ARTÍCULO

Panegírico de un tirano

Debate, Barcelona
688 pp. 23 €
 

Basta leer la introducción que hace Ignacio Ramonet para saber dónde nos quiere llevar: era injusto, explica, que las nuevas generaciones, «víctimas inconscientes de la constante propaganda contra Cuba», ignorasen a Castro, «monstruo sagrado», «insurgente mítico», «hombre de visión mundial», «siempre con ideas nuevas», plenas «de modernidad y astucia», «espartano», «honesto», «infatigable mozo de ochenta años», «carismático», «dotado de una estatura impresionante», «de un poderoso encanto personal», sin nadie a su alrededor con «un calibre intelectual cercano al suyo», «siempre alerta», y permítanme que pare, que me quedo sin resuello. Dicho lo cual, el director del mensual francés Le Monde Diplomatique se lanza al ejercicio masturbatorio más largo del que se tenga noticia. Cien horas, cien, dura la faena con el Líder Máximo, que la editorial Debate nos presenta en forma de «entrevista» a lo largo de más de seiscientas páginas.
Corría el año 2003 y el contexto no podía ser más oportuno: Castro estaba reducido a la condición de paria internacional después de la Primavera Negra (la oleada represiva que llevó a la cárcel a setenta y cinco disidentes y al paredón de fusilamiento a tres desgraciados que habían intentado huir de Cuba secuestrando una lancha). La prensa progresista lo critica. La izquierda democrática europea no quiere saber de él. Incluso sus propios intelectuales orgánicos empiezan a darle la espalda. Ya no resulta de recibo justificar una dictadura de cuarenta y ocho años. Ramonet se apresta entonces a rescatar al caudillo, ahora moribundo, para lo cual se disfraza de periodista. «¿No es acaso Fidel Castro el jefe de Estado que más tiempo lleva ejerciendo su cargo?», se pregunta, como si fuera un mérito, y no una disfunción trágica.
El resultado es un panegírico de Castro que, lejos de «desvelar las claves de la Revolución cubana», como anuncia la contraportada, consagra, una tras otra, las mentiras del régimen. Quizá por eso al Comandante le ha faltado tiempo para editarlo y repartirlo en Cuba, como ya hiciera con el anterior libro de Ramonet. Enrocado en el delirio y en la autocomplacencia, Castro habla y habla y habla y habla y habla, dando lecciones, retorciendo la realidad, sin que haya un solo cuestionamiento serio por parte del «entrevistador». Ramonet llega a incluir, a modo de respuestas espontáneas, fragmentos de viejos discursos, como quedó al descubierto cuando El País publicó un extracto del último capítulo.
No hay que escandalizarse: después de todo, el propósito del autor no es otro que servir a la causa y, de paso, alimentar su ya de por sí inflado ego, como muestran las constantes autorreferencias y la galería de fotos del dictador con una veintena de personalidades, que empieza con Nixon y acaba con el propio Ramonet ajustándose la corbata. El libro, sin embargo, es un valioso documento para el estudio de la conducta humana. He aquí la plasmación de una impostura política y personal llevada a límites abyectos.
Los disparatados «análisis económicos» que realiza Fidel resultarían pintorescos si no fuera porque Cuba, que antes de la revolución del 59 se codeaba con Chile o Italia en renta per cápita, es hoy un país devastado. Y no por culpa del embargo estadounidense. No habría estado de más que Ramonet le hubiera preguntado a Castro por sus experimentos delirantes (la zafra de los diez millones, las vacas alimentadas con almendras para que dieran leche de sabores o las plantaciones de café casi a nivel del mar), que contribuyeron a esquilmar una economía improductiva y subvencionada, primero por la Unión Soviética (las ayudas hasta 1991 superaron los cien mil millones de dólares) y, ahora, por el petróleo venezolano.
Entrevistador y entrevistado compiten en cinismo en sus diatribas contra la economía de mercado. «Cuba no es una sociedad consumista, y algunas personas aquí lo lamentan», dice Ramonet. «¿Usted qué les diría a los que se quejan de no disponer de los productos de las sociedades capitalistas de consumo?». La pregunta es un insulto a los cubanos, que andan con la cartilla de racionamiento a cuestas; que no salen a «comprar», sino a «resolver la comida», que sobreviven gracias al mercado negro y que padecen carencias nutricionales mientras ven cómo la carne de vaca y el pescado son un lujo reservado a la nomenclatura y los turistas. Responde Castro: «Yo les diría que la sociedad de consumo es uno de los más tenebrosos inventos del capitalismo desarrollado [...]. Los valores sí constituyen la verdadera calidad de vida, la suprema calidad de vida, aun por encima de alimento, techo y ropa». Y Ramonet apostilla: «Sigue usted siendo un incorregible soñador». Y uno, claro, siente náuseas, y se pregunta por qué Ramonet no deja las comodidades parisinas y los sueldos del denostado capitalismo para trasladarse con su familia a ese paraíso de la austeridad que tanto admira.
Otros ejemplos de cinismo los encontramos en los recuerdos del Che y su muerte en Bolivia («yo antes de caer prisionero me hubiera inmolado», dice aquél que se entregó a la policía de Batista después de fracasar en la toma del Moncada), o en la narración del caso Ochoa (el fusilamiento, en 1989, de Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia, y el encarcelamiento de Patricio, mellizo de Tony, todos ellos jerifaltes de la revolución implicados en operaciones de narcotráfico con los cárteles colombianos). Hasta ese momento, Fidel lo cuenta todo en primera persona: todo pasa por sus manos, todo lo sabe, todo lo decide. Pero, ¡ay!, cuando se trata de rememorar la red de contrabando organizada por el Gobierno cubano para conseguir divisas, entonces arría velas. «Ellos crearon empresitas», «Ellos tenían esa tendencia»... No le pregunta Ramonet, naturalmente, por las cartas de Patricio, en las que explica que Fidel estaba al tanto de los contactos con los colombianos.
«Yo soy antidogma», declara el abuelo de los pioneros adoctrinados, que ha sembrado los campos depauperados con carteles que reiteran las consignas vacuas de la revolución. «No conocemos el odio», afirma el anciano que no para de hablar del «enemigo» y ofrece todo un recital de resentimiento. Y no sólo contra «el imperio» Bush, «la mafia terrorista de Miami» y «los delincuentes» de la disidencia interna. Castro escupe también su bilis contra los rusos y contra quienes, desde la izquierda, intentaron impulsar la apertura del régimen cubano tras la caída del Muro. Odia a los socialistas suecos, a Tony Blair y los «tránsfugas de la tercera vía» y, muy particularmente, a Felipe González, a quien dedica unos comentarios cargados de insidia, apuntalados oportunamente por Ramonet.
Quien lea el libro se tragará sin anestesia (y sin objeción alguna por parte del entrevistador) que «Cuba es más democrática que Estados Unidos», o que la «Constitución cubana es más democrática que la francesa», o también, hablando de los prisioneros de conciencia cubanos, que «Europa tiene leyes mucho más duras contra los delitos políticos»: ahí están, dice Fidel, los «irlandeses y los vascos» presos por «motivaciones políticas y patrióticas». Castro llama «terroristas» a sus exiliados, y «luchadores» a los etarras. «Creo que no hay un país con un historial más limpio en materia de derechos humanos que Cuba», concluye.
Su memoria, prodigiosa para cifras y datos absurdos, se difumina asombrosamente en los episodios turbios, como las ejecuciones sumarias tras el triunfo de la revolución («fusilamos unos cuantos», dice. Sólo entre enero y junio de 1959, hubo quinientas cincuenta ejecuciones, según las fuentes oficiales cubanas citadas por John Lee Anderson en su libro sobre el Che). Por supuesto, todo tiene justificación. ¿La reclusión de homosexuales en campos de internamiento en los años sesenta? Era para protegerlos del machismo que hubieran encontrado en el servicio militar (lean a Reinaldo Arenas). ¿La ausencia de libertad de prensa? Es para garantizar la salud mental de la gente frente a la «propaganda del enemigo» y el consumismo. «Nosotros los poseemos [los medios de comunicación] y partimos de la absoluta convicción de que usamos tales medios para educar, para desarrollar los conocimientos de las personas». No se sabe qué resulta más hiriente, si la desfachatez del dictador o la complicidad malsana de Ramonet, tanto más cuanto que Cuba es, según Reporteros Sin Fronteras, la segunda cárcel de periodistas del mundo, después de China.
Podría pensarse que cuarenta y ocho años de poder absoluto hacen perder la cordura a cualquiera. Pero en el caso de Castro, la tergiversación de la realidad empieza mucho antes. Lo descubrimos, y esa es una de las aportaciones involuntarias del libro, cuando el caudillo rememora su infancia y nos describe a un Fidelito que miente con aplomo, que siempre culpa a otros de sus errores, que es expulsado reiteradamente de los colegios, que a los ocho años falsifica las notas, que amenaza a su madre con prenderle fuego a la casa o que engaña vilmente a la mujer que lo ha acogido para que pueda asistir a un buen colegio... En suma, un pequeño psicópata que Ramonet transforma en un joven «con la semilla de la rebeldía y una enorme sed de justicia», y en un gobernante providencial.

 

01/03/2007

 
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