ARTÍCULO

El poder y la gloria

Crítica, Barcelona
Trad. de Alejandra Chaparro
478 pp. 29,50 €
 

Bolívar, nada más y nada menos. John Lynch, profesor emérito de la Universidad de Londres e investigador del Institute of Latin American Studies, promotor de los estudios latinoamericanistas en Gran Bretaña, e impulsor de las carreras de americanistas de muchos países, no necesita recurrir a un título de impacto para situarse en el mercado editorial. Su trayectoria profesional y su obra lo avalan con creces. Libros como Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, editado en inglés en 1973 y traducido al castellano en 1976, obra «de cabecera» en muchas universidades y con continuas reediciones, Caudillos en Hispanoamérica, 1800-1850 (1993), o América Latina, entre colonia y nación (2001), por no mencionar sus aportaciones sustanciales a la Historia de España (la última bajo su dirección se encuentra en curso de publicación), le otorgan autoridad científica para acometer una obra que, quizá, sólo temerarios o bisoños se atreverían a llevar a cabo.
Probablemente Bolívar sea, junto al Ché Guevara, uno de los personajes latinoamericanos más estudiados, y desde las más diversas y encontradas perspectivas. Contestado y/o alabado por liberales y conservadores, denostado por marxistas (Marx le dedicó un ensayo biográfico tildándolo de dictador y traidor a la patria), ahora ha sido recuperado por el régimen difícilmente etiquetable, pero de tintes socialistas, de Hugo Chávez, que se fotografía institucionalmente ante su retrato y lo esgrime como el referente de un modelo de país al que ha dado su nombre (V República Bolivariana), convirtiéndolo en símbolo de una alternativa continental que no se compadece precisamente con los proyectos y realizaciones del Libertador, alejados en el tiempo y en la mentalidad del actual líder populista venezolano.
En el olimpo de los artífices de la independencia hispanoamericana se encuentra Bolívar. Y él así lo quería porque, como reitera Lynch, buscó conscientemente el poder y la gloria. Hasta que la muerte lo encontró en 1830 en Santa Marta, cuando se alejaba cansado y desilusionado de todo lo que había construido, el suyo fue un camino de triunfos y fracasos, surcado de pactos variables con aliados que luego serían sus detractores (Santander) y opositores que, convenientemente premiados, serían –al menos transitoriamente– sus necesarios apoyos (Páez).
Los resultados de Bolívar son difíciles de medir, porque tenemos que contentarnos con los documentos de archivos españoles y americanos, sin poder calibrar la fuerza de su oratoria y la potencia de sus negociaciones, de las que no han quedado registros escritos. Hay que recordar que Bolívar, como José de San Martín, José Martí o José Carlos Mariátegui, por citar sólo a algunos de los actores reconocidos de la cultura y de la actividad política contemporáneas, no dejó el legado de una monografía extensa, aunque sí una prolífica producción de discursos, proclamas, artículos periodísticos y, sobre todo, una densa correspondencia que ayuda a introducirse en los complejos perfiles de su trayectoria pública y privada.
En la bibliografía citada por Lynch se encuentran obras consideradas clásicas –entre ellas la que muchos califican de «caduca» biografía de Salvador de Madariaga (1951)– y aportaciones recientes, con predominio de las publicadas en las décadas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. La propuesta metodológica de Lynch es conocida: partir del conocimiento y exposición de los hechos para interpretarlos y entenderlos, alineándose sin ambages del lado de historiadores como Carlyle, que reivindican la pertinencia de dedicar esfuerzos a las biografías de los protagonistas de la Historia: «La historia de Bolívar –resume– ha de contarse como un relato lineal, con pausas para el análisis y la interpretación, y un ejercicio de valoración al final» (p. 374).
Con estos mimbres compone Bolívar, moviéndose en una dinámica que va del seguimiento de los acontecimientos al trasfondo general. En el ámbito de lo privado traza los rasgos de su carácter, su sentido del deber y su exigencia hacia los suyos. Introduce como un componente importante su relación con las mujeres, desde su matrimonio y temprana viudedad (a la que Lynch atribuye su pronta entrada en política) hasta su relación más larga –y también la de mayor reciprocidad– con Manuela Sáenz, comprometida con la causa de la independencia y dispuesta a saltarse las convenciones sociales de los círculos en que se movía. Las cartas nos revelan la imagen de un hombre apasionado y expectante, la «cara humana» que a menudo ha soslayado la producción historiográfica sobre el Libertador y que contrasta con lo que fue la relación con aliados y opositores, un ámbito en que fue firme hasta la intransigencia. Lynch desgrana su relación con Francisco de Miranda, el instaurador de la Primera República en Caracas, traductor de los Derechos del Hombre e introductor de la imprenta en Venezuela, al que achacó errores políticos imperdonables y por quien sintió una aversión que no cedió hasta su aniquilamiento. En el otro extremo se encuentra Antonio José de Sucre, cuya figura fue ganando en entidad y en confianza a ojos de Bolívar, quien le confió empresas militares y políticas decisivas.
Lynch enfatiza y defiende la originalidad de Bolívar, tanto en sus planteamientos teóricos como en su ejecución práctica. Una originalidad que fue construyéndose desde su etapa de formación, privilegiada por un estatus social que le permitió conocer entre 1804 y 1806 los centros neurálgicos de Europa y familiarizarse con los grandes autores y los logros del mundo clásico, de la Francia revolucionaria y de la Inglaterra liberal. Todo ello entraría a formar parte de sus modelos para la América independiente, adaptándolos siempre y evitando la imitación y extrapolación, en la convicción que siempre mantendría de que las ideas habían de estar al servicio de la acción. Por eso, aunque conoció personalmente y admiró el sistema federal adoptado por los Estados Unidos tras la independencia, nunca entendió que pudiera ser extensible a Hispanoamérica. Sus razones fueron afirmándose a medida que conoció los territorios y sociedades desde Venezuela a Bolivia: la Monarquía mantuvo a los americanos ignorantes y aislados, fomentando las diferencias entre ellos, y el modelo político más deseable –la república federal– requería de sociedades educadas y preparadas. Las interpretaciones acerca de la evolución ideológica y política de Bolívar inciden en una propensión creciente hacia el autoritarismo y el conservadurismo en cuestiones prácticas. Así lo plasmó en su discurso más elaborado en cuanto al funcionamiento de un Estado independiente, el Discurso del Libertador al Congreso Constituyente de Bolivia (25 de mayo de 1826), en el que su experiencia lo lleva, en la envoltura de un liberalismo acendrado, a diseñar un poder arraigado y continuista para prever los peligros de la inestabilidad y la disgregación.
Lynch ofrece un retrato en positivo, al entender que su dictadura no fue nunca caudillismo, porque se basó en elementos institucionales más que en el personalismo. Bolívar luchó contra el fenómeno de los caudillos, que consideraba un obstáculo para el establecimiento de repúblicas avanzadas, esgrimiendo distintas armas: unas veces utilizó la ley y la fuerza, otras los incorporó dándoles poder. Su relación con los caudillos de los llanos Boves y Páez es ilustrativa a este respecto: al primero, que movilizó a esclavos, castas y peninsulares contra los patriotas, le hizo frente hasta el aplastamiento; al segundo inicialmente lo atacó, para después colocarlo al frente de la República de Venezuela y tener que sufrir finalmente su deslealtad.
Consciente de que la independencia sólo se lograría por la fuerza, desde muy pronto se alistó como voluntario en las milicias y recibió entrenamiento militar. La organización del ejército se convirtió en uno de sus objetivos. Pero, ¿cómo hacerse con unas fuerzas lo suficientemente estructuradas como para enfrentarse a un rival cuyos oficiales y un gran número de soldados contaban con una preparación especializada? Bolívar fue resolutivo y práctico, capaz de tomar decisiones como la «guerra a muerte» contra los enemigos de la independencia, de prometer tierra y libertad a los indígenas y esclavos que engrosaran sus tropas, de movilizar a hombres fuertes del medio rural y las ciudades, la punta de lanza de unas fuerzas que atravesaron cientos de kilómetros siguiendo sus órdenes de avance y retroceso, que le han reportado una bien ganada fama de estratega de primer orden.
El Bolívar militar y Bolívar político son dos caras que no pueden deslindarse. A medida que liberaba territorios diseñaba su futuro político. Lynch insiste en la coherencia de Bolívar, en que no se contradijo, sino que adaptó su teoría y praxis política a la realidad que iba encontrándose. Desde 1815, cuando ya el absolutismo había vuelto a la Península y Fernando VII se empeñaba en «pacificar» por la fuerza América, sus movimientos se complicaron el entrar en escena el general Pablo Morillo, un rival a su medida.
Mirando siempre al frente, convencido de la fuerza de sus razones, pensaba en una América unida con características propias, acordes con la naturaleza y la historia de sus gentes. En la conformación de la gran Colombia, cuyo Congreso lo eligió presidente en Cúcuta el 1 de enero de 1821, sus planes tomaron cuerpo ayudados por un aliado inesperado: el general Riego, que en 1820 se negaba a embarcar sus tropas para luchar contra los insurgentes, expresando la disidencia de sectores importantes y obligando a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. Desde entonces la fuerzas realistas en América no recibirían refuerzos de la Península. Bolívar centraba sus esfuerzos en el sur, en cómo ganarse la voluntad de Quito y Guayaquil. Lynch recuerda que la entrevista con San Martín en Guayaquil en julio de 1822, que también decidiría el futuro del Perú, es uno de los episodios, por no haber dejado ningún rastro documental, sobre el que planean interrogantes. Pero el resultado sí es conocido: San Martín acudía en posición de debilidad, dispuesto a pedir ayuda, y Bolívar no dejó pasar la oportunidad, una vez más, de hacer valer su poder.
Costa, selva, montaña y océano: todos los caminos le condujeron al Perú. Enfrascado en la trayectoria de Bolívar, Lynch no se detiene en la complejidad de la situación, en la trama de las facciones de poder y en la cuestión regional, en cómo Lima no podía identificarse con el Perú. La marcha sobre la capital fue liderada por Sucre y el propio Bolívar, que no se amilanaron ante la dureza del medio (Lynch hace referencia a un escrito póstumo y poco conocido sobre el Chimborazo, y a su mirada fascinada ante un paisaje tan desmesurado). Tras el tránsito efímero y descorazonador por Lima, y curtido por el desaliento de tener que vérselas con unas élites criollas que no le secundaban, que disputaban entre ellas por cómo gestionar lo que los realistas no habían sido capaces de defender, pensaba en la meta del Alto Perú. Mientras sus generales se empleaban en ganar las batallas, él configuraba su proyecto de constitución para el país que en su honor sería llamado Bolivia, y que tardaría muy poco en expulsar a los ejércitos colombianos, al fin y al cabo extranjeros que se entrometían en su futuro.
Lejos de apostar por una revolución social, su relación con el mosaico de razas y clases y las fórmulas que empleó para ganarse apoyos han sido interpretadas de maneras distintas, y abarcan desde el Bolívar justiciero al Bolívar manipulador que actuó, por encima de discursos sobre igualdad y justicia, primando necesidades y exigencias de la guerra y de las élites regionales, lo que explica el viraje que dio a su actuación hacia llaneros, esclavos, pardos e indígenas. Lynch entiende que sus convicciones igualitarias provenían de «su sentido de justicia innato», aunque no oculta que nunca perdió la referencia de sus orígenes de mantuano caraqueño, propietario de haciendas y esclavos (que emanciparía cuando decidió las medidas legales de la manumisión). Por su historia personal, estuvo más cercano a los negros y pardos que a los indígenas, y una de sus preocupaciones fue cómo atraerse y al tiempo controlar a unos elementos tan heterogéneos. A lo largo de la monografía se rastrean las zigzagueantes medidas bolivarianas de manumisión de esclavos –que luego sometería a restricciones–, de reparto de tierras a los indígenas mediante la concesión de bonos y vales canjeables (que finalmente pasarían a los caudillos rurales y a sectores de las élites urbanas), o la abolición del tributo que en 1826 reintroduciría bajo el nombre de «contribución indígena», resultado de la necesidad de mano de obra y de ingresos. En la esfera de cómo manejar las líneas maestras de la economía, fue partidario del liberalismo, aunque tuvo que adoptar decisiones proteccionistas que simultaneó con el recurso a empréstitos, especialmente de Gran Bretaña, adonde acudiría en busca de apoyo político y económico.
Los capítulos de Bolívar se articulan en caminos que se abren y que convergen en escenarios y problemas de distinta índole y envergadura. Lynch rastrea los senderos de esperanza y frustración de Bolívar trazando sus coordenadas y buscando las claves. Estratega avezado, capitalizó sus errores y supo mover sus peones en jugadas de ajedrez en las que sus ejércitos retrocedían y avanzaban en movimientos que derivaron en victorias. Político de mano firme, su pasión por la gloria recorrió su vida y dejó en la cuneta a quienes consideraba mediocres y pusilánimes. Pasó sus últimos días entre conspiraciones y conjuras, consciente de la imposibilidad de cumplir sus objetivos. Vivió lo suficiente para ver sus sueños de poder y de gloria hacerse añicos y para contemplar cómo la América unida que deseaba se rompía en un mosaico de países independientes, pero fragmentados política y socialmente. El revés de la convocatoria al Congreso de Panamá en 1826 fue una cuenta más de un rosario de decepciones. Los caudillos a los que tanto había denostado le sobrevivieron.
Bolívar es mucho más que una biografía: es, por ahora, la última contribución de Lynch al conocimiento de un tiempo de cambios a ambos lados del Atlántico y de los actores sociales que participaron en ellos, desde el anonimato de los sectores populares que se movieron en uno y otro bando por razones sobre las que no es posible generalizar, hasta aquellos que, como Bolívar, han dejado huella por una capacidad sobresaliente para generar proyectos políticos, justificarlos ideológicamente y luchar por ellos en las tribunas y en los campos de batalla. 

01/08/2008

 
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