ARTÍCULO

Julia quiere ser Andrea

184 págs.
Plaza&Janés, Barcelona, 1997
 

La vida sin secreto, que por razones que desconocemos acaba de otorgarle a Paula Izquierdo el título de escritora impresa, es una novela tan mimética –en formas, técnicas y contenidos– del modelo establecido en nuestro mercado editorial, que su mayor mérito literario es su «actualidad». Se identifica con ese tipo de narrativa ligera que se construye sobre una historia de hoy –a ser posible, con personaje joven o adolescente que protagoniza una peripecia frívola, aunque barnizada de aspiraciones existencialistas que descansan en un pensamiento débil o una filosofía barata–, sobre una narración en primera persona, que destapa su insignificante trastienda de sentimientos lastimeros o de relaciones personales doloridas, y sobre una escritura de frases cortas y clichés expresivos que se acomodan a todas las circunstancias posibles, por variadas que sean.

Hacer mímesis de productos digeribles o seguir la moda de los libros más vendidos parece ser la meta de muchos aspirantes actuales a novelistas. La fórmula, expresada más arriba, se repite sin tregua. Cualquier persona medianamente culta, que sea capaz de cohesionar con una mínima corrección las frases, aunque fatiguen por su simpleza o vacuidad, y de repetir los mismos enlaces y apoyos narrativos, aunque conduzcan a soluciones poco creíbles, puede llegar a «novelista actual». Porque lo «actual» es, hechas las excepciones de rigor, eso: unos novelistas y una literatura que no indigestan ni perturban al lector, bastante incomodado ya por sus quehaceres diarios, y que le cuentan sin complejidad historias del día, realistas y costumbristas, para su pasatiempo, consuelo o afirmación de su identidad personal, según los casos. Tampoco le perturban sus personajes, ya que son representativos de un sector de la juventud que se quiere mostrar como único desde la prensa o la televisión, pero que nunca o casi nunca le tocan de cerca, por lo que les observa distanciado como una especie de ficción, o le resultan tan familiares que se hermana con ellos. De este modo, se está asentando en nuestra narrativa una serie monódica de personajes gemelos, simiescos, que no son sino tipos de rasgos fijos: de un lado, el chico inadaptado que acaba delinquiendo, y de otro, la chica o mujer incomprendida que soporta primero la crueldad y más tarde la soledad.

En esta segunda versión de «novela actual» hay que situar La vida sin secreto de Paula Izquierdo. Su personaje, Julia, quiere convencer al lector, a través de una confesión lastimera, de que su adolescencia y juventud han sido un camino de espinas, de que sus diecisiete y dieciocho años han sido una sucesión de frustraciones y penalidades que han impedido su fin irrenunciable en la vida, la danza, y su plenitud sentimental como mujer. Julia, como quien descubre el Mediterráneo, quiere convencer al lector de que la vida es muy dura, de que las ilusiones propias chocan y se destrozan con la incomprensión de los demás, la de unos padres inverosímiles que se empeñan siempre en dañarla, la de unos novios esquemáticos que la maltratan o la ignoran y la de unas amigas y compañeros que nunca están cuando los necesita. Lo malo es que no convence. No nos cabe duda de que una vida resumida así puede llevar al desenlace drástico que propone la novela, pero no es menos cierto que para ello tendría que ofrecernos un personaje vivo, y no una máscara caprichosa; unas situaciones dialécticas, y no decorados de cartón. Por ello, el resultado es la imagen estática de una niña pija y el cuadro no menos estático de un ambiente estereotipado. Poco sentido tienen, entonces, la previsible estructura circular y la ruptura de la linealidad con una secuencia absurda en la página 138.

Julia ha querido ser Andrea, el personaje de Nada de Carmen Laforet. Las coincidencias temáticas y argumentales entre las dos novelas son evidentes, pero el fiel de la balanza se inclina tanto en lo demás –visión del mundo, dialéctica del personaje y pulso narrativo– a favor de Laforet que las comparaciones en este caso no son odiosas. Lo que en Nada era existencialismo necesario para la época, en La vida sin secreto es contribución al empacho de frivolidad que está caracterizando a este fin de siglo.

01/11/1997

 
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