varios pasajes de estos escritos incrementan considerablemente nuestro conocimiento del trasfondo del movimiento de Jesús, así como nuestra comprensión de textos concretos del Nuevo Testamento. Especialmente las teorías sobre el Mesías expresadas en estos rollos refuerzan nuestro conocimiento del modo en que Jesús comprendió su papel, situándolo firmemente en el contexto palestino, a pesar de teorías en contrario del profusamente publicitado Jesus Seminar estadounidense, que lee gran parte del material sobre Jesús como una invención posterior (p. 353).
La clara y esclarecedora presentación de una acalorada controversia de los años noventa ilustra a la perfección la claridad y el método eirénico de los autores: una lectura de un fragmento (4Q285, frag.  5) vio en él una referencia a un Mesías sufriente que moría. Esto causó por aquel entonces un gran revuelo, porque se había mantenido desde hacía mucho tiempo que el concepto de un Mesías sufriente supuso una innovación del propio Jesús. Todo dependía de la estructura gramatical de una sola palabra. Se explican pacientemente las dos maneras de leer el texto y por qué el mundo académico acabó poniéndose en contra de la interpretación del rollo en términos de un Mesías sufriente (pp. 350-352). Los altibajos, las emociones y las desilusiones de la investigación académica no están nunca muy lejos bajo la superficie de esta sensata presentación. La quinta parte, que versa sobre las controversias en torno a los rollos, incorpora la emoción de la guerra y la política internacional, acusaciones de intrigas y encubrimientos y, finalmente, una demanda judicial en la que cientos de miles de dólares dependían de cómo se leyera una sola letra hebrea manuscrita (¿o se trataba de dos letras?). Una vez más, la presentación es aquí asombrosamente justa y desapasionada, sobre todo si se tiene en cuenta la implicación de los dos autores en todo el asunto. El alcoholismo que dio lugar a la destitución de un destacado experto se califica discretamente de «enfermedad». Incluso John Allegro, cuyas payasadas fueron tales que tuvo que acabar poniendo pies en polvorosa del mundo académico con el rabo entre las piernas, recibe parabienes por la agudeza con que supo leer algunos textos. Solo el demandante que se querelló con éxito y consiguió una suma enorme de dinero por ver dañada su reputación al haberse omitido su nombre de un crédito es objeto de una amable reprimenda (p. 410).
No hay duda de que estamos ante una muestra de erudición en su faceta mejor y más elegante. Los estudiosos profesionales de la Biblia pueden aprender mucho de este libro, aunque cualquier lector cultivado lo entenderá perfectamente y se dará cuenta de por qué el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto está ampliamente considerado como el mayor hallazgo arqueológico del siglo XX.


Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Henry Wansbrough especialmente para Revista de Libros

01/12/2011

 
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