ARTÍCULO

Nueva mirada sobre la Gran Vía

Marcial Pons, Madrid
248 pp. 39,50 €
 

Dos mil diez ha sido el año del centenario de la construcción de la avenida madrileña. Discursos, conferencias, actos, fiestas y numerosas publicaciones de diversa y variada índole han dado cuenta de la efeméride. Unos meses antes de iniciarse el rito veía la luz el libro aquí reseñado. No se trata de una obra de circunstancias, sino de todo lo contrario. Su autor, un estudioso de la cultura española contemporánea, muy especialmente de la madrileña, sacaba a la luz en vísperas de la celebración una obra medida, pensada y sentida, tres aspectos muy difíciles de trabar en un estudio histórico. No en balde llegó a Madrid en plenos años sesenta y conoce la ciudad profundamente. De entonces procede su interés por la Gran Vía y ello explica la fusión entre conocimiento y análisis de la ciudad que destila todo su libro.
El estudio coloca la apertura de la calle en el marco de una coyuntura histórica que va haciéndose cada vez más global y, desde el final de la Gran Guerra (1914-1918), más influida por la cultura estadounidense. La avenida que empezó a construirse en 1910, todavía bajo el imperativo dominante del estilo francés, a medida que iba avanzando fue americanizándose. Y ello no tanto por el valor simbólico y arquitectónico de su edificio más alto, el rascacielos de Telefónica, construido para la sede de ITT en España, como por el carácter que fue tomando la vía poco a poco.
A partir de su segundo tramo (Red de San Luis-Plaza de España) la Gran Vía se convirtió en un espacio escasamente residencial y muy especializado en actividades económicas y comerciales nuevas. Ello supuso un cambio importante en las formas de vida de quienes trabajaban o producían en su entorno. Utilizaban prácticas más racionales y productivas que se combinaron con nuevas formas de consumo y de ocio cultural. De ellas, la más extendida, la que dio carácter a la calle, fue la cinematográfica. De ahí que esta arteria urbana fuera en el período que va de su fundación a la Guerra Civil el espacio más moderno y avanzado de la ciudad.
Ese perfil de la calle aparece en el libro de Edward Baker apoyado por testimonios ricos y variados, entre ellos una gran cantidad de imágenes fotográficas. Éstas, unas más conocidas que otras, acompañan el texto en todo momento. No son meras ilustraciones, sino documentos que aclaran, enriquecen o completan la interpretación del propio autor.
Escrito en un estilo claro, conciso, no exento a veces de ironía, se lee en todo momento con agrado y con placer. Todos los capítulos de la obra son interesantes en su planteamiento y contenido, pero es muy sugerente el dedicado a los cinematógrafos y la industria derivada, la Cinelandia que llama el autor, retomando el termino que utilizó Ramón Gómez de la Serna para titular una novela. Todas las imágenes, metáforas y símbolos inventados por escritores nacionales y extranjeros de preguerra coincidieron en esa percepción de la avenida. Los testimonios que acumula Baker y las relaciones entre ellos que establece dentro y fuera de España son muy elocuentes y lúcidos.
 El autor propone para su estudio un recorrido cronológico que se detiene con la Guerra Civil. Ésta marcó una ruptura inevitable en el devenir de la calle. Sin embargo, aunque su planteamiento sea correcto, es de lamentar que no se atreva a llegar más lejos. Algunas de sus tesis pienso que necesitarían un desarrollo en un plazo más largo. Por ejemplo, la de la denominada modernidad limitada de la calle. Para poder ponerla a prueba sería interesante seguir la evolución de la arteria hasta entrados los años setenta, en que empezó a tomar otros derroteros. Podría distinguirse así la acción del azar, la imposición dictatorial y la continuidad del proyecto inicial.
Sabemos que el ejército franquista se ensañó con la Gran Vía. Recuérdense las horribles imágenes fotográficas de 1936 a 1938, o los sobrecogedores testimonios de Arturo Barea. Sin embargo, tras la victoria, la calle se sacudió en pocos años como pudo la pobreza y el régimen la convirtió en escaparate de modernidad. Pero no fue sólo el franquismo: también los madrileños volvieron a llenar sus cines, las primeras agencias de viajes abrieron allí sus puertas y se localizaron en ella las innovaciones comerciales más interesantes de la inmediata posguerra.
En el Madrid de la autarquía franquista la Gran Vía fue el escenario del glamour cinematográfico, la catedral del cine extranjero más moderno del momento y el núcleo del comercio de lujo. Loewe o la bisutería Alexandre se inauguraron en aquellos años. Al mismo tiempo, se ponían en práctica en ella las innovaciones más racionales y populares del comercio masivo, los almacenes Capitol y Sepu, que habían nacido antes de la Guerra Civil, y los Calzados Segarra, muy amparados por el régimen y dispuestos a convertirse en los calzados Bata a la española.
Existe un aspecto de la calle, también subrayado por visitantes y transeúntes en los años estudiados, que es tímidamente señalado en el estudio de Baker. Me refiero al comercial. El autor cita algunas de las tiendas del primer tramo y, desde luego, los Almacenes Madrid-París del segundo. Pero no insiste en ello con el mismo énfasis con el que habla de los bares americanos o de los cines. No obstante, los comercios de la Gran Vía, los pequeños (Aldao, Samaral, Brooking) y los grandes (Almacenes Rodríguez, la Casa del Libro de la editorial Espasa Calpe, el fracasado Madrid-Paris) aportaron a la vida madrileña el mismo grado de modernidad que las salas cinematográficas, aunque fuera de otra manera. Rompieron moldes tradicionales en un comercio urbano que desde el siglo anterior venía siendo uno de los indicadores más destacados de la actividad económica de la urbe.
La inclusión de la actividad comercial permitiría también explicar por qué en la ciudad devastada tras la contienda civil la Gran Vía apareció como un espacio de modernidad. No sólo las iniciativas comerciales antes citadas la eligieron como escenario predilecto. El primer gran almacén que tuvo éxito en la ciudad, Galerías Preciados, abrió allí sus puertas en 1943, por ejemplo. El empresario más emprendedor del momento, Pepín Fernández, que había iniciado su andadura comercial en la España republicana, desplazó su negocio de la calle de Carretas a la Gran Vía para crear en ella la gran tienda moderna de la España franquista.
¿Azar o continuidad? Para intentar definir la modernidad de la avenida sería preferible una trayectoria temporal más dilatada. Los principios se habían situado en los años veinte, pero creo que la inercia persistió a pesar de la guerra y de sus secuelas. La Gran Vía de los años cincuenta y sesenta tenía un perfil de metrópoli urbana que sintetizaba los elementos anglosajones de sus inicios con la influencia posterior de las grandes urbes latinoamericanas. Ya no sólo recordaba a Londres o Nueva York: más bien parecía Ciudad de México o la populosa arteria de una ciudad mediterránea.

01/12/2010

 
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