ARTÍCULO

Extremo Occidente

Alianza, Madrid
508 pp. 24 €
 

Mientras en esta orilla del Atlántico el revisionismo más o menos historiográfico en torno a la Segunda República y la Guerra Civil –en el año de su sexagésimo aniversario– ocupa todos los días las portadas de los periódicos, en su vertiente americana el neocaudillismo y el populismo hacen de algunos hechos del pasado –manipulados de manera descarada por los líderes emergentes (algunos de ellos zorros demasiado viejos)– parte de la lucha política. Hace algunos años, en Venezuela asesinaron a un empresario y los matadores adujeron en su defensa que se trataba de un corrupto y, por tanto, en nombre del pensamiento bolivariano que prescribía su exterminio podía mandársele sin más al otro mundo (ligero de equipaje). El cambio reciente del escudo y la bandera de aquella república ofrecen otro sabroso motivo de reflexión. De acuerdo con la reciente ley de modificación de los símbolos patrios, en la bandera se ha agregado una estrella blanca de cinco puntas a las que ya tenía, para incluir la Guayana. En el escudo, según indica el precepto alterador, «el tercer cuartel será azul, ocupará toda la parte inferior» y «en él figurará un caballo indómito galopando hacia la izquierda, blanco, con la cabeza recta y mirando hacia adelante, emblema de la independencia y la libertad». En el vigente hasta hace bien poco la cabeza del caballo miraba hacia atrás por el lado derecho, lo que no era del gusto del presidente Chávez: «Ese caballo pudiera correr a la izquierda al galope», manifestó en una ocasión y remachó en algún interminable Aló, presidente el impulsor de la revolución y máximo líder bolivariano. Sus historiadores orgánicos, algunos de ellos formados mejor que bien en la Sorbona u Oxford gracias a las becas de la ahora innombrable Venezuela saudita, inventaron enseguida argumentos para justificar tamaña transformación. Al fin, de milagro ha permanecido el animal, pues algunos polígrafos pensaron en eliminarlo por representar (según su mente alambicada) a los enemigos –¿quizás llaneros?– del glorioso libertador. Alguno también propuso quitarle al escudo las cornucopias de la abundancia, por ser, según un inefable colaborador de la polémica, «símbolo de divisionismo y prosperidad imperialista». Nada de trigo, naranjas o vides saliendo del dichoso recipiente, nada traído de Europa, pues debían mostrar en todo caso «la flora y fauna venezolanas: cacao, yuca, papa, tomate, aguacate, ají, fresa y maíz, engalanados con la orquídea y el turpial, como la flor y el ave que constituyen símbolos nacionales»Jorge Mier Hoffman, «Los símbolos de Venezuela bajo la óptica de la revolución bolivariana», http://www.simon-bolivar.org/bolivar/lsdvblodlrb.html.. Observamos en este caso la pretendida confusión entre una memoria politizada y ficcional y la voluntad de historiar, designio distinto y a veces hasta opuesto, por requerir un balance crítico del pasado en su asombrosa complejidad, una fuente de autoridad académica y erudita. Otro episodio reciente atañe al ex militar racista Ollanta Humala en Perú, que representa una deriva extremista muy peligrosa, teñida de mesianismo historicista. Su programa, como se sabe, ha incluido la reclamación del patrimonio incaico, el reemplazo de las élites «extranjeras» de criollos y asiáticos por otras «indígenas», la nacionalización de la industria, la aplicación de la pena de muerte en caso de traición a la patria y la rivalidad con Chile por decreto, a partir de una lectura neurótica –el etnocacerismo– de un evento heroico del pasado: la resistencia numantina del héroe peruano de la Guerra del Pacífico (1879-1883) contra aquella nación, Andrés Avelino Cáceres, el «brujo de los Andes».Todas estas demenciales derivas denotan algo bien simple: la historia no es ciencia o arte de gabinete, propia de académicos exquisitos, sino construcción e interpretación del presente, delineamiento del futuro de todos, instrumento de autoridad en el combate cotidiano de las palabras. Por eso se convierte en arma de combate político, por eso es fundamental que se investigue y escriba buena historia, y que llegue además a capas amplias de la ciudadanía, iluminando tanto una buena conciencia crítica como las amplias opciones del devenir humano en libertad. Todo ello pasa por una pedagogía ciudadana adecuada. Desde el siglo XIX , junto a las cartillas escolares, las novelas históricas y la prensa, los manuales universitarios formaron parte de los instrumentos que el Estado liberal consideró fundamentales para llevarla a cabo en una u otra forma. Así aconteció hasta la Guerra Civil. Colapsada con la derrota republicana la tradición manualística del liberalismo, se produjo una suerte de desaparición de su modelo en beneficio de otro autoritario, acumulativo, memorialístico y acrítico. Esta situación apenas fue matizada por algunas iniciativas embozadas en el interior, como las debidas a Jaime Vicens Vives en la Historia social y económica de América (1957-1959), o en el exterior, como las que llevó a cabo de manera memorable José María Ots Capdequí, de Colombia a México, por ejemplo, en El Estado español en las Indias (1957). El colapso en la década siguiente de esta incipiente renovación, simultáneo al rechazo de lo que se prodigaba tanto en el mercado universitario como en el dirigido a un público lector masivo y deseoso de ilustración, facilitó que renombrados historiadores, en su mayor parte británicos, educados en la capacidad de síntesis y la potencia narrativa, pero también de otras procedencias, cubrieran esta demanda hasta operar en alguna etapa en un régimen casi monopolístico. De ahí que, con algunas excepciones ligadas a la resurrección casi setentera de una cultura universitaria crítica, hubiera que esperar a la transición política para que la historiografía española en general y la americanista en particular recuperaran la capacidad de producir manuales actualizados. El volumen que nos ocupa es buena prueba de la vigencia de esta tradición recuperada. Su autor cuenta con acreditada experiencia en la elaboración de este peculiar producto historiográfico, pues ha colaborado en proyectos anteriores de importancia y conoce los secretos de la docencia en diferentes países. Ello se refleja en la división en tres partes inobjetables, la claridad expositiva y la precisión terminológica. La primera parte, consagrada a la América colonial, ocupa la mitad de las páginas. Tras una introducción dedicada a «El mundo americano antes del encuentro» –en realidad una apretada síntesis del mundo prehispánico–, se estudia en los once capítulos siguientes el descubrimiento, la conquista y colonización, demografía, economía, sociedad, las reformas borbónicas, el Brasil, las trece colonias, Canadá y el Caribe. La segunda parte, de cincuenta y cinco páginas, está dedicada a la independencia de Estados Unidos, Haití, Hispanoamérica y Brasil. Finalmente estudia la «América Latina contemporánea» en seis capítulos, dedicando especial atención a aspectos tan complejos como el desarrollo y la crisis de los regímenes oligárquicos, el esplendor continental entre 1880 y la Primera Guerra Mundial, y la lucha por la democracia, del autoritarismo a las transiciones de los años ochenta. Como en todos los manuales, hay elecciones que contentarán a unos y serán criticadas por otros. Pero del cuadro general de su lectura se extrae gran provecho, y quizá también una conciencia agudizada del papel que tendrá la historia en las relaciones culturales y económicas entre España y los países iberoamericanos –el espacio del Extremo Occidente–, con el bicentenario de la independencia ya a la vuelta de la esquina.

 

01/09/2006

 
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