ARTÍCULO

El estilo cuidado o cuidado con el estilo

Anagrama, Barcelona, 1996
296 págs.
 

Los cuerpos de las nadadoras, primera novela de Pedro Ugarte y finalista del Premio Herralde de este año, se presenta como una sucesión de retazos independientes, algo así como una colección de pequeños minirrelatos que se extienden a lo largo de la vida del protagonista, Jorge, en un arco que va desde la infancia hasta la madurez. Algunos de los personajes aparecen en dos o en más relatos, especialmente el gordo Enbeita y la mujer, Julia. «El oficio de escuchar» y «Un poeta pornógrafo» forman una unidad, una especie de relato en dos partes. Por lo demás, cada uno de los capítulos aspira a cerrarse en sí mismo. El problema está en que ni dichos relatos tienen excesivo interés en sí mismos, ni tampoco es especialmente significativo el hecho de que estén juntos componiendo una obra más extensa. El libro logra una cierta unidad únicamente gracias a que posee un personaje central, como las novelas canónicas, y que los acontecimientos se suceden en una clara secuencia cronológica, como en las novelas canónicas. Por lo demás, las pequeñas historias, que pretenden quizá ser humorísticas pero dejan por lo general un regusto de melancolía, no son tensas, ni ingeniosas, ni crueles, ni divertidas, ni líricas, ni penetrantes. Es cierto que no se debe criticar un libro por lo que no es. Desgraciadamente, con la mayor parte de la literatura española reciente no nos queda más remedio, ya que por lo general los libros se definen precisamente por lo que no son: cuando el autor no tiene imaginación, se supone que es minimalista, cuando no controla los mecanismos del lenguaje se dice que es antirretórico y que desdeña la «vana pirotecnia» verbal, cuando sus personajes y situaciones son acartonados e increíbles se objeta que el autor no pretende ser «realista», etc. ¿Qué es lo que pretende ser Pedro Ugarte? Los cuerpos de las nadadoras es un libro ligeramente amargo, atravesado por una veta de angustia masculina, en el que casi no pasa nada y en el que una persona completamente normal y corriente hace observaciones completamente normales y corrientes sobre acontecimientos normales y corrientes. Los intentos del autor por entrar en territorios más imaginativos o azarosos no son afortunados. La historia del personaje misterioso que se dedica a contratar a escritores y especialistas para la elaboración de una enciclopedia tiene un buscado regusto borgiano, pero no mucho misterio. La historia del poeta pornógrafo pretende ser humorística. Jorge tiene el encargo de hacer una entrevista a un poeta, autor de soñadoras composiciones. En medio de la entrevista, el poeta pornógrafo, que está completamente obsesionado con el sexo, tiene que coger una revista porno y correr al baño a masturbarse.

El estilo es cuidadoso. Hay una voluntad de estilo, una voluntad de escribir bien. Esto se nota especialmente en el uso de los adjetivos. Cada sustantivo lleva antepuesto un adjetivo, ésta es la marca del estilo. Las excursiones en bicicleta del colegio son «pacatas excursiones en bicicleta», los partidos de fútbol, «tumultuosos partidos de fútbol». El procedimiento lo usa Pedro Ugarte hasta la extenuación del lector. «Yo envidiaba intensamente», leemos en la página 83, «a esos tipos más jóvenes que yo que ya salían de sus casas con una serena corbata sobre el pecho, carteras henchidas de graves documentos, y se dirigían a lujosas oficinas donde seguir labrando, incansablemente, un respetable estatus de eficaces ciudadanos». La aplicación de adjetivos morales a objetos y el uso de adjetivos que reinterpretan al sustantivo («una de esas imperdonables alegrías»), característicos por ejemplo de la prosa de Borges, pueden fácilmente convertirse en procedimientos formularios, en simples juegos de conceptos. Aparte de la adjetivación sistemática, el otro procedimiento estilístico (también conceptual) consiste en la sustitución de una palabra por otra asombrosa: «estaba degustando uno de los mejores días de mi vida», nos dice el narrador. Y a la puerta de unos servicios públicos la llama «la puerta del vestíbulo fecal». El estilo, pues, es algo que consiste en añadir palabras (adjetivos y adverbios asombrosos), y en sustituir palabras (por otras palabras asombrosas).

En seguida comprendemos que lo que Pedro Urgarte pretende con ese curioso uso de las palabras es ser irónico. Pero la ironía de la novela no consiste en ser ingenioso, ni desdeñoso, ni definir las cosas con palabras chocantes. La ironía de la novela no consiste ni siquiera en ser irónico. La ironía de la novela es distancia, punto de vista, comprensión profunda de la experiencia. En contra de lo que afirman los intelectualistas y los sentimentalistas, una obra literaria no es ni un objeto hecho de palabras ni el reflejo de unas experiencias vitales. Es la transubstanciación mágica de la experiencia en las palabras, y si dicha transubstanciación no se produce, ni las experiencias ni las palabras tienen valor alguno.

01/03/1997

 
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