ARTÍCULO

Alegorías

Editora Regional de Murcia, Murcia, 1998
125 págs.
 

Clara Janés, autora de una notable obra en verso y en prosa, que ha demostrado también su buen oficio literario en la traducción de textos de diversos idiomas, entre los que se encuentran algunos de poetas y místicos persas y turcos, en su último libro de poemas, Diván del ópalo de fuego, ha hecho una bella, moderna y personal recreación lírica de una antigua leyenda beduina, muy conocida en el mundo oriental y difundida a través de distintas versiones, la de los trágicos amores de Machnún y Layla.

La literatura árabe ha sido, a lo largo de toda la historia de nuestra literatura, una especie de corriente, más o menos subterránea, en la que han bebido algunas de las creaciones fundamentales de las letras españolas. En esta corriente se integra Diván del ópalo de fuego, un libro que no se acerca al mundo oriental guiado por un afán culturalista o de búsqueda de un exotismo colorista y superficial, sino porque la autora ha encontrado en él, en concreto en esta historia de amores imposibles y sublimados, elementos formales y líneas de pensamiento que conectan en profundidad con su propia experiencia de la poesía.

En el documentado prólogo que antecede al poemario, Luce López-Baralt informa sobre la leyenda beduina de amor y muerte que ha servido a Clara Janés de materia para su libro, y la relaciona con la historia de Romeo y Julieta. Sin duda, tiene también numerosos puntos de contacto con otro hermoso relato de la Europa medieval, el de Tristán e Isolda. Además, la idealización del personaje femenino, esa visión de la mujer como un ser casi divino, nos llevaría a vincular a Layla con Beatriz, Laura y esas damas angélicas de la poesía del dolce stil novo que hacían brotar en el poeta la sed del paraíso y el canto, un cantar que movía el corazón porque en él se encerraba el amor más hondo.

Tradición oriental y occidental se unen, con nuevos matices y sugerencias, en el libro de Clara Janés, quien va reconstruyendo líricamente la trama de la leyenda con palabras que, brotadas del corazón, poseen la misma textura y delicadeza de los tapices y de las miniaturas persas. Con una técnica polifónica, las voces de Machnún, la de Layla, las de otros personajes o la de la propia poetisa se entrecruzan y, a veces se superponen. La naturaleza, con su fauna y sus formas vegetales, estilizada y real al mismo tiempo, ocupa en el poemario un plano primordial. En ocasiones, como es característico en la poesía oriental, actúa como término comparativo de la belleza física; pero su presencia va más allá de ser mero referente, adquiere forma autónoma como lenguaje simbólico, con un simbolismo que recuerda al utilizado en la literatura mística, no olvidemos que los ecos de San Juan de la Cruz resuenan en algunos versos, y se convierte en paisaje poético y pasional, unido, de forma inseparable, con intención de eliminar escisiones, a la expresión de la experiencia y el pensamiento. Cuerpo y alma, sueño y realidad, imagen y presencia física, mundo exterior e interior, forma y contenido son para Machnún, y para la poetisa que recrea su historia, la misma materia, las manifestaciones de una totalidad indesmembrable.

El itinerario de Kays, convertido en «Machnún el loco», es un proceso de ascensión hacia la unidad. Mediante la sublimación de la amada y la desvinculación de su presencia física, ha alcanzado una imagen mental y más verdadera de Layla, la que se desvela a través de la palabra de los poemas por él creados. Y es la imagen que el lenguaje ha fijado la que acaba por imponerse hasta convertirse en parte de su propio ser, en su mismo corazón, «ópalo de fuego», ya entonces «amada en el amado transformada». De ahí que, cuando llegue la mujer real, no necesitará de su presencia, puesto que ella es ya parte de sí. Si ambos moran el uno en el otro, vanos son los cuerpos, por tanto, la muerte, que los transporta fuera de las contingencias terrenas, y lo que de ella deriva, el vacío y el silencio, se convierten en la forma de sublimación de su amor.

La poetisa retoma la palabra en los textos finales para descubrirnos una nueva dimensión del libro, la alegórica. El itinerario amoroso de Machnún y Layla, similar al de la experiencia mística, es, a la vez, comparable al de la creación poética. Como Machnún, con quien se identifica, la creadora de los poemas es «peregrina del amor», y está rodeada de palabras como bestias salvajes, a la espera de la revelación, que vendrá, paradójicamente, también a través del lenguaje. Por eso el libro, que contiene el canto, es decir, la palabra, se convierte en objeto sagrado, al que besa con gesto ritual, ya que la página «amor encierra / y en la página a mí misma me encierro, / y con ella, tal sudario, / me visto, / para luego / avanzar / hacia el silencio».

Queda para el lector, tras el silencio, la experiencia de volver a abrir el libro y encontrar en sus páginas, superando el tiempo y el espacio, las figuras de Machnún y Layla, unidas para siempre por el conjuro de las bellas palabras que forman los delicados poemas de Diván del ópalo de fuego.

01/08/1998

 
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