ARTÍCULO

Nos falta más que nunca

Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Barcelona
384 págs.
 

Cuando un artista se nutre de literatura y vive la pasión por los libros, impone necesariamente a su obra pictórica la presencia implacable de lo escrito. Ese pintor que es Antonio Saura carga sin complejos su pintura literaria y de poesía. Y es por esto que el resultado se manifiesta siempre complejo y polémico. Se trata de cuadros hablantes. De esta manera, Antonio Saura, como si nada, se convierte en un rara avis, afortunadamente cada vez menos avis rara, dentro de ese neurótico, y más nutrido de lo que parece, equipo de pintores que escriben y de escritores que pintan.

Si se analizan textos de artistas, presentan en ellos un respiro común, un aliento insólito: un mundo de descripciones, paradojas y sugerencias que a veces no se advierte en los textos de los literatos a secas, salvo algunas excepciones, entre las cuales se halla Vladimir Nabokov, que si bien no pintaba, cazaba mariposas con ahínco y maestría, y eso tiene algo que ver con la pintura. Al pintor que escribe no le basta, evidentemente, pintar ni tampoco dibujar. Y, lanza en ristre, se dispone a abatir el cuadro que le planta cara, que le juzga, el cuadro testigo de su impotencia y que tantas veces le ridiculiza. Por eso se arma con las armas de las letras. He escrito a veces que esa denominada inspiración tan extravagante –que yo calificaría más bien de angustia, la angustia de meterse en harina– se debería juntar al periodismo o a la poesía, para que la prensa y la métrica reunidas a lo cotidiano nos saquen del apuro y nos empujen a librar batalla por el cuadro. Una batalla desigual que nos permita adivinar lo que no vemos, lo que se oculta detrás del lienzo apoyado sobre el caballete o sobre la pared.

Antonio Saura –estoy seguro– haría suyos estos devaneos, quizá dictados por la práctica del quehacer diario de la pintura. Antonio Saura nos falta hoy más que nunca y, visto cómo está el patio, no me sería difícil demostrarlo. Sé que no habrá más textos quitamanchas: advertencias, puntualizaciones, oráculos y gritos en el desierto dictados por una mente dura y estricta que siempre proclamaba que el arte sin ética no es nada, nada, menos que nada...

Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores en su deseo de proteger y difundir la obra escrita de Antonio Saura, publica su Visor sobre artistas y convierte estas notas en un libro denso y bello, que viene del fondo del taller, de la práctica del arte y de la visión-visor del otro, de la angustia, de la ambición y del fracaso.

Este Visor sigue a Fijeza y Crónicas y parece que en un futuro próximo aparecerá Marginalia, que reunirá su poesía, Escritura como pintura y Miscelánea. Así se verá qué hacía Antonio Saura cuando todo el mundo se preguntaba eso de: ¿qué hace Saura?, ¿dónde está en este momento?, o, ¿no pinta?

Se supone a través de este libro que vivía momentos de exaltación y de silencio, de entusiasmo o de melancolía por querer saber qué es lo que hay detrás del caballete, del muro y, a veces, para adivinarlo hay que escribirlo. El libro, magníficamente impreso, como de costumbre, resalta la curiosidad y la entrega del artista. La curiosidad no conoce límites. Saura se interesa por Pollock, Bram van Velde, De Kooning, razón del monstruo, convulsión de la mirada, atravesado, andamio y guillotina.

En la amplia factoría, junto a la mesa del quirófano, flota como un altar sacrificial el espléndido caballete de De Kooning esperando el despertar... Y también Arnoulf Rainer. Una glosa inédita hasta la fecha sobre Saul Steinberg, escrita en París en 1985, y la importante presencia de Picasso. El amor y el auto-irónico odio de Antonio Saura. Las páginas dedicadas a Picasso son distanciadas y certeras. El diálogo Picasso-Saura aún no ha terminado, aunque los protagonistas nos hayan dejado. Hay también mucha ternura para con los amigos en la segunda parte del escrito.

El libro está sembrado y barrido por los recuerdos: Kolar, Potocarrero, Zañartu y Alberto Greco, con el que Antonio Saura y yo compartimos una gran amistad hasta que se suicidó en la Costa Brava a principios de los años sesenta, sin olvidar escribir sobre la palma de la mano izquierda con una barra de labios la palabra FIN... «Esta pintura concebida como un libro de la vida tuvo un equivalente esencialmente literario –a veces también de grafismo– en una novela autobiográfica que, en parte, conocí y que merece ser publicada como el más hermoso y patético testimonio de una persona fuera de serie.»

01/09/2002

 
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