ARTÍCULO

La desmilitarización de la sociedad

MInisterio de Defensa, Madrid, 1996
440 págs.
Ministerio de Defensa, Madrid, 1996
549 págs.
 

Los contribuyentes españoles, muy en particular cuantos se sienten preocupados por el enriquecimiento de nuestra precaria historiografía militar, deberían sentirse satisfechos ante la publicación de estos dos libros por el Ministerio de Defensa. Sin el apoyo público, ambos seguramente permanecerían inéditos, lo que habría supuesto una nueva laguna que añadir al lamentable panorama bibliográfico sobre la historia del ejército español. Se trata de dos concienzudos trabajos de investigación que, en principio, sólo resultan atractivos para especialistas en el tema y, por tanto, hubieran tenido escasas posibilidades de captar el interés de libreros y editores.

Hecha esta salvedad, poco más tienen en común. René Quatrefages forma parte, con Geoffrey Parker e I. A. A. Thompson, del trío de hispanistas que, en su juventud, se enamoraron de nuestros Tercios en el Archivo de Simancas, y cuyos trabajos se han convertido en referencia obligada para cualquier estudioso del Siglo de Oro. El meritorio trabajo de Albino Feijoo, que le valió el doctorado en Historia, es su primer contacto con el mundo militar. Las dos obras cuentan con un cuerpo expositivo amplio y enfocado desde muy diversos puntos de vista. En la del historiador francés, la diversidad es enriquecedora; el lector agradece cada una de las informaciones aportadas, porque todas ellas tienen como objeto facilitar su comprensión del proceso expuesto. En Quintas, existe exceso de datos superfluos, poco elaborados además, y falta información de fondo; aporta muy escasas novedades al especialista, y puede, incluso, desorientar al aficionado a la historia militar.

Quatrefages, que había estudiado la plenitud del sistema militar español en tiempos de Felipe II (Los Tercios, Ediciones Ejército, Madrid, 1983), nos ofrece en La revolución militar la génesis del mismo. El autor analiza, con claridad y metodología cartesianas, la conversión del ejército medieval, que los Reyes Católicos concentraron frente a los muros de Granada, en la perfecta herramienta guerrera que, puesta en las manos expertas de Gonzalo de Córdoba, se depuraría en Italia y después permitiría respaldar la política imperial de los monarcas de la casa de Austria durante siglo y medio.

Los consejeros de Fernando de Aragón tuvieron la genialidad, en el breve plazo de diez años, de organizar unidades de combatientes a pie –la luego temida y ensalzada Infantería española–, capaces de enfrentarse con ventaja a la aristocrática caballería francesa, en cuyo país «la incapacidad militar del pueblo llano se consideraba uno de los axiomas del orden social». La modernizada monarquía hispana aprovechó el individualismo de los españoles y su tradición guerrera, adquirida en la larga lucha contra los moros, para dotarlos de picas y arcabuces y encuadrarlos en cuerpos armados, caracterizados por su versatilidad operativa, su eficaz empleo del arma de fuego individual, y su sujeción estricta al control político y financiero del Estado.

En el mismo período, se aprendió a diferenciar con precisión el ejército real de las milicias provinciales y locales. El primero, instrumento de la política exterior de los Habsburgo, permanecía estacionado habitualmente en Italia, era muy discreta la proporción de naturales de los reinos peninsulares que lo integraban, y en su composición predominaban los soldados profesionales voluntarios. Las segundas estaban formadas por vecinos reclutados por sorteo, que sólo podían ser movilizados ante una incursión armada en el territorio de su jurisdicción. Uno y otro conjuntos se regían por las mismas ordenanzas, lo que reforzaba su estrecha dependencia del poder real. Sin embargo, según la tesis de Quatrefages, esta división de funciones y la marginalidad de la península ibérica con respecto a los teatros de operaciones europeos llevó, al cabo de unas cuantas décadas, a la casi total «desmilitarización de la sociedad», que llegó a sentirse desvinculada de las aventuras exteriores de sus reyes.

Tres siglos después, la estructura básica del ejército español de comienzos del siglo XIX no era muy distinta de la perfilada en la obra de René Quatrefages. Hasta casi la mitad del siglo –reformas de Narváez de 1847–, perduró la diferencia entre ejército regular y milicia provincial; durante su primer tercio, se continuaron reclutando extranjeros; y a lo largo de los primeros setenta y cinco años del mismo, permaneció abierta la polémica sobre el sistema de reemplazo, entre partidarios de un ejército basado en soldados voluntarios frente a los que se inclinaban por el servicio militar obligatorio. Nuestro segundo autor, Albino Feijoo, nos promete, en las primeras páginas de Quintas, despejar las muchas incógnitas pendientes sobre estas cuestiones y abordar el problema del reclutamiento decimonónico «desde distintos puntos de vista (social, económico, político y jurídico)», con el laudable objetivo de «ofrecer un estudio global de un tema que condicionó las relaciones sociales de España durante todo el siglo XIX». Desafortunadamente, el libro no alcanza este objetivo final.

Tras enfrentarse con cientos de páginas dedicadas a analizar exhaustivamente, quizás con mayor número de datos y testimonios de los precisos, aspectos estadísticos, legislativos, periodísticos y sociológicos del sistema de reclutamiento vigente en España durante buena parte del pasado siglo, es dudoso que el paciente lector termine por conocer las características más relevantes del sistema de quintas. Y mucho menos, su compleja evolución a lo largo del siglo XIX. La quinta es un producto de la revolución liberal: nace al hacer crisis el antiguo régimen a finales del siglo de las luces y muere cuando la democracia se impone al liberalismo en los albores del siglo actual; pero Quintas limita la investigación a los treinta años centrales del siglo XIX (1854-1885), salvo contadas y desconexas incursiones adelante y atrás.

La quinta se presenta como un fenómeno aislado, extraído de su contexto castrense, y sólo vinculado con la sociedad de su tiempo a través de algunas esporádicas y localizadas muestras de protesta social. El autor debiera haber incidido más en este último aspecto, sin duda el más original del libro, como intuyó al elegir título para el mismo. La oposición al servicio militar obligatorio, aunque manifestada mucho antes de las quintas decimonónicas –y aquí debemos hacer de nuevo referencia a la «desmilitarización de la sociedad», de que hablaba Quatrefages–, está bien tratada en los dos últimos capítulos, de los nueve en que se divide la obra. Si puede echarse en falta una mayor atención a la oleada de protestas que levantaron los embarques a Cuba a fines de siglo, es especialmente meritorio el aprovechamiento de los fondos del archivo del Congreso de los Diputados, que conserva los pliegos de firmas enviados por los ayuntamientos en 1855 y 1869 para solicitar la abolición del servicio forzoso, así como el rastreo de los motines antiquintas en la prensa del bienio liberal y del sexenio democrático.

En conjunto, el libro resulta confuso y desordenado y las ideas expuestas contradictorias, imprecisas y deslabazadas. No obstante, es preciso reconocer a Albino Feijoo el mérito de haber aportado a la historiografía militar un monumental trabajo de investigación, que, sin duda, será referencia obligada para cualquier otro que trate el tema en el futuro.

Resumiendo, tenemos en las manos dos nuevos libros de historia militar –lo cual ya tiene suficiente valor intrínseco– de desigual interés. Frustra pensar que, una vez más, deba ser un hispanista extranjero quien, como antes lo hicieran Payne, Christiansen, Headrick, o los antes citados, vaya a monopolizar la atención de quien estudie el devenir de nuestro ejército. La obra de Quatrefages diseña la herramienta de que se valió la monarquía española para convertirse en la primera potencia europea de su tiempo y ayuda a comprender cómo, simultáneamente, los peninsulares se fueron desvinculando del quehacer militar de sus gobernantes. Albino Feijoo se enfrenta al problema del reclutamiento en uno de sus momentos más convulsivos: cuando las clases dirigentes se plantearon la necesidad de acudir a la ciudadanía, ajena durante trescientos años a estas cuestiones, para formar con ella el grueso de las tropas. Lástima es que proceso tan palpitante no haya sido tratado con similar maestría por nuestro joven profesor. Sin embargo, bueno es que lo militar continúe penetrando en la universidad y que se prodiguen investigaciones sobre esta materia –clave para comprender algunos de los rasgos sociológicos del pueblo español–, hasta que llegue el día en que contemos con cátedras especializadas, a semejanza de las que existen en las grandes universidades del mundo.

01/05/1997

 
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