ARTÍCULO

Don Quijote y los molinos suizos

Tusquets, Barcelona, 1996
Trad. de Juan José del Solar
181 págs.
 

Cuarenta y cinco años después de su publicación ha llegado a España la segunda de las novelas policíacas de Dürrenmatt, La sospecha, obra que si no en contenido, al menos sí en cuanto a su estructura y su protagonista enlaza directamente con la primera, El juez y su verdugo (1950), traducida a nuestra lengua hace ya algunos años. Mucho tiempo es, pues, el que separa la producción narrativa y teatral de este suizo universal de su recepción en nuestro país; recepción que curiosamente está teniendo lugar poco a poco, de forma progresiva, desde que se tradujera Justicia a comienzos de la década de los ochenta. ¿Por qué un autor que ha pasado inadvertido durante tanto tiempo despierta ahora un nuevo interés para nosotros?

No puede considerarse a Dürrenmatt un escritor limitado, como muchos de sus compatriotas, a un espacio determinado; él, como Max Frisch, fue capaz de sobrepasar las fronteras de su país y de dar a la literatura en lengua alemana, en años difíciles, un teatro de altísima calidad, un teatro como nunca había existido sobre suelo suizo. Fue maestro también de la narrativa y del ensayo, y nos dejó algunas composiciones líricas; en todo momento escribió para –y a la vez contra– la sociedad en la que hubo de vivir y convivir: la sociedad suiza, en el ciclo que se extiende desde la última guerra mundial hasta los años ochenta.

A través de una acción lineal que se inicia el 27 de diciembre de 1948, Dürrenmatt se remonta en el tiempo y retoma uno de los temas críticos del período de la guerra, que en aquellos años despertaba en Occidente un interés en cierto modo inusitado: la llamada «medicina sin humanidad». El comisario Bärlach, debilitado aún por una operación de estómago y consciente de que padece un cáncer incurable, se introduce de incógnito en el sanatorio del prestigioso doctor Emmenberger, sospechando que se trata del médico nazi Nehle. Su sospecha se confirma: es descubierto y tratan de asesinarlo, pero en el último minuto hace aparición la justicia y es Emmenberger quien muere, tras lo cual Bärlach puede regresar a Berna y disponerse a pasar allí sus últimos días en paz. La acción de La sospecha se ajusta al modelo clásico del descubrimiento, y avanza como impulsada por el azar. Es la casualidad la que conduce a Bärlach a sospechar que Emmenberger es Nehle, la casualidad la que luego se vuelve contra el propio comisario al ser reconocido, y en fin, las rocambolescas circunstancias de su salvación son también resultado de la casualidad, que se convierte así en principio básico de configuración de una trama por lo demás rigurosamente construida. Dürrenmatt no ha sido el primero en cultivar la novela policíaca en Suiza, pero sí quien por primera vez ha logrado hacer de ella un género válido para expresar su momento histórico: a través de esta su trilogía criminal (aún nos falta en España la traducción de Das Versprechen) ejerce una aguda crítica social, y eleva así este género marcado siempre como secundario y trivial, al lugar que ya con la obra de Friedrich Glauser (1896-1938) venía mereciendo en el panorama de las letras alemanas.

La sospecha es una toma de conciencia y una denuncia de la actitud de Suiza y de muchos de sus ciudadanos durante la Segunda Guerra Mundial, de la que no salieron con las manos limpias. Es un análisis de la justicia y la ley como bases del orden social, a la vez que un tremendo sarcasmo contra todo un sistema. Lo que perdura de este sistema explica que la obra de Dürrenmatt siga teniendo vigencia casi medio siglo después de su aparición.

Pero Dürrenmatt no sólo ataca la actitud de cobardía y complicidad de una sociedad, sino, más en particular, nos revela lo que supone para un escritor vivir y escribir inmerso en semejante medio. Desde hace mucho tiempo, Suiza ha observado impasible lo que ocurría a su alrededor, procurando no implicarse en nada, y desde hace tiempo también, esa falta de compromiso ha provocado en los escritores suizos una ambivalente relación de amor y odio a su país. Suiza ha hecho del escritor suizo «un loco, un iluso, un don Quijote que lucha contra molinos de viento y rebaños de ovejas. Pues hay que apostar por la libertad, la justicia y cualquier otro artículo que se ofrezca a la venta en el mercado patrio, y poner por las nubes a una sociedad que nos obliga a llevar una vida de tunante o de mendigo cuando nos consagramos al espíritu en vez de a los negocios». Como un Quijote luchó Dürrenmatt contra los pesados molinos de viento que eran sus conciudadanos y sus instituciones, empeñados en no permitir cambio alguno, temiendo que cualquier cambio arruinara su comodidad. Aquel combate iniciado por Dürrenmatt –y por Frisch– en los años inmediatos a la guerra, ha sido un ejemplo para posteriores generaciones de escritores suizos que, sin desmoralizarse, siguen batallando contra aquellos mismos molinos, y parece que tanto empeño está empezando ya a dar sus primeros frutos.

01/09/1997

 
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