ARTÍCULO

Del entusiasmo al espanto

Edhasa, Barcelona
Trad. de David León Gómez
764 pp. 40,50 €
 

El presente libro –dice el autor en la primera frase de este voluminoso estudio de más de setecientas páginas– pretende examinar desde el punto de vista universal una guerra que muchos interpretan a menudo como un conflicto restringido a Europa». En otras palabras, lo que se propone y nos propone desde el mismo pórtico el historiador norteamericano John Morrow Jr. es superar el enfoque eurocéntrico. Y constatamos inmediatamente que, en este caso, dicha superación lleva aparejada una sentencia de culpabilidad, y no aludo a la condena de quienes sostuvieron aquella perspectiva que ahora se quiere trascender, sino a algo más grave, porque afecta al contenido o interpretación de los hechos. Me refiero a que el historiador empieza por establecer la responsabilidad –adelantemos ya que completa, total, absoluta– del colonialismo europeo, y de todo lo que este fenómeno comportaba de arrogancia racista y delirio belicista, en el desencadenamiento de las hostilidades en el verano de 1914. Y de ahí a la «enseñanza» (o, también podríamos decir, moraleja) hay un paso que no se oculta, antes al contrario, se explicita en el mismo prólogo: «La suma de las dos guerras mundiales» muestra «que buena parte de los males que los europeos creían detectar en otros se hallaban dentro de ellos mismos» (p. 16). Una lección, se añade algunos párrafos más adelante, tanto más instructiva cuanto que «Estados Unidos parece dispuesto a dar la bienvenida al siglo XXI acometiendo una empresa imperial».
A tono con lo anterior, todo el primer largo capítulo –más de setenta páginas–, dedicado a los «orígenes de la guerra», es en buena parte una denuncia de esos abisales vicios europeos toscamente disfrazados de virtudes: la civilización, el progreso y la cultura que el Viejo Continente decía querer exportar a todo el globo no eran más que el disfraz apolillado de la codicia, el desprecio al otro y, sobre todo, la crueldad más miserable. Conrad se quedaba corto en su «corazón de las tinieblas»: los «hechos brutales de exploradores afamados como el británico Henry Stanley o el alemán Carl Peters superaron a los de Kurtz, protagonista de la novela» (p. 35). Morrow subraya que ese complejo de superioridad no era una retórica de juegos florales, sino una directriz política que se convertía en principio militar, ese orgullo de conquista a sangre y fuego... ¡en nombre de la Razón! Mientras los demás pueblos –todos los que no eran blancos– ponían los muertos, no era difícil mantener la buena conciencia, basada en el convencimiento de que nos asistía la causa justa. Pero la concepción de la guerra se trivializó, derivó en deporte, en juego; al tiempo, y complementariamente, se extendió un culto a la violencia como recurso efectivo, sin reconocimiento de límites: ¿por qué no aplicar ese mismo método para ampliar el espacio vital de la propia metrópoli a costa de los vecinos o rivales más débiles? «La existencia del pangermanismo y el paneslavismo demuestra [...] hasta qué punto habían penetrado en el continente las ideas imperialistas. Ninguna de las potencias principales se hallaba satisfecha con sus circunstancias» (p. 94).
La aseveración anterior es importante porque le permite a Morrow dar el salto de la tentación moralista –que, afortunadamente, queda sólo en eso, en esbozo– al análisis concreto de las causas, relativizando en este sentido las tesis tradicionales que hacen gravitar sólo sobre la agresividad alemana la ruptura de hostilidades. Es hipócrita –arguye– cargar las tintas sobre el militarismo germánico, exculpando a Francia y Gran Bretaña como si se hubieran comportado como democracias ejemplares y pacíficas. Nadie de los que estaban en el poder en Europa, dice textualmente, «era inocente», sino «culpable y cómplice del estallido de la contienda». Es verdad que toda atribución de esa índole termina por diluir un tanto los perfiles, pero la argumentación de Morrow, en diálogo con los especialistas en la materia –sobre todo los anglosajones, de Joll a Ferguson– es coherente y está fundamentada de manera diáfana. No le falta razón, por ejemplo, cuando argumenta que ello explica, no ya la universal disposición favorable a las soluciones de fuerza, sino el sincero entusiasmo popular en todos los países, índice de hasta dónde había calado la mentalidad antes descrita: llegaba, ¡por fin!, la hora del combate, la guerra heroica, caballeresca y regeneradora.
Lo que sigue es el paso abrupto del entusiasmo ingenuo al espanto. Al análisis pormenorizado de esa caída libre en el abismo se dedica el grueso del libro, cinco largos y densos capítulos que tratan, paso a paso, los años de la guerra, de 1914 a 1918, con el objetivo de trazar en cada uno de ellos no sólo la marcha de las operaciones militares, sino la situación interna de cada país, la toma de decisiones políticas y estratégicas, el establecimiento y evolución de las alianzas, los problemas sociales y el impacto concreto de los acontecimientos en la vida cotidiana de las principales naciones implicadas. Estamos, por tanto, como ya habrá podido advertir el lector, ante un intento de «historia total», es decir, el bosquejo de un cuadro en el que los ingredientes militares, políticos, económicos, sociales y culturales, en vez de repelerse o excluirse, se complementan unos a otros trazando un panorama comprensivo en el que cada elemento busca su apoyo en los que lo rodean. No se pierde nunca la perspectiva de conjunto, pero éste queda siempre matizado por la atención a los detalles, en especial a aquellos factores que podríamos considerar más a ras de tierra, los que afectan al hombre de carne y hueso. Creo que debe destacarse que la aportación más decisiva de la obra termina siendo este énfasis en la vertiente humana o, dicho más abiertamente, en el sufrimiento y las penalidades de todo orden que trajo consigo la guerra.
Sufrimiento para empezar –y como es obvio– en el frente, en las trincheras, en aquellas interminables zanjas en las que se chapoteaba en lodo y sangre, donde pies y manos se congelaban, los enfermos se consumían, los heridos agonizaban durante días sin fin o donde acechaba una muerte artera en forma de fuego que calcinaba decenas de cuerpos, dejando una tenebrosa quietud y el inconfundible hedor a carne quemada. Peor aún eran aquellos avances sin sentido para tomar una posición imposible, soldados cayendo a cientos, a miles, bajo el fuego de ametralladoras y cañones, matanzas apocalípticas (Verdún, Somme) en las que –paradoja macabra– lo peor que le podía pasar a un hombre era no sucumbir rápido, quedar desangrándose durante horas o hasta días en condiciones atroces, con miembros colgando inanes, con las tripas asomando por el vientre abierto, con heridas que iban gangrenándose sin remedio... No lo tenían mejor los combatientes en África, víctimas además de unos parásitos –la nigua y la filaria, entre otros– que causaban padecimientos espantosos (p. 327). Morrow evita los calificativos sobados y los términos grandilocuentes con el fin de plasmar de forma eficaz –con datos y cifras, pero también con hechos y casos concretos– las proporciones de un encarnizamiento nunca visto hasta entonces, sin olvidar las penalidades de la población civil, que alcanzan por momentos cotas tan estremecedoras que parecen surrealistas, como una horda de mujeres famélicas en Berlín desollando en plena calle un caballo que había caído por inanición y rebañando hasta la última gota de sangre (p. 467).
El capítulo final, dedicado al mundo de posguerra, alude irónicamente a la «paz que iba a acabar con todas las paces» y establece un panorama general, en términos sintéticos y muy negativos, de lo que queda tras la hecatombe: poco o nada se ha solucionado, algunos males como el racismo se han exacerbado y, por encima de todo, se deja la puerta abierta a nuevos y más sangrientos enfrentamientos. Tanto es así que propone un nuevo enfoque que contemple ambas guerras, la Primera y la Segunda, como un gran conflicto unitario dilatado a lo largo de tres décadas («otra guerra de los Treinta Años»). Ese planteamiento, no obstante, no pasa de ser un apunte un tanto al desgaire y sin desarrollo. El libro de Morrow, en definitiva, escrito básicamente a partir de un solvente manejo de fuentes secundarias, con una resuelta impronta empírica, no contiene aportaciones trascendentales ni establece al final un balance especialmente novedoso, pero tiene la virtud de ser una buena síntesis, un esclarecedor análisis global del conflicto y un excelente ejemplo de ese modo anglosajón de escribir historia, capaz de llegar, por su claridad expositiva, a todo tipo de público.

01/02/2009

 
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