ARTÍCULO

Historiografía francesa reciente sobre la Guerra Civil

 

Los hispanistas franceses del siglo XX han realizado importantes contribuciones al estudio de la historia española. La generación de los Annales ­Fernand Braudel, Pierre Chanu y Pierre Vilar­ lo hicieron centrándose en la longue durée en la Península Ibérica en la Edad Moderna. Los annalistes estaban haciendo constantemente malabarismos con la estructura y la coyuntura, y equilibrando el largo y el corto plazo.Vilar se diferenció de sus compañeros modernistas firmando una historia de la Guerra Civil española, La Guerre d'Espagne, que es ­significativamente­ el término con que se conoce en Francia la guerra civil de 1936 a 1939. Este breve estudio (sólo 124 páginas en cuerpo grande) se publicó en 1986 en la popular colección «Que sais-je?» de libros accesibles y a precio económico y conserva su valor por su análisis de cómo las estructuras de la sociedad española en los siglos XIX y XX se cruzaron con las coyunturas de los años treinta.Vilar ­un devoto materialista­ atribuyó la Guerra Civil a dos tipos de déséquilibres: en primer lugar, déséquilibres structurels, esto es, los problemas creados por una agricultura dominada bien por latifundios o minifundios y la incapacidad concomitante de un sector industrial débil para absorber el exceso de mano de obra; en segundo, déséquilibres régionaux o lo que él llamó «nacionalismos periféricos» en Cataluña y el País Vasco. En comparación con su vecino septentrional, España no había conseguido construir un Estado-nación verdaderamente moderno y se había visto posteriormente desgarrada por una conciencia de clase y nacionalista cada vez mayor.
Esta síntesis de diferentes tipos de tiempo histórico ­geográfico, demográfico, económico, social, militar y político­ se encontraba ya en otros historiadores franceses de la Guerra Civil.Antes de la Guerre de Vilar, en 1961, los marxistas trotskisants Pierre Broué y Émile Témine, en su La Révolution et la guerre d'Espagne, examinaron la lucha y la revolución de los trabajadores en un país semifeudal que, como apuntaba Vilar, no era realmente una nación. En los años ochenta, Guy Hermet, un especialista en el catolicismo español, subrayaba, asimismo, la naturaleza arcaica de la sociedad española en los años treinta y tildaba su propia Guerre d'Espagne de «la última de las guerras de religión europeas» (p. 17).
Una nueva generación de hispanistas franceses, como la representada por François Godicheau en su La Guerre d'Espagne: République et Révolution en Catalogne (1936-1939), se aparta de este afán deseable pero difícil de combinar diversos tipos de historia y ­al igual que gran parte de la historiografía sobre la Guerra Civil española en Estados Unidos y en el Reino Unido, y también en la propia España­ se concentra casi exclusivamente en la política. Esta perspectiva es algo desconcertante, ya que Godicheau es muy consciente de que la obsesión por la política y el deseo expreso de evitar la historia social ha transformado la historiografía de la Guerra Civil en «una isla separada del continente de la historia contemporánea» (p. 13). No obstante, Godicheau dedica sus energías a analizar «la institucionalización de la política», esto es, la integración de la CNT en un Estado republicano gradualmente resucitado.
Su concentración en lo político da lugar a ciertos errores. Como Godicheau ve a los trabajadores como una clase politizada al comienzo de la revolución, sobrevalora sistemáticamente su grado de movilización. En Sallent, señala (basándose en estadísticas realizadas por José Antonio Pozo González), el 4,8 por 100 de la población viajó a Madrid para luchar a comienzos de septiembre de 1936. Unas semanas más tarde, en Valls, el 2,1 por 100 de la población partieron como voluntarios para luchar en las milicias. Desde Sant Boi de Llobregat, el 1,2 por 100 partió rumbo a Tardienta. Godicheau afirma que estos luchadores perseguían combatir al enemigo. Pero esta afirmación no resulta convincente sin una investigación más minuciosa. En el verano y el otoño de 1936, numerosos milicianos evitaron realmente luchar con los nacionalistas y, en su lugar, se dedicaron al saqueo. El autor ignora estos actos iniciales de pillaje, que contribuyeron, en gran medida, a infundir temor a los campesinos y a su distanciamiento de la República. De hecho, un año después, estos milicianos ­que representan para el autor el apogeo de la «acción colectiva»­ hicieron de Tardienta una víctima, cuando una fuerza organizada por el supuestamente disciplinado PSUC destrozó y saqueó implacablemente la localidad.
El convencional énfasis del autor en las instituciones da lugar a un análisis superficial de la revolución socioeconómica en Cataluña. Para Godicheau, el principal problema planteado por la revolución fue su «institucionalización» por parte del Estado republicano y la reacción correspondiente por parte de las organizaciones políticas y los sindicatos, especialmente la CNT y la FAI, ante el creciente poder estatal. Sin embargo, una perspectiva social y económica revelaría que el principal problema desde el primer día de la revolución, cuando los trabajadores y los campesinos se hicieron con el control de las fábricas y los campos, fue cómo convencer (y, en última instancia, obligar) a estos mismos trabajadores y campesinos para que fueran productivos. El autor desdeña un examen más minucioso de la productividad, el rendimiento y la distribución en los sectores industrial y agrícola para favorecer, en cambio, una meticulosa discusión de temas ideológicos y políticos. Ignora la escisión entre los sectores urbano y rural, que vino provocada principalmente por los poco prudentes controles republicanos sobre los precios que favorecieron a los trabajadores urbanos y la rápida devaluación de lo que pasó a conocerse como «dinero rojo». La inflación y la inadecuada compensación indujo a que los productores ­ya fueran individualistas o colectivistas­ ocultaran sus productos o volvieran a la autarquía. Lo que hace Godicheau, en cambio, es seguir la tradicional perspectiva político/diplomática de la izquierda y culpa de la falta de comida en la zona republicana al «embargo [...] impuesto por el pacto de no intervención» (pp. 162-163). Sin embargo, los embargos ­bien los proclamados por el Comité de No Intervención o por las Leyes de Neutralidad estadounidenses­ afectaban a los soldados y al equipamiento militar, no al suministro de alimentos.
El desinterés de Godicheau por la historia social y económica no le impide realizar una sólida contribución a la historia de la justicia republicana y a la de la CNT. Su concienzudo trabajo en los archivos le permite establecer con más precisión que nunca anteriormente el número de militantes de diversos partidos y sindicatos que fueron arrestados en Cataluña durante el conflicto. Concentra sus diligentes esfuerzos en la represión de la CNT, el aislamiento de sus elementos radicales y la consiguiente integración de la Confederación en el Estado republicano. La represión oficial contra los militantes de la CNT fue a menudo ineficaz, ya que los jurados, que estaban integrados por representantes de todas las principales organizaciones, absolvían frecuentemente a los acusados. La justicia «popular» no ratificó los deseos de los comunistas, especialmente el PSUC. Al contrario que muchos historiadores, que defienden que los Días de Mayo de 1937 destruyeron la influencia y el poder de la Confederación, Godicheau muestra que militantes de base e importantes líderes de la CNT siguieron disfrutando de poder e influencia en Cataluña después de mayo. Por ejemplo, el número de simpatizantes de la CNT entre los guardias de asalto que llegaron a Barcelona en junio de 1937 tras los famosos Días de Mayo ascendía a dos mil.
La CNT hubo de afrontar una situación que difería, al menos en grado, del resto de organizaciones. A partir de mayo de 1937, cientos de sus militantes fueron arrestados. Algunos de ellos, como sucedía en partidos rivales y en los sindicatos, eran oportunistas o delincuentes; otros, sin embargo, eran auténticos anarquistas o sindicalistas. Al principio, los líderes de la CNT, convencidos de que los prisioneros eran criminales o irresponsablemente radicales, los ignoraron. Sin embargo, los cenetistas se aliaron en la cárcel con los presos poumistas y formaron un ruidoso grupo de «prisioneros antifascistas» que hicieron campaña activa y públicamente a favor de sus «derechos». En una espléndida reconstrucción de la vida en prisión, Godicheau muestra cómo, en la Modelo de Barcelona, los antifascistas organizaban asambleas generales, reuniones políticas y festivales. Finalmente, sus protestas prendieron la atención de una parte de las bases de la CNT, que presionaron a sus dirigentes para que ayudaran a aliviar la difícil situación de los prisioneros. El Comité propresos fue parcialmente eficaz desde que ­irónicamente­ los dirigentes empezaron a integrarse cada vez más en el Estado republicano y pudieron progresivamente llegar a acuerdos con ministros y burócratas.
Godicheau traza una similitud entre la posición de la CNT en 1938 y la de la UGT en la dictadura de Primo de Rivera. Se trata de una comparación perspicaz, pero exagera cuando afirma que los historiadores del anarquismo han ignorado las divisiones en el seno de la CNT durante la Guerra Civil. Por el contrario, la historiografía de ultraizquierda está cargada tradicionalmente de críticas a la «capitulación» de los dirigentes de la CNT. Ni tampoco la «bolchevización de la CNT» ­esto es, centralización y autoritarismo­ fue simplemente una consecuencia de la guerra, como afirma el autor: la Confederación contaba con una poderosa corriente «bolchevique» incluso antes del conflicto. Además, la CNT fue siempre más productivista de lo que admite Godicheau. En este sentido, su pacto del 18 de marzo de 1938 con la UGT difícilmente puede tildarse de una «renuncia» de sus «posiciones tradicionales». El productivismo que caracterizó el pacto CNTUGT ­ambas organizaciones acordaron que los trabajadores habían de trabajar más y mejor para la causa­ estuvo presente en todo momento en la tradición anarquista y podría remontarse a los comienzos de la Primera Internacional, cuando Marx y Bakunin se «abrazaron», siquiera brevemente.
La represión del POUM se halla muy bien diseccionada. Godicheau sitúa los juicios de los militantes y simpatizantes del POUM en el contexto de una ofensiva en la segunda mitad de 1937 contra los «traidores», los «derrotistas» y cualesquiera que perturbaran una vagamente definida (aunque ciertamente inexistente) «disciplina social» (p. 208) en una República desesperada y militarmente a la defensiva. La policía y los fiscales trataban de establecer sistemáticamente, a la manera paranoica de los juicios ejemplares de Moscú, que el antiestalinismo era el equivalente del fascismo. Los agentes secretos soviéticos torturaron y asesinaron a Andreu Nin, pero sus colegas fueron juzgados y declarados culpables únicamente de antirrepublicanismo, es decir, de «romper la disciplina colectiva, tan necesaria durante estos peligrosos tiempos». En contraste con el modelo soviético, las medidas arbitrarias e ilegales se encontraron con la oposición del admirable ministro de Justicia, Manuel de Irujo, y de otros no comunistas que formaban parte del gobierno.
El asunto de los cementerios clandestinos también confirmó la politización de la justicia republicana y, al mismo tiempo, sus vestigios de imparcialidad. En el verano de 1937, el juez Bertrán de Quintana investigó los asesinatos que se habían producido hacía un año en diversas localidades de Cataluña. En Sitges, el juez implicó a veintiséis hombres de la CNT, veintiuno del POUM, veinte del PSUC, quince de ERC y ocho de Estat Català en los asesinatos de docenas de personas durante el primer verano de la Guerra Civil. La ecuanimidad de Bertrán de Quintana, especialmente su acusación de militantes del PSUC, resultaría fatal para su investigación. El PSUC se negó a permitir las detenciones de sus militantes, exigió y más tarde consiguió su inmediata liberación, y acusó al juez de debilitar la causa antifascista. La influencia del PSUC y su coalición con otros partidos y sindicatos catalanes impidió eficazmente que se llevaran a cabo los arrestos y los juicios no sólo en Sitges, sino también en ciudades y pueblos de toda Cataluña. En vista del gradual derrumbamiento de la República y de un afán creciente de supervivencia individual, las élites políticas republicanas ­ya fueran comunistas, socialistas, catalanistas o anarquistas­ pasaron a estar cada vez más aisladas del resto de la población y se mostraron reacias a permitir las acciones judiciales contra sus propios militantes. Es posible que la justicia en la zona republicana no se viera totalmente sovietizada, pero tampoco fue justa ni democrática. Lo que hizo en realidad fue parecerse cada vez más a los procedimientos arbitrarios y politizados de su enemigo nacionalista.
El autor disecciona numerosos archivos locales y demuestra «la multiplicación de las conductas individualistas dedicadas a la supervivencia» y, como respuesta, el creciente autoritarismo del Estado republicano a finales de 1938 y comienzos de 1939. En su fase final, Godicheau aprecia correctamente que las masas hambrientas habían abandonado la revolución y pasaban, en cambio, gran parte de su tiempo intentando sobrevivir y, especialmente, comer.Acusaciones de «derrotismo», «espionaje» y «traición» pasaron a ser tan habituales como carentes de significado. Sin embargo, el autor no consigue ubicar cronológicamente este cinismo generalizado en la zona republicana. Lo contempla como un fenómeno novedoso que estaba ligado a la inminente derrota republicana y no observa la continuidad entre este galopante individualismo y el anterior oportunismo de las masas. Por ejemplo, la búsqueda de un carnet de miembro de un partido de izquierda o un sindicato se manifestó no sólo al final de la guerra, como indica el autor, sino al comienzo mismo, contradiciendo así la afirmación inicial de Godicheau de movilización de masas y politización de los trabajadores. Del mismo modo, el autor da cuenta correctamente de los saqueos y otros abusos de los carabineros y los agentes del SIM en 1938 y 1939, pero ignora idénticos tipos de conducta por parte de los milicianos en 1936.
El uso que hace el autor de habitus y «capital cultural» revela que la jerga promovida por Pierre Bourdieu podría haber pasado a ser de uso obligado en algunos sectores del mundo académico francés contemporáneo. Pero estos conceptos no favorecen nuestra comprensión de, por ejemplo, la relación entre los dirigentes de la CNT y sus afiliados de base, que supuestamente adoptaron una actitud de pasividad debido al prestigio del «capital cultural» de sus líderes. El propio autor reconoce que las rebeliones contra la cúpula de la CNT le privaron rápidamente de gran parte de su autoridad entre los militantes de base.
Godicheau plantea una pregunta provocadora: «¿Por qué la Guerra Civil se ha convertido en este extraño período cuya cronología ya se ha consolidado y se ha transformado en unas fronteras fijas?». Esta espléndida cuestión y su tendencioso interrogante relativo a la abrumadora naturaleza política de la guerra no puede responderse en un libro cuyo título ­al igual que la práctica totalidad de obras dedicadas al tema­ sitúa temporalmente la Guerra Civil entre 1936 y 1939.Tampoco trata adecuadamente la revolución La Guerre d'Espagne: République et Révolution en Catalogne (1936-1939), especialmente su naturaleza social y económica. Se trata, en el mejor de los casos, de una valiosa historia de determinados aspectos políticos y legales de la experiencia republicana en Cataluña. Républicains espagnols en Midi-Pyrénées: Exil, Histoire et Mémoire es más política si cabe. El título del ensayo introductorio, «Hommage aux républicains espagnols de l'exil», escrito por Martin Malvy ­antiguo ministro, presidente del Grupo Socialista en la Asamblea Nacional (1993-1997) y presidente de la región de Midi-Pyrénées desde 1998­ revela la orientación de esta colección de más de cincuenta ensayos relativos a la Guerra Civil y al posterior exilio francés de aproximadamente 460.000 republicanos españoles, de los que 170.000 eran civiles.
Geneviève Dreyfus-Armand y otros autores ilustran la respuesta ambivalente del Gobierno francés hacia los refugiados republicanos españoles. Por un lado, Francia acogió en los años treinta el mayor número de inmigrantes de todo el mundo. El medio millón de exiliados españoles republicanos supuso la mayor oleada individual de refugiados que había acogido nunca el país. Por otro, el tratamiento de los exiliados fue en un principio vergonzoso. Fueron confinados en «campos de internamiento» (el vocabulario es importante) en los que las condiciones iban de la incomodidad al horror. Hasta después de la Segunda Guerra Mundial no se concedió a los españoles el estatus legal de refugiados políticos que se había otorgado a los rusos y a los armenios durante el período de entreguerras. En 1952, los republicanos españoles, cuyo número se había visto acrecentado por los movimientos clandestinos de miles de antifranquistas de 1947 a 1949, constituían el contingente más numeroso de refugiados políticos en Francia. Dreyfus-Armand señala que decenas o quizá centenares de miles de estos refugiados, especialmente los miembros de las profesiones liberales e intelectuales, abandonaron Francia para regresar a España o para iniciar un nuevo exilio en Latinoamérica. Pero el grueso de los que permanecieron en Francia establecieron un modelo de movilidad social para ellos mismos y para sus hijos y crearon un modelo satisfactorio de integración.
José Martínez-Cobo amplía el estudio de Dreyfus-Armand sobre la integración española en la sociedad francesa. En sus primeros años de exilio, a los españoles que ejercían profesiones liberales ­medicina, derecho, arquitectura, enseñanza­ las asociaciones profesionales francesas proteccionistas y xenófobas les impidieron a menudo que las practicaran. En general, la situación de los refugiados españoles mejoró después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el parlamento francés y las Naciones Unidas colaboraron en la creación de una organización, la Office pour la Protection des Réfugiés et Apatrides, que protegiera sus derechos. Denis Peschanski defiende que en 1938 los funcionarios franceses no esperaban un flujo tan numeroso de refugiados que, afirma, era «la mayor masa que nunca había aceptado un país democrático» (p. 125). Creían, en cambio, que los nacionalistas sellarían la frontera y apresarían a las tropas republicanas que quedaran en Cataluña. Las autoridades francesas, que no estaban preparadas para la avalancha, internaron a 350.000 personas nada más entrar en Francia. Peschanski plantea una útil distinción entre las políticas de la Tercera República y de Vichy: «Una sorprendida Tercera República adoptó medidas de emergencia [de internamiento], mientras que Vichy excluyó deliberadamente [a sectores de la población]» (p. 129). En la misma línea, una sólida contribución de la Amicale des Anciens Internés du Camp du Vernet d'AriègeOnac subraya que la Francia de entreguerras se convirtió en un refugio para los antifascistas italianos, los antifranquistas españoles, los antinazis alemanes y los judíos sin hogar.
Bartolomé Bennassar explora el importante pero relativamente desconocido papel de los refugiados españoles en la economía francesa de 1939 a 1941. Bennassar traza un panorama generalmente positivo y sensible de una administración francesa que movilizó a los españoles internados para que realizaran labores agrícolas e industriales. Basándose en fuentes primarias previamente inexploradas, Bennassar cuenta cómo miles de refugiados españoles ayudaron a los franceses durante la «drôle de guerre» de 1939 a 1940. Otros ensayos demuestran su sobresaliente contribución a la Resistencia. De particular importancia es la contribución de Joseph Parello, que afirma que de los primeros siete mil voluntarios que se unieron a la Francia Libre del general De Gaulle en julio de 1940, mil eran españoles. Idéntico número de españoles perdieron sus vidas durante la Batalla de Francia. Al menos cinco mil fueron capturados en 1940 y se convirtieron en los primeros deportados procedentes de suelo francés que murieron en Mauthausen. Muchos trabajadores españoles en Francia prefirieron alistarse en la Legión Extranjera francesa, donde se convirtieron en el grupo extranjero más numeroso, en vez de construir el Muro Atlántico para los alemanes. Los legionarios franceses de origen español transfirieron rápidamente sus lealtades a los Aliados durante la campaña norafricana.Tal fue su valentía a lo largo de toda la guerra que el general Leclerc les confirió lugares de honor en las primeras filas de las tropas que liberaron París en agosto de 1944. Varios artículos, incluido uno muy útil sobre Cantabria de Jean Ortiz, tratan del intento fallido de los exiliados españoles de liberar España (una nueva reconquista) tras la victoria aliada. Estos ensayos proporcionan valiosas informaciones, pero no exploran satisfactoriamente las razones para la falta de éxito de los guerrilleros.
Una serie de contribuciones se centran en los campamentos, ciudades, instituciones, asociaciones y départements que acogieron, aceptaron o recibieron con los brazos abiertos a los refugiados españoles. Jean-François Berdah firma un excelente artículo sobre los españoles en el département de Ariège en el que muestra que la demanda de mano de obra dio lugar rápidamente a la liberación de muchos españoles de campos de internamiento y contribuyó a incorporarlos a la sociedad francesa.Tampoco se muestra Berdah tan reacio como algunos otros autores a atribuir el fracaso de la reconquista republicana a la falta de apoyo popular en España.Tanto Berdah como Dreyfus-Armand resaltan la simpatía del pueblo francés por los exiliados republicanos, un sentimiento que contrastaba vivamente con la tacañería o, en el mejor de los casos, el pragmatismo del Gobierno francés. Esta división entre simpatía popular y frialdad gubernamental anticipaba la escisión similar que se produciría en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial en relación con el tema del tratamiento de los judíos en suelo francés.
El laudable intento de registrar el sufrimiento y la resistencia de los republicanos españoles da lugar, en ocasiones, a exageraciones ridículas.Wilebaldo Solano, un antiguo e «incansable» militante del POUM, afirma que durante la ocupación alemana de Francia «las vidas de los españoles corrieron tanto peligro como las de los judíos» (p. 189). Esta afirmación ignora con seguridad la sistemática política alemana ­generalmente promovida o secundada por las autoridades francesas­ tras la primavera de 1942 de deportar a casi todos los hombres, mujeres y niños judíos. Las mujeres y los niños españoles no afrontaron los mismos peligros que sus homólogos judíos y los hombres españoles tuvieron la oportunidad de trabajar para los ocupantes alemanes en condiciones relativamente buenas. A pesar de la propaganda alemana de que el nazismo no estaba en guerra con Francia o Inglaterra sino con el «capitalismo judío internacional» (p. 311), sólo un reducido número de españoles aceptaron la oferta alemana, y muchos de ellos desertaron rápidamente.
Las contribuciones sobre la política y la cultura de los exiliados en la Francia de la posguerra son, por lo general, esclarecedoras. Antonio García Duarte aborda la historia del PSOE en Francia. Revela que en 1961 el presidente De Gaulle cedió a las protestas del Gobierno español y prohibió El Socialista, Solidaridad Obrera, CNT y España Libre. En términos más generales, el PSOE moderó durante su exilio su supuesto radicalismo y empezó a concertar alianzas con la derecha moderada. El artículo de Bruno Vargas sobre Rodolfo Llopis relata cómo este antiguo radical, que se había situado cerca de la facción de Largo Caballero en el partido, se convirtió en un demócrata y europeísta convencido durante su larga estancia en Francia. Durante la Guerra Fría, Llopis aceptó la pax americana como «el mal menor» (p. 205). Antonio Palomares Vinuesa, un militante del PCE y político durante muchos años, ofrece una perspectiva diferente. Palomares señala que sus «objetivos» fueron siempre «paz, libertad, justicia y cultura» (p. 213), pero nunca reconoce o reflexiona sobre el persistente estalinismo que definió a su partido.
Mientras que los artículos sobre la inmigración española son generalmente útiles, los tratamientos de la Segunda República y la Guerra Civil son repetitivos y simplistas. Esta colección necesitaba un editor que pudiera haber coordinado las contribuciones, eliminado redundancias y establecido directrices sistemáticas (por ejemplo, algunos ensayos tienen notas finales y otros no). Desde mi punto de vista, el consenso defendido por Geneviève Dreyfus-Armand, Jean-François Berdah y François Godicheau de que la República estaba predestinada a perder porque sus enemigos recibieron ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista es demasiado determinista, ya que ignora cómo las políticas y las prácticas de la propia República contribuyeron a su destrucción. El estudio de los colectivos de la zona republicana es algo superficial.Abel Paz, militante e historiador de la CNT, traza un cuadro muy romántico y elogioso de los colectivos urbanos y rurales. Ignorando la evidencia en sentido contrario, afirma que los colectivistas «solucionaron el problema de la renta» (p. 96) y que «la revolución no fracasó sino que fue derrotada militarmente» (p. 97). En consonancia con la hipérbole militante que asoma esporádicamente a lo largo de la colección, la draconiana y arbitraria represión de los republicanos por parte de Franco aparece tildada de «genocidio» (p. 108)Sobre este tema, véase Julius Ruiz, «A Spanish Genocide? Reflections on the Francoist Repression after the Spanish Civil War», Contemporary European History, vol. 14, núm. 2 (2005), pp. 171-191..
Estamos, en suma, ante una colección de ensayos irregular. Sus fotografías y otros elementos gráficos se traducen en un hermoso libro en el que incluso los aficionados de los carteles de la Guerra Civil pueden encontrar ilustraciones que no se han reproducido nunca en otras obras impresas. Su comprensiva, si es que no romántica, visión de la Segunda República revela una visión simplista de la Guerra Civil. Su tratamiento de los exilados republicanos es más matizada y muy esclarecedora. Los mejores capítulos de esta obra y los de Godicheau expresan la ininterrumpida vitalidad de la tradición historiográfica francesa, a pesar de que el ámbito y el alcance de los historiadores contemporáneos son, a un tiempo, más político y menos ambicioso que los de sus predecesores.

Traducción de Luis Gago

 

01/02/2006

 
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