ARTÍCULO

Retrato del artista enjabonado

Society of Spanish and Spanish-American Studies, Boulder
 

Este Retrato de Camilo José Cela de Francisco García Marquina es un libro, en verdad, bastante extraño y también, ciertamente, notable. Notable porque hace un recorrido concienzudo y meticuloso, bastante completo, por toda la vida del escritor y sus circunstancias, por los temas que inspiran la obra publicada y por la obra misma. Extraño porque, al mismo tiempo, no consigue separarse de la persona que pretende retratar –aunque a veces parezca querer estudiarla o, quizá solamente, describirla– y nos da un retrato personal que está entre la exculpación y el ditirambo, y que resulta más ambiguo de lo que pretende y menos de lo que se cree.
La obra es ambiciosa, y amplia: seiscientas y pico páginas tupidas, cuarenta y siete para albergar las más de mil quinientas notas (que podrían no ser tantas, pues la mayoría son referencias de lugar y fecha). Editado en Estados Unidos, cuenta también con un índice onomástico –mejor que hubiera sido también analítico–, ese índice que tanto se agradece siempre y que los editores españoles son tan cicateros a la hora de incluirlo en obras que lo piden a gritos. En cambio, no hay lista de bibliografía, y también se hubiera agradecido para no desesperarse rebuscando en la turbamulta de notas. El texto se distribuye en cinco partes, con epígrafes celianos: una primera, biográfica («El gallego y su cuadrilla»); una segunda de retrato moral («Yo, señor, no soy malo», primeras palabras de Pascual Duarte en su novela); la tercera, breve, un entremés para descargar al lector («El retablo de Don Cristobita»); la cuarta, de análisis literario y estilístico («La vida en el tintero»), y la quinta, también breve («La sima de las penúltimas inocencias»), coda final y muerte. Una estructura sinfónica.

Leer este Retrato produce ciertas perplejidades. Para empezar, la fuente principal que usa García Marquina es el propio escritor; pero no sus cartas o documentos, aunque algo haya, que podrían objetivar momentos u opiniones, sino los propios textos autobiográficos –La rosa, memorias de infancia, y Memorias, entendimientos y voluntades, las de juventud–, junto con la lectura en clave biográfica, apoyada en su cercanía al autor, de la obra, sobre todo los artículos de los últimos años. Pero el propio García Marquina nos indica, y no una sola vez, que Cela fue siempre un gran farsante –incluso llega a insinuar que tal vez ése fuera su mayor talento– y que con frecuencia tenía más interés en componer adecuadamente el personaje literario CJC de cara al público que en transmitir verdades o sentimientos personales. Importa, pues, aquí, y mucho, el origen de las historias para establecer su veracidad, no sólo la coherencia y verosimilitud del relato.

Y si García Marquina lo hace algunas veces y acude por menudo a la correspondencia y a unos meses de diario que el novelista llevó en los cincuenta, no es la tónica general. Nos cuenta o corrobora desde fuera, por ejemplo, la salida del Madrid republicano y el paso a la zona sublevada, o el escabroso episodio del Cuerpo de Investigación y Vigilancia en La Coruña en 1938, que el propio Cela no lo explicó nunca por sí mismo, fuera de alguna velada referencia a los malintencionados que lo desenterraron desde la ultraderecha en los tiempos turbulentos del posfranquismo. Lo cual está muy bien, porque cada uno cuenta de sí mismo lo que quiere y le parece conveniente, y más cuando, como era el caso de CJC, no estás a favor del proselitismo.Y muchas más cosas: es bastante impresionante repasar la lista de los libros y artículos de «celiana» que van apareciendo en las notas y más notas del Retrato –creo, sinceramente, que podría decirse que «está todo»–, pero la asepsia no es la tónica general, o tanto esfuerzo no consigue dar la impresión de que lo sea, y ese fiarse casi a ciegas del relato que un escritor de ficción hace de su personaje para contarnos su vida resulta de una conmovedora buena fe.

García Marquina fue buen amigo de Cela durante el último quinto de la vida del escritor, amigo cercano, fiel y devoto, como subraya y ya sabíamos por otro libro anterior: Cela, masculino singular. No necesita, por tanto, más documentos para esos últimos años, y se nota que ha estado cerca y ha recibido las enseñanzas. Sabe de lo que escribe y se aplica en el trabajo. Pero nos exige un acto de fe. Nos da el mejor retrato de su personaje cuando nos lo pinta de cerca y en plano corto, pero, al tiempo, esa proximidad tal vez haya sido un inconveniente: junto a noticias y datos e indicaciones ilustrativas para el de fuera, hay un exceso de interpretación y permanente justificación moral, un constante enjabonamiento y alabanza innecesarios.Y, además, el retrato se descompensa irremediablemente a favor de esos años finales: el artista senescente. Insiste, por ejemplo, y a veces no muy a cuento, en que CJC, escritor y persona, sufrió una transformación radical porque a su vida llegaron el amor y un segundo matrimonio feliz, lo que añade folletín para pasto de la prensa carnívora, pero no luz sobre un escritor importante.

Esa proximidad también le obliga a dar por buenas explicaciones tardías e interesadas y justificar conductas muy poco presentables, sean culpa del literato o de sus muy próximos. Relata, por ejemplo, aunque sin mucho detalle –aunque ahí sí que habrá documentación–, los avatares de la fundación de Iria, pero no se alude a que esa creación se había iniciado en Mallorca en tiempos de la UCD, y sólo la desidia y cerrazón de los gobiernos autonómicos de Alianza Popular echaron a Cela en brazos (literalmente) de los gallegos. Es obvio que Fraga fue más vivo que Francisco Gilet, conseller de cultura del Govern, que a la clásica pregunta de periodista veraniego respondió que nunca se llevaría a una isla desierta el libro Mazurca para dos muertos de Camilo José Cela: es decir, cruz y raya, como sabe cualquiera que haya conocido al iriense. Y como ésta, muchas otras historias viejas y no tanto cuya interpretación tardía no resiste un mínimo análisis teniendo presentes los hechos y no sólo las palabras de parte interesada. Las cartas de y a José María de Cossío hablando del manuscrito de La familia de Pascual Duarte están, o debieran estar, ahí. Los manuscritos y mecanoscritos, también. Los mirós falsos y verdaderos. Los libros oportunistas y sus autores. La sustancia de la demanda del premio Planeta. Los prebostes políticos.

Como especialista en CJC, Francisco García Marquina tiene todavía mucho campo por explorar o certificar. Puede corregir errores, menudos pero de bulto, que abundan más de lo conveniente, como, digamos, citar por Wilder a Diane Wilder Cornwell o ponerle a Rafael Alberti ochenta años en 1963.Y puesto que no ha de ser éste –demasiado lastrado por filias, fobias y exculpaciones morales– el libro definitivo sobre Cela y su obra, el retratista puede animarse a publicar un tercero y explicarnos con más matices por qué no le gusta la obra última del retratado. Oportunidades no han de faltarle.

01/10/2006

 
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