ARTÍCULO

Bestias sin alma

Fundación Gustavo Bueno / Universidad Santiago de Compostela, Oviedo
361 págs. 34,67 5.769 ptas.
 

«Sea sepultado en los infiernos... Así lo sentenciamos y pronunciamos, estando como estamos, en nuestro muy alto tribunal... Y no le condenamos en costas, usando de nuestra clemencia, porque bastan las que hizo en imprimir las dichas vanidades, sin que sirvan para más los papeles que imprimió de para que los especieros echen en ellos las especies que vendieren, que, pues de especies tratan, justo es que para especies sirvan». Así sentenciaba Francisco de Sosa en 1556 en su satírico Endecálogo contra Antoniana Margarita el libro recién editado por Gómez Pereira, y lo hacía, además, por boca de un tribunal compuesto, entre otros, por un mono, un murciélago, un cocodrilo, un león, un águila, una ballena, un elefante, un lobo, y presididos por Júpiter. Y casi se cumple la sentencia de tan peculiar corte.

PEREIRA Y LOS ANIMALES- MÁQUINAS

La Antoniana Margarita fue publicada en 1554 por el médico Gómez Pereira en Medina del Campo. Fue escrita en latín y el título completo es Antoniana Margarita, no menos útil que necesaria, que trata sobre temas físicos, médicos y teológicos, por Gómez Pereira, médico de Methymna Duelli, que en lengua española se denomina Medina del Campo. Volvió a editarse en latín en Madrid en 1749, y en 2000 nos llega la primera traducción castellana, en versión facsímil y bilingüe, dirigida por José Luis Barreiro Barreiro y editada por la Universidad de Santiago de Compostela y la Fundación Gustavo Bueno.

Gómez Pereira pensó como mejor título para su obra el de Paradoja. Nada más acertado. Pero según nos confiesa le pareció demasiado atrevido y optó por dedicarla a sus padres, Antonio y Margarita. La obra gira, en efecto, en torno a la argumentación de una original paradoja planteada por Pereira: si admitimos que los animales sienten tendremos que admitir que son racionales y, por tanto, inmortales. Luego los animales no sienten. Son de naturaleza mecánica, puros automatismos. (Sí, querido lector: Antoniana Margarita, 1554; Discurso del Método, 1637; ya volveremos sobre esto.)

El índice de la obra elaborado por Pereira consta de 18 apartados: I. Los brutos carecen de sentidos; II. Conocimiento intuitivo y abstractivo; III. Sensibles comunes y sentido común; IV. Operaciones del intelecto; V. Explicación del universal; VI. Distinción de ente y esencia; VII. Concepto de continuo; VIII. Sobre los principios de las cosas; IX. Sobre la esfera ígnea –generación y corrupción–; X. Sobre el productor de las almas vegetativas; XI. Conceptos de cantidad, materia, forma, relación; XII. Métodos para conocer la diferencia de accidentes respecto a la substancia; XIII. Diferencia de formas educidas de la potencia de la materia; XIV. Paráfrasis al Libro III De Anima; XV. Distinción de alma inteligente y sentidos; XVI. Sobre la inmortalidad del alma; XVII. Objeciones de Miguel de Palacios; XVIII. Defensa de Gómez Pereira. ¿Necesitaba Gómez Pereira defenderse?

Pereira deja claros sus criterios metodológicos en la introducción del libro. Se guía por el amor a la verdad, la puesta en cuestión de las afirmaciones clásicas de médicos y filósofos y el contraste con la experiencia. Excepto en lo que toque al dogma, los criterios científicos de Pereira serán el razonamiento y el análisis de la evidencia. Huye de huecas disputas retóricas y se vale de la claridad y la precisión en la descripción de los fenómenos. La tarea fundamental que se impone en su Antoniana Margarita es detectar la diferencia crítica entre los animales y el hombre, y Pereira va a identificar esa diferencia como la que media entre las máquinas y el ser animado.

Para sostener tan arriesgada tesis, Pereira trata primero de probar que admitir la sensibilidad animal conduce a conclusiones absurdas: aceptar la vida sensorial de los animales implica concederles inteligencia y razón (¿y por tanto alma inmortal?), para pasar a continuación a diseñar un modelo mecánico que explique la complejidad de la conducta animal sin recurrir a los procesos mentales.

Las pruebas de la insensibilidad animal, con frecuencia reducciones al absurdo, que desgrana Pereira son variadas y, en ocasiones, llenas de ingenio. Los animales huyen de un fuego concreto a pesar de no haber visto anteriormente otro igual, luego deben ser capaces de formular silogismos: todos los fuegos queman, esto es un fuego, luego este fuego quema. Los pollitos recién nacidos saben reconocer los granos de trigo sin haberlos visto jamás, luego deben de ser no sólo inteligentes sino auténticos visionarios. Todos los niños aprenden a hablar de pequeñitos y, sin embargo, ningún animal ha conseguido hacerlo, a pesar de lo inteligentes que se supone que son algunos: y no se trata de falta de órganos adecuados, porque los mudos aprenden a hablar por señas. Pereira recuerda incluso argumentos del propio Aristóteles: ¿por qué los animales no aprecian las fragancias, el arte, la música? Citemos finalmente un demoledor argumento viniendo de un médico castellano: ¿habría alguien tan cruel y miserable que pudiera participar en una corrida de toros si no creyera en el fondo que el animal no siente?

Pero una tesis tan original y desconcertante –el sentido del término paradoja– como la del mecanicismo animal no es la única aportación de Pereira al pensamiento europeo. ¿Son máquinas? Pues Pereira nos ofrece nada menos que un modelo mecánico para explicar la inmensa complejidad del comportamiento animal sin recurrir a concepciones mentales del aprendizaje, la memoria o el lenguaje. Todo se basa en comprender los fenómenos del movimiento vital propio de los animales y distinto tanto del natural, propio de los objetos y regido por los principios de invariabilidad y perpetuidad, como del voluntario, propio de los seres humanos. El movimiento vital de los animales se divide en la teoría de Pereira en cuatro clases que explican la conducta animal desde el arco reflejo hasta los procesos cognitivos complejos.

En este modelo «cinético» de la conducta animal se pueden rastrear las huellas de la formación intelectual de Pereira. Nuestro médico había cursado sus estudios en la Universidad de Salamanca a comienzos de la década de 1520. Era una época en que esta institución estaba viendo amenazada su hegemonía cultural por el auge de la recién fundada Universidad Complutense. Para reaccionar ante esta amenaza, la Universidad de Salamanca reformó sus estudios tomando como ejemplo a la Universidad de París. Se adoptó el método pedagógico del modus parisiensis y se amplió el claustro dando cabida a jóvenes profesores españoles provenientes de la capital francesa, que trajeron con ellos el pensamiento nominalista en contraste con la orientación realista tradicional en Salamanca. Pereira estuvo profundamente influido por uno de estos profesores, al que años después dedicaría la Antoniana Margarita: Juan Martínez Guijarro, el más tarde famoso cardenal Silíceo, que asumiría las cátedras de Lógica en 1517 y de Filosofía Natural en 1522. Silíceo había sido discípulo en París de Juan de Celaya y John Dullaert, a través de los cuales había conocido y estudiado las investigaciones sobre el movimiento, la velocidad y la aceleración de los físicos del Merton College de Oxford. A su llegada a Salamanca, Silíceo hizo editar como libro de texto el Liber Calculationum del físico de Oxford Richard Swineshead. Se entenderá ahora que la teoría del movimiento que Pereira había estudiado con su maestro le proporcionara el marco conceptual para su teoría del comportamiento animal. La solución estaba en explicar la conducta animal en términos de movimientos mecánicos, y proceder a integrar adecuadamente este tipo de movimientos en el conjunto de los presentes en la Naturaleza.

CONOZCO LUEGO EXISTO

Como se recordará por el índice de la obra, el tema del automatismo animal está inseparablemente unido en Pereira a la teoría del conocimiento y a la cuestión de la inmortalidad del alma. Cuestión esta última delicada y peligrosa, dado que tocaba al dogma y por ello podía despertar el interés de la Inquisición. Hay una lectura de la sospecha (Guardia, Barreiro) que aventura que nos encontramos ante el libro de un materialista que está realizando el peligroso juego de desdoblarse en dos: el filósofo mantiene la tesis escolástica de la inmortalidad, el médico se arriesga a tratar de demostrarla físicamente. Todo con el sentido último de insinuar la imposibilidad de una demostración racional de la inmortalidad del alma. El pensamiento de Pereira, judío converso como su maestro Silíceo, estaría en la línea materialista que seguiría años después, con trágicas consecuencias personales, el judío portuense Uriel da Costa.

Otra línea interpretativa (Menéndez Pelayo, González-Vila...) sería la de admitir que Pereira llegó a sus conclusiones partiendo de una sincera posición espiritualista o incluso espiritualista radical (Gustavo Bueno). Según esta última, Pereira no concebiría al hombre ni siquiera como un animal racional, sino como un auténtico espíritu puro que a lo sumo utiliza el cuerpo animal como instrumento material. Gómez Pereira habría derivado de su teoría del conocimiento la imposibilidad de mantener la distinción entre el alma sensitiva y la intelectiva so pena de volatilizar la distinción esencial entre el animal y el hombre. Para salvar esta vertiginosa conclusión, Pereira habría decidido que las semejanzas entre animales y hombres son meras apariencias. Los animales tienen órganos semejantes a los humanos, pero en ellos son sólo elementos de una maquinaria en movimiento. Sólo el hombre tiene alma y, por tanto, sólo el hombre siente. Pero es que, además, cuando Pereira trata el problema de la inmortalidad del alma, se plantea si el alma se conoce a sí misma de forma intuitiva. ¿Cuándo tiene el alma conciencia de sí misma? Cuando piensa. Y sentencia el médico de Medina: «nosco me aliquid noscere, et quicquid noscit est, ergo ego sum» (conozco que conozco algo, y todo lo que conoce existe, luego existo). Según esta línea interpretativa, Descartes tomaría como primer principio lo que en Pereira es la culminación de su posición espiritualista: el alma puede prescindir del cuerpo cuando se contempla a sí misma. Con Pereira, el dualismo del alma sensible y racional comienza a ser desplazado por el del espíritu y la materia: los cartesianos lo denominaron res cogitans y res extensa, y convertirán el conozco que conozco en el cogito.

DE PEREIRA A DESCARTES Y AL OLVIDO

¿Puede una obra de la importancia de la Antoniana Margarita haber pasado inadvertida en el pensamiento español hasta el punto de no haber sido siquiera traducida al castellano hasta ahora? ¿Pasó inadvertido a los estudiosos europeos el extraordinario parecido entre el pensamiento de Pereira y algunas de las ideas expuestas por Descartes años después? La desconcertante respuesta a ambas preguntas es no. La Antoniana Margarita fue objeto de debate en Europa durante 250 años y luego desapareció. Veamos. Antes de la publicación del Discurso del Método de Descartes la obra de Pereira había sido comentada, entre otros lugares, en la Sacra Philosophia de Francisco Vallés, publicada en Italia, Alemania y Francia, en el De Anima de Francisco Suárez, publicado en Lyon, o en el Cursus Philosophicus de Rodrigo de Arriaga editado en Amberes. En 1637 se publica el Discurso del Método. El inmediato revuelo por el parecido con la Antoniana Margarita es tal que Descartes, en carta a Mersenne fechada el 23 de junio de 1641, se defiende: «No he visto la Antoniana Margarita, ni creo tener gran necesidad de verla [...] pero me gustaría saber dónde fue publicada, para poder encontrarla si la necesitara». Como respondería un buen fiscal, ¿cómo sabe que no la necesita si no conoce su contenido? A partir de este momento la polémica no cesará en Europa durante un siglo. Unos a favor de la evidente conexión Pereira-Descartes: Borrichus en Leyden (1667), Hallevordius en Frankfurt (1676), Huet en Venecia (1689), Thomas Willis en Oxford (1672), Piquer en Madrid (1768), Voltaire en París (1785). La línea contraria adoptará unos curiosos argumentos: la coincidencia entre Pereira y Descartes es evidente, pero 1) Pereira llegó a sus conclusiones por azar mientras que en Descartes fueron el resultado de profundas meditaciones; 2) la obra de Pereira pasó inadvertida y Descartes no pudo conocerla; y 3) una misma idea puede tener varios inventores. Semejantes, llamémosles, argumentos vieron la luz por primera vez en un artículo de Pierre Bayle publicado en 1684 en las Nouvelles de la Republique des Lettres. Y, por increíble que parezca, se terminaron convirtiendo en la valoración cuasi definitiva de la obra de Pereira y fueron repetidos hasta la saciedad en diccionarios y enciclopedias: véanse los diccionarios de Calmet, Brucker, Moreri o Chambers. Véase también la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, en cuyo primer volumen, publicado en 1751, se dedica un artículo al «Alma de las Bestias» en el cual se repiten fielmente las consignas de Bayle. El caso de Leibniz es particularmente sorprendente. En sus cartas de 1711 lo encontramos buscando alguien que le pueda prestar o vender la Antoniana Margarita. En la correspondencia de 1713 afirma haberla leído ya y estar convencido de que las tesis cartesianas coinciden con las de Pereira, pero no puede creer que Descartes haya leído la obra del médico español.

A partir del siglo XVIII , e impuesta la tesis de Bayle y la Enciclopedia –hasta Benito Feijoo repetirá la cantinela dando, por cierto, algunas muestras evidentes de no haber leído el libro–, Pereira desaparece del panorama intelectual europeo. Sólo algunos intelectuales españoles mantendrán hasta el siglo XX vivo el recuerdo de nuestro gigante dormido: Guardia, Alonso Cortés, Ortega y Gasset, Sánchez Vega, González Vila, Bernia, López-Piñeiro, Carpintero, Barreiro o Gustavo Bueno, entre los más destacados.

PEREIRA Y LA LIBERACIÓN ANIMAL

Hoy, los problemas planteados por Pereira no atañen sólo ni principalmente a la cuestión de los orígenes del pensamiento cartesiano ni tampoco a la historia de las disputas escolásticas en torno a las relaciones de las partes del alma. Hoy, el pensamiento de Pereira plantea cuestiones palpitantes en torno a las relaciones animal-hombre (véase la magnífica página www.filosofia.org/ pereira.htm). Desde esta perspectiva la auténtica cuestión filosófica que Pereira habría planteado hoy sería la de la fundamentación ética de las relaciones del hombre con los animales. A mediados del siglo XVI , las ideas de Pereira podrían leerse en el plano ético como una justificación no sólo del trato despiadado hacia los animales, sino también de una explicación moral del uso y abuso de la mano de obra esclava que los españoles reclutaban tanto en el África negra como en las recién descubiertas Indias. Si negros e indios no eran enteramente humanos, eran animales y, si eran animales, ni sentían ni padecían.

La cuestión es que tres siglos después de la Antoniana Margarita se publicó El origen de las especies (otro libro sobre especies, que diría Francisco de Sosa), y desde entonces sabemos que el hombre es uno más de los animales producto de la selección natural. Hoy día resulta, por tanto, un poco difícil sostener que la diferencia animal-hombre sea una cuestión de alma espiritual. En el campo de las ciencias de la conducta, la cada vez más pujante Psicología Evolucionista (véanse, por ejemplo, las investigaciones de David Buss) muestra cómo los fenómenos motivacionales y emocionales humanos tales como las preferencias e inclinaciones sentimentales, considerados tradicionalmente como muestra de espontaneidad típicamente humana, se inscriben cabalmente en el marco de los mecanismos psicológicos de la selección natural. Y en este punto los argumentos de Pereira se revelan de plena actualidad, aunque esta vez tomados en sentido contrario. Si las semejanzas entre animales y humanos no son meras apariencias, entonces los humanos somos animales, pero también ciertos animales son en algún grado humanos. Y en este momento deberíamos sacar las conclusiones que Pereira ya extrajo –racionalidad de los animales, inmoralidad del trato «infrahumano», etc.– y que quiso cegar con su teoría de los animales-máquinas. Henos aquí enfrentados por Pereira al tema de «los derechos de los animales», que mantiene hoy en vívida disputa a filósofos como Peter Singer o Fernando Savater, a los activistas del Animal Liberation Front, a los etólogos que promueven el «Proyecto del Gran Simio» para exigir la aplicación de los derechos humanos a nuestros más cercanos parientes o al mismísimo Juan Pablo II quien, aun manteniéndose en la postura escolástica tradicional, exige para los animales un trato más considerado.

EL MISTERIO PEREIRA

Pereira parece perseguido por una extraña maldición destinada a oscurecer su figura y su obra. Aunque todos los indicios y algún testimonio apuntan a que nació en Medina del Campo, no se ha localizado documento alguno que lo justifique, probablemente porque la ciudad de Medina y sus archivos fueron incendiados durante la guerra de las Comunidades. Sabemos que estudió en la Universidad de Salamanca, pero faltan los libros de matrícula de los años en los que suponemos que frecuentaba sus aulas. Sabemos que era médico y que ejerció en Medina, pero algunos testimonios lo sitúan también a la sombría cabecera de un paciente tan problemático como el príncipe Carlos, heredero de Felipe II. Los pocos documentos de que disponemos sobre Pereira son fundamentalmente actas de pleitos en los que se vio envuelto, desde disputas por la tutoría de unas niñas hasta juicios por temas comerciales, dado que parece que simultaneaba su profesión con el mundo de los negocios: alquiler de viviendas, rentas de iglesias, comercio de vinos, entre otros. En estos pleitos sus contrincantes suelen hacer sobrevolar sobre Pereira una peligrosa acusación: se trata de un hijo de judío converso investigado por la Inquisición. .

Pereira publica en 1558 su segundo y último libro: una obra médica titulada Novae Veraeque Medicinae Experimentis et Evientibus Rationibus comprobatae. A partir de entonces nada se sabe de él. En 1559 tienen lugar los autos de fe de Sevilla y Valladolid (en este último sabemos que es penado Juan de Ulloa Pereira, pariente de Gómez), es detenido el arzobispo Carranza, se publica un nuevo Índice de libros prohibidos y se limita el estudio en universidades extranjeras. Malos tiempos en Castilla para un escritor amante de experimentos y paradojas, judío converso y discípulo de un universitario de París.

Si sobre el destino de Pereira se cierne el misterio, sobre sus libros no hay mucha más luz. Sólo quedan en las bibliotecas de todo el mundo treinta ejemplares de libros de Pereira, sumando los de sus dos obras. Tan tremenda escasez es inexplicable. A menos que atendamos al testimonio de J. F. Guhling, que, en sus Disertaciones sobre documentos antiguos, fechadas en 1723 en Wittemberg, nos habla de una secreta sentencia dictada por los círculos cartesianos para buscar y adquirir cuantos ejemplares de la Antoniana Margarita se encontraran y convertirlos en cenizas. Tal escasez de ejemplares condujo a que buena parte de los autores que comentaban la obra de Pereira en realidad no la hubieran visto jamás. De aquí que sobre ella se fueran acumulando toda suerte de falsedades y disparates. Sólo referiremos uno. En 1706, Johann Caspart Ebert se hace eco, en su Gabinete de Mujeres Sabias publicado en Frankfurt y Leipzig, de un libro sobre la inmortalidad del alma escrito por una erudita autora española de nombre Antoniana Margarita.

Felicitémonos, pues, por la iniciativa de la Universidad de Santiago y la Fundación Gustavo Bueno para hacer accesible al público general esta obra capital del pensamiento español. Y esperemos no tener que aguardar otros quinientos años hasta que alguna institución promueva la traducción del tratado de medicina de Pereira. Que así sea.

01/02/2002

 
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