La primera Bienal

Política artística del franquismo. El hito de la Bienal Hispanoamericana de Arte

MIGUEL CABAÑAS BRAVO

CSIC, Madrid, 1996

769 págs.

Desde hace algunos años los lectores interesados pueden acceder a un conocimiento del arte y la cultura artística de la posguerra más objetivo que el disponible al acabar el franquismo y en los comienzos de la pasada década. Ello es así gracias al incremento de las publicaciones, ya sean artículos de revistas especializadas, catálogos de exposiciones o libros, estudios generales y, sobre todo, monografías de artistas. Pero faltaba un estudio detallado de uno de los principales acontecimientos de aquella época. Nos referimos a la primera Bienal Hispanoamericana de Arte, de 1951, tema central del libro de Miguel Cabañas, basado en su tesis doctoral.

El punto de partida del autor es que el origen del certamen fue el resultado de la unión de los intereses políticos y los artísticos. Cabañas demuestra perfectamente la finalidad y la importancia política de la primera Bienal y de las sucesivas, pero sus análisis sobre este aspecto del certamen no nos parecen mucho más profundos que los hechos por otros historiadores precedentes. Tal vez porque el autor no ha manejado una amplia bibliografía de carácter político e histórico sobre el franquismo, en claro contraste con la utilizada sobre el arte, verdaderamente admirable, sobre todo por lo que atañe a las publicaciones coetáneas al período estudiado.

La aportación principal del estudio de Cabañas es el análisis de la participación y los rechazos a participar de los artistas latinoamericanos y de los españoles residentes en el extranjero, especialmente de los exiliados. También explica minuciosamente la organización del certamen, las polémicas que provocó y la incidencia social de la exposición, lo que le convierten en un libro imprescindible para los críticos e historiadores del arte español y sudamericano de este siglo. Otros aspectos encomiables son la comparación que hace el autor entre las Bienales Hispanoamericanas y las de Venecia y São Paulo, la relación entre las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y la Bienal, el influjo de ésta en la creación del Museo de Arte Contemporáneo y, para acabar, la importancia del Instituto de Cultura Hispánica, así como de determinadas personas para la gestación y desarrollo de la Bienal y las polémicas que provocó. Participaron políticos y altos funcionarios del Estado: Alfredo Sánchez Bella, Luis González Robles, César González Ruano, Leopoldo Panero; intelectuales y críticos, como Dionisio Ridruejo, José Camón Aznar, José María Moreno Galván o Juan Ramón Masoliver. No faltaron artistas, de entre los que sobresalieron el director del Museo del Prado y pintor academicista Fernando Álvarez de Sotomayor –acérrimo opositor al certamen por lo que tenía de renovador–, y Salvador Dalí, quien apoyó decididamente la Bienal; al contrario de lo hecho por Picasso, que la rechazó con decisión, o Miró que se mantuvo indiferente.

Algunas afirmaciones del autor nos parecen discutibles: que la primera Bienal Hispanoamericana de Arte haya sido «el suceso artístico español más trascendental del siglo XX » (pág. XV) y también, que fuese «el punto de arranque» de una situación nueva en la participación del arte español en el extranjero «poniéndose a tono» con el panorama artístico internacional (pág. 656). No hay que olvidar que la nueva situación había empezado, aunque débilmente, desde instancias oficiales (no podía ser de otro modo) con la Exposición de Arte Español en Buenos Aires, en 1948, continuado con la de El Cairo en 1950 y afianzado con la participación en la Bienal de Venecia de 1950 y que la puesta a tono estaba originándose desde la primera fecha, principalmente en contra del mundo artístico oficial y al margen de éste, pero también desde sectores minoritarios de la cultura artística oficial. Sí fue la Bienal la apuesta definitiva del régimen por utilizar el arte renovador como propaganda a su favor en el extranjero, desplazando definitivamente a los artistas academicistas. Otro aspecto discutible, de menos importancia, es el calificativo de «clasicistas» que Cabañas aplica a artistas como Sotomayor, Benedito, Adsuara, etc., pues aunque ese adjetivo fue uno de los que más se les dio en aquellos momentos no consideramos adecuado usarlo hoy. Más correctos son los de académicos o academicistas, pero sin entender esos términos como sinónimos de clasicistas, como el autor hace algunas veces.

Gracias a la erudición y el rigor que demuestra en su libro, el autor podía haber hecho una explicación clara y profunda de las características artísticas de las obras que figuraron en la Bienal y de los estilos personales de los artistas seleccionados y premiados, pues es insuficiente para un estudio de esta extensión repetir que la Bienal fue una exposición ecléctica ni que primó la cantidad sobre la calidad.

Sería deseable una nueva edición reducida, con suficientes ilustraciones y provista de un índice onomástico que permita a un público amplio formarse una idea correcta de todo lo que fue la primera Bienal Hispanoamericana de Arte, de sus continuidades y sus repercusiones.

Ficha técnica

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