ARTÍCULO

Gran Greene

 

A Graham Greene le interesó mucho la deslealtad. Dejó la religión de sus padres, se convirtió al catolicismo por amor a una mujer, y, cuando más crecía su fama mundial de escritor católico, hacia 1948, negó su posible condición de propagandista de la fe y defendió, como novelista, su derecho a ser desleal a la Iglesia católica, su Iglesia por elección, no por tradición de familia. Anthony Burgess, católico también, hallaba una diferencia radical entre él y Greene: Greene, decía Burgess, no se daba cuenta de que el catolicismo «además de ser una religión, es una cultura familiar». Pero Greene, que cultivaba fundamentalmente la fe en la fábula, cuarto hijo de una familia de seis, contempló el catolicismo como una flexible ley de hierro y una imaginería de situaciones extremas, melodramáticas, una intriga de conversión y apostasía, interpretada por creyentes dudosos o dolorosamente descreídos que llegaban a Dios por el atajo del pecado. Confesaba haber recibido la fe, sin forma ni dogmas, como algo en conexión con la violencia, la crueldad y el mal. «Empecé a creer en el cielo porque creía en el infierno», dijo en 1939, hablando del México violento de la época. Greene eligió ser católico, novelista popular, inventor de aventuras. En la adolescencia había sido encantado por El prisionero de Zenda, John Buchan, Henry Rider Haggard y la venenosa Italia renacentista pergeñada por Marjorie Bowen en La víborade Milán, un novelón probablemente insignificante, juvenil, que Greene consideró la matriz de toda su obra narrativa.

Greene entendió la literatura como rama de la industria del entretenimiento. Había nacido en 1904, cuando el cine nacía, y percibió desde sus comienzos literarios la nueva tensión entre las imágenes cinematográficas y las novelas. El entretenimiento novelístico competía ahora con películas y periodismo de masas, y el novelista Greene ideó nuevos números de malabarismo verbal con pasiones y emociones, el bien y mal, la conciencia individual y la religión establecida. D, el antihéroe de El agente confidencial(The Confidential Agent, an entertainment, 1939), decía que hay que elegir una línea de conducta y vivir en consonancia con ella, o nada tiene sentido. (Así, dramáticamente, lapidariamente, hablan los personajes de Graham Greene.) El bien y el mal son dos protagonistas enfrentados en una pantalla a la que podríamos dar el nombre de conciencia, y que prodigiosamente puede visualizarse en la página de una novela. La batalla entre el bien y el mal funciona mejor en situaciones en las que todo código moral ha sido abolido: una guerra, por ejemplo, preferentemente civil.

A Greene le atraían las regiones turbulentas: España, México, Kenia, Indochina o Centroamérica, por ejemplo. Autor de calidad, «el escritor más distinguido del género de espías», como lo llamó Martin Rubin, fue un viajero cerril, dotado de un sensacional instinto de actualidad y una mirada de cámara. Sus novelas son ricas en ambientación minuciosa, caracterizaciones contundentes y espléndidos diálogos prácticamente listos para la filmación. Guionista y crítico de cine, vio en Nueva York, en enero de 1957, La vuelta al mundo en 80 días y decidió que era la mejor película que había visto en su vida. David Lodge, comentando la película que Neil Jordan hizo en 2000 sobre El fin del romance (esta novela, de 1951, ya había sido llevada al cine por Edward Dmytryk en 1955), aludió a la técnica cinemática del narrador Greene. Lodge consideraba El fin del romance (The End of the Affair) su novela más desafiantemente católica. «Es mi gran novela sobre el sexo», le dijo Greene a Catherine Walston, su amante, en quien se inspiró para la heroína de su historia de adulterio y milagros. Greene es uno de los autores contemporáneos más novelescos, un gran personaje de novela histórico-sentimental.

UN MODELO DE VIDA

Con extraordinaria lealtad, Norman Sherry, profesor en San Antonio (Texas), le ha dedicado una biografía de tres mil páginas a Graham Greene, dividida en tres volúmenes: 1904-1939, 1939-1955, 1955-1991. Sherry, biógrafo oficial, declara haber seguido el rastro de Greene durante veintiséis años, desde octubre de 1976 a octubre de 2002, y no sólo el rastro de Greene, sino también el de la gente de su entorno. «Lo conozco mejor que a mi cara», dice Sherry, que ha querido descubrir las fuentes de la obra greeneana, buscando los modelos reales que sirvieron para crear personajes y escenarios de ficción. «He vivido casi tanto tiempo con personajes imaginarios como con hombres y mujeres reales», escribió Graham Greene a sus sesenta y cinco años, pero Sherry entiende que, detrás de cada uno de los principales personajes de Greene, existe un individuo real. Sherry tiene el convencimiento de que la historia íntima, privada, de Graham Greene está en sus novelas, más elocuentes que sus relatos autobiográficos, Unaespecie de vida (A Sort of Life, 1971) y Vías de escape (Ways of Escape, 1981). Greene, según su biógrafo oficial, fue un hombre que conservó la timidez hasta la muerte. Fue, en todo caso, un tímido terriblemente público, internacional, asiduo de hoteles, palacios y embajadas. El sacerdote español Leopoldo Durán, amigo y compañero de viaje de Greene, a quien administró los últimos sacramentos, lo recordaba como un hombre de «humor y delicada ironía, que nunca iba más allá de los labios».

No sé si es buena idea averiguar la historia personal de un escritor en las historias de sus personajes. Sherry lo hace sistemáticamente, aunque la operación resulte discutible, anecdótica e, incluso, innecesaria. Sherry es un biógrafo brillante y persuasivo, es decir, verosímil, enfrentado a un sujeto fantástico –Greene– y empeñado en rodear a su novelesco protagonista de seres tan fantásticos como él. «Era, por naturaleza, el espía perfecto; un hombre profundamente reservado. Su vida seguía siendo un misterio incluso para los que le eran más próximos», dice Sherry de Greene, que puso a su disposición cartas, transcripciones de sueños, diarios, documentos diversos, todos los ingredientes necesarios para armar una sólida biografía que a veces parece una autobiografía en tercera persona. El último tomo de esta voluminosa vida de Greene incluye entre sus apéndices un documento a favor de Norman Sherry, «mi biógrafo autorizado», firmado por el escritor el 2 de abril de 1991, víspera de su muerte, permitiéndole citar todos sus materiales inéditos y editados.Y aunque, paradójicamente, Sherry va perdiendo precisión, detalle e intimidad con su héroe a medida que llegan los años en que tuvo con él trato directo, la riqueza de sus materiales no sólo le permite leer en las novelas la historia íntima del novelista, sino la historia universal, reconociendo a Greene como «un historiador del siglo XX ».

Si no un historiador, fue un periodista de grandes sucesos, México y España antes de 1939, las guerras mundiales, las guerras de la Guerra Fría en África, Asia y América, el espionaje internacional, el crimen en la Costa Azul hacia 1980. Greene contó en Una especie de vida cómo, ya en el colegio, era habilísimo en escaparse y desaparecer. Su inigualable ansia de viaje y novelería lo empujó a flirtear en 1924 con el servicio secreto alemán en una excursión que lo llevó al Ruhr ocupado por tropas francesas. Su primera exploración exótica la emprendió en Sierra Leona y Liberia, en 1934, con una prima hermana: los dos parientes bebían champán en una fiesta cuando tomaron la decisión de irse a África. Greene escribió entonces Viaje sin mapas (Journey Without Maps, 1936) y, a partir de ese momento, no dejó de recibir encargos de editoriales, periódicos y suplementos dominicales. Estuvo en México durante la persecución religiosa (y escribió The Lawless Roads.A Mexican Journey, 1939; y The Power and the Glory, 1940), y otra vez en Sierra Leona, y en Malasia, Indochina, Kenia, China, Cuba, Haití, Argentina, Paraguay, Panamá, Bolivia, experto en caminos sin ley y viajes sin mapas.Y, entre espionaje, real o imaginario, y reportajes, intercaló citas amorosas, documentadas por Sherry, en Jamaica, la Martinica, Hong-Kong, París, Montecarlo, Estocolmo, Roma o Capri. Las alegrías, peleas y borracheras de amantes se iluminaban de fiestas y estrenos cinematográficos y teatrales.

Greene visitó China en la Semana Santa de 1957, dentro de una delegación británica invitada por el gobierno del país. Antes de tomar el avión, el escritor mandó una carta a las autoridades católicas de Irlanda e Inglaterra en la que exponía su deseo de recibir instrucciones sobre cómo servir a la causa católica en China, enemiga del catolicismo y azote de misioneros. Sherry, que subraya el coraje físico y espiritual de su héroe, sugiere frecuentes contactos entre Greene y los servicios secretos británicos. Ha quedado testimonio de las dos cosas que Greene solicitaba a sus guías chinos cuando le preguntaban si necesitaba algo: una pretty girl con la que dormir y la dirección de algún sitio donde comprar un poco de opio. Sabemos también que intentó infructuosamente oír misa en Pekín, pero que, gracias a Dios, pudo celebrar el Domingo de Resurrección en la catedral de Chungking. Alberto Arbasino citó una vez a Greene como ejemplo de cierto tipo de escritor, muy inglés, viajero y aventurero excéntrico, descubridor de valores culturales insólitos, visitante de países raros, que vive amores y pasiones salaces en lugares interesantísimos, entre atractivas celebridades, y además sabe escribir estupendamente. En cuanto a la manía del personaje por los servicios secretos, recordaré unas líneas de Una especie de vida: «Todo novelista tiene algo en común con un espía: vigila, escucha, busca motivaciones, analiza a los individuos, y en su afán por servir a la literatura carece de escrúpulos».

EL MOLDE

Tenía sentido del humor. Empezó la novela Un caso acabado (doy siempre los títulos de las traducciones españolas: ABurnt-Out Case, 1961), una aventura en una leprosería del Congo, retratándose a sí mismo mientras escribía su diario: «El pasajero escribió en su diario una parodia de Descartes: estoy incómodo, luego existo».Y el narrador-novelista de El fin del romance avisaba, para explicar su afición a los bares fríos e incómodos: «Cuando uno está solo, prefiere la incomodidad». Greene usó el viaje como mesa de trabajo. Compartió con sus personajes una especie de soledad invencible, de incomodidad vital, moral, que lo impulsaba a moverse, a cambiar de postura. Tenía un temperamento maníaco-depresivo, como Poe o Byron o Hemingway, dice Norman Sherry, que lo ve dividido entre la pasión de vivir y la desesperación suicida, una versión psicopatológica del doctor Jekyll y el señor Hyde, como diría el primo de la madre de Greene, Robert Louis Stevenson. Odiaba el mundo, dice Sherry, y se odiaba a sí mismo por ser mundano, aunque la vida social lo aburría profundamente. Padeció una insana fidelidad al suicidio desde la adolescencia, desde la niñez, en el colegio, como cuenta el propio Greene en Una especie de vida, donde precisa que «el suicidio consumado sólo suele ser una llamada de socorro que no ha sido escuchada a tiempo», y enumera los métodos que eligió para matarse sin éxito: un corte en una rodilla con una navaja, un trago de hiposulfito ante el horror del inicio de curso, un frasco de gotas para la tos, unas hierbas del campo, veinte aspirinas y un baño en la piscina del colegio que dirigía su padre («Aún recuerdo la sensación de nadar entre algodones»), el juego de la ruleta rusa.

La muerte voluntaria era una aventura, la vida era el aburrimiento voraz y la incómoda conciencia, «mi inextricable confusión de lealtades», dice Greene, la soledad, la lucha entre lealtades encontradas, en el colegio de Berkhamsted, donde Greene vivió y estudió a la sombra del padre, director del colegio. «Todo lo que uno podría llegar a ser, para bien o para mal, seguramente ya estaba allí...Allí, en Berkhamsted, estaba el primer molde que se iba a repetir hasta el infinito», diagnostica Greene en Una especie de vida. El joven Greene se dividía entre la máxima autoridad del colegio, su padre, y los pupilos, los alumnos, sus compañeros, traidor a su padre o a sus condiscípulos, sospechoso siempre de traición o colaboracionismo, «la lealtad hacia mi grupo escolar por un lado, y, por el otro lado, la lealtad hacia mi padre». Pronto abandonaría la religión de sus padres, por amor, para poder casarse con la católica Vivien Dayrell-Browning, conversa muy devota y apasionada por los gatos. Greene le escribió dos mil cartas en treinta meses. Se bautizó, se casó en 1927, y fue periodista, novelista, viajero profesional, miembro del Servicio Secreto durante la Segunda Guerra Mundial, en Sierra Leona, donde, en 1943, conoció la muerte de su padre y mandó decir una misa por él.

Acabada la guerra, otra vez en Londres, recibió en 1946 una carta de su mujer,Vivien, que le decía que una señora muy rica, casada, se había convertido al catolicismo bajo la influencia de sus novelas. Era Catherine Walston, belleza americana, doce años más joven que el escritor, y que iba a convertirse en su amante, la gran pasión de su vida, según Sherry. Otra vez caía en un nudo de lealtades: la esposa, una amante anterior con la que había sufrido los bombardeos de Londres (durmiendo en la cama de esta amiga, una bomba destruyó la casa de Graham, y Vivien, en el campo, dijo: «La infidelidad le ha salvado la vida»), la nueva amante rica y americana.A la primera amante, que ilustraba los libros infantiles de Greene, lo unía la culpa; a la esposa, la culpa y el sacramento. Una carta de Graham a Catherine, abierta por Vivien, decidió el fin definitivo de la convivencia conyugal. Catherine confesó la historia a su marido, Harry Walston, político, socialista millonario, candidato al Parlamento perpetuamente fracasado, con el tiempo miembro del gobierno y de la Cámara de los Lores. Cuando oyó que su mujer lo dejaba para casarse con el novelista católico, Harry lloró. Inmediatamente, Catherine renunció a su proyecto amoroso, aunque fue amante de Greene durante años.

La situación, desde el punto de vista católico, no resultaba del todo desfavorable: al estar ya casados, los amantes no podían casarse, lo que los convertía en adúlteros a la fuerza, contra su voluntad, una atenuante a los ojos del Divino Juez. A finales de 1956 el triángulo, o cuadrilátero, se complicó, porque Greene se enamoró un poco de la actriz sueca Anita Björk, viuda del escritor suicida Stig Dagerman. Greene le escribió a uno de sus confesores: «Incluya en sus oraciones a S. D., joven sueco; su viuda es amiga mía, aunque no católica». Lo que Greene compartía con Anita, según el propio Greene, era la soledad. Se lo contaba a Catherine desde Estocolmo: había más ternura que sexo, y los amantes, por edad, podían ser padre e hija. «Cuando alguien te quiere, siempre es difícil no corresponder, a menos que sea alguien aburrido o repugnante», escribió Greene.

RUIDO Y LUCIDEZ

Todo esto lo cuenta Norman Sherry con la seriedad que el asunto merece. Sherry, que siente devoción por Catherine, transmite a sus lectores la intensidad de la pasión católica de la señora Walston, amante de Greene y amiga de tener curas en su casa, según le cuenta a Sherry la hermana de Catherine, Bonte. Se trata de curas impresionados por el dinero, la comida, la bebida, la servidumbre numerosa, la abundancia en todo, los objetos preciosos, la libertad de expresar sentimientos en voz alta en magníficos salones. Son sacerdotes espiritualmente posesivos, que siempre acababan diciéndole a Catherine: «Te veo más tarde en tu estudio, en tu dormitorio». Gracias a su hija espiritual, frecuenta a miembros del Parlamento, ministros y secretarios de Estado, embajadores y dueños de periódicos. Los invitados debaten con un jesuita acerca de la naturaleza de Dios y del pecado y el perdón; a un dominico –precisamente rival amoroso de Greene– se le plantea el problema vital de si existe el católico perfecto, o, más sutilmente, de si es posible la perfección. ¿Son monstruos los santos? El columnista y chismógrafo Woodrow Wyatt, antiguo miembro del Parlamento con los laboristas, caballero y miembro de la Cámara de los Lores, paladín de Margaret Thatcher, anotó en su diario el 13 de abril de 1991 que en los obituarios sobre Greene aparece Catherine Walston, «la mujer de Harry Walston. Era católica romana y tenía un sacerdote residente en su casa... Cuando iba Graham, lo que sucedía a menudo, podían hacer el amor y luego ir al sacerdote, que les daba la absolución...». Greene dijo que Catherine había sido su única relación completa, implicados al unísono la cabeza, el corazón y el sexo («My head, my heart, my balls all working together»).

Anthony Burgess, que se sentía más auténticamente católico que Greene, sentenció que a su colega no le interesaban las almas, ni los problemas de la compasión y el amor, sino las rarezas y paradojas de la doctrina católica. George Orwell, a propósito de El revés de latrama (The Heart of the Matter, 1948), dijo que Greene trabajaba con peripecias «psicológicamente improbables» y problemas morales convertidos en «ecuación algebraica». A Evelyn Waugh los mismos problemas e intrigas le parecían un híbrido entre Simenon y Somerset Maugham. Estas son algunas de las historias de Greene: una mujer transforma el amor adúltero en milagro y santidad, prometiendo ante Dios que renunciará a su amante si no lo pierde en la guerra; un cura ebrio y mexicano se salva por pecador; otro cura, guerrillero, paraguayo, casado y excomulgado, se entrega al crimen por amor a Cristo; un muchacho se ahorca en el cobertizo del jardín, y un sacerdote pide a Dios que, a cambio de su fe, le devuelva la vida; un artista católico, separado de la gracia divina por un pecado sexual, busca alivio en una leprosería congoleña, donde despierta una mañana con «el pánico del abandono absoluto» y unos rezos de curas, curas que, por cierto, están perdiendo la fe, como el artista. «¿Por qué tengo que escribir sobre sitios así?», se preguntaba Greene en su diario, después de hallar alojamiento entre los leprosos gracias a una duquesa belga, que recomendó a sus conocidos que, en cuanto el escritor llegara a Leo poldville, fuera presentado a embajadores y gobernadores. Edith Sitwell, horrorizada por la aventura leprosa de Greene, se consolaba pensando que su amigo estaba acostumbrado a tratar con leprosos morales.

Clive James, en un comentario a El factor humano (The Human Factor, 1978), una de las dos grandes novelas de espías que dejó Greene junto con Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havanna, an entertainment, 1958), reconoce que, si bien es dudoso que el catolicismo agudice la capacidad para analizar individuos, indudablemente resulta «una garantía contra la suposición –paralizante para un artista– de que el paraíso puede alcanzarse en este mundo». No eran de este mundo los ideales de Greene, que miraba las cosas terrenas directamente, sin ideales, dice James.Así, Greene adivinó la crisis de los misiles antes de que hubiera misiles en Cuba, y, en El americano impasible (The Quiet American, 1955), captó lo que ocurría en Indochina, antes de que Indochina se convirtiera en Vietnam. Pero el cine, perfecto para la propaganda, no sólo puede falsificar la Historia: también falsifica la ficción. Graham Greene escribió una novela, El americano impasible, cuyo protagonista, Pyle, era un hombre de la CIA, un agente provocador que ponía con sus mejores intenciones democráticas coches-bomba en el Saigón de los años cincuenta; pero, cuando Joseph L. Mankiewicz convirtió en película la novela, el agente de la CIA era inocente y las bombas las ponían los comunistas (el papel de Pyle lo interpretaba Audie Murphy, el soldado estadounidense más condecorado en la Segunda Guerra Mundial). Phillip Noyce volvió a rodar El americano impasible hace poco, con Brendan Fraser y Michael Caine, y cuenta verdaderamente la fábula que inventó Graham Greene, si es verdad lo que cuenta en la novela el rival del americano, el periodista Fowler, un escéptico al que Pyle le ha robado la amante.

LOS MOTIVOS DE GREENE

En junio de 1969 Graham Greene recibió el Premio Shakespeare, de la Universidad de Hamburgo, ocasión para hablar ante la autoridad contra la autoridad, según dijo. Habló contra Shakespeare, poeta del orden en una Inglaterra de conspiraciones y persecuciones. Shakespeare, hijo de católico en opinión de Greene, no movió un dedo mientras su contemporáneo Southwell, jesuita y poeta,santo, moría en el cadalso después de sufrir tres años de tortura. Shakespeare, en lugar de aceptar los honores que empezaba a recibir, debería haberse enfrentado a los torturadores del santo Robert Southwell. Sherry dice que Greene habló en Hamburgo sobre la necesidad de deslealtad con tanto fervor como la mayoría de la gente habla de la necesidad de lealtad. «¿No es tarea del narrador actuar como abogado del diablo para provocar simpatía y comprensión hacia aquellos a quienes no alcanza la aprobación del Estado? La vocación del escritor lo lleva a ser protestante en una sociedad católica y católico en una protestante, a ver las virtudes de la sociedad capitalista en una comunista y las del comunismo en un Estado capitalista», dijo Greene en Hamburgo. El escritor, por vocación, es desleal. Sherry cita a E. M. Forster: «Es preferible, aunque no necesariamente más fácil, traicionar a la patria que a un amigo».Yo recuerdo una frase de El ministerio del miedo (The Ministry of Fear, an entertainment, 1936): «No es posible querer a la humanidad, sólo se quiere a las personas».

En El factor humano huye a Rusia un espía británico, al servicio de la Unión Soviética por amor a su mujer. La fuente de la ficción de Greene sería el caso Kim Philby, su jefe en el Servicio Secreto durante la guerra mundial, su amigo, huido a Moscú, héroe de la Unión Soviética. Greene lo comparó alguna vez a los católicos ingleses que servían a España durante las persecuciones en tiempos de Isabel I. Este era el tipo de asuntos que Greene creía interesantes, y entendió que al escritor se le exige instinto y pericia moral para reconocer la deslealtad como virtud en el momento de elegir entre dos irreconciliables opciones de conducta. Enfocó cinematográficamente sus escenarios exóticos para que una sombra invadiera el rostro del héroe, moralmente cansado e invenciblemente solo, degradado, predestinado. Greene fue un católico más bien luterano, y vio la salvación como un asunto íntimo, una cuestión privada entre el interesado y Dios.Yo diría que recurrió a la ley católica de la misma manera que un músico se somete a la forma sonata para poner en práctica su instinto y su pericia artística.Y utilizó el poder melodramático de la imaginería evangélica: Harry Lime, en El tercer hombre (The Third Man, 1949), tienta a su amigo, el escritor Rollo Martins, mostrándole los reinos del mundo desde lo alto de la noria, a sus pies, en Viena... «Esto fue escrito para ser visto, no para ser leído», dijo Greene.

Creo que el cine interviene por primera vez directamente en una trama de Greene en Monseñor Quijote (Monsignor Quixote, 1982), cuando el santo cura protagonista ve por error Laoración de la doncella, película pornográfica. El desliz del monseñor recuerda una equivocación semejante del padre de Greene, que, director del internado, proyectó para los niños Tarzán, creyéndola una película educativa, de interés antropológico. España, para Greene, significaba idealismo (¿o era catolicismo?) y primitivismo, dos compañeros de viaje: un humilde príncipe de la Iglesia católica, recién ascendido a su rango por casualidad, y un alcalde comunista derrotado, en la Mancha, Quijote y Sancho, descendientes reales de personajes de novela, perseguidos por la Guardia Civil, fuera de la ley humana y sometidos a una ley más alta, santificada por el vino. El padre Leopoldo Durán, en Graham Greene. Friend andBrother (1994), ha contado la génesis de esta historia, fruto, según el sacerdote gallego, de conversaciones inolvidables, desde el primer encuentro entre Durán y Greene en el Hotel Ritz de Londres, hasta el día en que le administró al escritor los últimos sacramentos en un hospital suizo.Viajaban el cura y el escritor por España y Portugal en los veranos, con un equipo portátil para celebrar la Eucaristía, regalo de Greene, y entablaban conversaciones que no hubieran tenido lugar si Durán no hubiera sido sacerdote. «Tu fe es más grande que la mía», le dijo el cura al escritor.Tenían sus desacuerdos: a Greene nunca le gustó Franco, pero el sacerdote español hubiera canonizado inmediatamente al generalísimo contemporáneo de Hitler y Mussolini, o eso cuenta Durán.
Los motivos del novelista son dos, dice Greene: la insaciable curiosidad y el deseo de poner orden en el caos de la experiencia. No entendía, literalmente, cómo pueden vivir los que no escriben, cómo no se vuelven locos sin la terapia de escribir. ¿Personajes famosos o importantes? Greene decía recordar únicamente las ficciones que había escrito. Norman Sherry ha querido unir ficción e historia. El padre Leopoldo Durán recuerda que Graham Greene le confesaba en Antibes, en el verano de 1989, que la biografía de Sherry le parecía un poco larga, demasiado detallada. Es tan interesante como su gran personaje central.

 

Acaba de aparecer Norman Sherry, The Life of Graham Greene.Volume Three: 1955-1991, Jonathan Cape, Londres, 2004, 905 pp.

01/04/2005

 
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