ARTÍCULO

La muerte en punto

DVD, Barcelona
124 pp. 10 €
 

El infierno existe. Y no es un infierno de pintor flamenco con llamas y demonios. El infierno presenta escenografías inquietantes por familiares. Paisajes y figuras identificables. Mobiliarios asequibles. Escribo estas líneas en el húmedo verano barcelonés; miles de ciudadanos padecen un reiterado apagón, atados a la diálisis de los grupos electrógenos. La mayoría, en la tercera o cuarta edad, refugiados en minipisos, inmovilizados por la angustia, insomnes por el ruido persistente de los generadores que expelen negro humo de gasóleo. Los más viejos –regresión infernal– sopesan las velas casi consumidas y evocan bombardeos de hace setenta años o las interminables restricciones de la posguerra. Otras veces, el infierno pinta un paisaje aparentemente risueño de playas, chiringuitos y paseos marítimos donde parejas aparentemente felices se soportan durante quince días en agosto, hasta que un encadenamiento de situaciones banales les pone al borde del divorcio y el maltrato psicológico. El infierno puede estar en el desierto iraquí o caber en pocos metros cuadrados. El infierno era una voyeurista novela de Barbusse que transcurría en una habitación. El infierno es ubicuo: nosotros. El infierno, ese kit de Ikea: construimos un habitáculo para abrasarnos a modo. Y lo peor: no nos percatamos de la muerte, la Intrusa que bautizó Maeterlinck, la única verdad de la existencia. Amar la verdad, escribió Simone Weil, «significa soportar el vacío y, por consiguiente, aceptar la muerte».
En el Plano detallado del infierno de Antonio Fontana (Málaga, 1964), «la muerte llega cada tarde a eso de las ocho, la hora en que a los enfermos empieza a subirles la fiebre. La hora del desvarío y la locura». La muerte se pone a hacer punto, hechuras para cuando llegue la hora redonda. Aunque muchos de los que viven no saben que ya están muertos.
Autor de una novela gay descatalogada por la incuria editorial, De hombre a hombre (1997), Fontana es periodista del suplemento cultural de ABC y preciso cartógrafo del dolor, la culpa y el remordimiento, ese triángulo de las Bermudas que fagocita la esperanza humana y que anticipó en El perdón de los pecados, finalista del premio Café Gijón de 2003.
Volvamos al Plano detallado del infierno. Tiene mobiliario de hospital, de residencia de ancianos y de piso convencional; lo habitan dos matrimonios atrapados por la abulia, un hombre viudo que espera en el geriátrico que su hijo vuelva a visitarlo y una niña que agoniza tras ser atropellada. Todos, encadenados por el azar y la desgracia. Se presentan como víctimas pero no son inocentes. A estas alturas de la película, advirtió Camus, ya nadie puede juzgar a nadie. Un forense de la podredumbre moderna, Michel Houellebecq, lo expresa así en su Ampliación del campo de batalla, otro retablo de infiernos cotidianos: «Las relaciones humanas se vuelven progresivamente imposibles, lo cual reduce otro tanto la cantidad de anécdotas de las que se compone una vida. Y poco a poco aparece el rostro de la muerte, en todo su esplendor. Se anuncia el tercer milenio».
El plano con que Antonio Fontana envía a sus personajes al infierno es detallado, pero no peca de prolijo. Cada palabra, una connotación. Cada onomatopeya, un pen drive de reproches. Una solvencia informativa trufada de frases que despiden el viejo y conocido olor de las rutinas domésticas: octavillas de la memoria colectiva revolotean en la gran hoguera del averno. Un feraz costumbrismo cohabita con la frialdad descriptiva. Hemos dicho que los personajes están encadenados y las tres situaciones que les empujan a la catástrofe perfectamente sincronizadas por el narrador. Una mujer agoniza y la niña se muere en la habitación de al lado. El padre de la niña quiere agredir al marido de la mujer, pero no diremos por qué. Ambos son culpables. A todos los contempla una muerte risueña y tejedora: «Clic-clic, clic-clic. Sus agujas de punto mastican la lana malva». Un matrimonio maduro que se aburre y decide darse una vuelta con el coche por el campo. Otra pareja que está a punto de romperse: la mujer lleva a su niña a que recoja flores al borde de la carretera para la clase de ciencias naturales hasta que sobreviene el accidente. Y en el tercer cuadro, el hombre del geriátrico: «Lo peor de las residencias de ancianos no son los ancianos: lo peor de la residencias de ancianos son los hijos de los ancianos, que no vienen de visita, o si vienen es a regañadientes, porque no queda otro remedio: el santo de papá, el cumpleaños de papá, la muerte de papá». Y papá espera como esperaba a una vecina para saciar con sexo sus soledades. Esa vecina que descubrió que su marido era un extraño: «Una mañana te despiertas junto a un hombre que no te da los buenos días: ¿De qué me suena a mí la cara de este señor?». A todos les aguarda la muerte, cosiendo vestiduras malvas, «mientras la gota suspendida del lavabo plinc, mientras el reloj del pasillo tictic». El hombre del geriátrico mueve a la pena como un rey Lear que sufre la ingratitud filial, hasta que sus cavilaciones desvelan una oscura memoria con ese hijo que espacia tanto sus visitas.
Sabiamente administrados, los detalles de Fontana desvelan que los inquilinos del plano infernal no son inocentes, pero tampoco son monstruos; son gente normal, que Dante situaría entre los indiferentes del Canto III de su Commedia; los del vestíbulo del infierno que anuncia Virgilio: «De las almas que han vivido / de modo que ni el bien ni el mal hicieron / brota este triste y mísero alarido».
Sobrecogedora convergencia del azar y la desgracia. El escritor malagueño incide con frases cortas. Incide, de incisión. Su bisturí separa las vísceras de organismos enfermos, mientras la muerte teje sudarios color malva. En la habitación 404 de un hospital notamos «este olor a cloro de agua de piscina en el que parecemos asfixiar­nos ante la mirada de lechuza de los peces que nadan en el interior de los cuadros de la pared». Un infierno funcional donde la muerte acude solícita a la hora en punto. Sin aspavientos ni alaridos. Las tragedias de la vida vulgar, destiladas con mesura, dejan un sabor doblemente amargo; frases cortas y puntos y aparte. La salmodia de lo que pudo haber sido y no fue, aliviada de la tentación melodramática, nos pone ante el abismo. Dice Fontana que su anterior novela, El perdón de los pecados, debía titularse Ceremonia del dolor. Dolor, culpa y remordimiento: triple alianza de una visión radicalmente sincera en un mundo que pretende ignorar la muerte. Un infierno con luz y mandos a distancia que pulsan corazones separados: el infierno de esa pareja sonriente en una fotografía lanzada al contenedor de basura. 

01/10/2007

 
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