ARTÍCULO

Historias comunes

Hurga y Fierro, Madrid
208 pp. 14 €
 

Lejos de intrincados enigmas históricos o de nuevas aproximaciones a la manida Guerra Civil, se nos presenta la última obra del poeta y novelista madrileño Justo Sotelo, cuyo título, La paz de febrero, nos remite a los días previos a la invasión de Irak de 2003. Desde ese primer momento, localizado en la gran manifestación en contra de la inminente contienda, hasta el hundimiento del régimen de Sadam Hussein, se desarrollará la historia de la novela, cuyo foco de atención se centrará, pese a todo, en un ámbito mucho más reducido y cotidiano: el centro de Madrid, donde, frente a la gravedad y repercusión histórica del período mencionado, seres anónimos –casi podríamos decir «intrahistóricos»– afrontan su día a día sin mayores aspavientos. En ese contexto es donde encontramos a Luis Seoane, el narrador y protagonista del relato, un joven aspirante a guionista de cine, de ideo­logía progresista y notable compromiso político, cuya inconsciencia en materia sentimental lo llevará a una situación muy delicada con Beatriz, su hermanastra, y Natividad, su pareja sentimental. Los acontecimientos se precipitarán de manera tan fortuita como cruel y, ante su incrédula mirada, su universo dará un vuelco radical. Así, sólo a través de la pérdida y el sufrimiento, llegará a comprender el peso de las decisiones tomadas a la ligera o esas otras postergadas hasta el infinito.
Estamos, pues, ante una novela de aprendizaje a la antigua usanza, pero que, según reza la cubierta, «pretende ser moderna y posmoderna a la vez, y sobre todo profundamente cinematográfica». No podemos confirmar, sin embargo, que tal pretensión vaya más allá del proyecto, pues si bien es cierto que el mundo retratado es propio de una sociedad globalizada y presa de la posmodernidad, también lo es que no existen apenas indicios que relacionen la obra con una poética posmoderna, ni mucho menos con una técnica cinematográfica. De vez en cuando, si acaso, el narrador introduce extractos del guión en el que está trabajando, en los que se refleja el típico lenguaje de estos registros, mientras que otras veces se pierde en digresiones sobre la obra de directores como Erice o Tarkovski. A pesar de todo, esto no deja de ser algo muy anecdótico y que, por ende, no basta para calificar una novela de «cinematográfica», ni para compararla con otras que sí merecen tal marbete. En cuanto a las ínfulas de posmodernidad, no hay, ni en la forma ni en el fondo, elementos que nos remitan a la desmitificación de valores y estructuras que caracteriza a esta corriente: la ironía y el sarcasmo, por ejemplo, factores clave del contexto posmoderno, brillan por su ausencia en esta obra y, ante conflictos mundiales y tragedias cotidianas, se guarda un semblante grave y un tono comprometido que muy poco tienen que ver con el escepticismo y falta de compromiso posmodernos. Por no mencionar la estética, más cercana al realismo del siglo xix que a los experimentos fieramente antirrealistas o hi­perrealis­tas de los últimos años.
Pero, dejando de lado las pretensiones de su autor o lo que pudo llegar a ser, La paz de febrero no acaba de convencer por una razón sencilla y fácilmente observable: la historia de Luis Seoane no logra enganchar al lector; y no lo consigue no porque carezca de ingredientes que puedan llamar su atención: al fin y al cabo, se nos habla de infidelidades, de inseguridades existenciales y de otros tantos temas que conforman la materia de algunas de las grandes obras de la literatura. El problema, en este caso, radica en el tratamiento, pues en su afán de construir una epopeya de personajes comunes, que llevan vidas anodinas y no se distinguen demasiado de cualquiera de nosotros, cae en la maldición de lo trivial, retratando la rea­lidad de una manera aséptica y carente de emociones. «La exaltación de lo vago» de la que hablaba Flaubert, y que es, a nuestro entender, uno de los mayores valores de la literatura, queda, de este modo, a cargo del lector, quien habrá de esforzarse sobremanera para reconstruir la tensión, la intriga y el entretenimiento que caracterizan a toda buena novela.
Sea como sea, más allá de las reservas expuestas, no faltará quien disfrute de estas páginas sin mayores tribulaciones o quien se sienta identificado con los afanes de su protagonista. Su mundo, no cabe duda, es el nuestro, y en su mediocridad y atonía quizá no sea tan difícil verse reflejados. 

01/04/2007

 
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