ARTÍCULO

La pasión a puerta cerrada

Planeta, Barcelona, 219 págs.
 

Adelaida García Morales se dio a conocer en 1985 con dos novelas cortas, El Sur y Bene, publicadas en un solo volumen por la editorial Anagrama. Como producto literario, El Sur contó con el considerable atractivo de haber sido la fuente de una película de Víctor Erice. Ahora, Adelaida García Morales pasa ya de los cincuenta años y tiene tras sí diez novelas y el premio Herralde por Elsilencio de las sirenas. Estamos, pues, ante una escritora de oficio, consolidada, de la que no cabe esperar grandes cambios en su estilo ni en la construcción de su universo narrativo.

Una historia perversa se plantea como una novela de intriga gótica, que podría recordar tanto a Rebeca, de Hitchcock, como a Loscrímenes del museo de cera, de André Toth. Un escenario y una atmósfera claustrofóbicos envuelven una historia de amor, narrada en primera persona por los dos amantes en capítulos alternos. Andrea, una mujer de clase media, dueña de una galería de arte, vive una relación absorbente con Octavio, un escultor. Hasta aquí, una relación como tantas. Pero hay un hecho, referido al método de trabajo del artista, que convierte esta relación en única: Octavio realiza sus esculturas a partir de cadáveres. Es decir, debajo de cada escultura, hay un muerto. Andrea está muy impresionada por la valía de su novio –y después, marido–, quien logra infundir en sus obras un gesto de espanto muy auténtico, desgarrador. Octavio, no se sabe bien si por prudencia o por ganas de provocar, prohíbe que Andrea suba a su estudio cuando él trabaja. Como es de esperar, ella sube. Y descubre la macabra técnica del hombre al que ama. A partir de este planteamiento, la novela se vuelve seriamente inverosímil. A Andrea no le gusta nada compartir la casa con cuerpos insepultos pero, pese a ser una mujer moderna, autosuficiente y culta, hace muy poco por marcharse. Octavio le echa cara dura filosófica a su genialidad y reprocha a Andrea que no entienda su arte: los muertos enterrados no son nada, la escultura les da una segunda oportunidad de vida, en una plaza, en un edificio público; en cierta medida el arte los resucita. Andrea está en una situación, en un sinvivir, que la atormenta, que no le deja dormir. Este estado, en el que intenta conciliar su necesidad de Octavio y su repulsión, le conduce al alcoholismo y a la dependencia de los fármacos. La situación da un paso adelante cuando la mujer descubre que los cuerpos llegan vivos y andando por su pie al estudio para pasar a ser armazón de escultura momentos después. El artista asesino le sigue echando cinismo al asunto y, desesperado ante la cerrazón de Andrea, le explica que su arte consiste en atrapar ese instante de transición entre la vida y la muerte. Más que perversa, esta historia es disparatada. Ciertamente, el amor no suele seguir los dictados de la lógica y puede alcanzar grados de extravagancia considerables; el problema es que el autor debe hacerlo verosímil. Andrea es un personaje plano, del que nada sabemos excepto que es víctima del magnetismo de un hombre; lo demás que se nos dice de ella es pura anécdota sin significado: se dedica al negocio del arte, su mejor amiga tiene una tienda de ropa, y cosas así. La manera que tiene de expresarse se vuelve en contra del mismo personaje: educada, discreta, serena, sin una mentalidad complicada, parece imposible que admita como un problemilla doméstico, de pareja, la materia prima de las terroríficas efigies del marido. Por otro lado, hay una tendencia a lo obvio: «Me pregunté si habría llegado ya mi hora. ¿Iba [Octavio] a la cocina a buscarme un licor de manzana para acercarse a mí o para envenenarme?», pasa por la cabeza de Andrea después de que él le dijera: «Pruébalo, es un licor exquisito», con una mirada «risueña y amorosa». Por otro lado, Octavio, que tiene la fea costumbre de romper el cuello a vagabundos en su estudio, se queja: «Con frecuencia me amargaba su negativa a hacer un esfuerzo para comprender el sentido de mi trabajo». No se llega a saber si todo esto es fruto de la inocencia o de la maldad de un iluminado. Pienso que la novela falla básicamente porque la intención de crear tensión psicológica está muy por encima del método seguido para desarrollarla. Hay un esquema de la intriga meridiano –de una intriga que tiene mucho de dejà vu– y poco más; incluso el desenlace es un tópico previsible, pero a esas alturas del texto, ya no importa. 

En El testamento de Regina se nos cuenta una historia también perversa. Lo que pasa es que esta vez el ámbito cerrado no es una pasión amorosa sino las relaciones familiares, que en este caso son realmente peligrosas. Una joven psiquiatra narra en primera persona la experiencia de un curioso empleo: ser confidente cualificada y señorita de compañía de una vieja dama sevillana, que ha visto morir prematuramente a seres muy cercanos; el último de ellos, su hijo Bernardo. Alguien de la misma familia lo estranguló y, luego, decapitó el cadáver. Hay un entramado de sospechas, potenciadas por la intención de incapacitar a Regina, mujer de golosa herencia.

Los problemas siguen siendo parecidos a los de Una historia perversa: Adelaida García Morales se ve atropellada por la historia, de tal modo que el lector tiene la impresión de que alguien le está contando un resumen rápido de otra novela más larga y, probablemente, más profunda. Voy a dar un ejemplo sólo para ilustrar con qué prisa se aborda esta ficción: «En cualquier caso, basándose en las palabras de Antonia, detuvieron a Enrique y a Amelia como presuntos culpables del asesinato. Entonces, ante la sorpresa de todos los presentes, Regina reaccionó ofreciéndose para pagar al juez, en aquel mismo instante, la fianza que fuera necesaria para dejar a Amelia en libertad condicional, pero no quiso escuchar las súplicas de Enrique». Se cuentan demasiadas cosas –algunas innecesarias– en párrafos muy cortos, a costa de dar información banal que no disimula la ausencia de diálogos, de introspección por parte de la narradora, de indagación en la naturaleza de los personajes. A esto se añade el poco empeño que pone la autora en destruir las frases hechas: el fallecimiento «causa un hondo dolor», ella estaba dispuesta a «pedir limosna si fuera preciso», sólo sentía por él «un cariño fraternal», la vida logrará sacarla de «este pozo seco en el que se ha hundido». La necesidad de depuración del material se evidencia en las numerosas repeticiones y redundancias, del estilo de «una breve relación que sólo duró cuatro meses» o «me añoraba y me tenía siempre presente».

García Morales es una escritora con mucha obra publicada que, quizá por eso mismo, no se está exigiendo lo suficiente. Es de esperar que supere esta etapa de autocomplacencia porque solamente es eso, una etapa; algo que ocurre con frecuencia en la carrera del que siente la pulsión de narrar.

01/05/2001

 
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