ARTÍCULO

«En el horno del tiempo»

Huerga y Fierro Editores, 304 págs.
Trad. de Pedro Luis Ladrón de Guevara
 

«Bate el tiempo los rostros de los hombres.» Desde este verso temprano que trae temblor de origen –de la fuente de nuestro sentido de la creación, de fuerte impronta griega– se hace ya patente una constante que impregna la obra entera de Mario Luzi, quizá el más grande de los poetas vivos: su pasión por el hombre, por la pasión del hombre, con su carga incesante de dolor; su pasión en el tiempo, en ese tránsito que se da su figura en el recuerdo y que encarna su ser en la palabra. Desde esta «substancia» existencial –más allá de etiquetas académicas que hicieron de Luzi un poeta «hermético»–, se reconoce un signo, un movimiento: ese batir del tiempo que en su canto no es sola y completa consunción, sino fuego al modo heraclitiano, como reinterpreta este pasaje: «un fuego que su arderse regenera»; quizá un batir que late, un corazón que impulsa nuestra vida.

La presencia de esta obra entre nosotros –tan tarde pero, al fin, entre nosotros– adquiere la condición y la presencia de un hecho poético mayor. En parte, por la propia personalidad del poeta –hasta ahora nunca traducido en España–, que une en su escritura y en sus textos una doble faceta de intelectual y de artista en la que el trabajo y recepción de lo poético es siempre una vertiente necesaria de su reflexión sobre el poema como creador y como teórico. Y en parte por el valor de dicha obra, que desde sus inicios en los años treinta nunca ha dejado de crecer y de ahondarse, incluyendo títulos como Avvento notturno (texto surrealista de 1940), Il giusto della vita (recopilación de 1960), Sufondamenti invisibili (una de sus obras esenciales, ya de 1967), Per il battesimodei nostri frammenti (Premio Mondello 1985) y el extraordinario Viaggio terrestre e celeste di Simone Martini, textos que han venido a situarse entre los imprescindibles de este siglo.

Desde sus comienzos vanguardistas –sin perder nunca sus raíces clásicas-hasta los libros últimos, de inmanente estructura dialógica y tono meditativo y dilatado, que constituyen una honda indagación, una inmersión inquieta en la corriente viva del poema y su condición trascendental, la obra de Mario Luzi representa un complejo y abierto testimonio de los poderes de una tradición a cuya crisis venimos asistiendo en la segunda mitad de nuestro siglo. Un testimonio activo y poderoso del sesgo fundador y originario de la palabra poética en sí misma –una que nunca olvida su condición de «límite»: pues «en lo extremo nacen las palabras»– y de su ser autónomo y completo, de su ser para sí, desde su fondo, sin dejar de ser nunca, al mismo tiempo, lo que abre espacio a cierto modo humano –un modo creador– del conocer.

El recorrido de esta Antología, una excelente muestra de conjunto hasta el ahora de una mente activa que a sus cumplidos ochenta y seis años continúa ahondando en la experiencia de un idioma difícil, de desnudo rigor y coherencia, recoge –y es su mérito central– el fruto de una vida, de una obra, que dibuja una clara trayectoria, un dilatado viaje por la edad en el que los motivos –recurrentes, constantes: variables-cobran unidad insospechada. Una intensa unidad que se percibe, desde la última vuelta del camino, como una deriva radical –una deriva auténtica, hecha forma concreta, realizada–.

Entre el hombre y el tiempo –«nuestro» tiempo, nuestro «presente» abierto, su hora en fuga: «nada seguro, su huida solamente»; y aquel otro tiempo detenido, asediado en su propia «duración, / inmóvil en su propio transcurrir», trasunto del kantiano: «der Zeit bleibt und wechsel nicht», «el tiempo permanece y no se muda»– el poeta desciende, va siguiendo los pasos de una voz. Pero una cuya sombra, que se alarga constante hasta nosotros «por las blancas paredes de la noche» –hecha de claros signos, rastros que van trazando su camino de «hombre tras una huella fina y débil»-reside en la vigilia de la luz, en esa plenitud donde el poema se alza a la estatura de su historia.

Una historia de espera con su «pared de nieblas y de años» que rehace su curso en el recuerdo. Porque el recuerdo, en esta poesía, es su materia misma, testimonio de una memoria fiel que nos avisa que «ser es no olvidar», que «el pensamiento si no finge, ignora; si no recuerda, niega». Prolongando esta idea medular que quizás es lo más característico de toda la poética moderna, los poemas de Luzi muestran siempre en lo alto de sí mismos, en su centro, su propio comentario, esa creciente interna que otorga a esta palabra su vigor, su objeto, su destino. «Vuela alta, palabra, crece en profundidad, / toca nadir y cenit de tu significado, / ... sueño que la cosa exclamas /.../ pero no te separes / de mí... / ... sin mi calor / o al menos mi recuerdo... / luz, no deshabitada transparencia...».

La condición matérica, lo denso de esta palabra alta y luminosa –quizá no sea ocioso subrayar su remisión interna a la esencia del nombre, a ese «nombre del padre», que la marca–, le impedirá ignorar en ningún caso el necesario paso por la sombra, en la clara conciencia de un dolor que Baudelaire llamaba «irrenunciable»; y no porque el poema se sumerja en ningún soñado malditismo sino, bien al contrario, por una residencia en lo común que encarna en sus versos sobriamente. «Antes de que esta pena te abandone / súfrela, es tuya.» Es suya, y es por eso que viene a ser de todos, en la rueda constante de las cosas que conocen, que saben, que conservan el sabor de los cambios, el poso de los viajes siempre últimos: «¿Dónde me llevas, viaje, hacia la cura / de mí mismo, o de qué mal distinto?». Deseos, espejismos. Sin embargo, aún queda el aliento, la medida de la palabra justa, la del ritmo, la horma, el peso, el tono: «Lengua humana / en mi libro quemada». Y, junto a ello, decir también: «Por más que eso no importe, / por más que sea nuestra vida, y basta».

Acceder a este libro, a estos poemas, en lengua original y en castellano, debe resultar imprescindible. Para nuestra lengua y la de todos. «Con tal que lean, que lean puramente.»

01/11/1999

 
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