ARTÍCULO

Walter Benjamin en Moscú

 

En la compleja obra de Walter Benjamin hay un librito intitulado Diario de Moscú que destaca como su documento más personal, directo y transparente. En él relata una estancia de casi dos meses, del 6 de diciembre de 1926 a finales de enero de 1927, en la capital mundial del comunismo. Cuenta casi hora por hora sus paseos en una ciudad helada, sus considerables dificultades económicas, sus deseos, sensaciones ambiguas y frustraciones, hasta la desgarradora despedida. Anotará, con una precisión muy evocadora, tanto una conversación con Asja Lacis sobre un cinturón «barato» que le ofreció el escritor alemán Ernst Toller, de paso por Moscú, como el estilo arquitectónico de la ciudad, caracterizado por las numerosas casas de una o dos plantas, las tiendas que no ofrecen otra cosa que un canasto de la ropa con manzanas o cacahuetes, la manera de empaquetar y desempaquetar unas porcelanas en un escaparate, o las –pocas– veces que consigue un beso de la mujer amada. Hace también observaciones muy significativas como, por ejemplo, sobre la presencia de campesinos que viven una vida de aldea en el mismo corazón de la capital, o una reunión de intelectuales más o menos opositores, una función censurada en el teatro de Meyerhold, un encuentro con el «acomodado» Joseph Roth. O constata que las distinciones de clase, en teoría abolidas, no im­pe­dían que se estableciera un nuevo sistema de castas dentro del partido.
En este viaje a Moscú –marco perfecto según las reglas del teatro clásico francés: unidad de tiempo, de lugar y de acción–, Benjamin vivirá con plena conciencia una imposible adhesión a una ideología anhelada, un imposible amor y el trágico regreso a una realidad no muy alentadora, por no decir dramática.
En mayo de 1924 conoció en Capri y se enamoró enseguida de una joven comunista rusa, «una letona bolchevique de Riga», «una revolucionaria rusa de Riga, una de las mujeres más extraordinarias que [he] conocido». Vivió con ella algunos meses en Berlín, en 1924 y 1926, en Riga, en 1925, y otra vez en Berlín, en 1930. Asja Lacis es una revolucionaria profesional. Ella misma escribirá más tarde su autobiografía, titulada De profesión: revolucionaria. Con su encanto y su militantismo impresiona profundamente a Walter Benjamin, a la vez ena­mo­ra­do y ciertamente atraído por la clara ubicación política de esta inteligente y fuerte mujer, es decir, la ideo­lo­gía del progreso que representa el marxismo en esa época. Es ella también quien disuadió a Benjamin de inclinarse por otro posible camino en su vida, esto es, aceptar una cátedra en Jerusalén ofrecida por su amigo Gershom Scholem. «La senda del pensamiento de los progresistas que conservan el juicio conduce a Moscú, no a Palestina».Por cierto, este sincero compromiso político no le evitará a Asja pasar varios años en un campo de trabajo soviético.
En diciembre de 1926, la decisión de ir a Moscú, cosa del todo normal para este viajero compulsivo, responde entonces a tres motivaciones: reencontrarse con su amada y quizá conseguir una relación más estable con ella; conocer la realidad del socialismo soviético; y decidir por fin su adhesión o no al Partido Comunista alemán, decisión demorada desde hacía algunos años.
Por otra parte, Benjamin debe terminar de escribir y entregar un artículo sobre Goethe a petición de la nueva Gran Enciclopedia Soviética, y comenzaremos con la historia de este artículo, una anécdota muy significativa que compromete las condiciones psicológicas y económicas de su estancia en Moscú. El artículo, iniciado en Berlín, está casi acabado cuando Benjamin consigue hablar de su contenido con un responsable de la Enciclopedia. Éste le pide «una semblanza de tinte sociológico. Aunque –prosigue Benjamin–, en el fondo, no es posible caracterizar la vida de un poeta desde el punto de vista materialista, sino sólo su influencia histórica». Está claro desde ese momento que el artículo no será aceptado y que Benjamin tendrá que prescindir de los honorarios previstos, indispensables para su estancia en Moscú. La falta de dinero, por otra parte, es recurrente toda su vida y hace de él un personaje a veces mezquino, como en el caso del divorcio de su primera mujer, y otras veces casi sumiso, como en su relación con diversas personas a quienes pide ayuda, o con Reich, autor dramático alemán y amante de Asja Lacis, en cuyo piso se alojará en Moscú.
Pero es sólo el 29 de marzo de 1929 cuando recibe una crítica tan feroz como estalinista del artículo sobre Goethe y las razones de su rechazo por la Gran Enciclopedia Soviética:«No extrae ningún tipo de conclusión [...], deben eliminarse frases como “los revolucionarios alemanes no eran ilustradores” (y muchas otras) [...] vuelvo a aconsejar que no se imprima el ar­tícu­lo de Benjamin».Firmado, Lunacharski.
Aunque Asja Lacis es una presencia constante en el Diario de Moscú, Benjamin nos hace testigos con una cruda sinceridad de sus profundas frustraciones y heridas sentimentales: «Llegué el día 6... Pero en la estación no había nadie».Y quien lo espera un poco más lejos es Reich, autor dramático alemán y amante de Asja. A partir de ese mismo momento le será difícil estar a solas con Asja: «Sólo hace una semana que llegué y ya he de contar con dificultades cada vez mayores para verla, por no hablar de verla a solas [...] con Asja, nuevamente constante alternancia entre el “tú” y el “usted” [...], traté de besarla. Como de costumbre, no lo logré [...], la idea de vivir separado de ella me parece menos soportable. Por supuesto, está determinado por el temor de que viva aquí una relación más afianzada con Reich». Y todo a pesar de su«asombrosa dureza y, pese a su dulzura, también su de­sa­pe­go». Asja es tuberculosa y reside en un sanatorio, donde recibe a Reich y Benjamin, generalmente juntos. Éste se da cuenta de la imposible consolidación de esta relación tan deseada y se hunde poco a poco en una desesperación no exenta de cierto masoquismo, otra característica de su fuerte personalidad. Benjamin viajó a Moscú para decidir su vida afectiva, pero dejará la ciudad, despidiéndose de Asja, en un estado de desesperación aguda: «Con mi voluminosa maleta [llena de juguetes de madera y de hierro comprados de manera compulsiva en muchas tiendas y fábricas] me dirigí llorando a la estación a través de las calles en que empezaba a anochecer».
En todo caso, es por Asja por lo que se interesó por el marxismo. «Un amor verdadero me hace parecerme a la mujer que quiero [...], la miro de una forma tan intensa que apenas oigo lo que dice». Años después de conocer a Asja, Benjamin repetía algunos de los eslóganes marxistas más característicos sobre la burguesía o la familia, o escribía elogios desmesurados sobre Lenin. Y, sin embargo, nunca se afilió al partido. Más tarde todavía, parece como si, para adherirse, hubiera intentado desesperadamente encontrar una razón a la vez que una curiosa justificación intelectual y material, defendiendo su «comunismo» como «el intento obvio y razonado de un hombre completamente o casi completamente privado de medios de producción para proclamar su derecho a ellos». En esta frase un tanto elíptica parece comparar la situación del escritor con la del proletario, también aquél, por definición, privado de medios de producción y entonces tan justificado como este último en su adhesión al comunismo. Y sigue un debate interior sobre «la tremenda ventaja de poder proyectar las propias ideas dentro de un campo de fuerzas dado», pero con la duda de si «podré dar cuenta precisa de mi trabajo, principalmente del científico, con sus bases formales y metafísicas».
¿Fue el mismo viaje a Moscú lo que lo disuadió de afiliarse al Partido Comunista? Sus anotaciones son agudas, a pesar de viajar sin intérprete. Se pone «peligrosamente a descubierto» en una entrevista con un periodista, hablando sobre«el arte bajo la dictadura, la italiana bajo el régimen fascista y la rusa bajo la dictadura del proletariado».Anota la censura padecida por el autor y director de teatro Vsevolod Meyerhold por su montaje de El revisor, obra de Nicolás Gógol, y los escasos aplausos, lo cual «es muy posible que se deba a la consigna oficial».O sobre la educación: «Se da a la juventud una educación “revolucionaria”. Lo cual significa que lo revolucionario les llega no como experiencia sino como consigna». La cuestión de la entrada en el Partido Comunista alemán o francés, si no en el marxismo mismo, está ya cerrada cuando, más tarde, el pacto germano-soviético –que juzgará desde un punto de vista ético– ponga punto final a lo que parece ser la última tentativa de Benjamin para adherirse a una visión «optimista» de la Historia.
Es en 1940 cuando Benjamin escribe sus Tesis sobre el concepto de Historia, tesis centradas en los sufrimientos de los derrotados más que en los logros de los vencedores. No es necesario describir los acontecimientos del tiempo histórico que estaba viviendo, pero sería muy reduccionista ver en estos mismos los fundamentos de sus Tesis.«La idea de un progreso de la humanidad es inseparable de la idea de una Historia desarrollándose en un tiempo vacío y homogéneo». O también: «El progreso no reside en la continuidad del proceso temporal, sino en sus intermitencias». En otros términos, Benjamin se aleja decisivamente de una visión basada en la idea de un progreso histórico siguiendo las pautas del progreso científico o técnico, esto es, indefinido, irresistible y sin retroceso, idea originada en la filosofía de la Ilustración del siglo xviii y fortalecida con el desarrollo de la revolución industrial del siglo xix. Para Benjamin, la idea de progreso implica situar cada momento del tiempo en relación no sólo con un punto de partida, un origen, sino también con un punto final, que sería «un final legendario de la Historia». Las Tesis sobre el concepto de Historia hablan «de un pasado que sigue pasando, de un presente que se renueva a cada momento y de un futuro siempre por advenir», escribe Stéphane Mosés en su libro sobre el concepto de Historia en Rosenzweig, Scholem y Benjamin. Es muy evidente que Benjamin expresa en sus Tesis su rechazo radical y definitivo de la ideología del progreso. Y que tal concepción de la Historia –y de paso, de la humanidad– está sin duda reñida con una concepción marxista de un progreso en sentido único, hacia un porvenir lejano pero radiante.
Hay un cuadro que siguió a Walter Benjamin toda su vida. Comprado en 1921, el cuadro estuvo en su estudio en Berlín hasta 1930 o 1935, cuando un amigo lo envió a París, donde el escritor se había refugiado. Benjamin se lo entregó a Georges Bataille en junio de 1940, antes de huir a España –donde no entrará nunca– y de ahí a América, adonde nunca llegará. Luego el cuadro fue custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia y, según el deseo expreso de su propietario, enviado finalmente a su amigo Gershom Scholem a Jerusalén, donde ahora figura en el Museo de Arte de la ciudad. Desde el primer momento, este cuadro lo fascinó y tuvo una influencia decisiva sobre su pensamiento «como objeto de meditación y memento de una vocación espritual»(Gershom Scholem). Este cuadro es El ángel de la Historia, pintado por Paul Klee en 1920. Benjamin escribió lo siguiente acerca del mismo:
«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa a un ángel que parece alejarse de algo en lo que tiene clavada la vista. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, su boca abierta y sus alas extendidas. Tal debe ser el aspecto del ángel de la Historia. Su cara está vuelta hacia el pasado. Donde nos parece ver una cadena de acontecimientos, él ve una sola y única catástrofe que amontona sin parar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Querría detenerse, resucitar a los muertos y reparar lo quebrado. Pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se ha enredado en sus alas, tan fuerte que no puede replegarlas. Esta tempestad lo lleva irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras ante él los escombros se amontonan y crecen hasta el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos el progreso».
Cuando Benjamin escribió este texto, en 1933 o 1934, vivía en un estado material de carencia que había llegado a un «mínimo prácticamente irreducible». «Recojo flores al margen del mínimo existencial», escribe en una de sus cartas mencionadas por Gershom Scholem en Walter Benjamin y su ángel.
La escena del cuadro de Klee enseña un movimiento violento que, para Benjamin, sería una imagen de la humanidad empujada con fuerza irresistible hacia un futuro que no puede ni quiere ver, ya que va de espaldas, mientras ante ella se acumulan los escombros. El ángel querría hacer algo positivo y benéfico, restaurar lo destruido, pero parece imposible: está como petrificado. Con sus ojos y boca abiertos y fijos, contempla aterrado un montón de ruinas, «una sola y única catástrofe». Aquí –señala Stéphane Mosés– Benjamin emplea en su descripción del ángel el tiempo presente. Un presente de la inmovilidad, de la petrificación del horror. «Es el presente de la repetición, de la maldición, de la glaciación sin escape».
El ángel de la Historia es el preso de una única catástrofe, condenado a la repetición indefinida de la misma tragedia que recuerda un aforismo de Kafka, según el cual Adán y Eva son expulsados del Paraíso cada día. Esta desesperación, este «pesimismo», es también el de Nietzsche o Baudelaire, que Benjamin estudió intensamente. Es en esta repetición –rememoración– constante del pasado en el tiempo presente donde reside, para Benjamin, la importancia de la ética, según se mire el pasado como puro conocimiento o con la conciencia de una responsabilidad.
En La tregua, de Primo Levi, hay un personaje –un niño– llamado Hurbinek, «un nulo, un hijo de Auschwitz», nacido probablemente en el campo, que parece tener tres años; tiene paralizada la mitad de su cuerpo y no dice una palabra, pero sus ojos, «perdidos en una cara triangular y devastada, asaeteaban, terriblemente vivos, llenos de preguntas». Hurbinek dijo finalmente una palabra, pero hasta el final nadie la entendió. 

01/08/2007

 
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