ARTÍCULO

Falsear la historia

Alfaguara, Madrid
616 págs. 3.400 ptas.
 


Allá por 1602, Tommaso Campanella, controvertido pensador italiano, escribió Civitas Solis, obra de importantísima trascendencia en la que forjaba una república imaginaria presidida por la igualdad política y económica. Casi cuatrocientos años después, Miguel Naveros remeda título, aunque ni de lejos peso ideológico y calidad. La extensísima novela que aquí nos ocupa pretende ser, o al menos eso parece, un ejercicio revisionista, a través de la ficción, de todo el siglo XX , centrándose para ello en la existencia de la familia Velego. Es aquí donde nos encontramos con el primer gran escollo de la obra. Naveros reviste su creación de un tono de fábula –con fuertes dosis moralizantes del todo obviables–, tras el cual se esconde la verdadera esencia de la que, en principio, podríamos llamar novela. Digámoslo ya, La ciudad del sol más que una obra literaria resulta ser un panfleto –comunista, en este caso– decorado con artificiosas guirnaldas de colores que, a pesar de su vistosidad, no consiguen tapar las espurias ramas sobre las que reposan. Cualquier panfleto, sea cual fuere su tendencia, implica siempre un falseamiento de la realidad; la adopción, a fin de cuentas, de una vía monológica en la que la contradicción, el matiz... no tienen cabida. Siendo falso en el modo, el escritor madrileño es, al menos, coherente con la naturaleza de su creación, pues, en virtud del mensaje que se quiere transmitir, hace una lectura absolutamente partidista de los eventos más reseñables de nuestra historia contemporánea.

Visto el fondo, el lector podría esperar un resquicio de salvación en la forma. Todo lo contrario. Las fuentes de las que bebe Naveros más que claras son transparentes. La estructura de La ciudad del sol podría ser definida, con excesiva e infinita indulgencia, como una lectura empobrecedora y degradante de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Sirviéndose del paso de las distintas generaciones, el narrador cuenta la historia de toda una saga, la de los Velego, cuyos pretendidos signos de identidad se mantienen a lo largo del tiempo. A diferencia de la inmortal novela del colombiano, los seres que pueblan las páginas de La ciudad del sol son, como el contenido de la novela, planos. Desde el pater familiae que inaugura la saga hasta el último de los interminables descendientes no hallamos, por más que lo intentemos, un atisbo de duda, un momento de debilidad, una pizca de incertidumbre. Como los héroes de las novelas de caballería, todos, sin excepción, se caracterizan por su comportamiento recto, su amor al trabajo, su integridad en la vida personal y profesional, su absoluta dedicación a los demás, su proverbial bondad y, claro está, su sobrenatural entereza para salir de las más complicadas situaciones. En muy pocas ocasiones, seres con tan alto concepto de sí mismos han constituido caldo de cultivo para la buena literatura. Desde luego, como es fácilmente deducible, todos aquellos contrarios a sus intereses e ideología no pueden ser sino un cúmulo de reprobables defectos. Las mayores dosis de maniqueísmo estaban reservadas, claro está, al episodio más importante de nuestra historia reciente: la guerra civil. Incapaz de concentrarse en los sentimientos contradictorios que llenaban a los españoles de la época, Naveros acoge la salida más sencilla. Acumula episodios anecdóticos, única solución posible cuando no sabemos crear caracteres complejos que hagan de esos hechos un bagaje necesario que unir a sus vidas.

Haciendo la vista gorda a aspectos tan importantes como los reseñados hasta el momento, Miguel Naveros podría haber profundizado en los acontecimientos históricos que narra. Por el contrario, la superficialidad vuelve a ser la principal característica. Tan sólo hemos de darnos un ligero paseo por la parada obligada en el mayo del 68 o, si lo prefieren, en la llegada de la democracia. Sin duda, algunos de los fragmentos podrían ser rescatados para un hipotético manualito titulado Historia básica de España para la ESO o algo por el estilo.

Por último, hemos de referirnos al modo de narrar de Naveros. La ciudad del sol más que en una novela de finales del siglo XX , hace pensar en Galdós, Clarín..., sin, desde luego, poder parangonarse con ninguno de estos nombres. La única vía de escape a la polvorienta omnisciencia de la que se hace gala la encontramos en algunos tímidos cambios de perspectiva que, para ser más exactos, habría que calificar como cambios de sujeto emisor, sin que la perspectiva, en realidad, cambie lo más mínimo.

01/11/1999

 
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