ARTÍCULO

El enigma del anagrama

Espasa Calpe, Madrid, 213 págs.
 

Cinco años después de Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca, el leonés Juan Pedro Aparicio vuelve a dejar que el inspector Malo ande a tientas en La Gran Bruma, enredado por las súplicas y la caída de pestaña de otra supuesta viuda que desea saber si lo es verdaderamente o no. Se publica esta novela en un momento editorial en que el género negro parece estar recargando pilas, pero sin tener clara la intensidad de su color. Por mucho que algunos adeptos a la novela de género teman la decoloración, lo cierto es que los nuevos ingredientes aportados por los autores ocasionalmente practicantes la abren a otro público, un público de paladar hecho a sabores menos puros pero quizá más diestro en distinguir la variedad de aromas.

En La Gran Bruma, el inspector Malo –cuyo nombre parece una castiza degradación fonética del prestigioso Marlowe– reaparece en calamitoso estado: casi repudiado por el Cuerpo de Policía, separado traumáticamente de su esposa, añorante de su hijo, vapuleado por desconocidos y habitado por la idea del suicidio. Su torpeza mental y estratégica no permiten percibirlo como el clásico héroe desastrado de novela policiaca, ni como pariente de los avispados sabuesos de fino escalpelo detectivesco; por otra parte, el enigma que plantea la trama tampoco tiene la nitidez de las novelas de antaño, y, por todo ello, La Gran Bruma se ajusta al gusto de la actual novela negra, que hace reposar el peso del género sobre la atmósfera, la ambientación y la galería de personajes más que sobre la intriga precisa y la labor de deducción y resolución llevada a cabo por el protagonista.

El título de esta novela es, pues, significativo en más de un aspecto: la «gran bruma» es «esa zona de sombra que todo policía con sentido común debe saber evitar», pero es también la estética de indefinición que hoy día cultiva el género. Del lado de la temática impenetrable se hallan las oscuras tramas políticas y económicas que Malo intuye en el fondo de sus desconcertantes desventuras cotidianas. Del lado de la calculada indefinición está una certeza que el lector adquiere progresivamente: para ver resuelta la intriga, ha de confiar más en la inteligencia de la construcción de la novela que en la inteligencia detectivesca del personaje.

La aventura de Malo va trazando, en sus diversos episodios, el perímetro externo de «la gran bruma»; Aparicio lo entretiene en escarceos carnales, supuestas alucinaciones y conversaciones futboleras –«Merengue» y «Más merengue» titula dos capítulos con irónica sorna–, mientras siembra en la narración detalles y figuras inconexas que más tarde habrán de componerse; el autor juega al desconcierto con el lector, y ello se nota en ciertas insistencias sospechosas, pero, puesto que el personaje está aún más desconcertado, el lector casi ni atina a acusar molestia. A mitad del libro, Malo viaja a Marbella y llega a las puertas de una finca de nombre La Quitina. La quitina es el componente principal del esqueleto externo de los insectos –una especie de escudo protector–, y esta finca es también algo así como el escudo que defiende a «la gran bruma». Malo no llegará a descubrir de esa «gran bruma» nada más que el funcionamiento de su sistema de protección, pero ese descubrimiento le permitirá poner en claro el estado civil de la supuesta viuda, y en pie su propio y maltrecho honor profesional.

Nada es lo que parece en esta novela, y tampoco lo es la explicación que acabo de apuntar, pues sugiere que, en La Quitina, Malo encuentra un mundo siniestro cuya complejidad técnica o estructural sirve de pantalla opaca que oculta dicha «gran bruma»; para jugar yo también a desconcertar al lector, diré que, muy al contrario, La Quitina convierte su opacidad en juego de espejos, y que ofrece un ambiente lúdico y placentero en el que pululan mariposas, princesas del ¡Hola! en actitudes levemente procaces, presidentes de club de fútbol o de gobierno, y muy especialmente Lady Di. Pero Lady Di –Malo lo sabe– está muerta, y si a esto añadimos que, discretamente, la novela ha aludido en varias ocasiones a los ángeles, se puede suponer que, más allá del juego del desconcierto, Aparicio explora el sesgo fantástico que también parece tentar actualmente a una parte de la novela negra.

Sin embargo, una vez más, esta impresión no es sino apariencia debida al genio burlón del autor, que envuelve la sórdida realidad en gasas de fantasía fantasmal; el lector, al igual que Malo, percibe que una irrealidad juguetona planea sobre la novela; pero Malo rectifica su juicio y termina hablando de «falsificación de la realidad», y esta corrección debiéramos también hacerla nuestra; de hecho, Aparicio ya nos había advertido desde la cita de Byron que abre el libro: «¿Qué es la mentira sino la verdad disfrazada?».

Tal es el hallazgo del relato: travestir la realidad hasta difuminar la frontera entre lo altamente improbable y lo imposible. Si Poe concibió la novela policiaca como un género fantástico de la inteligencia, Aparicio propone en este libro un ejercicio de inteligencia entre las brumas de la fantasía. La solución al enigma es casi otro enigma: la realidad es el anagrama de lo fantástico. Y por eso la pista es el retorcido espejo lingüístico que convierte a Roldán en Ladrón, a la princesa de Gales en el Gal, y a Diana en la Nadia de la que Malo se enamora. Si acaso ustedes no lo entienden del todo, piensen en esa práctica sabiduría que dice que el mejor escondite es el que se encuentra más a la vista.

01/01/2002

 
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