ARTÍCULO

El territorio de la ambigüedad

Alberdania, Irún
224 págs. 18 €
 


«Lo difícil es percibir la falta de fundamento de nuestras creencias». Con esta cita de Wittgenstein nos introduce Ander Gurrutxaga en su ensayo, un texto complejo y audaz que es a la vez reportaje, análisis y ajuste de cuentas con el nacionalismo vasco –el institucional, el de Lizarra, el de la sociedad vasca en general, el suyo propio. Gurrutxaga completa la cita anterior, según la cual «del hecho de que a mí –o a todos– me parezca así no se sigue que sea así», con el caveat final del filósofo: «Sin embargo, es posible preguntarse si tiene sentido dudar de ello». Y entramos así de lleno en el terreno de «la mirada difusa» y de «los dilemas del nacionalismo». Si los fundamentos de las creencias más lógicas y científicas son, según el filósofo, territorios acosados por la duda, el error y, en última instancia, la incertidumbre invencible, ¿qué decir de las creencias religiosas, políticas, culturales del hombre de la calle? Y, sin embargo, ¿tiene sentido dudar de la validez de esas creencias? Wittgenstein, que contaba con fervientes católicos entre sus mejores estudiantes y amigos, no tenía empacho en escribir: «¡Venga, creed! No hay nada malo en ello». ¿Nada malo en ser nacionalista vasco, por ejemplo?

Gurrutxaga sirvió al nacionalismo institucional vasco desde el puesto de viceconsejero de Educación, encargado de la investigación y la universidad. Pudo así conocer desde dentro las tareas de gobierno (se le atribuye a Max Weber la opinión de que, antes de criticar las decisiones de los políticos, uno debería conocer por propia experiencia las responsabilidades propias del gobernante). Y luego ha escrito este libro para cuestionar de raíz y desde la libertad y responsabilidad del sociólogo profesional las directrices del nacionalismo vasco. ¿Cuál es su diagnóstico?

Gurrutxaga huye de las certezas para situar en el corazón del debate «el mar de dilemas» y ambigüedades del nacionalismo. No se trata de atacarlo o defenderlo, se trata de examinar en su complejidad los claroscuros de un fenómeno que es clave en el funcionamiento de la sociedad vasca actual. Gurrutxaga parte de la hipótesis de que se cierra un ciclo y de que «la Euskadi real se enfrenta al cambio de era atrapada por sus incertidumbres y por sus límites», cambio que atañe en primer lugar a los sectores industriales y productivos de la segunda revolución industrial. En la transición a una nueva modernidad, lo que más preocupa a Gurrutxaga es la articulación de una sociedad vasca plural. Algunos de los dilemas que dificultan esta transición son nacionalismo versus no nacionalismo, institucionalización política versus verdades, mitos y leyendas históricas, violencia versus consolidación de la paz. En este «mapa extremadamente difuso y de gran complejidad», se trata de cómo «encontrar un nuevo sentido de la política» que implique a la ciudadanía como «una tarea de unos (los nacionalistas) y de otros (no nacionalistas)». Tarea casi imposible.

El terreno más cercano a Gurrutxaga y al que más esfuerzo dedica es el del nacionalismo institucional y su responsabilidad hacia los sectores sociales y políticos no nacionalistas. Y una vez más, huyendo de posturas antagonistas y de principios intocables, Gurrutxaga sitúa en el centro de su reflexión precisamente el «pacto –implícito– [que] se erige sobre la ambigüedad originaria». Desde uno y otro extremos, pocos principios han sido tan denostados como «la ambigüedad». Si hubiera que hallar una premisa que uniera estrechamente a Bush y Bin Laden, el horror de ambos por las ambigüedades esenciales podría ser la clave. Nada aborrecen tanto los que, desde la ideología y la posición que sea, se hallan en posesión de la verdad. De ahí la provocación que supone la postura de Gurrutxaga: dejemos en su ambigüedad las cosas que de momento no tienen solución, toleremos las consecuencias de esa ambigüedad, ya sea que hablemos de las relaciones con el Estado, de las relaciones entre las fuerzas políticas, de las cercanías o rechazos del nacionalismo radical, de la El territorio de la ambigüedad afirmación o contestación de programas de máximos. Dejemos en su sitio los mitos fundacionales vascos, así como «la invención de España». Y sigamos construyendo entramados institucionales que respondan a una sociedad plural.

La cita que sigue es una muestra de la ambigüedad constructiva de Gurrutxaga aplicada, como ejemplo, a las relaciones del nacionalismo con el Estado central: «[Es] una forma de relación que obliga a equilibrios permanentes. Si la independencia política aparece como un objetivo irrenunciable para el discurso nacionalista, el proceso democrático y la gestión de la autonomía provocan que se matice y gradúe dicho objetivo, y no porque sienta la necesidad de tener que renunciar a él, sino porque las condiciones que genera el proceso democrático le obligan a repensar su papel dentro de España y su estrategia para llegar a Europa». El mensaje de Gurrutxaga es claramente que en una situación como la vasca, que no es precisamente una situación de colonialismo tercermundista, sino de economía y cultura globales dentro de una Europa supraestatal, la política debe estar regida no por el maximalismo ideológico sino por el pragmatismo institucional. No ignora las ventajas de poseer un Estado propio por el que siente simpatía, pero deja claro que lo que de veras interesa a la mayoría de la población es más democracia.

Como no podía ser de otra forma, Gurrutxaga se enfrenta también al más cruel de los dilemas vascos: la violencia de ETA y su relación con el entramado de Batasuna. Plantea a ETA como variable autónoma independiente de los logros del nacionalismo institucional, así como causa destacada del llamado «problema vasco». La conclusión de Gurrutxaga es contundente: «El País Vasco (y con él el nacionalismo democrático) no tiene futuro con ETA». Las obvias razones tienen que ver con la completa falta de garantías que demuestra ETA y el fracaso continuado de todo intento negociador, así como con la quiebra de legitimidad política que toda asociación con ETA comporta, el peligro intrínseco del discurso violento para llevar al abismo a todos y la situación de crisis lacerada de la sociedad vasca. «Esto significa que no hay legitimidad posible para albergar en su seno las "ilusiones" del nacionalismo radical». La grave consecuencia de ello para el nacionalismo es que, si hasta ahora ha mantenido la negociación como estrategia para salir del laberinto vasco, en adelante ésta pueda no ser posible ni legítima. Los términos del debate en relación con ETA son, para Gurrutxaga, «¿cómo desea ETA administrar la derrota?» y, sobre todo, «¿cómo quieren que se produzca?».

Estas posturas pueden parecer nada radicales al lector. Pero sí lo son si se tiene en cuenta que provienen de alguien que, como viceconsejero de Educación con Oliveri, estaba sirviendo en el Gobierno vasco cuando tuvo lugar el proceso soberanista de Lizarra. Muchos estuvimos a favor de Lizarra asumiendo que ello implicaba el fin de ETA a cambio de un mayor «soberanismo», concepto ambiguo e irónico si los hay en el mundo de interdependencias globales en el que vivimos. Seguro que Gurrutxaga también compartió la esperanza que abrió la tregua indefinida de ETA. Pero vistos los resultados, las preguntas suyas no admiten dudas: «quién paga los costes de la factura, quién explica los débitos construidos y, sobre todo, ¿para qué ha servido este esfuerzo?». En lugar de mirar las posibles reacciones de los no nacionalistas, concluye Gurruchaga, «se prefirió soñar con cuatro a prioris imposibles de ratificar: paz, soberanía, territorialidad y lógica democrática».

Es sobre la base de esta experiencia institucional y de sus capacidades analíticas para diagnosticar las profundas transformaciones que están teniendo lugar a nivel nacional y supranacional como Gurrutxaga es particularmente consciente de las paradojas del nacionalismo. De ahí que no se conforme con veredictos finales fáciles sino que proponga una autocrítica en profundidad y unas premisas teóricas que nunca olvidan la complejidad de los temas –no una complejidad que sirva de excusa para la inacción o para dejar de pensar, sino la necesaria para adecuar la realidad vasca a los cambios necesarios del momento. Por ejemplo, para articular la singularidad y pluralidad vascas. ¿Qué ideas pueden valer para construir los mínimos comunes de esa articulación social? Esto no atañe, por supuesto, únicamente al nacionalismo. Cuestiones de identidad y soberanía atañen con la misma complejidad al Estado. Gurrutxaga toma buena nota del movimiento irreversible de la pérdida estratégica del Estado, a la vez que constata que los estados-nación gozan todavía de excelente salud (incluso los de la Europa supraestatal). Invoca el marco global y las redes transnacionales, pero es bien consciente de las dificultades para afirmar los ideales del cosmopolita, algo que sólo puede hacerse desde las múltiples identidades particulares. La valía del análisis de Gurrutxaga proviene de que, mientras halla irremediablemente problemáticas las nociones de soberanía, territorialidad, independencia o estatalidad, al mismo tiempo es consciente de la necesidad de «aunar los círculos concéntricos de la identidad humana», es decir, de la inserción del individuo en su comunidad, a la vez que en los espacios cosmopolitas provocados por las transformaciones socioeconómicas, y en otras redes de identidades de grupos particulares de referencia.

Afortunadamente, Gurrutxaga no necesita invocar grandes discursos morales para diseñar con energía los trazos fundamentales de lo que debiera ser una política vasca sensata para el siglo XXI. No exige de la política que nos dicte la verdad ni que nos libere de los dilemas y de las ambigüedades ante los que estamos obligados a elegir a diario. No se dedica a mostrar su superioridad intelectual y moral a fuerza de denostar las miserias del nacionalismo y de sus orígenes racistas en Arana, sino que simplemente presenta su «hipótesis de que el éxito del nacionalismo se explica por su capacidad para crear lazos y redes comunitarias», una constatación sociológica que vale más que mil conjuros antinacionalistas. Le basta con exigirle al nacionalismo la creación de identidades compartidas, las fidelidades múltiples de la interdependencia, los marcos políticos que afirmen y transformen las diferencias. Por encima de todo sabe, con Macintyre, que «el individuo es un ser que cuenta historias», incluidas las historias de nuestros grandes relatos civilizadores.

El sueño de la independencia política ha podido pasar a mejor vida, pero el problema de la soberanía política –difusa, compartida, o como se quiera– no deja de perder relevancia en un mundo homogeneizado y en una Europa cada vez más periférica al poderío americano. En este sentido, Gurrutxaga apunta tres recursos básicos para el nacionalismo: la estructura de oportunidades en torno a un nuevo concepto de hegemonía (que no especifica pero que queda apuntado en su invocación de una sociedad plural); la capacidad política y normativa de las competencias propias; la aceptación de la interdependencia en los nuevos marcos políticos, sobre todo europeos, y en las nuevas redes informáticas. Más concretamente, servir a la nación implica las siguientes propuestas: el compromiso de los vascos con las instituciones de la autonomía política; la identificación, en posiciones múltiples, con las señas comunes de la sociedad vasca; los derechos fundamentales de la ciudadanía como concepto abierto y respetuoso con los derechos individuales. Opone con acierto el pluralismo cívico, al que califica de «esencia» de la sociedad vasca, a una perspectiva étnica de la política. Su orientación es claramente «hacia el poder institucional y hacia el pragmatismo del trabajo en la administración y en las instituciones emanadas del Gobierno autonómico». Sobre estos recursos y haciendo uso de definiciones tenues e integradoras de lo social, Gurrutxaga concluye con la equiparación de nación y sociedad.

Caben, por supuesto, posiciones diferentes a la de Gurrutxaga desde el nacionalismo democrático. Reducir la premisa de «nación» a la de «sociedad,» y pedir la sustitución de su unidad ideológica por la pluralidad civil, equivale en la práctica a pedir al nacionalismo su autodisolución. Si se opta por el abandono estratégico de la perspectiva de la negociación ante el conflicto político vasco, tal y como solicita Gurrutxaga, ¿se trataría de una solución o, por el contrario, de un camino a la catástrofe? El dilema final es, por supuesto, que tanto los nacionalistas como los socialistas vascos, así como el Estado, tienen poderosas razones para justificar sus posturas políticas, sin que haya razón última que se imponga necesariamente sobre las demás. En semejante situación de oposición irresoluble, la salida más democrática debe ser la decidida por las urnas.

A todas las grandes ideologías imperantes en el siglo XX –socialismo, nacionalismo, cristianismo, humanismo, modernismo, estatismo– les ha llegado en mayor o menor grado su momento «post» histórico y conceptual, lo que implica no el abandono de sus contenidos, pero sí su comprensión desde el «después» de la reflexión y la adecuación a los tiempos presentes. En este sentido, las posturas de Gurrutxaga podrían ser consideradas en última instancia como «postnacionalistas» y ser en el fondo la mejor forma de salvar las «esencias» nacionalistas de la tradición, las instituciones, la cultura, el territorio y la identidad histórica. Este libro es un buen diagnóstico de la necesidad y la promesa de semejante transición histórica.

01/12/2003

 
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