ARTÍCULO

Retrato de la primera españolización autoritaria

 

Con los ojos puestos en Madrid, pero también en Barcelona, Roma y Budapest, Alejandro Quiroga evalúa el programa nacionalizador de los happy twenties en Haciendo españoles. Con las gafas calibradas en ópticas ibéricas y británicas, el autor desgaja la naranja estatal y cultural de una dictadura más autoritaria y ambiciosa que la que ofrecen los relatos al uso. Además, el primorriverismo era una zona parcialmente desatendida por la historiografía que, con el visto bueno de sus pirandellos Shlomo Ben-Ami y José Luis Gómez NavarroShlomo Ben-Ami, Fascism from above: the Dictatorship of Primo de Rivera in Spain, 1923-1930, Oxford, Oxford University Press, 1983 (trad. de Pedro Elías, La dictadura de Primo de Rivera, (1923-1930), Barcelona, Planeta, 1984), y José Luis Gómez Navarro, El régimen de Primo de Rivera. Reyes, dictaduras y dictadores, Madrid, Cátedra, 1991., buscaba un autor desde hacía tiempo. Quiroga es el hombre.
La reconstrucción del aparato estatal y de su maquinaria nacionalizadora, tras el desalojo cuartelario de las élites del Turno Pacífico que habían salvado la maltrecha monarquía alfonsina del trienio bolchevique, magistralmente estudiado por Francisco RomeroFrancisco J. Romero Salvadò, The Foundations of the Civil War. Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916-1923, Londres, Routledge, 2008., requería un esfuerzo explicativo de síntesis y comparación. Así lo plantea Quiroga en su introducción para después situar al dictador jerezano y su acción gubernamental en el panorama de una Europa de entreguerras donde el liberalismo oligárquico hacía aguas. El auge de los sistemas autoritarios y totalitarios que daban respuesta radical a la cuestión social y a la nacional también encontró eco específico en España.
Partiendo de la «integración negativa» por vía de la exaltación nacional para superar la guerra de clases, la patria nueva debía recrearse, recordarse y celebrarse en todo acto público. Hasta apoderarse de la mente y el corazón de los ciudadanos, al tiempo que de gran parte del espacio público. Quiroga estudia el discurso patriotero y las políticas públicas nacionalizadoras en los capítulos que componen la primera parte del libro. En su segunda parte, completa la imagen en su paseo por aquellos lugares de la patria que fueron cuarteles, escuelas e iglesias, además de centros recreativos, plazas y parques. Casi todos ellos estuvieron controlados por un Somatén y una Unión Patriótica que, pese a sus aspiraciones, nunca llegaron a triunfar tanto como el Partito Fascista. El partido único primorriverista se impuso desde arriba y bajo supervisión militar y su acción, propuestas y modus operandi estuvieron determinados por ese pecado original. Así lo recoge y documenta Haciendo españoles. Los españoles ya existían, pero no todos sabían que pertenecían a una nación católica, corporativa y moderna, pero de vocación tradicionalista. Maestros, oficiales y espías debían recordárselo. Eso sí, la homologación a las potencias emergentes, como Italia, no implicaba su total asimilación. Si Mussolini tardó casi una década en domar al Vaticano, o en prestarse a su control, el primorriverismo se concibió y presentó como salida necesaria a una situación política y social explosiva de la mano de la Iglesia, aunque de los encontronazos que tuvo con los católicos movilizados, recelosos de su estatismo en las escuelas, saldría muy maltrecho, tal y como demuestra Quiroga.
En un principio también contó el brazo armado de la derechona hispana con la aquiescencia y colaboración de grupos tan dispares como la Lliga Regionalista, los carlistas, la UGT y buena parte de los votantes de los extintos partidos del turno. Y es que en 1923 esa «dictadura por consenso» sólo tuvo enfrente a los libertarios en sus diferentes salsas. El canon de nación que se estableció, por tanto, presentaba suficiente atractivo como para aunar voluntades en las regiones más diversas del espectro político del momento. De hecho, el compendio de retazos tardorrománticos de la nación entendida como garante del orden social burgués, fundidos en la retórica modernizadora y seudocientífica que simbolizó la Action Française, diseccionado Eugene Weber, y su adaptación hispana por parte de Pemán y Pemartín, son territorios que Quiroga ya había exploradoEugene Weber, Peasants into Frenchmen. Peasants into Frenchmen: the Modernization of Rural France, 1871-1914, Stanford, Stanford University Press, 1976; Alejandro Quiroga Fernández de Soto, Los orígenes del Nacionalcatolicismo. José Pemartín y la Dictadura de Primo de Rivera. Granada, Comares, 2006..
El autor nos recuerda en esta ocasión que, por una parte, los nacionalistas catalanes, ya privados de marcas de identidad izquierdistas, buscaron ejercer la influencia derivada del regionalismo romo y folclórico del Directorio Militar (1923-1925); por otra, los socialistas aspiraban a pescar en el estanque de las actitudes paternalistas e integralistas del nuevo régimen mediante su presencia en los comités paritarios creados por la dictadura. Ambos grupos fracasaron y sólo pudieron percibirlo cuando ya era tarde. Por su parte, la dictadura, y no sólo el dictador, minaron paulatinamente las demás bases políticas y sociales que los sustentaban. Los enfrentamientos con los católicos sociales agrupados en torno a los sindicatos amarillos a partir de 1928, con la Asociación Nacional Católica de Propagandistas, con el clero catalán y con el diario El Debate, dan buena muestra de ello.
El fracaso de aquella nacionalización «autoritaria» de las masas, por lo tanto, debe achacarse tanto a errores de cálculo como a falta de recursos. Por un lado, la excesiva intervención militar en la organización del Somatén y de la Unión Patriótica, y la omnipresencia de los delegados gubernativos, asfixiaron la creación y difusión civil de mitos, ceremonias y símbolos nacionalistas. Más aún si aquellos destinados a movilizar la sociedad civil y el funcionariado, además de educar y vigilar, tuvieron también que denunciar y castigar. Pero, por otro lado, la falta de éxito fue provocada por la carencia de los medios y fondos públicos necesarios para lograr la completa asimilación social del discurso nacionalista autoritario del primorriverismo.
Un valor añadido de esta obra, que aplica con éxito los métodos del citado Weber, y de MosseGeorge L. Mosse, The Nationalization of the Masses: Political Symbolism and Mass Movements in Germany from the Napoleonic Wars through the Third Reich. Nueva York, Fertig, 1975 (trad. de Jesús Cuéllar, La nacionalización de las masas: simbolismo político y movimientos de masas en Alemania desde las guerras napoleónicas al Tercer Reich, Madrid, Marcial Pons, 2005)., al caso español, es la introducción del concepto de «nacionalización negativa». Por él se entiende la ampliación y multiplicación de las manifestaciones político-culturales de los nacionalismos «periféricos». Tanto se les insistió en que fueran españoles y españolistas, que muchos catalanistas, vasquistas y galleguistas, refugiados en actividades culturales y recreativas, llegarían a renovar y difundir el imaginario nacionalista abandonando los estrechos márgenes del regionalismo. Así pues, afirma Quiroga, el autoritarismo centralista de Primo llevó a sus límites el sentimiento de exclusivismo regionalista para incentivar el surgimiento de una plena conciencia nacional.
Por último, dos pequeñas pegas pueden señalarse en este soberbio trabajo. Para empezar, el cotejo con el salazarismo hubiera completado perfectamente la vocación comparatista del libro. En segundo lugar, una más cumplida interpretación de las guerras carlistas y del «giro foral» del que habla Coro Pobes hubiera permitido trazar una genealogía más detallada del ideario primorriveristaCoro Pobes, Revolución y tradición. El País Vasco ante la Revolución liberal y la construcción del Estado español, 1808-1868. Madrid, Siglo XXI, 1996.. Ahora bien, el lector se encontrará al abrirlo ante un sólido y meticulosamente informado estudio de la nacionalización de las masas hispanas en el arco de tiempo que va desde que Ortega publicara El problema de nuestro tiempo (1923) hasta que viera la luz la recopilación de artículos encabezada por la Rebelión de las masas (1930). Masas rebeldes y mal nacionalizadas en tiempos revueltos bajo la lupa de un preclaro representante de «la tercera oleada del hispanismo británico» (Sebastian Balfour dixit) que, en este caso, es español.

01/04/2010

 
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