ARTÍCULO

La línea clara

Visor, Madrid
160 pp. 20 €
 

Luis Alberto de Cuenca es, hoy por hoy, el principal y más prestigioso representante en la poesía española de lo que en su anterior entrega, La vida en llamas (Madrid, Visor, 2006), denominaba, siguiendo una larga tradición poética, la «línea clara», una línea clara que no ha renunciado, sin embargo, del todo a aquellos orígenes mucho más barrocos y culturalistas de Elsinore (1972), sino que ha sabido combinar, depurar y ampliar los referentes culturales y despejar la complejidad compositiva para dar forma a un estilo inconfundible, cercano al lector, cómplice y dialogante, que sin descender del tono elegante, y sin renunciar a los elementos cultos ni a la profundidad, sabe despertar sonrisas, sorpresas y, en definitiva, divertir. Es también parte integrante de este estilo la herencia de los epigramistas latinos y griegos, conocedor como es el autor, por profesión, de las letras clásicas. Y no falta cierto romanticismo de fondo en la actitud mitómana del autor (la cantidad de vampiros y demás seres de la noche que pueblan sus versos no deja lugar a dudas), lo que lo convierte en lo que sería, trasladado a nuestros tiempos, el poeta romano Catulo, capaz de escribir los más elevados poemas de amor romántico («odi et amo») y descender a las burlas más regocijantes. Quizás el antecedente más conspicuo de esta actitud en la poesía española sea Manuel Machado, al que el autor dedica un hermoso y extenso poema en Scholia (1978).
Traigo aquí a Manuel Machado por ser el perfecto representante del modernismo español en lo que tiene de versión del simbolismo francés, un autor que bajo el semblante sonriente y pulido de sus versos dejaba asomar una entrañada melancolía. Algo así viene ocurriendo en la poesía última de Luis Alberto de Cuenca, y el libro que ahora reseñamos supone una profundización en ese sentimiento melancólico (siempre mirado desde una distancia relativizadora) con un acercamiento creciente a una estética de tipo simbolista a la que se alude ya desde el título del libro. El reino blanco es un sintagma tomado, como aclara el autor, de una obra de Marcel Schowb, Le livre de Monelle, un escritor al que Luis Alberto de Cuenca había dedicado ya un par de poemas en El hacha y la rosa: «Los dos Marcelos», una reivindicación de Schowb frente al otro gran Marcel de la literatura francesa (Proust), y el titulado precisamente «El libro de Monelle».
La raigambre simbolista del libro se aprecia especialmente en la reescritura que el autor lleva a cabo del texto que sirvió de bandera a este movimiento: «El cuervo», de Poe, con su leitmotiv nevermore. El poema de Poe gravitaba ya por la obra de Luis Alberto de Cuenca, quien, en «El pájaro negro», de Sin miedo ni esperanza, se inspiraba en el norteamericano para desarmar el contenido romántico y tenebrista del símbolo central del poema. En él es el propio cuervo el que acaba diciendo a la amada que se deje de metáforas literarias sobre el dolor y la angustia: «Sólo hay futuro. El sueño tiene alas. / Sé mi zorra, que yo seré tu cuervo». El personaje destroza su propia lectura simbólica y con la irrupción irreverente del registro de la fábula asistimos a ese final divertido e inesperado que caracteriza muchos poemas de Luis Alberto de Cuenca. En la versión de «El cuervo» que encontramos en El reino blanco no faltan guiños irónicos, pastiches, cambios bruscos de registro y un final en quiebro (el cuervo volando de las páginas en que se aburre para no volver a ellas nunca más) y, sin embargo, el poema conserva en el fondo el tono serio del original, como se advierte en su contundente andadura métrica, a partir de alejandrinos sonoros, sus compactas estrofas y un romanticismo impenitente.
«El cuervo» es un poema central de este libro, porque en él Luis Alberto de Cuenca logra una de las mejores expresiones de lo que define a su poesía: un sostenido y devoto homenaje a la cultura, relativizando a la vez la seriedad con que suele tratársela. La cultura es para él algo tan cercano, tan vital, que no existe para ser contemplada sino para ser jugada, manipulada, explotada en todas sus posibilidades. Por ello se ha calificado su poesía de clasicismo irreverente (Masoliver Ródenas) o de posmoderna. Pero la posmodernidad de Luis Alberto de Cuenca es, en mi opinión, tan antigua como la del citado Catulo, Calímaco o Marcial, o tan moderna como la de ciertos ilustrados, que de todo hay en su poesía.
La corriente subterránea de melancolía de la que hablo va acompañada de una mayor presencia de lo existencial en las últimas entregas del autor, y aquí asoma en ocasiones, a pesar de la elegancia y el funambulismo acostumbrados, un tono claro de angustia, como muestra el final del poema «Letanía»: «caminar por un puente que lleva a la renuncia, / enjugarse las lágrimas y comerse la angustia» (p. 42), en una serie que se titula sintomáticamente «Hojas de otoño». A esta sección pertenecen varios poemas en los que es inequívoco el lenguaje simbolista, como «Sol poniente» (p. 38), a veces mezclado con la canción popular: «por el camino verde / donde mueren los cisnes» (p. 36) o con temas de la más triste actualidad: «La maltratada» (p. 45).
Otra novedad de este libro es que se abre con una sección que contiene el relato de cinco sueños en curiosa coincidencia con los «cinq rêves» con que André Breton nos hace entrar en su Clair de terre (1923). Luis Alberto de Cuenca había utilizado el sueño (a veces la pesadilla: «Mi monstruo favorito») como técnica literaria auxiliar, pero no se había centrado en la descripción de sueños supuestamente auténticos, lo que le lleva a adoptar ciertos supuestos de la estética surrealista, que apenas había sido visitada hasta ahora por el autor.
Estas novedades no constituyen en modo alguno rupturas, sino más bien modulaciones dentro de una estética que Luis Alberto de Cuenca ha ido asentando y es reconocible desde La caja de plata. El hecho de que empiece este libro con una fijación de la fecha de composición de los poemas lo inserta en la serie total de su obra, como siempre ha hecho, indicando una vez más que se trata de una obra que ha de ser leída como un conjunto.
El reino blanco supone, por lo demás, una continuidad en la práctica de la diversidad de géneros y tonos que venía manejando el autor. Encontramos una sección de haikus y seguidillas («Quince haikus asonantados y cinco seguidillas fetichistas») donde el poeta saca el máximo partido del pequeño formato, del que hace saltar chispas; encontramos sonetos y la serie de homenajes a otros autores, con la peculiaridad de que aquí se dedica una sección entera a un solo homenajeado: «Tríptico de Foxá», del que De Cuenca hace proceder su aprendizaje de la poesía como comunicación y espacio de significado abierto a todos. No faltan tampoco los poemas a modo de autobiografías ficticias en los que el yo poético da desenvuelta cuenta de sus amores, desamores, rupturas, o las autobiografías más serias, como las que se recogen bajo la sección «Recuerdos». Y también encontramos el acostumbrado nivel metapoético, con continuas llamadas de atención al lector que, además de pasar por guiños de complicidad, nos indican la falta de artificio de esta poesía al dejar al descubierto la comunicación real entre autor y lector.
El poema «Cuanto sé de mí», de la sección con que se cierra el libro, «Paseo vespertino», nos da unas cuantas claves de lectura. Desde su título pensamos inmediatamente en la poesía de José Hierro, pero Luis Alberto de Cuenca, con un regateo, nos lleva a la cita original de la que Hierro toma su título: el drama de Calderón El médico de su honra. Al devolver la cita a su contexto original, nuestro poeta hace aflorar el concepto calderoniano de «honor» de una manera provocadora, en la línea de lo políticamente incorrecto que en ocasiones tiene su poesía. Pero nos interesa el cierre del poema, que es toda una declaración de principios: «Para eso están los clásicos: / para aceptar la casa sin ventanas / en que vivimos, por inhabitable / que nos parezca, y para descubrirnos / qué pasa en nuestra alma, qué se cuece / en nuestro desolado corazón» (p. 158).
Luis Alberto de Cuenca es un clásico en este sentido y demuestra una vez más que la literatura constituye el mejor modo de exploración de la propia identidad. Por eso su poesía es «personal», pero no en el falso sentido romántico, sino porque la palabra poética es el espacio donde la «persona» (en ambos sentidos del término) desarrolla todas sus posibilidades, cumple todos sus sueños y expresa todos sus temores. La persona del autor y del lector, si es que no son lo mismo cuando se sienten compartiendo gozosamente la cultura.

01/04/2011

 
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