ARTÍCULO

¿Quién fue Calvino?

Ariel, Barcelona
Trad. de Ignacio Hierro
400 págs. 21,15 €
Editorial Complutense, Madrid
Trad. de Teresa Garín
420 págs. 19,23 €
Visor Libros, Madrid
Trad. de Cipriano de Valera
2 vols. 40 €
 

¿Quién fue Calvino? Probablemente el lector español tenga pocas respuestas. «Un pastor protestante que ejerció su actividad en la ciudad de Ginebra allá por el siglo XVI », podría ser una. Algunos recordarán que participó en la condena de nuestro paisano Servet, y en esa medida se unirá a su nombre el calificativo de intolerante. Teológicamente, su principal inquietud fue la doctrina de la doble predestinación –añadirán algunos, que se delatarán como probables lectores de Max Weber–. Cabe sospechar que esto será todo, y si es así, probablemente muchos agradezcan que se hayan traducido dos biografías recientes sobre nuestro personaje a cargo de sendos especialistas franceses, junto con una nueva edición de su obra magna, la Institución de la religión cristiana . Hasta ahora, el único relato sobre la vida de Calvino que cabía encontrar regularmente era el trabajo divulgativo de Joan Gomis (Calvino: una vida por la reforma , 1993), mientras que su Institución circulaba en una edición tan meritoria como de difícil acceso en librerías, la promovida desde Holanda por la Fundación Editorial de Literatura Reformada. Se trata, por tanto, de publicaciones muy oportunas, pero quizá convenga algún aviso sobre cuál sea el Calvino que nos dan a conocer.

Calvino, en efecto, supo multiplicarse. Humanista (y jurista) por la educación recibida en su Francia natal, sus intervenciones públicas tras abandonar súbitamente el catolicismo pronto le costaron la persecución. En su deambular entre Francia y Suiza compondría su Institución, cuya primera edición se publica en Basilea en 1536 como breve opúsculo. La Institución sería a partir de entonces work in progress: los seis capítulos de la edición inicial se transformarían en ochenta en la cuarta (y última) edición de 1559. En esas dos décadas, el estudiante perseguido que inició su redacción se convertiría en jefe de la Iglesia reformada de Ginebra, y las vicisitudes que allí vivió determinaron inflexiones sustantivas en su teología. En un tiempo en el que religión y política eran, a menudo, indistinguibles, Ginebra se convierte en república independiente al mismo tiempo que se libera de la tutela episcopal católica. La intervención de Calvino consolidó su autonomía religiosa no sólo frente a la Iglesia romana, sino también frente a los luteranos de Berna. No obstante, para las nuevas autoridades ginebrinas las exigencias de Calvino para su recién fundada Iglesia tampoco resultaron siempre fáciles de aceptar: el conflicto sobre el control de la excomunión se extendió durante veinte años, por ejemplo. Sólo las masas de refugiados franceses que llegaron a la ciudad en busca de asilo religioso darían la victoria a Calvino sobre la vieja burguesía ginebrina.

Desde este punto de vista, cabe comprender que la de Calvino fuese una teología política, y no ya sólo por cuál haya sido su gestación. Calvino inicia desde Ginebra la difusión de su credo con un éxito que retrospectivamente sólo cabe calificar de extraordinario: tres años después de su inauguración, la Academia ginebrina contaba entre sus estudiantes con nombres como Gaspard Olevianus, uno de los autores del catecismo de Heidelberg; Florent Chrestien, preceptor de Enrique IV; Thomas Bodley, el futuro fundador de la biblioteca que lleva su nombre en Oxford; John Knox, futuro reformador escocés, etc. Aquí comienza la multiplicación del calvinismo: así como la doctrina de Calvino evolucionaba a la vista de las circunstancias que le tocó vivir en Ginebra, seguiría luego desarrollándose tras su muerte a medida que proliferaron las Iglesias que encontraron en ella su inspiración. Que Max Weber encontrase la singular inspiración que le llevó a redactar La ética protestante y el espíritu del capitalismo en el credo que profesaron los calvinistas estadounidenses prueba que su aliento político sobrevivió más de trescientos años a Calvino.

Pero ¿quién fue verdaderamente Calvino y cuál su doctrina? Calvino dejó poco escrito sobre su vida: apenas sabemos de su formación, de su propia conversión y, por supuesto, de sus vivencias. Así las cosas, hagiografía y biografía se confunden, por una parte, como sucede ejemplarmente en los siete volúmenes de la monumental obra de Émile Doumergue, Jean Calvin: les hommes et les choses de son temps (1899-1927), siguiendo una tradición que se remonta al mismo siglo XVI, cuando Teodoro de Beza, su discípulo y colaborador, redacta su Vita Calvini. Sus adversarios no fueron menos pródigos, y ya en 1577 encontramos la de Jérôme Bolsec. De ahí la dificultad de construir su biografía: ¿fue Calvino un déspota o un precursor de la democracia? O de otro modo, invocando a Alain Durfour, ¿cómo analizar el mito ginebrino?

Las biografías de Cottret y Crouzet tienen el indiscutible mérito de introducirnos en él, aunque nos adviertan a la vez de la imposibilidad de agotarlo. La de Bernard Cottret, un especialista en el protestantismo francés y británico del XVII, está ya traducida a siete lenguas cuando no se cumplen todavía diez años de su aparición. Se trata de una introducción muy correcta y bien escrita a la vida de Calvino, tanto desde los papeles que le correspondió desempeñar (polemista, predicador, teólogo y uno de los más influyentes escritores franceses) como desde sus circunstancias sociales y políticas. Crouzet, un especialista en los conflictos religiosos de la Francia del XVI, nos presenta un Calvino teatral y retórico, cuya misión profética guía toda su obra pública, desde la predicación de su doctrina al rigorismo moral que implica la aplicación disciplinar del Consistorio. El Calvino de Crouzet es una biografía indirecta, puesto que la figura del reformador se reconstruye a partir de su personaje en el teatro de Dios: sus temores, deseos, convicciones, proyectos, se explican en función de su obra como predicador y teólogo, como hombre de iglesia. El erudito no dejará de reconocer en su trabajo la influencia de la publicada por William Bouwsma (OUP, 1988), aunque sin su aparato crítico. Se trata, en ambos caos, de trabajos bien escritos que cumplen sobradamente como introducciones a la vida y obra de Calvino, más a sus ideas que a sus sentimientos. Ante la ausencia de testimonios fiables, tanto Cottret y Crouzet evitan especulaciones sobre cuál fuese la vivencia del reformador. De ahí la persistencia del enigma: ¿quién fue Calvino?

En cuanto a la Institución de la religión cristiana que ahora reedita Visor, conviene advertir que se trata, en realidad, de una nueva impresión de la vieja traducción de Cipriano de Valera (1597), revisada después por la ya citada Fundación en 1967 para su difusión evangelizadora en España e Iberoamérica. Suele preservar el sentido del original, aunque abunden las inexactitudes y se pierda con demasiada frecuencia la expresión del propio Calvino. Cuenta, además, con algunas notas aclaratorias, pero está lejos de ser una edición aceptable según los criterios hoy imperantes: realizada sobre la base de ña última edición, no se aclara en modo alguno cuáles fueron los añadidos o supresiones de las tres anteriores, ni las variantes según se trate de su versión francesa o latina. Los índices son deficientes y carece de una introducción puesta al día sobre los desarrollos de la calvinología reciente. Si en el caso de las biografías resulta editorialmente comprensible que no se piense en el especialista académico, no se ve en cambio qué sentido tenga dar a la imprenta una obra que con toda probabilidad será principalmente consultada por estudiosos. Sea como fuere, Calvino es hoy más accesible en España que en los últimos cuatrocientos años, y quizá ellos sea en sí mismo un indicio del que debamos alegrarnos. 

 

Marta García Alonso es profesora del Departamento de Filosofía Moral y Política de la Uned. 

01/06/2004

 
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