ARTÍCULO

Los dueños del futuro

Destino, Barcelona, 352 págs.
Premio Nadal 2004
 

Es curioso el caso de Antonio Soler: en estos tiempos en que los concursos literarios se decantan con harta frecuencia por autores y obras propicios al puro consumo, este narrador malagueño serio y de lectura no muy fácil (tampoco amigo de rebuscamientos excesivos) ha encadenado los premios Andalucía, Herralde y Primavera, a los cuales engarza ahora el Nadal. También mereció el Premio de la Crítica, lo que apunta a un equilibrio infrecuente entre calidad y comercialidad. En esta línea encaja El camino de los Ingleses, obra de bastante exigencia formal a la vez que de contenido sencillo y atractivo.

La necesaria complejidad formal se intuye en su arranque. El libro se abre con una página independiente que sirve de disparadero para llegar a un «tiempo recobrado», dicho con la fórmula que cierra la búsqueda proustiana por el tiempo perdido. Esa especie de delantal anuncia el motivo medular del relato: en líneas sucesivas alguien informa en primera persona de que «en el centro de nuestras vidas hubo un verano», y aclara que el recordar «aquel tiempo» le permite «resucitar una parte de mí mismo» y hacer mi «autorretrato». No fue, se lee al final de dicha página, un verano cualquiera, sino uno decisivo en el cual estuvo «el germen, la verdadera esencia de nuestras vidas».

El método de la novela consiste, según presagia ese principio, en reconstruir hechos pretéritos decisivos para el narrador; episodios de aquel verano protagonizados por varias personas, de las cuales se da ya una telegráfica noticia. Hacia el final del libro se desvela que el narrador «pensó» en «esta novela» caminando por un sendero de un lugar de Francia cuyo nombre coincide con el del escenario de aquellas peripecias de antaño, el camino de los Ingleses. Esta decisiva irrupción del narrador permite corroborar algunos indicios anteriores que lo asociaban al propio autor (la localización malagueña, un homenaje al escritor Pérez Estrada) y, sean idéntica persona o alguien muy cercano, aclara de una vez por todas que El camino de los Ingleses es una narración confesional. El porqué del relato también se declara. Pretende explicar la identidad a partir de una creencia explícita al acabar la obra y que revalida el punto de arranque: «Somos el paisaje por el que transcurren nuestras vidas, poco más». Una rememoración, pues, proustiana, como decía, o, añadiremos ahora, la confirmación del conocido sentir azoriniano: «Vivir es ver volver».

En consecuencia, la novela se construye como una cadena de escenas circunscritas en una etapa breve de un pasado distante unos veinte años atrás, un verano algo largo. No una etapa cualquiera, sino aquella marcada por un puñado de hechos relevantes que ponen el broche a una fase de la vida y abren otra: apuntan al fin de la adolescencia y al acceso a la madurez definitiva. Se trata, por tanto, de una historia de maduración y, con objeto de que el lector no pierda de vista el motivo capital del disperso recordatorio, el narrador va dejando algunas huellas semejantes a las famosas migas de Pulgarcito: nuestra vida estaba «aún por completo abierta», íbamos aplazando «siempre la conquista del mundo», la vida nos iba situando «a cada uno en un lado distinto de una frontera insalvable», y otras pistas más. Así, desde el punto de vista de la forma, Antonio Soler construye un relato cerrado, un círculo que abarca hechos pretéritos de un momento vital decisivo presentados desde la perspectiva del futuro; es decir, sujetos a un sentido y juicio definitivos. Lo mismo que hizo siglos atrás el Lazarillo para explicar cómo había llegado a la cumbre de toda buena fortuna.

Este diseño a modo de pequeña colmena de un barrio malagueño cercano a la playa constituye una intuición narrativa valiosa, que implica un buen riesgo, aunque no resuelto del todo felizmente. La vertiente positiva radica en dos factores relacionados en la novela: la posibilidad de ver la maduración personal en contacto con un proceso colectivo y con tipos (o vidas, como escribe el autor) muy distintos. Soler no selecciona un grupo de personas homogéneo por clase o cultura. Tiende más bien a lo contrario, a una notable diversificación de individuos, presentados, además, con trazos muy diferentes. Algunos están concebidos desde la ternura: Amadeo Nunni el Babirusa, que se consuela del abandono paterno fantaseando que una tormenta se llevó un día a su progenitor y lo devolverá en otra ocasión; o Miguel Dávila, poeta inédito a quien han extirpado un riñón y ve la vida sub specie lírica. Un enfoque costumbrista ilumina otros personajes: con un matiz un tanto pintoresco se sombrea a un donjuanesco representante de lencería, y un asomo de testimonio crítico rodea a Paco Frontón y su acomodada familia. Y, saltando otras opciones, un expresionismo degradatorio, de resonancias fellinianas, inspira la figura y la actividad sexual de la Gorda de la Cala.

Todo esto supone fuerza y versatilidad imaginativas notables por parte del autor. Pero, a la vez, produce un efecto de excesiva dispersión y de tratamiento literaturizado del mundo, y, en último extremo, habla de una indefinición del escritor acerca de la realidad. No parece muy convincente ese querer abarcar la existencia al mismo tiempo desde el tremendismo y las emociones. Tampoco convence del todo su tratamiento verbal. La causa es idéntica. Aunque el estilo corrobore la versatilidad del autor y lo bien dotado que está para una prosa flexible y esmerada (salvo que escribe «andara» y hay que tirarle de las orejas por reincidir en el mismo descuido que ya cometió en Las bailarinas muertas), rechina la brusca oscilación del coloquialismo escatológico al enunciado muy reflexivo o teñido de lirismo.

De este planteamiento global se deriva el riesgo al que antes aludía: la novela no se libra de parecer un racimo de historias demasiado dispersas porque la voz del narrador no logra darles una coherencia absoluta. Es más: el propio narrador merece reservas. Se trata de un testigo anónimo de todos esos episodios y los interpreta en función de la clave general de la obra (cómo aquellas vidas se hicieron dueñas de su futuro a partir de aquel verano). Tiene la astucia de utilizar apoyos que faciliten su narración desde fuera («me contaron», «me dijeron», «supe», etc.), pero éstos no resultan suficientes para explicar un punto de vista que desborda el limitado conocimiento de un narrador en primera persona y usurpa una perspectiva omnisciente.

Mi impresión final de la novela es que le falta una buena argamasa para fundir tantas excelentes historias en un relato unitario y congruente. La violencia exhibicionista de Rafi Ayala o las llamadas del sexo de Luli Gigante no dejan de ser cuentos sueltos. Y una de esas peripecias, la de Amadeo, daría por sí sola, sin necesidad de otra compañía, para una conmovedora novela corta; para ello bastan y sobran sus riquísimos materiales: la tensión interna del muchacho por la ausencia del padre y por el trabajo de la madre en un prostíbulo londinense, la resignación del abuelo ante la crueldad sádica del nieto, el escapismo de esa tía que quería ser Lana Turner desde que, siendo niña, había hecho un anuncio de polvos de talco.

Los exigentes medios dispuestos por Antonio Soler en la confección de El camino de los Ingleses no fraguan en una obra del todo satisfactoria. Valen más las buenas e interesantes historias que cuenta por sí mismas que por su convincente articulación en un conjunto significativo. Estos reparos no empañan, sin embargo, el crédito del autor ni cuestionan la trayectoria de escritor serio y valioso que le distingue.

01/05/2004

 
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