ARTÍCULO

La historia de España en quinientos mapas

Planeta, Barcelona
531 pp. 29,50 €
 

Un mapa es siempre ambivalente, un orden cerrado y una vaga propuesta, la plasmación de una inquietud y un estímulo al conocimiento. Por un lado, el plano constituye el símbolo por antonomasia del anhelo organizativo que nunca se verá colmado, la realidad a escala humana que al final nos termina dejando un punto insatisfechos. Pero al mismo tiempo, como se dice en una de las páginas introductorias de este libro, los mapas pueden contemplarse también como una invitación al viaje, entendido en sentido prístino, como sed de descubrimientos, como expresión de esa necesidad tan humana de asomar la cabeza allende los confines familiares. No empecemos, pues, hablando de problemas conceptuales o metodológicos o de fríos datos sin más, sino de emociones. Fiel a ese estilo que ha ganado tantos adeptos en los últimos años, García de Cortázar intenta desde las primeras líneas enganchar al lector y deja un hueco, ya desde la página inicial, para ese otro modo de acercamiento a la realidad que es la recreación literaria.
Por eso empieza citando a Calipso, Ulises, Ítaca, Penélope... Porque al comienzo de todo, imaginación y cartografía aún no eran rivales. Son unas bellas y breves consideraciones acerca de lo que han significado históricamente los mapas. Así, escribe, hojear las representaciones de lo desconocido –antes y quizás, aunque sea más difícil, también ahora– no ha constituido tan solo otra manera de viajar, sino de dar campo abierto a sueños, aspiraciones, quimeras. No es extraño que las primeras proyecciones del mundo traslucieran una abierta fascinación por la terra incognita y, como necesitaba la cosmovisión de antaño, ese más allá, el finis terrae, fuera el refugio por excelencia de la fantasía desbocada, y terminara poblándose de monstruos y otras figuras mitológicas. Serán más adelante los ilustrados los primeros que introducirán el rigor científico en la cartografía: nosotros somos sus herederos, en cierto modo más empobrecidos o desengañados, los nietos del positivismo y las exploraciones científicas, los hijos de la descolonización y el declive eurocéntrico. Tirando de este hilo, es el mismo autor quien reconoce que, pese a su importancia como motores, a la fantasía o a la imaginación les queda hoy en esta esfera poco terreno: la sed de conocimientos sólo puede saciarse con los instrumentos adecuados. La geografía se hizo ciencia. Hasta hace bien poco los propios estudios académicos reputaban como matrimonio indisoluble la vinculación de la geografía con la historia, antes de que esta última se uniera de hecho y en igualdad de condiciones con otras disciplinas, clásicas y modernas, formando un frente renovador en los estudios sociales que tan fructífero se ha revelado en las últimas décadas. Precisamente por ello no abundan las novedades editoriales en el campo cartográfico –ni siquiera en la modalidad supuestamente más atractiva de atlas histórico– o, por lo menos, la producción en este ámbito queda lejos de otras vertientes –de la biografía a la historia política– que gozan de mayor salud o, simplemente, mejor aceptación. Motivo más que suficiente como para que nos detengamos en esta obra que, además, como todo lo que toca Fernando García de Cortázar, se ha convertido en un éxito de ventas.
Pero hay otras razones bastante más sustantivas para el atento examen de este libro: la primera y principal, la que será objeto de breve análisis unas líneas más abajo, es que se trata en sí mismo de un volumen espléndido, magníficamente realizado, cuidado en todos sus detalles, tan útil en el fondo como atrayente en la forma; la segunda, que no me parece menor, es el equilibrio entre la erudición y lo didáctico, entre el rigor y la meticulosidad de los mapas, por un lado, y la claridad expositiva de los textos que los acompañan, por otro, todo lo cual hace que estas páginas puedan resultar de provecho tanto al especialista como al simple curioso.Y aún habría una tercera razón, que es la encomiable determinación del autor de ponerse al frente de un proyecto así, nada fácil en su realización, pero que también exige, pese a la pulcritud y atractivo visual antedichos, un lector más atento y paciente que el que busca la divulgación al uso.
García de Cortázar ha optado por la tradicional división cuatripartita, desde la Antigüedad a la Edad Contemporánea, un recurso clásico para soslayar las polémicas habituales sobre las pautas de periodización que muchas veces empantanan, más que enriquecen, el debate historiográfico. Lo primero que llama positivamente la atención es que esas cuatro secciones son parejas en extensión, lejos de las tentaciones presentistas, tan comunes hoy en día, que bosquejan los siglos anteriores con varios trazos gruesos, reduciéndolos a poco más que mero prólogo de la contemporaneidad.Aquí, por el contrario, empezamos por los primeros habitantes de la Península –con información detallada de los distintos yacimientos– hasta llegar a las colonizaciones fenicia y griega, para detenerse especialmente, como no podía ser menos, en los más diversos aspectos de la Hispania romana y terminar la sección con el reino visigodo, antes de dar paso a la expansión islámica que inaugura la Edad Media. Priman a continuación los movimientos bélicos, de conquista musulmana primero y de resistencia cristiana y reconquista después, pero se deja un amplio margen a las consideraciones culturales –con planos de los monumentos más esplendorosos, desde la Mezquita cordobesa a la Alhambra granadina– y a las más representativas conformaciones urbanas: Toledo, Sevilla, Zamora, León, etc.
La unión de coronas bajo los Reyes Católicos inaugura el capítulo dedicado a la Edad Moderna, que continúa con el descubrimiento y la expansión americana por un lado, y con las vicisitudes del Imperio por otro, sin olvidar los problemas internos, desde la revuelta de las Alpujarras o los Comuneros a las Germanías y los Segadores catalanes. El mapa de la batalla de Trafalgar cierra la pormenorizada atención que recibe el Siglo de las Luces y da paso a la última parte, que sigue el rastro de la irrupción de las tropas napoleónicas y atiende a los diversos levantamientos contra el francés, prosigue con las guerras carlistas y la pacificación restauradora, y llega a la España del año 2000 tras repasar los convulsos acontecimientos del siglo XX .A lo largo de esta sección, como en las precedentes, se combinan los mapas que podríamos llamar inevitables con otros mucho más originales: por ejemplo, la distribución de los sindicatos católicos agrarios o la implantación de las Irmandades da Fala. Precisamente la diversidad de elementos que se incorporan en estas páginas hace resaltar la que en mi opinión es su mayor carencia: la falta de un índice de mapas que ayude a localizar exactamente el tema que en un momento determinado se quiere consultar. Un defecto, por lo demás, que sería fácilmente subsanable en posteriores ediciones.
Frente a las críticas malintencionadas o dictadas por los estereotipos políticos, de las que suele ser frecuente objeto el autor de este volumen, nadie que se acerque a este Atlas de Historia de España libre de prejuicios encontrará motivo alguno para sostener que se presenta una visión del país uniformadora o esencialista. No encontrará el lector una España inmutable, idéntica a sí misma, ya hecha desde antes de que empezara a correr el tiempo: lo que se percibe es bien distinto, una España como realidad histórica abierta al mundo, solar de pueblos diversos que a veces armonizan y a veces guerrean, pero que se influyen mutuamente; una comunidad que se expresa y comulga en unos símbolos –históricamente mucho más importantes los religiosos que los políticos– pero que es capaz también de desgarrarse hasta el paroxismo en la consecución de objetivos irreductibles; y, en fin, un conjunto de individuos que no tienen por qué compartir los mismos principios de identidad o que se reconocen de modo distinto en cada época, desde vasallos a ciudadanos. En última instancia, dice García de Cortázar, «este género cartográfico» también puede servir para liberar a las naciones de sus esquirlas identitarias, con la convicción «de que la historia se construye por los hombres» y no por la tradición, la sangre o los muertos, «ni por la mitología instalada en el lugar donde debería hallarse la razón».

 

01/01/2006

 
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