ARTÍCULO

Azaña como Clemenceau frustrado

Planeta, Barcelona, 1998
361 págs.
 

Después de su polémica La libertad traicionada, donde Azaña aparecía bajo luces poco favorecedoras en compañía de otros seis intelectuales de la época, José María Marco recobra, ahora en solitario, al presidente de la II República, un personaje que al mismo tiempo le fascina y le repele, para trazar una biografía que pretende fundir lo privado y lo público –a menudo más incluso: explicar su comportamiento político a partir de sus frustraciones particulares– para alcanzar un retrato total de un individuo complejo, genial a veces, brillante siempre (Marco no le regatea elogios en el plano intelectual), pero al mismo tiempo atormentado, insolente, pendenciero, soberbio, desdeñoso... No se trata de nada nuevo, dicho sea en su más profundo sentido, y en principio sin matiz peyorativo: primero, porque desde la perspectiva del biografiado esos y otros muchos rasgos negativos de su carácter han sido profusamente destacados por sus críticos; pero, sobre todo, atendiendo a las propuestas del autor, porque Marco no hace aquí más que reiterar un cuadro que ya estaba trazado en sus obras anteriores, hasta tal punto que esta que comentamos es una simple actualización, con muy pequeñas novedades, de la biografía que apareció hace unos siete años.

Hay en este libro un amplio y sabroso párrafo, que quizás corre el riesgo de pasar ignorado o inadvertido y que no debería serlo, porque condensa a la perfección el carácter de este ensayo, la opinión que el autor tiene del personaje, y hasta el tono mismo de su análisis: «Azaña andaba buscando» –se refiere al intelectual dubitativo de los primeros años veinte– «más que un programa político, una gestualidad y un personaje democrático. Lo intentó con Poincaré, luego con Caillaux, y al fin lo había encontrado en Clemenceau». Caracteres paralelos, o al menos, eso se pretende: «Ambos compartían el desdén, un desdén de magnitudes casi cósmicas, la intransigencia de carácter, el gusto por la soledad y el sarcasmo [...]. Y los dos hicieron compatible su dedicación política con una vocación intelectual» (pág. 100).

Ahí está el Azaña fundamental que llena estas páginas: el intelectual zigzagueante impelido a la acción política, enamorado de la cultura francesa pero español hasta las cachas, el escritor sin lectores contra el que había advertido Unamuno, el solitario, el reflexivo, el acomplejado secretario del Ateneo madrileño, que se siente profundamente frustrado «al borde del declinar de la vida» (un «ambicioso» que no es nadie a sus 35 años, y ni siquiera diez años después, a los 45, «ha conseguido nada de lo que se proponía», págs. 80 y 123). Pero sobre todo está el Azaña que busca en la res publica una manera de resolver sus conflictos personales. Don Manuel, subraya Marco, no deseaba tanto un proyecto o un partido para regenerar España –nunca fue por ello un político al uso– cuanto un molde, un modelo de figura pública para volcar su desmesurado ego. Llevando esa interpretación hasta sus últimas consecuencias, buena parte de sus acciones, alcanzado ya el poder, se explican, o se comprenden mejor, según Marco, como un ajuste de cuentas consigo mismo: hasta el célebre «España ha dejado de ser católica» resulta algo más, bastante más, que la resolución del «viejo pleito» pendiente de los progresistas españoles. «Lo que allí se ventilaba era en el fondo –y en el propio Azaña lo reconoce– una cuestión personal» (pág. 182).

Consecuentemente con todo ello, esta es la imagen que traza el autor del osado intelectual que accede de forma abrupta al gobierno en 1931, «a lomos de una revolución»: «llegaba al poder un hombre que nunca había hecho política en serio, un aficionado a la política que jamás había tenido que negociar, esperar, pactar y renunciar para conseguir un objetivo, más aún, que había pasado de ser un señorito de buena familia a funcionario y que, como tal, ni siquiera había tenido que trabajar en serio para salir adelante» (pág. 164). Lo que sigue, es decir, la acción de gobierno de Azaña, desde el Ministerio de la Guerra primero, desde la presidencia después, desde la máxima magistratura por último, en unas condiciones progresivamente más difíciles, viene a ser tratado con un tono duro, crítico, distante, sin ponderar compasivamente las complejísimas circunstancias del momento.

Éstas no eximen a Azaña de su tremenda responsabilidad, del mismo modo que el sectarismo cainita de republicanos burgueses y socialistas –cada cual por su parte– no pueden exonerar, siempre según el criterio de José M.ª Marco, la suficiencia, inflexibilidad y radicalismo extemporáneo con que actúa este encantador de muchedumbres con su verbo fácil, provocador y demagógico. Sobre todo esto último, porque lo que el biógrafo no puede perdonar a su personaje es que, siendo un burgués, un liberal y un intelectual, ejerciera una triple traición (a su clase, a sus principios y a su formación) encabezando una revolución que en última instancia desembocará en el mayor desastre de nuestra historia contemporánea. Hasta tal punto hace responsable de todo ello al presidente de la República, que la lucidez de sus últimos años la convierte Marco, por encima de todo, de una «conciencia saturada de un implacable sentimiento de culpa» (pág. 346).

Lejos del retrato laudatorio de Preston, por citar una obra reciente (Lastres Españas del 36), o del riguroso estudio histórico de Santos Juliá (Manuel Azaña. Una biografía política), el libro de José M.ª Marco es por encima de todo un ensayo combativo, un peculiar tour de force del autor contra (más que sobre) su biografiado. Queda así dibujada con una vehemencia que a muchos parecerá excesiva una singular trayectoria vital y política: la de un escritor pueblerino, sensible y rencoroso, que termina presidiendo en la mayor soledad y desamparo, una feroz guerra civil. Lo que queda entre esos dos polos, según el autor, no es más que una abrumadora y desazonante frustración.

01/10/1998

 
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