ARTÍCULO

Probidad del converso

 

El 31 de septiembre de 1957, la revista cubana Bohemia publicó una entrevista con Dionisio Ridruejo en la que lo presentaba como un «hombre dedicado, íntegramente, a la tarea de combatir a la Dictadura» y como una víctima del clima de terror y opresión que se vivía en España. El periodista decía más: después de «varios meses de afanosa rebusca» no había encontrado a nadie más dispuesto a levantar su voz contra el régimen franquista. Aquella entrevista tuvo su retribución: entre los intelectuales exiliados, la imagen de Ridruejo, asociada con el orador flamígero de Falange en los días de la guerra, empezó a cambiar; en España se le gratificó con una estancia en la cárcel. Allí coincidió con Enrique Tierno Galván, que lo recordaría en sus Cabos sueltos (1981) con particular tino como un caso «poco frecuente» de voluntad férrea en la que se entrelaza la lucha por la libertad con la inclinación hacia lo literario: «Pocas veces la literatura se ha encarnado en una persona enlazando, de manera tan enérgica y clara, vocación literaria y vocación política». Los dos libros objeto de esta reseña corroboran este aserto: uno, El valor de la disidencia, desde la palabra privada de las cartas que Ridruejo escribió y recibió desde 1933 hasta su muerte; el otro, Casi unas memorias, desde la palabra pública con la que el propio escritor quiso ordenar sus recuerdos para lectores anónimos y quizá futuros.
Empecemos por el que constituye la principal y más preciosa novedad: el epistolario inédito, seleccionado con excelente criterio por Jordi Gracia entre el caudal de cartas conservadas. No es éste ni el primer ni el segundo esfuerzo que Gracia dedica a estudiar la obra y significación de Ridruejo durante los años de la dictadura. Como cualquier lector de La resistencia silenciosa (2004) recordará, Ridruejo era en cierto modo el protagonista discreto de ese ensayo, el que encarnaba de forma más ejemplar la gradual pero firme reanudación del liberalismo intelectual asociado al anhelo de las libertades democráticas. Precisamente por el relieve que adquiría en esa obra, el tratamiento de la figura de Ridruejo parecía requerir más atención, y de ahí que Gracia volviera sobre él un año después en el volumen Materiales para una biografía (en la colección Obra Fundamental de la Fundación Santander Central Hispano), donde disponía textos muy heterogéneos (poemas, cartas, artículos, ensayos, informes, crónicas, entrevistas...) en orden cronológico para componer una silueta dinámica y matizada del escritor. Y si bien lo lograba con creces, al Ridruejo que se desprendía de aquel libro le faltaban las reverberaciones de quienes lo trataron, resultaba aún demasiado conforme con el falangista exacerbado que se insolenta por carta con Franco porque el Estado que está fraguando tiene a su juicio poco de fascista y, desterrado en Ronda y luego en la costa del Maresme catalán, va desprendiéndose lentamente de los ideales juveniles hasta cambiar del todo la piel a comienzos de los años cincuenta. No era un Ridruejo falso, ni mucho menos, pero estaba privado del asombro continuo de quienes lo rodearon, de la gratitud de los beneficiarios directos de su consejo, su mediación o su afecto, admirados de su agudeza y de su serenidad, de su coraje y de su ecuanimidad, de su bondad y de su elegancia verbal, pero no menos de su elocuencia y sus dotes como soberbio prosista. Y es este asombro el que transmiten las cartas que recibe durante cuarenta años. Desde el vaticinio errado de Eugenio Montes en marzo de 1939 –«El destino te reserva horas magníficas e intactas»– hasta la emoción que siente José Luis Cano en abril de 1974 por el discurso con que un Ridruejo ya enfermo presentó en el Hotel Mindanao de Madrid la Unión Social Democrática Española, o el «impacto» que confiesa el arquitecto Oriol Bohigas por su clarividencia («casi “excesiva” clarividencia», dice) y por su honestidad.
El epistolario se divide en seis capítulos que se corresponden con tramos sucesivos de la biografía de Ridruejo, cada uno introducido por unas páginas de Gracia que presentan y sopesan el valor de las cartas elegidas, pero que también dibujan la peripecia vital del receptor (y a veces emisor) de las mismas. Los dos primeros capítulos, «En las fiestas fascistas, 1933-1942» y «Sueños frustrados, 1942-1951», plasman al fanático fascista de verbo fácil y encendido en la cúspide de su prestigio y en la travesía del desierto de su desencanto. Un desencanto que encuentra clara expresión en una carta de febrero de 1940 del camarada Ventura López, quien, a un año del término de la guerra, escribe: «No admitimos esta España alicorta y perniquebrada» en la que «los de siempre roban, trafican, especulan, negocian con el hambre de un pueblo», y osa afirmar que si la España republicana no les gustaba, «aún nos gusta menos esta triste y agarbanzada España». El proceso ideológico desde el falangismo acérrimo hasta la socialdemocracia es muy largo y puede seguirse, en sus primeros pasos, en estos dos capítulos, aunque en 1951 dista de haber concluido. Fueron impulsos capitales del mismo el contacto con los intelectuales catalanes alrededor de la revista Destino y los dos años y pico, entre 1948 y 1951, pasados en Roma como corresponsal de la agencia Pyresa. Las cartas de Ramón Serrano Súñer, Antonio Tovar o de su amigo de infancia Xavier de Echarri dan pistas sobre el clima social más sensato y ventilado que Ridruejo respiró en Italia.
En los apartados «Última oportunidad, 1951-1955» y «En construcción, 1955-1962» se concentra la máxima intensidad del epistolario. Desde las entrevistas con Franco en 1951 –que, obviamente, no dejan registro epistolar, pero pueden justificar la intervención del dictador a favor de Ridruejo cuando en 1954 se le intenta vetar en el premio Mariano de Cavia–, hasta el Congreso de Múnich de 1962, que le cuesta casi dos años de destierro en París, el itinerario que trazan las cartas conduce resueltamente al enfrentamiento activo con el régimen. Al precio oneroso de una carrera literaria que hubiera podido ser radiante y no lo fue, al precio también del bienestar económico y el sosiego de su familia. El punto de inflexión de ese itinerario es 1956, cuando la actitud inconformista del camisa vieja, cuando su disidencia desde dentro se convierte, tras su detención en febrero junto a los jóvenes universitarios que lo consideran su maestro (Enrique Múgica, Javier Pradera, Ramón Tamames...), en oposición desde fuera. Dos semanas antes del arresto había escrito sendas cartas de protesta por la suspensión gubernativa de Ínsula e Índice a los ministros Martín Artajo y Fernández Cuesta (a éste, cuando era secretario general del Movimiento en 1952, le había escrito para aclarar que un discurso suyo en la Escuela de Mandos había tenido el objeto de demostrar «de la cruz a la fecha» la validez del pensamiento político de José Antonio), cartas que, por su valentía (que pudo tomarse como desfachatez) y perspicuidad, son piezas ejemplares. En este tramo se añaden, a los nombres habituales de Xavier de Echarri, Serrano Súñer, Tovar, Torrente Ballester o Juan Ramón Masoliver, los de José María Valverde (aunque hay cartas de finales de los cuarenta), Enrique Múgica, Jaime Gil de Biedma, José Vidal Beneyto o los escritores catalanes Carles Riba («¡Qué afinidad había entre su espíritu y el de usted!», le escribe su viuda, Clementina Arderiu) o Marià Manent. Los elogios a la condición humana de Ridruejo y a su lucidez arrasadora siguen estando por doquier. María Luisa Gefaell, esposa de Luis Felipe Vivanco, le cuenta que ha oído de un amigo suyo «una hora de alabanzas. Como todos. Me he pasado la vida oyendo alabanzas de Dionisio Ridruejo», y añade que alguna vez escribirá un cuento sobre eso. Pero la admiración no viene sólo del círculo de amistades íntimas, sino de ámbitos que habían padecido la inicua preterición y persecución de la España oficial, el de la cultura catalana y el del exilio. En 1954 le dice a Carles Riba que su solidaridad con los escritores catalanes «es completa y a toda costa» y que comparte, «como uno de ustedes mismos, la humillación que sufren y la razón que los asiste». No es raro, pues, que el preclaro Joan Fuster le agradezca en 1960 el envío del libro En algunas ocasiones diciéndole que «con media docena de intelectuales castellanos» como él, el «problema catalán» habría perdido mucha virulencia. En cuanto a su preocupación por recuperar a los intelectuales republicanos, forma parte del programa de integración nacional que le expone en 1953 a Ruiz Giménez y que en 1954 le lleva a sugerir a Gaspar Gómez de la Serna que estudie la novela de «la otra mitad de nuestra guerra», la de Herrera Petere, César Falcón, Sender o Barea, y que, en 1961, le hace participar, con Guillermo de Torre y Antoni López Llausàs, en el lanzamiento de la colección El Puente de la editorial Edhasa.
El Ridruejo de 1961 es el de Escrito en España, ensayo fundamental para el que redacta unas «Explicaciones» que reproduce Jordi Amat como pórtico de Casi unas memorias (el libro, por cierto, aparecerá en breve editado por Jordi Gracia en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y con un importante prólogo). En ellas admite su lejano error y justifica su deber cívico: «me equivoqué» y por eso «me considero comprometido» con el proceso histórico de España. Esta etapa de compromiso político dentro de la oposición antifranquista ocupa el epistolario los dos últimos capítulos: «Conspirador entre Madrid y París, 1962-1970» y «Víspera del gozo, 1970-1975». Son años difíciles en casi todos los órdenes. El exilio en París tras el «Contubernio» de Múnich, el regreso rocambolesco oculto en el maletero de un coche, la libertad condicional y el veto de su nombre en los medios oficiales dificultaron su vida ordinaria y le obligaron a realizar encargos editoriales (alguno de una magnitud y una calidad literaria excepcionales, como los dos tomos de Castilla la Vieja en 1973-1974) y a aceptar estancias docentes en Estados Unidos (Madison en 1968 y un año después en Austin). Iluminan el lado en sombra de la lucha política del último quindenio franquista las cartas de Justino de Azcárate (que propone en 1964 la creación de una fuerza aglutinante de la democracia cristiana y el socialismo), o la que el mismo Ridruejo envía a Rodolfo Llopis con un minucioso análisis de las expectativas de cambio en España (en las páginas 424-435), o la que dirige a Fraga unos meses después con una apabullante honradez («Cuando, disuadido de mi error, he llegado a ver el Régimen como es: un estancamiento para España y he descubierto el Mediterráneo de la democracia, lo digo también»). Pero, junto a esas cartas de contenido político, hay muchas en las que la pasión literaria sigue ardiendo y otras en las que una y otra se mezclan de forma inseparable. Por ejemplo, las que escribe Juan Benet con una prosa tan espléndida como acerada, un Benet que, en ausencia de Ridruejo, dice sentirse más de derechas y que le recomienda en 1968 la novela de «un colombiano de mucho desplazamiento»: Cien años de soledad. O las de Torrente Ballester en su constante lamentación por la falta de éxito literario (había empezado en 1940 quejándose de que no le hicieran sitio en las prensa del Movimiento, pues «como escritor y como falangista tengo algunas cosas que decir» y continúa en 1970 quejándose de la crítica y de las ventas y de que mejor hubiera sido escribir en gallego).
Es mucho y muy suculento lo que ofrece este epistolario inédito que no debería perderse nadie interesado por la historia política, social e intelectual de este país durante los años de la dictadura. Y si el lector queda atrapado no sólo por la personalidad de Dionisio Ridruejo sino por la sobriedad, elegancia y precisión de su prosa, entonces debe acudir al otro libro que comentamos, Casi unas memorias. Si bien el título es el mismo del libro que Planeta publicó en 1976 (quizá hubiera merecido la pena cambiarlo, puesto que no fue obra de Ridruejo), el contenido difiere. Aquella publicación fue un patchwork formado por los artículos memorialísticos aparecidos en la revista Destino y un conjunto heterogéneo de escritos variopintos que se ordenaron cronológicamente para dar impresión de relato biográfico. Jordi Amat también reúne textos diversos, pero sujetos a un criterio de «voluntad retrospectiva» y coherencia de perspectiva y estilo que dota de mayor complexión narrativa a la primera parte del libro, «Memorias de guerra y posguerra», y hacen de ello algo parecido a lo que pudieron haber sido unas memorias salidas del designio del autor.
Pero su principal aportación no se reduce a someter el material conocido a un orden más razonable sino que publica un extenso inédito, la evocación de los años infantiles «Los recuerdos» (pp. 39-105), fechado en 1968 y seguramente destinado a abrir las memorias que dejó proyectadas a su muerte. La segunda parte, «Memorias literarias», recoge semblanzas de escritores (y la reseña de Falange y literatura de José-Carlos Mainer) que habían aparecido en Destino y que, en su mayoría, formaron parte del libro Sombras y bultos (1977), preparado por César-Armando Gómez (asimismo componedor de las Casi unas memorias de 1976). El memorialista extraordinario de la primera parte pone en ésta sus recuerdos al servicio del retrato literario, como si trazar una semblanza fuera recordar cómo apareció el retratado ante quien lo retrata. «¿Qué era para mí Carles Riba?», se pregunta Ridruejo, y a esa misma interrogación parecen responder todos estos perfiles subjetivos. Por último, un escogido apéndice documental brinda al lector la posibilidad de conocer la carta a Franco de 1942 que le costó el destierro en Ronda, el resonante artículo «Excluyentes y comprensivos» de 1952, donde reclamaba comprensión para el adversario, la controvertida conferencia de 1955 en el Ateneo de Barcelona, «Sobre el envilecimiento de la vida civil en España», transcrita por Rafael Borrás o, en fin, la citada entrevista en la revista cubana Bohemia.
En estos dos libros se preserva una porción importante de la historia intelectual española bajo la dictadura, de la que descuella Dionisio Ridruejo como un modelo de rectificación y probidad ética y de pugna a favor de la libertad y el diálogo. Ambos pertenecen a la categoría de los documentos históricos, pero se leen (y en especial Casi unas memorias debe leerse) como monumentos literarios de un escritor para el que «la actividad literaria, aunque es la que más me interesa, me he habituado por fuerza a considerarla una cosa al margen». Es la confidencia de un «artista con alguna obra que hacer y político por obligación moral», hecha en 1966, desde Illinois, a su amigo Antonio Tovar.

01/09/2008

 
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