ARTÍCULO

El profesor Judt hace transbordo

Madrid, Taurus, 2012
Trad. de Victoria Gordo del Rey
408 pp. 23 €
Madrid, Taurus, 2007
Trad. de Miguel Martínez-Lage
450 pp. 22 €
Madrid, Taurus, 2013
Trad. de Victoria Gordo del Rey
160 pp. 9,95 €
 

Cuando Tony Judt falleció en agosto de 2010, la sensación de pérdida fue más allá de lo que habría podido esperarse tras la muerte de un historiador académico. El más reciente fallecimiento de Eric J. Hobsbawm, que fue el tema de uno de los mejores ensayos de Judt, recibió el tratamiento de acontecimiento nacional en Gran Bretaña, pero lo cierto es que Hobsbawm había vivido quince años más de esos ochenta a los que, como observó irónicamente Evelyn Waugh, la gente más inesperada acaba absorbida «dentro de ese extraño círculo de sabios antiguos y charlatanes a los que el Soberano se deleita en honrar y la prensa popular trata con algo parecido a la reverencia» (palabras curiosamente apropiadas en el caso de Hobsbawm). Al igual que Hobsbawm, Judt se había convertido en algo más que otro catedrático de historia o erudito lejos de sus días de esplendor, y las circunstancias de su muerte a la edad de sesenta y dos años fueron inusualmente dolorosas.

Nacido en Londres y educado en Cambridge y en París, Judt tuvo una carrera académica un tanto agitada, y otro tanto sucedió con su vida privada, hasta que se asentó –profesional, personal y definitivamente– en Nueva York en 1988. Había encontrado también nuevos papeles encarnando eso que los franceses llaman un politólogo, o «intelectual público», o polemista. A comienzos de 2008 acababa de cumplir sesenta años y llevaba siendo desde hacía veinte catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Nueva York, donde había ayudado a crear y había dirigido el Remarque Institute for European Studies, cuando publicó Reappraisals (Sobre el olvidado siglo XX, Madrid, Taurus, 2008). Esta colección de ensayos servía de complemento de Postwar (Postguerra, Madrid, Taurus, 2006), su magistral historia de Europa desde 1945 que se había publicado tres años antes y había disfrutado de un gran éxito de crítica y de público. Luego se embarcó en otra obra de esta misma magnitud, una historia de «la política de las ideas» en el siglo XX, un libro que él era «la única persona capaz de escribir», afirma Timothy Snyder con un toque hiperbólico apropiado para la ocasión.

Pero, a finales de ese verano, a Judt le diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica, una variante de un trastorno neuromotor y una enfermedad ideada por la Providencia en un mal día. Judt ya había sido tratado con éxito de un cáncer, pero la esclerosis lateral amiotrófica es incurable, y fatal. Tal y como lo describiría estoicamente el propio Judt, se había visto sentenciado a una especie de «encarcelamiento progresivo incondicional», la celda de una prisión que encoge día tras día mientras el enfermo pierde el uso de su cuerpo desde sus dedos hasta sus extremidades y a su torso, pero con la mente absolutamente perfecta: «así yazgo: atado, miope e inmóvil, una momia de nuestro tiempo, solo en mi cárcel corpórea, acompañado durante el resto de la noche únicamente por mis pensamientos».

Aunque la desesperación y el silencio debían de resultar tentadores, Judt pasó, en cambio, los que acabaron por ser sus dos últimos años de vida dedicado al equivalente profano de «construir su alma», recordando y examinando su vida y su trabajo pasados. Con la ayuda de su mujer, la especialista en ballet Jennifer Homans, sus hijos pequeños y sus colegas, siguió escribiendo, o dictando, con una feracidad y una pasión que, en esas circunstancias, resultan asombrosas, además de constituir una lección de humildad.

En Pensar el siglo XX lamenta la tendencia de la democracia de masas a producir políticos mediocres

En octubre de 2009 hizo su última aparición pública, en una silla de ruedas, cubierto por una manta y con un aparato de plástico para respirar unido a su cabeza, y señaló que, dado que para entonces ya era un parapléjico, lo que estaba ante el público era literalmente una cabeza parlante. Su conferencia sobre «What is Living and What is Dead in Social Democracy» [«Qué está vivo y qué está muerto en la socialdemocracia»] fue posteriormente ampliada y publicada como Ill Fares the Land (Algo va mal, Madrid, Taurus, 2010). Además de esa gesta heroica, Judt recibía regularmente las visitas de Snyder, un amigo más joven que él, también historiador, y autor del muy alabado Bloodlands: Europe between Hitler and Stalin (2010; Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2011). Snyder grabó las conversaciones que mantenían ambos, que volvieron a versar en gran medida sobre el pasado y la carrera de Judt, pero también sobre los temas que habría abordado en el libro que sabía que ya no viviría para escribir. Estas son las conversaciones que se han publicado con el título de Thinking the Twentieth Century (Pensar el siglo XX).

El libro no puede juzgarse, por supuesto, del modo en que lo sería un libro terminado, tal como reconoció Hobsbawm, no mucho antes de su propia muerte, en un generoso aunque algo difícil ensayo sobre Judt («After the Cold War» [«Después de la Guerra Fría»», London Review of Books, 26 de abril de 2012). Pero junto con los libros anteriores de Judt, cuatro de ellos reeditados recientemente, nos brinda la oportunidad de volver a observar el curso de su vida y su obra, así como la recepción de esta última. Hay un nombre que ha sido invocado repetidamente. Hobsbawm afirma que, aunque Judt «ha sido presentado como otro George Orwell», la comparación es inadecuada, y el escrupulosamente justo ensayo de Pankaj Mishra sobre Judt, a un tiempo crítico y admirativo, se titula socarronamente «Orwell’s heir?» [«¿El heredero de Orwell?»] (Prospect, febrero de 2012). Se ha producido un único ataque en toda regla, firmado por Dylan Riley en la New Left Review («Tony Judt: A cooler look» [«Tony Judt: una mirada más fría», New Left Review, septiembre-octubre de 2011), muchísimo menos entusiasta que Mishra o que Hobsbawm, lo que no resultará ninguna sorpresa para los estudiosos de esa revista fascinante aunque, en ocasiones, hermética.

La historia del propio Judt debe de ser ya estas alturas más conocida que las de la mayoría del resto de los historiadores de su tiempo, y en este libro póstumo se añaden más detalles. Su madre y su padre procedían de familias judías con raíces diseminadas por Europa del Este; sus inmediatos antepasados habían llegado a Inglaterra procedentes de Irlanda y Bélgica. Se crió en Londres y pudo librarse pronto de un colegio que no le gustaba, pero donde recibió buenas enseñanzas, como demostró el hecho de que acabara yéndose: cuando se presentó al examen para conseguir una beca para el King’s College de Cambridge, a los diecisiete años, mostró tener un dominio del francés y el alemán por encima de las más altas calificaciones. Después de Cambridge estudió en la École Normal Supérieure de París y empezó a investigar en los archivos provenzales de cara a escribir su tesis doctoral. Pero aún estaba en busca de una carrera: aunque su primer libro apareció en París como La Reconstruction du parti socialiste 1921-1926, no pudo conseguir publicarlo en inglés, o encontrar un puesto académico en Inglaterra, y a punto estuvo de convertirse en profesor de secundaria cuando el King’s le ofreció un puesto para dar clases en la universidad.

Aun entonces era inquieto, y se mostraba insatisfecho con el espíritu de la época, como demostró con un ataque frontal a la moda académica del momento, «A Clown in Regal Purple: Social history and the historians» [«Un payaso en púrpura regia: la historia social y los historiadores»], History Workshop Journal, vol. 7, núm. 1, 1979), que contribuyó a forjar su reputación, en expresión de Hobsbawm, «como un fajador académico». Más de un cuarto de siglo después, en Postguerra, echaría la vista atrás, a los años setenta, que habían sido para «la vida de la mente […] la década más descorazonadora del siglo XX», que se distinguía no sólo por una «historia social» muy pobremente escrita y engañosa, sino por las diversas imposturas intelectuales del estructuralismo y la Teoría Cultural, en la que un «vocabulario intrínsecamente difícil había alcanzado un nivel de opacidad expresiva que demostró tener un atractivo irresistible para una nueva generación de estudiantes y sus profesores». Es decir, que era y siguió siendo tanto un izquierdista en política como un indisimulado conservador intelectual y cultural (cuando Snyder se disculpa por decir algo «que va a sonar horriblemente dieciochesco», Judt le replica: «¿Qué tiene de malo el siglo XVIII? La mejor poesía, los mejores filósofos, los mejores edificios…».

Después de dar clases brevemente en California y de publicar Socialism in Provence 1871-1914 (Socialismo en Provenza, 1871-1914), volvió a las clases tutoriales en Oxford, de política, no de historia. Un profesor de Cambridge había dicho en cierta ocasión a Judt que el verdadero historiador sabe cuál era el precio de los cerdos en el momento y en el lugar que está estudiando, y Judt podía afirmar haber sabido exactamente eso, el precio de los cerdos en el departamento de Var a lo largo de varias décadas. Aparte de su minuciosa erudición, Socialism in Provence también abordaba una cuestión más amplia e interesante: ¿qué clase de socialismo hay sin una clase obrera industrial? La mayor parte de Francia era aún agrícola, y Provenza lo era aún más que casi cualquier otra región al norte, y los socialistas de Judt eran granjeros y campesinos, no proletarios.

Su siguiente libro fue Marxism and the French Left: Studies on Labour and Politics in France, 1830-1981 (El marxismo y la izquierda francesa. Estudios sobre trabajo y política en Francia, 1830-1981), una colección de ensayos aparecida en 1985, algunos de los cuales –«The French Labour Movement in the Nineteenth Century» («El movimiento obrero francés en el siglo XIX») o «The French Socialist Party 1920-1936» («El Partido Socialista Francés 1920-1936»)– parecían revestir un interés principalmente académico. Pero cuando Judt llegó a «French Marxism 1945-1975» («El marxismo francés 1945-1975»), estaba aventurándose en lo que entonces era aún un territorio tremendamente disputado. Nunca es conveniente echar la culpa a una sola cosa en concreto, pero parte de la hostilidad contra él que sigue encontrándose en la izquierda sectaria data seguramente de ese libro de hace más de un cuarto de siglo. Judt era todo aquello que la New Left Review ha detestado siempre más que ninguna otra cosa: un anticomunista de izquierdas o, peor aún, un socialdemócrata antiestalinista y, por añadidura, un empirista inglés. Como si todo eso no fuera suficientemente malo, blasfemó descaradamente contra los dos nombres más sagrados dentro de la iconología de la revista: San Jean-Paul y San Louis.

Aunque admitía que «es en Francia donde la discusión teórica en y sobre el marxismo ha sido más intensa», Judt se mostraba desdeñoso sobre «aquellos que se toman a Sartre, Althusser y sus seguidores muy en serio». Dentro de esa categoría se encuadraba de forma notoria Perry Anderson, contra el que arremetió Judt por su defensa de esos oráculos. El hecho de que Althusser «optara por permanecer dentro del movimiento comunista», había escrito Anderson, «suponía pagar el precio del silencio a fin de mantener la actividad en el principal partido de la clase obrera francesa». Como se preguntó Judt, «¿qué precio? ¿A quién?»

Como un pasó más allá de los temas abordados en ese libro, en 1992 publicó Past Imperfect (Pasado imperfecto, Madrid, Taurus, 2007), que ya había aparecido en Francia como Passé imparfait. Se trataba de un examen de lo que ahora parece un episodio extraño, además de desagradable: el encaprichamiento desbordante que habían sentido durante la década de la posguerra tantos escritores, académicos e «intelectuales» –un término que se había acuñado en París, durante el caso Dreyfus– franceses con el comunismo, la Rusia soviética y el propio Stalin. Judt fija su mirada implacable en figuras tristes y ya olvidadas como Emmanuel Mounier, que convirtió las páginas de la revista ostensiblemente católica Esprit en una grotesca apología de la estalinización de Europa del Este. Mounier encontró incluso un modo de buscar circunstancias atenuantes para los juicios ejemplarizantes y los asesinatos judiciales: «la muerte de alguien condenado por motivos políticos es sociológicamente inevitable».

Judt era todo lo que la New Left Review detestaba: un anticomunista de izquierdas o, peor aún, un socialdemócrata antiestalinista

Pero la figura central es Sartre, aún venerado por una pandilla ya menguada y desaliñada. A pesar de tratarse de un trabajo académico, el desdén de Judt resulta evidente; pero, a pesar de eso, nada de lo que escribe sobre Sartre podría ser tan condenatorio como las propias palabras y acciones, o inacciones, de Sartre. Mientras los más conocidos autores yiddish y otros destacados rusos judíos eran perseguidos hasta la muerte, y al mismo tiempo que el odio a los judíos del propio Stalin se hacía cada vez más descarado, además del carácter abiertamente antisemita de los juicios ejemplarizantes en los Estados satélites soviéticos, fundamentalmente el juicio de Slánský en Praga, en el que once de los catorce acusados eran judíos, Sartre mantenía silencio. O, mejor, asistía a un «Congreso por la Paz» comunista en Viena tan solo pocos días después de la ejecución de Slánský y otras diez personas, y cuando François Mauriac le pidió que se uniera a una protesta por esta atrocidad, Sartre contestó: «El problema de la condición de los judíos en las Democracias Populares no debe convertirse en un pretexto para la propaganda o la polémica». En otras palabras, los judíos en Rusia y en las «Democracias Populares» –ese ridículo pero revelador pleonasmo– debían aceptar su suerte cuando eran torturados y exterminados, y ninguna otra persona podía quejarse en su nombre, ya que hacerlo así podría desalentar a BillancourtBillancourt es una metáfora del proletariado, en referencia al barrio obrero en que se encontraba una gran fábrica de Renault. (N. del t.) y perjudicar a la causa objetiva del socialismo.

Si Provenza lo había llevado a Francia, Francia lo condujo a Europa, y la historia intelectual a la historia política y social, o a la historia a secas; ahora estaban tomando forma los perfiles de toda la obra de Judt. En mayo de 1995 dio una serie de conferencias sobre la Europa contemporánea en el Johns Hopkins Center de Bolonia, que se publicaron el año siguiente como A Grand Illusion? (¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, Madrid, Taurus, 2013).  Se trata de un librito espléndido, no simplemente penetrante, sino inquietantemente profético. Lo cierto es que leerlo a la luz de la actual crisis existencial que atenaza a la Unión Europea resulta verdaderamente escalofriante. Nada menos que hace dieciocho años, Judt escribió que cada uno de los sucesivos estadios de acción europea conjunta, desde el Tratado del Carbón y el Acero en 1951 hasta Roma en 1957, a La Haya en 1969 o a Maastricht en 1992, se habían ajustado a un modelo constante:

Al no ser suficiente la lógica real o aparente de las ventajas económicas mutuas para explicar la complejidad de sus acuerdos formales, se ha invocado una suerte de ética ontológica de comunidad política; proyectada hacia atrás, se aduce esta última para explicar los beneficios conseguidos hasta entonces y para justificar ulteriores esfuerzos unificadores. Resulta difícil resistirse a recordar la definición de fanatismo que daba George Santayana: redoblar tus esfuerzos cuando has olvidado tu objetivo.

Es posible que este pasaje no sea muy conocido para los jóvenes de Atenas o Madrid que no tienen trabajo, ni dinero, ni futuro, pero encaja como anillo al dedo con su terrible situación, mientras sus vidas son arrasadas por la fanática insistencia en prolongar artificialmente una moneda única erróneamente concebida. Y es difícil mejorar la descripción que hace Judt de la Unión Europea, en la visión semiconsciente de las elites que la gobiernan, como una nueva forma de despotismo ilustrado:

Porque, ¿qué es, al fin y al cabo, «Bruselas» más que un renovado intento de lograr ese ideal de administración eficiente y universal, despojado de particularismos e impulsado por el cálculo racional y el imperio de la ley, que los grandes monarcas del siglo XVIII –Catalina, Federico, María Teresa y José II– se afanaron por instituir en sus maltrechos países? La racionalidad misma del ideal de la Comunidad Europea ha hecho que resulte atractivo para esa intelligentsia profesional educada que, tanto en el Este como en el Oeste, ve en «Bruselas» una manera de escapar de prácticas inmovilistas y retrasos provincianos, de manera muy parecida a como los abogados, comerciantes y escritores del siglo XVIII apelaban a los monarcas ilustrados saltándose a parlamentos y dietas reaccionarias.

Aunque «entusiastamente europeo», Judt se sentía consternado ante la idea de volver al «círculo asediado y mutuamente antagonista de países desconfiados e introvertidos que era el continente europeo en el pasado más reciente», y no le gustaba la etiqueta de euroescéptico; sí admitía ser un europesimista, que veía que una Europa verdaderamente unida era lo bastante improbable como para convertir todo intento en esa dirección en algo desaconsejable y contraproducente. Eso también suena ahora más cierto incluso que cuando fue escrito.

En su centelleante brevedad, ¿Una gran ilusión? se lee como un borrador del magnum opus de Judt. Postguerra es uno de los mejores libros de historia publicados en la última generación. Surgió de una manera fortuita. En los años ochenta, Judt había aprendido checo, en parte para distraer su mente de las penalidades domésticas, y más tarde se unió el grupo de estudiosos y escritores occidentales que visitaron Checoslovaquia más o menos de forma clandestina, llevando libros y ánimos a la marginada intelligentsia (Dylan Riley se burla de ello y lo tilda de «turismo humanitario»). Esto acabaría por ser una preparación ideal. Si Gibbon concibió la idea de su gran libro en Roma en octubre de 1764, «cavilando entre las ruinas del Capitolio, mientras los monjes descalzos estaban cantando Vísperas en el templo de Júpiter», Judt concibió el suyo «mientras hacia un transbordo en la Westbahnhof» de Viena en diciembre de 1989. Acababa de llegar en tren de Praga, donde una revolución democrática había estado «haciendo trizas cuarenta años de “socialismo real” y mandándolo al cubo de la basura de la historia», y ese fue uno de sus temas.

Judt describió cómo Europa se había recuperado de la degradación física y moral de los años anteriores a 1945 para reconstruirse, aunque sobre antiguos cimientos. Eso suponía en concreto una forma revivida y depurada de catolicismo político. Los grandes padres fundadores de la unidad europea, Robert Schuman, Alcide de Gaspari y Konrad Adenauer, eran los tres católicos y todos procedían de territorios que habían formado parte en otro tiempo del Sacro Imperio Romano (cuando se reunían hablaban su idioma común, que era el alemán); cuando los «Seis» originales firmaron el Tratado del Carbón y el Acero en abril de 1951, el primer paso modesto en pos de lo que es hoy la Unión Europea, los seis ministros de Asuntos Exteriores presentes eran todos democristianos.

Parte del propio viaje político e intelectual de Judt guardaba relación con el sionismo, y se trató de una evolución espectacular, desde un colegial kibbutznik y activista universitario en los años sesenta al autor del ensayo publicado en 2003 en The New York Review of Books, «Israel: The alternative», en el que, aparte de ver la «verdad deprimente» de que «Israel es hoy malo para los judíos», concluía que «el proceso de paz» estaba acabado, que un acuerdo sobre la existencia de dos Estados era una quimera y que la respuesta era un solo Estado binacional: «En un mundo en el que las naciones y los pueblos se entremezclan y se casan entre ellos cada vez más cuando quieren; donde los impedimentos culturales y nacionales para la comunicación han desaparecido por completo; donde somos cada vez más las personas que tenemos múltiples identidades que elegimos nosotros mismos y nos sentiríamos falsamente constreñidos si hubiéramos de responder de sólo una de ellas; en un mundo así, Israel constituye verdaderamente un anacronismo».

De resultas de este ensayo, Judt fue envilecido y boicoteado, y fue objeto de tal cúmulo de insultos que éstos decían más de sus adversarios que de él. Al contrario que los judíos rusos cincuenta años antes, no estaba viviendo «bajo el socialismo» y no corría el riesgo de ser torturado o ejecutado, pero necesitó, y demostró tener, una fortaleza considerable para soportar la hostilidad que provocó. Quizá no fuera tan malo lo de ser un «fajador».

Existe una conexión entre su desilusión personal y el tema de Postguerra, y sin duda también el del libro no escrito. Es posible que el sionismo no fuera exactamente el dios que había fracasadoEn referencia a The God that Failed. A Confession, un libro editado en 1949 por Richard Crossman que recogía seis ensayos con los testimonios de otros tantos escritores y periodistas que habían abandonado el comunismo: Louis Fischer, André Gide, Arthur Koestler, Ignazio Silone, Stephen Spender y Richard Wright. (N. del t.) de Judt, sino que se trataba simplemente de su «fin de la ideología», una frase que fue quizás Raymond Aron el primero en utilizar. La época cubierta por Postguerra conoció «el marchitamiento de las “grandes narraciones” de la historia europea», no sólo la narración del cristianismo, sino también las narraciones de la grandeza nacional y del materialismo dialéctico. En las últimas décadas del siglo, la religión organizada experimentaba una caída en picado, pero lo cierto es que cualquier apariencia de vida que siguiera titilando en los credos de la izquierda revolucionaria resultaba ilusoria.

¿Una gran ilusión? es inquietantemente profético. Leerlo a la luz de la actual crisis que atenaza a la Unión Europea resulta escalofriante

Tal y como Judt lo veía, 1968 había sido realmente un año revolucionario, no en París, con sus insignificantes événements, o en ningún otro lugar de Occidente, sino en Praga y Varsovia, donde aparecieron enormes grietas, aunque se parchearon rápidamente, que veinte años después volverían a abrirse y se agrandarían hasta que el edificio se vino abajo. Y para cuando implosionó la Unión Soviética, hacía ya mucho tiempo que se había producido el fallecimiento del marxismo-leninismo como una doctrina que nadie en Rusia pretendía tomarse en serio; y de igual modo que «en 1945 la derecha radical se había desacreditado como un vehículo legítimo para la expresión política», escribió Judt, la izquierda radical hizo lo propio dos generaciones después. Incluso entonces, para muchos intelectuales europeos, el comunismo era una variante fallida de una herencia progresista común. Pero para sus homólogos de Europa Central era una aplicación local en exceso exitosa de las patologías criminales del autoritarismo del siglo XX, y así es como debería recordarse. Europa podía unirse, pero los recuerdos europeos siguieron siendo profundamente asimétricos.

A finales de siglo, «un ciclo de ciento ochenta años de política ideológica en Europa estaba llegando a su fin». A ese respecto, el libro sobre la política de las ideas que Judt nunca vivió para escribir habría sido algo parecido a un tratado arqueológico. Lo que tenemos en Pensar el siglo XX puede tomarse como unas notas para ese tratado, aunque como mejor se disfruta es como un libro corriente, que brilla con reflexiones memorables y valiosas. Siguen resonando los temas judíos. «Por extraño que pueda sonar hoy, la democracia fue una catástrofe para los judíos, que florecieron en las autocracias liberales», afirma Judt, y observa el conflicto entre los idealistas, aunque quizás engañados, defensores centroeuropeos que veían el sionismo «como la historia de progreso en la que todo el mundo puede encontrar un lugar, y en la que el progreso mismo asegura espacio y autonomía para todos» y, por otro lado, lúcidos radicales rusos como Vladímir Jabotinski, que decía que lo que los judíos estaban buscando en Palestina no era progreso sino un Estado. Cuando se construye un Estado se hace una revolución. Y en una revolución no habrá siempre más que vencedores y vencidos. Y en esta ocasión nosotros, los judíos, íbamos a ser los vencedores.

Y Judt reflexiona sobre la «curiosa paradoja de que en uno de los pocos países en que la asimilación ha funcionado realmente, encontramos a judíos obsesionados casi en exclusiva con precisamente aquellas circunstancias en las que la asimilación bien ha fracasado, bien ha sido rotundamente rechazada: exterminio masivo y el Estado judío. ¿Por qué ha sido precisamente en Estados Unidos donde los judíos han tenido que plantearse tanto estos temas?»

Tanto Mishra como Riley han formulado una única crítica válida. Judt se mostró justamente desdeñoso respecto a la brutalidad del comunismo y la deshonestidad de sus apologetas, pero, «al igual que muchos izquierdistas anticomunistas», escribe Mishra, «Judt no aplicó estos principios a las prácticas de modernización respaldadas por Occidente en el tercer mundo». A este respecto no fue decididamente el heredero de Orwell, que a su manera neurótica fue extremadamente consciente de lo que Europa había hecho a «el resto». No basta con decir que el tema de Judt era Europa: su visión del mundo era indudablemente eurocéntrica, incluso –o quizá más que nunca– cuando vivió en Nueva York, que es al mismo tiempo una ciudad muy cosmopolita y una sociedad muy insular. Y lo cierto es que el propio Judt habla desdeñosamente de sus parlanchinas elites biempensantes, y de los columnistas de The New York Times, que no se lucieron precisamente en el asunto de Irak hace diez años.

Si Judt hubiera sido simplemente un «guerrero frío» anticomunista, por utilizar el trasnochado vocabulario de otra época, se habría regodeado con la desintegración de la estructura que habían construido Lenin y Stalin. Y, al contrario, vio que el desplome había «minado no sólo el comunismo, sino toda una narración progresista de avance y colectivización». Judt pasó a ser entonces un crítico feroz de «los idiotas útiles de Bush», los conocidos como intervencionistas de izquierda que habían proporcionado supuestamente una cobertura ilustrada para políticas brutales. Se sintió consternado por la autoevisceración de la izquierda democrática, ejemplificada por el Nuevo Laborismo, y pensaba que el trasfondo histórico de esta pérdida perturbadora de confianza moral había sido «en gran medida el derrumbamiento de la vieja izquierda, con todos sus defectos, y el consiguiente ascenso de la débil izquierda cultural».

Al final mismo de su vida, Judt dijo que tenía «más o menos la misma edad que George W. Bush, Bill Clinton, Hillary Clinton, Gerhard Schröder, Tony Blair y Gordon Brown: una generación bastante mala, si te paras a pensar en ello […] una generación que creció en los años sesenta en Europa Occidental o en Estados Unidos, en un mundo sin decisiones difíciles, ni económicas ni políticas». En Pensar el siglo XX lamenta una vez más

la tendencia de la democracia de masas a producir políticos mediocres […]. La política no es un lugar al que tiendan a ir las personas con autonomía de espíritu y amplitud de miras. Y yo creo que esto es cierto aun en el caso de alguien como nuestro actual presidente, Barack Obama, que está demostrando ser un gran experto en lo que algunos de nosotros temíamos que sería su característica más destacada: el deseo de que los demás pensaran que era razonable, un veredicto que no se ha visto refutado desde que fue formulado.

Valioso como resulta contar con estas reflexiones, así como con las reediciones de sus anteriores libros, resulta apremiante la necesidad de que se lleve a cabo una recopilación exhaustiva de los ensayos y escritos ocasionales de Judt. Sobre el olvidado siglo XX ha sido realmente una muestra inadecuada y los admiradores de Judt habrán lamentado la ausencia de muchos de sus mejores ensayos, fundamentalmente los publicados en The New York Review of Books y The New Republic, que versan sobre temas tan dispares como uno sobre la guerra civil española; otro en el que da un repaso al libro de Martin Amis que trata pretendidamente de Stalin; esa ya referida palinodia sobre el sionismo; una columna sobre el 12 de septiembre de 2001 en la que empezaba diciendo que el día antes, «desde mi ventana en el sur de Manhattan, vi dar comienzo al siglo XXI»; y un formidable ensayo en tres partes sobre el papel estadounidense en los asuntos internacionales publicado en la época de la invasión de Irak, cuya relectura actual nos sirve de recordatorio de lo que hemos perdido.

Cuando alguien muere antes de su tiempo, cabe volver a pensar en el inquietante epitafio de Franz Grillparzer para Schubert, que murió a los treinta y un años, con quien su arte había enterrado «einen reichen Besitz, aber noch viel schönere Hoffnungen». Con su muerte a los sesenta y dos años, Tony Judt vivió justamente el doble que el compositor austríaco. Pero aunque también él dejó una «rica posesión», no cabe sino lamentar las aún más hermosas esperanzas. Es más lo que debería habernos ofrecido.

Geoffrey Wheatcroft, periodista y escritor británico, es autor de libros como The Controversy of Zion: Jewish Nationalism, the Jewish State, and the Unresolved Jewish Dilemma (Nueva York, Perseus, 1996), Le Tour: A History of the Tour de France (Londres, Simon & Schuster, 2003), The Strange Death of Tory England (Londres, Penguin, 2005) y Yo, Blair! (Londres, Politico’s, 2007).

Traducción de Luis Gago
    © The Times Literary Supplement / NI Syndication
     www.the-tls.co.uk

15/06/2013

 
COMENTARIOS

carmen flores 28/10/13 04:01
me interesa todo lo relacionado con historia, pero me apasiona la Historia Antigua

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