ARTÍCULO

Un enfoque nuevo para una historia antigua

 

¿Es todavía posible encontrar algún sentido en expresiones como Mundo Antiguo o Edad Media? El panorama editorial rezuma síntesis de sabor avinagrado, difícilmente justificables a la luz de las adquisiciones historiográficas más objetivas. El título del valioso ensayo que aquí se reseña –«El primer milenio de la cristiandad occidental»– constituye por sí solo una pequeña joya metodológica e interpretativa, puesto que sitúa al lector en un marco cuyas coordenadas son puramente cronológicas y geográficas, lejos de nombres y adjetivos cuestionables. El autor, Peter Brown, es hoy día, sin duda alguna, uno de los historiadores de más reconocido prestigio internacional: profesor en la celebérrima Universidad de Princeton, miembro de la Northamerican Academy of Arts and Sciences y de la Royal Historical Society, de su pluma han salido numerosos volúmenes que se han convertido en auténticos puntos de referencia para cualquier especialista, desde el famoso Augustine of Hippo (Londres, 1967) hasta The World of Late Antiquity. From MarcusAurelius to Muhammad (Londres, 1989), The Body and Society. Men, Women andSexual Renunciation in Early Christianity (Nueva York, 1988) o el más reciente Authority and the Sacred. Aspects of theChristianization of the Roman World (Cambridge, 1995).

La colección «La construcción de Europa», en la que se publica el trabajo de Brown, nace, bajo la dirección de Jacques Le Goff, de la colaboración de cinco editores de diferente procedencia –Beck de Múnich, Basil Blackwell de Oxford, Crítica de Barcelona, Laterza de Bari-Roma y Seuil de París–, con el propósito de «mostrar la evolución de Europa con sus indudables ventajas, sin disimular las dificultades heredadas», todo ello a través de una serie de libros inspirados en un deseo de accesibilidad y claridad. Dicho planteamiento –muy en línea, hay que reconocerlo, con las cada vez más urgentes exigencias editoriales de rapidez, economía y facilidad de venta, obviamente no siempre sinónimo de calidad y profundización–, justifica, junto con la evidente amplitud del campo de investigación, la elección de unos límites. ¿Por qué precisamente mil años? Pues quizá porque, por una especie de afortunada coincidencia, la conversión al cristianismo de la isla de Islandia, último confín de Occidente, se fecha tradicionalmente en el milésimo año de nuestra era.

En palabras del autor, el libro «pretende contar a su modo una historia por lo demás bastante conocida ya en sus rasgos generales»: lo que sí podrá resultar nuevo a muchos lectores es el desplazamiento de la perspectiva de análisis desde el área mediterránea hasta la zona atlántica del continente europeo. La progresiva adaptación del mensaje cristiano a las diferentes realidades locales, junto con el eclipse del poder de Roma y la desintegración de la estructura imperial, llevó al nacimiento de una entidad cultural nueva en la que hunde sus raíces la actual sociedad europea. Particularmente interesantes, por tanto, resultan los capítulos dedicados a las que Brown denomina «zonas fronterizas» (caps. 5 y 15) y a los «cristianismos del norte» (caps. 12 y 17), aunque no se omitan amplias referencias al cristianismo asiático (cap. 10) y bizantino (cap. 14).

La extensión tan reducida de la obra impide, inevitablemente, el examen pormenorizado de muchos temas, en ocasiones incluso importantes. Es evidente, y comprensible, la intención del autor de no profundizar en cuestiones de índole estrictamente teológica, es cierto. Sin embargo, una mayor atención hacia las múltiples implicaciones de las sucesivas controversias cristológicas postnicenas habría otorgado al lector no iniciado la posibilidad de descifrar con mayor claridad el origen y el desarrollo de las diferentes formas de cristianismo aparecidas en Occidente a lo largo del primer milenio. Por poner un ejemplo, el perfil de una figura tan compleja como la de Atanasio de Alejandría queda de alguna manera poco claro. Sin embargo, en casos como éste, el lector deseoso de una mayor profundización podrá siempre recurrir a los textos mencionados en la útil bibliografía selecta que se encuentra al final del libro.

Realmente revelador, en cambio, es el capítulo dedicado a la personalidad de san Gregorio Magno: en poco más de diez páginas, Brown analiza de forma brillante la concepción gregoriana del poder, concepción que gira en torno a la idea de un rector cristiano, el cual –en virtud de una auctoritas que le deriva de una comprobada sabiduría personal, cuya expresión máxima es la condescensio, es decir, la capacidad de «bajar» al nivel de cada uno de los miembros de la Iglesia de Cristo–, se hace mediador entre Dios y las criaturas, para llevar estas últimas hasta la luminosidad de la vida eterna. Sólo una pequeña crítica puede hacérsele en este caso al autor: si en verdad que «Gregorio creó lo que, siglos más tarde, sería el lenguaje de la élite rectora de toda Europa», influyendo, por ejemplo, en la construcción del imponente edificio legislativo visigodo, tampoco hay que menospreciar el papel determinante desempeñado, tanto en la definición como en la transmisión del mensaje del pontífice romano, por el hermano menor de un gran amigo del mismo Gregorio, aquel Isidoro de Sevilla demasiado a menudo olvidado por los historiadores.

Es ejemplar tanto el conocimiento que Brown demuestra de las fuentes, como, sobre todo, la conciencia del autor acerca de la imposibilidad de prescindir del testimonio de los textos antiguos –y no sólo en griego o latín, sino también en antiguo irlandés, en anglosajón, en antiguo altoalemán, antiguo eslavonio eclesiástico y antiguo noruego, en copto, siríaco, armenio, georgiano, sogdiano, chino, antiguo turco, árabe, persa... (!)– a la hora de emprender el estudio de la historia cristiana de los primeros siglos. Esto último ofrece una prueba ulterior, si todavía hiciera falta, de la necesidad absoluta de la pluralidad de la labor historiográfica. En este sentido, el corpus de las notas no es otra cosa que una extensa bibliografía de las fuentes utilizadas a lo largo del trabajo: es una lástima que no se mencionen en él ni las ediciones críticas de referencia –que el autor, probablemente y con no poco optimismo, da por conocidas– ni sus versiones al español, en los numerosos casos en que éstas existen.

En conclusión, el libro de Brown –muy bien traducido del original inglés por Teófilo de Lozoya– ofrece una excelente síntesis de mil años de historia, con un planteamiento en parte novedoso que compensa abundantemente las inevitables omisiones. Si era intención del autor atraer «la atención del lector medio cuando menos sobre los rasgos generales de la nueva concepción de historia de Europa» no cabe duda de que el objetivo puede considerarse plenamente alcanzado.

01/03/1999

 
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