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Vargas Llosa, lector de Bataille

La Littérature et le Mal

George Bataille

Trad. esp: La literatura y el mal, Madrid, Taurus, 1987

Le Procès de Gilles de Rais

George Bataille

Trad. esp: El verdadero Barba-Azul: la tragedia de Gilles de Rais, Barcelona, Tusquets, 1983

Les Larmes d'Éros.

George Bataille

Trad. esp: Las lágrimas de Eros, Barcelona, Tusquets, 1981

«Piedra de toque, I-III», Obras Completas

Mario Vargas Llosa

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012

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Entre los autores cuya influencia reconoce Vargas Llosa, se encuentra Georges Bataille (1897-1962), al que dedicó varios ensayos (dos de ellos extensos) de extraordinaria calidad. Una revisión sistemática de las numerosas referencias a Bataille que aparecen en las Obras completas de Vargas Llosa (al menos en los volúmenes que han llegado a publicarse) deja muy clara la importancia del autor francés para el novelista peruano y la trascendencia de sus ideas en la concepción que Vargas Llosa elabora de la literatura. Pero también aclara algo más importante: una determinada concepción del ser humano compuesto de una parte noble y otra «maldita», por emplear el término de Bataille. Esta no es una teoría psicológica acerca de algunos seres humanos sino una concepción antropológico-filosófica sobre todos ellos. Hay muchos antecedentes de esa distinción entre nuestros ángeles y demonios internos, alguno de ellos tan célebre como la novela de Stevenson El doctor Jekyll y mister Hyde. Y hay actualmente disciplinas, como la Psicología evolucionista, que se dedican a estudiar filogenéticamente a esa fiera salvaje, ese arcaico resto evolutivo que conserva todo humano, igual que conserva el apéndice vermiforme (Ghiglieri, 2005; Simon, 2008; Waller, 2002). Esa es al menos la teoría de Bataille, claramente especulativa, que se refleja en la conducta cruel y violenta de los personajes que pueblan sus novelas, al igual que las de Vargas Llosa.

LA HUELLA DE BATAILLE EN VARGAS LLOSA

Los dos ensayos principales de Vargas Llosa sobre Bataille están fechados en 1972 («Bataille o el rescate del mal») y 1978 («El placer glacial»). En años posteriores le dedica numerosas referencias puntuales, aunque muy significativas. Está claro que esos párrafos, dispersos en artículos que se refieren básicamente a otros temas, sintetizan las ideas batailleanas que permanecen presentes en la memoria de Vargas Llosa tiempo después de su lectura sistemática; representan el núcleo conceptual que Vargas Llosa recibió y conservó del autor parisino.

La fiera que todos llevamos dentro

A propósito de la brutal tortura y asesinato de un niño de dos años por dos de once en la Gran Bretaña, escribe Vargas Llosa (1993) que «Georges Bataille vivió fascinado por “el malˮ, que él definía, influido por Freud, como todo aquello que la comunidad prohíbe, pues si fuera admitido pondría en peligro su supervivencia». Lo que le resulta más perturbador es que Bataille descubre la humanidad de los monstruos, pues «todo hombre es una jaula en la que hay encerrado un animal “una bestia”que, cuando se suelta, causa estragos». Aunque en las sociedades libres es más fácil que esas jaulas se abran, las prohibiciones y frenos de las sociedades autoritarias dan vía libre a otras fieras mucho más peligrosas. En el permisivo mundo actual han desparecido muchos de los contrapesos tradicionales (religiosos, culturales, sociales…) y eso ha sido liberador. Pero no siempre se ha logrado sustituirlos por otros más tolerables en una democracia y el resultado es que las metafóricas jaulas de Bataille a veces se abren de par en par y las fieras liberadas cometen las aberraciones que acaban apareciendo en periódicos y televisiones.

El fondo oscuro del ser humano en que lo contradictorio se confunde

Comentando una exposición que lo reconcilió con Frida Kahlo —cuya pintura no le había gustado la primera vez que visitó su casa-museo en Coyacán— escribe Vargas Llosa (1998):

«Hay en esos cuadros algo que va más allá de la pintura y del arte, algo que toca ese indescifrable misterio de que está hecha la vida del hombre, ese fondo irreductible donde, como decía Bataille, las contradicciones desaparecen, lo bello y lo feo se vuelven indiferenciables y necesarios el uno al otro, y también el goce y el suplicio, la alegría y el llanto, esa raíz recóndita de la experiencia que nada puede explicar, pero que ciertos artistas que pintan, componen o escriben como inmolándose son capaces de hacernos presentir».

Este texto avanza una idea que para Vargas Llosa será fundamental: el papel de la literatura como forma simbólica de expresión de esa fiera reprimida a la que no conviene someter a una presión excesiva: es mucho mejor dejar que se desahogue de una forma inocua, e incluso artística, que cerrarle toda válvula de escape.

            Pero aparece también un matiz nuevo, que es uno de los más enigmáticos e inquietantes en esa teoría de la bestia oculta: las aparentes contradicciones que se dan en el oscuro fondo del alma humana con la presencia simultánea de cosas que, a la luz de la racionalidad consciente, serían incompatibles. Sobre este punto Bataille hizo en El erotismo afirmaciones radicales, del tipo de las siguientes:

«No sabemos nada y estamos en el fondo de la noche. Pero al menos podemos ver lo que nos engaña, lo que nos impide conocer nuestro desamparo o, más exactamente, saber que el gozo es lo mismo que el dolor, lo mismo que la muerte.

»Aquello de lo que nos apartan estas risotadas, suscitadas por las bromas licenciosas, es la identidad del placer extremo y del dolor extremo: la identidad entre el ser y la muerte, entre el sa­ber que concluye en esta perspectiva deslumbrante y la oscuri­dad definitiva.

»No es que el horror se confunda alguna vez con la atracción, pero si no puede inhibirla o destruirla, el horror refuerza la atracción. El peligro paraliza, pero al ser menos fuerte puede excitar el deseo. Sólo alcanzamos el éxtasis en la perspectiva, aun lejana, de la muerte, de lo que nos destruye». (Bataille, 1957, pp. 366-67).

La literatura como expresión y antídoto de nuestras pesadillas más secretas, del horror que acecha desde lo más profundo de nosotros mismos

En el año 2003, un libro de Hernán Migoya —que llevaba el contundente título de Todas putas— provocó en España un fuerte escándalo. Uno de los relatos era la autojustificación ficticia de un violador escrita en primera persona. El escándalo fue empujado políticamente porque la editora del libro, Miriam Tey, acababa de ser nombrada directora del Instituto de la Mujer y la campaña contra ella la acusó directamente de hacer apología de la violación. Pero, al margen de aquella circunstancia concreta, se planteó una polémica de fondo en la que Vargas Llosa dio un paso más y amplió el desarrollo de esa concepción de la literatura que Bataille había iniciado a partir de la constatación sobre la bestia primordial que la civilización humana ha recluido en lo más profundo del sótano; no son las novelas las que emponzoñan la vida, sino al revés: dan una salida a nuestros fantasmas más secretos mostrándolos a plena luz, para que no nos asfixien desde el interior y para neutralizar su peligro. Explica Vargas Llosa:

«Somos nosotros, no los libros, los que, en el secreto de nuestra intimidad, prohijamos aquellos deseos locos y sueños excesivos, a veces ignominiosos, que llenan de fiebre y espanto ciertas historias literarias. Yo lo explico mal, pero hay pensadores lúcidos, como George Bataille, que en La literatura y el mal, por ejemplo, lo razonaron con luminosa claridad. Los seres humanos estamos dotados de una imaginación y unos deseos que nos exigen vivir más, y mejor o peor de lo que vivimos, pero, en todo caso, de una manera distinta —más intensa, más temeraria, más insana— a aquella que la suerte nos deparó. La literatura nació para que esa imposibilidad fuera posible, para que, gracias a la ficción, viviéramos todo aquello que las limitaciones y prohibiciones de la vida real nos impiden vivir».

Por esta razón, piensa Vargas Llosa, las atroces escenas de las novelas más brutales que leemos nos purifican, nos completan, nos devuelven de forma ficticia los impulsos brutales a los que tuvimos que renunciar para entrar en la civilización. Las aberraciones literarias no hacen daño a la sociedad, sino que la libran de él. «La fantasía en libertad “produce monstruos”, sí, pero ello es profiláctico, una liberación catártica para la colectividad. Es, más bien, cuando se reprime a estos fantasmas que ellos irrumpen en la vida corriente en acciones destructivas».

La brutalidad que se deposita en la literatura sin cortapisa alguna haría a la sociedad más sana, al contrario de las imposiciones puritanas que provocan represión y, a la larga, crímenes más aberrantes. Por supuesto que también hay una gran literatura sobre los aspectos nobles y generosos del ser humano; precisamente la grandeza de un escritor está en la capacidad de recoger todas las dimensiones de la realidad y no solo la mitad de ella.

«En la literatura tradicionalmente han encontrado una vía de escape privilegiada aquellos fantasmas con los que a hombres y mujeres nos resulta más difícil convivir por su naturaleza beligerante, retorcida y a veces perversa, esos demonios que nos avergüenzan, asustan y no sabemos cómo sacarnos de encima. La literatura lo permite, porque, proyectados en ficciones —sobre todo si éstas son logradas—, aquellos monstruos de los abismos de la personalidad dejan de ser malignos, la palabra los domestica y así, amansados, sublimados, también ellos ganan derecho de ciudad». (Vargas Llosa, 2003).

Este es el núcleo del interés que los escritos de Bataille despertaron en el joven Vargas Llosa: una manera de entender la literatura que encaja como un guante en sus propias novelas. Durante años se refirió a los «demonios» internos que se agitan en el interior del hombre, pugnando constantemente por salir al exterior y chocando contra las muchas barreras que la educación, la cultura y la civilización misma oponen a su salida. Cuando por fin encuentran esa salida, pueden hacerlo de varias formas: la del guerrero sanguinario, la del violador brutal, la del torturador sádico… pero también la del artista, la del alma noble capaz de transformar su fondo innoble en las más hermosas novelas, películas u obras teatrales. Esa es la función purificadora de la literatura: la de evitar que nuestros impulsos más salvajes se realicen de forma destructiva, al sublimarlos artísticamente y transformarlos en bellas obras de arte.

La necesidad de ritos, límites y represiones para garantizar el mayor placer sexual, que es el de la transgresión

En 2010 la Junta de la Andalucía incluyó talleres de masturbación en los colegios de enseñanza media, lo  que dio lugar a un escándalo en medios conservadores españoles. Vargas Llosa aprovechó la circunstancia para dar otra vuelta de tuerca a la reflexión sobre el placer:

«Es un error creer, como los promotores de este movimiento liberador, que, desacralizándolo, desvistiéndolo de las veladuras y rituales que lo acompañan desde hace siglos, desapareciendo de su práctica toda forma de transgresión, el sexo pasará a ser una práctica sana y normal en la ciudad.

El sexo sólo es sano y normal entre los animales y las plantas. Lo fue entre nosotros, los bípedos, cuando aún no éramos humanos del todo, es decir, cuando el sexo era en nosotros desfogue del instinto y poco más que eso, una descarga física de energía que garantizaba la reproducción. La desanimalización de la especie fue un largo y complicado proceso y en él tuvo un papel decisivo la lenta aparición del individuo soberano, su emancipación de la tribu, con tendencias, disposiciones, designios, anhelos, deseos que lo diferenciaban de los demás y lo constituían como ser único e intransferible. El sexo desempeñó un papel protagónico en la creación del individuo soberano y, como mostró con más lucidez que nadie el genio de Freud, en ese dominio, el más íntimo y privado de la soberanía individual, es donde se fraguan los rasgos distintivos de cada personalidad, lo que nos pertenece como propio y nos hace diferentes de los otros. Ese es un dominio privado y secreto y debería seguir siéndolo si no queremos cegar una de las fuentes más intensas del placer y de la creatividad, es decir, de la civilización.

George Bataille no se equivocaba cuando alertó contra los riesgos de una permisividad desenfrenada en materia sexual. La desaparición de los prejuicios no puede significar la abolición de los rituales, el misterio, las formas y la discreción gracias a los cuales el sexo se civilizó y humanizó. Con sexo público, sano y normal la vida podría volverse infinitamente más aburrida, mediocre y violenta de lo que es».

Estos pasajes son, en efecto, una buena síntesis de las razones por las que Bataille interesó tanto a Vargas Llosa. Resumiéndolas al máximo pueden enunciarse así: hay un Mr. Hyde dentro de cada ser humano, una fiera salvaje que nos acecha desde lo más hondo de nosotros mismos y que suele surgir con la mayor brutalidad en situaciones de crisis y descontrol social, que van desde los grandes apagones hasta las guerras u otros cataclismos sociales. La civilización es el conjunto de medidas represivas que, en condiciones normales, le impiden asomar sus garras. Por eso dijo Freud que la cultura («el bien», dirá Bataille) consiste en la represión de los impulsos más primitivos («el mal») y que el malestar que nos produce esa represión es el precio que pagamos por haber dejado de vivir en la selva. Pero la bestia caótica sigue latiendo en la profundidad incognoscible de nosotros mismos y en ella se mezclan y confunden las formas más extremas del dolor y del placer, del éxtasis y la náusea, de lo sublime y lo espantoso.

La literatura es un fascinante escenario en el que podemos plasmar, de forma imaginaria y grata, todos los horrores inconscientes que nos dañarían —e incluso nos destruirían— si les dejásemos actuar libremente en la realidad. Por eso la literatura nos permite a la vez disfrutar de lo prohibido y protegernos contra ello, igual que una vacuna fabricada a partir del germen infeccioso nos protege frente a él.

Los impulsos sexuales son un componente esencial de esos restos primitivos que conservamos en nuestro sótano más secreto. Para controlarlos se ha levantado, en las sociedades civilizadas, todo un sistema de límites, barreras y regulaciones que no existe en el reino animal, y que, en tanto que construcción cultural, define y caracteriza al ser humano. El erotismo es, como la ópera o la pintura, una creación que nos permite jugar con el equilibrio entre el deseo más primitivo y las barreras culturales que nos protegen contra él; de ahí la aparente paradoja de que las formas más sublimes del placer incluyan la transgresión de las normas establecidas. Y de ahí el efecto bumerán de las políticas «liberadoras» que, eliminando las antiguas prohibiciones, destruyen sin darse cuenta la condición misma del placer que la represión permitía.

            Este es un (esquemático) resumen de las ideas que más la interesaron a Vargas Llosa en la prolija, oscura —y a veces confusa— obra de Bataille. Para desarrollarlo y devolverle toda la riqueza del original hay que ver por qué vía le llegó su conocimiento y recorrer directamente los escritos que le dedicó específicamente.

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Efraín Kristal, autor del mejor libro actual sobre la obra novelística de Vargas Llosa, ha señalado la importancia fundamental de César Moro como influencia temprana en el descubrimiento de Bataille por parte de Vargas Llosa. Moro fue su profesor de francés en el colegio Leoncio Prado, donde era un personaje despreciado por los cadetes debido a su fama doblemente mala: era homosexual y poeta. En años posteriores, no dejaría Vargas Llosa de reivindicar la figura de Moro: «Muy pocos sintieron tan integra y desesperadamente el demonio de la creación como él» (1966b). Moro, que además de poeta era ensayista, estaba empapado de cultura francesa (vivió en París de 1923 a 1933, donde fue amigo y colaborador de André Breton). Kristal (2010) considera que Moro estaba dominado por dos obsesiones personales: «Primero, el desdén por los elementos racionales y las convenciones sociales, que obstruyen la imaginación irracional (“la poesía [es] conocimiento irracional de las cosas”); y segundo, la reivindicación de la experiencia erótica prohibida —en particular de la homosexual—. Defiende el goce sexual y repudia a la sociedad que lo condena». Además, Moro apostaba por una literatura del mal, frente a las preferencias bucólico-líricas y la moral convencional que predominaba en los escritores peruanos de la época.

Vargas llosa coincidió desde el principio con Moro en la concepción de la literatura como actividad espontánea de raíces irracionales, expresión de la más absoluta libertad humana que es imposible poner al servicio de una ideología política sin degradarla a una ínfima calidad. Para Moro, como para Vargas Llosa, la subversión literaria se opone a la represión del deseo y libera gozosamente el lado oscuro del ser humano. La diferencia inicial era que el joven Vargas Llosa sí pensaba que la auténtica literatura, precisamente por su fidelidad a la verdad, suponía una denuncia del capitalismo y contribuía a la necesaria construcción del socialismo. Cuando supere esta idea (pasado el tiempo de su fidelidad a Sartre y a Fidel Castro) se acercará todavía más a las ideas de Moro, al borrar ese punto de divergencia.

Hay una idea de Bataille que Moro no recoge pero que es fundamental para Vargas Llosa: la transgresión de las normas como una necesidad intrínseca del ser humano y como condición indispensable del goce. Para Moro, la subversión solo es necesaria cuando las normas, por su carácter represivo, bloquean la realización del deseo y la obtención de placer. Para Bataille, es necesaria la existencia de la norma y el acto de su violación para que el placer exista: una sociedad totalmente libre sería una sociedad anhedónica. De ahí la paradoja irresoluble que Bataille asume: las normas son imprescindibles para salir de la selva y vivir en una comunidad civilizada; pero su transgresión es a la vez necesaria para liberar la parte maldita cuya expresión, fruto del deseo, permite alcanzar el placer. Y esa contradicción, asumida y realizada a través de la fiesta, el sacrificio, el gasto improductivo, el mal, el erotismo…, o bien sublimada en literatura —la gran compensación de las insatisfacciones humanas—, es lo que permite al ser humano ascender a la soberanía. Un concepto que va a ser culminante para Bataille.

***

En 1966 Vargas Llosa saludó con una reseña la publicación en Francia de un ensayo de Bataille: «Un personaje para Sade: Gilles de Rais». Seis años después, en 1972, dedicó veinte páginas a presentar la versión española de ese texto y en ellas realizó un recorrido por toda la obra de Bataille, que presentó así en una versión global. Otros seis años después, en 1978, publicó «El placer glacial», estudio introductorio a la edición española de la novela Historia del ojo, una de las más brutales, más extremas y menos afrodisíacas que se han escrito después de Los ciento veinte días de Sodoma. Su minucioso análisis del relato fue objeto de una crítica demoledora por parte del escritor mexicano y crítico literario Juan García Ponce, muy interesado en Bataille. En su respuesta Vargas Llosa (1979) diseña en tres páginas una nítida clasificación de todas las obras que Bataille escribió. En esa clasificación vamos a apoyarnos a continuación.

TOPOGRAFÍA DE BATAILLE

Son tres los grupos de obras que Vargas Llosa distingue y caracteriza con gran claridad.

1. El místico heterodoxo

Por una parte, Vargas Llosa sitúa los ensayos que le dieron fama a Bataille de místico atípico y antirreligioso, que básicamente son la llamada Suma Ateológica, formada por La experiencia interior (1943), El culpable (1944) y Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte (1945). En esas obras, Bataille intenta acercarse a la experiencia espiritual, incluso al éxtasis místico, negando toda realidad sobrenatural, pero intentado superar los límites de la razón con ayuda de conceptos tomados de la religión, como el éxtasis, lo sagrado, la profanación, el sacrificio… Vargas Llosa declara tajantemente: «Este Bataille es el que menos me seduce y acaso lo comprendo mal».

Tanto los tres libros que componen la Suma Ateológica como la breve Teoría de la religión (publicada de forma póstuma) fueron traducidos al español por un joven Fernando Savater, a petición de Jesús Aguirre. En una reedición tardía (2018), Savater señala el contraste entre los místicos tradicionales, tipo Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, (que describen su encuentro con la divinidad usando metáforas intensas tomadas del lenguaje erótico pero completamente espiritualizadas) y el caso de Bataille, que «se mueve literalmente en el desarreglo de los sentidos, entre cuerpos desnudos poseídos por el deseo y el alcohol que ofrecen sus secretos más obscenos a quien los goza tratando de llegar a través de ellos a la visión mística». Es la experiencia de lo sagrado como despilfarro embriagador en el que los deseos más salvajes y las pasiones más extremas hacen saltar el control y se entregan a un placer desenfrenado que confunde al goce extremo y a la muerte. Concluye Savater: «Georges Bataille no es un autor para estudiar ni para darnos lecciones sosegadas que amplíen nuestro currículo; es más bien un compañero de borrachera que en las horas turbias de la madrugada nos repite jaculatorias que apenas entendemos pero que evocan en nosotros el rumor estremecedor y atractivo de lo inmanejable. O lo sagrado, si nos atrevemos a llamarlo así» (2018).

2. El fondo oscuro del ser humano

Por el contrario, los libros de Bataille que a Vargas Llosa más le interesan —como hemos anticipado con las citas anteriores—, los que considera que podrían «prestar más servicios, en la indigencia y confusión intelectual de nuestro tiempo», por su «espíritu radicalmente libertario» (1980, p. 860-61) son los que se refieren al gasto improductivo, a la parte maldita, a la transgresión, a la maldad, al erotismo, o a la bestia que se oculta tras cada hombre civilizado. La parte maldita (1949), La literatura y el mal (1957), El erotismo (1957), El proceso de Gilles de Rais (1959) y Las lágrimas de Eros (1961) son los principales. Vargas Llosa los sintetiza diciendo que Bataille reconoce la complejidad del destino individual, sin negar la influencia de las leyes económicas y los procesos sociales, pero señalando la insuficiencia de las ideologías a la hora de comprender toda la realidad humana, donde la sinrazón se mezcla con la racionalidad. Tanto en la historia individual como en la social, Bataille señala el equilibrio conflictivo entre las fuerzas de la razón, del «bien» (que con sus normas y prohibiciones protegen a la especie permitiendo el trabajo, la productividad o el ahorro), y las fuerzas de la irracionalidad, del «mal», que se expresa en las formas más desbocadas del deseo, de la imaginación, o de la rebeldía, que, cuando toman el poder, nos empujan al exceso, al gasto improductivo y, en última instancia, a la muerte. Esa es la «parte maldita», siempre yacente en el fondo oscuro de los seres humanos, frenada y reprimida por la civilización misma, pero esperando cualquier ocasión de saltar al escenario en forma de despilfarro, lujo, sacrificio, orgía, o desenfreno. Sus manifestaciones concretas van desde los estallidos bélicos o los actos de vandalismo hasta los crímenes pasionales.

El lado oscuro del ser humano está siempre ahí y nos obliga a reconocer, aunque nos disguste, que ese «impulso primario y mayor de la vida humana no era producir sino consumir, gastar y no conservar, no construir sino destruir» (Vargas Llosa, 1972). Pero también, afortunadamente, ese caos interior puede expresarse de forma más inocua mediante plasmaciones simbólicas: esa presencia del mal, de nuestra parte maldita, encuentra «una vía de expresión privilegiada para Bataille en la literatura y en el arte (también en la religión), creaciones que resultan de esa oscura pero irresistible ambición del ser humano por recuperar su soberanía, su totalidad, reintegrando a su destino aquello que le ha sido arrebatado» (Vargas Llosa, 1979).

Esta idea, que a Bataille le obsesionaba, la formula ya en escritos muy tempranos, como un artículo en la revista Documenta del año 1929 en el que escribe: «Hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, como un esclavo; hay una puerta: si la abrimos, el animal se escapa como el esclavo que encuentra una salida; entonces el hombre muere provisoriamente y la bestia se conduce como una bestia, sin tratar de incitar la admiración poética del muerto» (Citado por Vargas Llosa, 1972).

La importancia de conocernos hasta el fondo, sin ignorar los abismos interiores que muchas veces preferimos no ver, se debe precisamente a que su exploración (a través de instrumentos tan sanos como la literatura) es lo que nos permite manejarlos e impedir que, desde la oscuridad, sean ellos los que acaben manejándonos a nosotros. El ser humano que logra asumir tanto su lado luminoso como el tenebroso es el que realmente alcanza la soberanía, ese concepto fundamental para Bataille.

En el Segundo manifiesto del surrealismo (1930), dictaminó Breton: «El señor Bataille se precia de interesarse únicamente en lo más vil, lo más deprimente y lo más corrompido del mundo» (Citado por Vargas Llosa, 1972). Esa es sin duda la impresión que producen sus escritos, pero Bataille fue en realidad un ciudadano que imaginó en su literatura los horrores más extremos mientras vivía tranquilamente en París la vida ordenada del bibliotecario discreto y enfermizo cuyo vicio mayor consistía en frecuentar burdeles, a los que alguna vez se refirió como a sus auténticos templos.

3. El literato

Vargas Llosa declara tajantemente que es esta manera de entender la literatura lo que más le interesa del ensayista parisino, «el territorio donde me siento más cerca de él, en el que lo respeto más». Bataille sostiene que la literatura es la expresión del mal, esa parte secreta que subyace en los humanos, ese impulso hacia lo espantoso, lo cruel, lo sanguinario, lo macabro, esa tendencia al caos cuya fuerza se confunde con lo que Freud llamó la pulsión de muerte. Pero es esa obsesión, ese sesgo unilateral, el que lastra de forma irremediable su obra narrativa. Tenía razón Gide cuando advirtió que con buenos sentimientos solo se suele hacer mala literatura (aunque hay relatos de Tolstoi, por ejemplo, que prácticamente refutan esta tesis); el problema es que tampoco se puede hacer buena literatura sólo con malos sentimientos. Esto es lo que limita las ficciones de Bataille, lo que le reduce a ser «un novelista interesante pero no importante»: su focalización absoluta en el lado negro. «No deploro que hiciera eso —advierte Vargas Llosa—, sino que hiciera únicamente esto, porque su testimonio de la vida, aunque original y valeroso, al dar cuenta en sus relatos exclusivamente de lo prohibido y de lo atroz, es también fragmentario y aun paródico». La novela realmente ambiciosa ha de recrear la totalidad de la vida humana, no puede limitarse a una de sus caras, ni a la angelical ni a la demoníaca. La realidad humana es muy compleja y el gran peligro de todo literato es simplificarla al desconocer alguno de sus aspectos. La poética del mal es una parte del todo, pero la fascinación exclusiva por ella acaba siendo tan empobrecedora como la visión idealista del buenismo. Por eso, acaba sentenciando Vargas Llosa, «presiento que las novelas de Bataille son, del rico árbol que es su obra, la rama que se marchitará primero» (1972).

A pesar de ello, Vargas Llosa dedicó uno de sus dos ensayos largos a un minucioso análisis de la novela Historia del ojo (que en alguna ocasión señala como la más estructurada e importante de las que escribió Bataille, aunque otras veces se inclina por El azul del cielo). Su análisis entiende el relato como un conjunto de planos superpuestos que incluyen una serie de morbosos juegos infantiles, una versión actualizada de la novela gótica, un ejercicio de prosa poética próximo al surrealismo, y un documento clínico sobre la psicopatología obsesiva. La fusión de todas esas dimensiones que coexisten en el texto es lo que le da la fuerza que lo hace, para distintos lectores, deslumbrante o insoportable. (Vargas Llosa, 1978).

Hay en las dos novelas «eróticas» de Vargas Llosa claras analogías con las de Bataille, además de alguna referencia explícita, hasta el punto de que Kristal califica Elogio de la madrastra como una versión domesticada de Ma mère. Tanto esta última como Historia del ojo están protagonizadas por niños o jóvenes adolescentes que acaban entregándose a los juegos más perversos. Si en la novela de Bataille el joven Pierre es empujado a la corrupción por su propia madre, en la de Vargas Llosa Fonchito logra seducir a su madrastra.

El termino de Bataille «soberanía», que supone la liberación del deseo y la obtención del placer, lo pondrá Vargas Llosa en boca de Lucrecia, la madrastra de Fonchito, cuando esta llega a asumir su conflicto interno, superada la vergüenza, los escrúpulos y sentimientos de culpa que le producen la relación sexual con su hijastro (sin renunciar a la que tiene con su padre); asume entonces su contradicción, admite la transgresión moral que ha cometido, se asombra de su temeridad, disfruta la felicidad que le produce el excitante riesgo en que se encuentra y —con un sentimiento de orgullo que a ella misma le resulta inexplicable— pronuncia literalmente la frase: «He conquistado la soberanía» (Vargas Llosa, 1978b).

Los deseos de Fonchito y las fantasías de don Rigoberto son ciertamente una versión muy suave de las aberraciones que llegan a realizar los jóvenes protagonistas de la Historia del ojo y otros relatos de Bataille, pero el sentido de fondo es el mismo: la fantasía literaria como plasmación simbólica e inocua de los impulsos destructivos que yacen en el fondo de la bestia humana, como válvula de seguridad que permite a los buenos conformarse con soñar lo que los malos realizan, según reza la conocida frase de Platón.

Al frente del Elogio de la madrastra colocó Vargas Llosa unas frases de César Moro, escritas en francés, que dicen: «Hay que llevar los vicios como un manto real, sin apurarse. Como una aureola que se ignora, que no parece percibirse».

Y en el monólogo sobre un cuadro del pintor inglés Francis Bacon que incluye el mismo libro, el monstruo representado asegura que sus amantes vencen la inicial repugnancia que les produce —con ayuda del alcohol o de las drogas— y logran transformarla en placer delirante gracias a refinadas mezclas de horror con deseo que acaban provocando un goce perverso. Hasta las más repugnantes excreciones del cuerpo terminan por resultar voluptuosas cuando la orgía libera los demonios más profundos del ser humano. Bataille, una vez más, en estado puro.

EL OSCURO ESTILO DE BATAILLE

Los escritos sobre Bataille de Vargas Llosa —como todos sus ensayos literarios— son de una claridad tan nítida que contrasta intensamente con el estilo del ensayista francés, cuya escritura compite en oscuridad con los temas que le fascinan. Vargas Llosa señala que Bataille escribe con sobriedad a veces imperfecta, con una economía expresiva que le lleva a usar fórmulas rápidas, escuetas, enigmáticas, furtivas, todo lo contrario de la retórica caudalosa a que nos tienen acostumbrados los ensayistas españoles e hispanoamericanos (1972). Y apunta que eso probablemente ocurre «no tanto por su complejidad conceptual como por su pobreza estilística. Pobreza deliberada: Bataille escribía “mal” a propósito. Nunca consideró la claridad expositiva una virtud; sostuvo, más bien, que la “literatura”, es decir, el cultivo de la forma, traicionaba inevitablemente el pensamiento y que por eso él prefería “ser poco inteligible antes que inexacto”» (1979).

La polémica con García Ponce

El minucioso análisis que Vargas Llosa realizó de la Historia del ojo fue objeto —como ya hemos dicho— de una crítica por parte de Juan García Ponce, que sorprende por su extrema virulencia. Tras el título «La ignorancia del placer» empieza diciendo: «Con asombro, con irritación, con tristeza, pero sobre todo con una tenaz paciencia he recorrido las copiosas páginas que Mario Vargas Llosa dedica a examinar Historia del ojo de Georges Bataille, y a las que, con un asombroso poder de anticipación de sus errores, ha titulado “El placer glacial”. Recuerdo haber leído en otro ensayo de Vargas Llosa que la narrativa de Bataille no le interesaba o la consideraba la parte más débil de su obra. Ahora me parece saber por qué: no la entiende y a partir de esa incomprensión —cuyos motivos trataremos de puntualizar— la reciente admiración que lo lleva a dedicar todo un largo ensayo a la primera novela de Bataille resulta un tanto patética».

La hostilidad radical de este planteamiento es difícil de explicar, salvo que supongamos un resentimiento producido por la envidia que a García Ponce debía de producirle el éxito de Vargas Llosa o el no haber sido él mismo, que se consideraba experto en Bataille, el encargado de escribir la introducción a la novela.

En cualquier caso, tiene mucho interés el argumento básico de García Ponce contra Vargas Llosa: que es incapaz de entender a Bataille porque su racionalismo ajeno a la religión le impide por completo el acceso a esa «experiencia interior», ese misticismo ateo que es nuclear para Bataille. Incapacitado por su perspectiva para percibir la esencia del problema, Vargas Llosa sería un perfecto ejemplo de lo que él mismo describe como «un hombre de nuestros días, indiferente en materia religiosa», que no siente el menor escándalo ante el relato de aberraciones blasfemas que se suceden en los relatos de Bataille, pero que precisamente por ello es incapaz de entender que el objetivo de esos relatos es una vía distinta para llegar a esa experiencia mística de lo sagrado que tradicionalmente se concebía como la vivencia espiritual del encuentro con Dios. Por eso, opina García Ponce, en la Historia del ojo solo ve Vargas Llosa un juego morboso de «niños irreflexivos, vehementes y caprichosos», mientras ignora la profunda espiritualidad a la que aspira la paradójica mística atea de Bataille: «el irreprimible deseo de romper todos los límites y llegar hasta un fondo que no existe». La incompatibilidad entre ambos sería total, pues «Georges Bataille es un escritor religioso y por tanto su experiencia tal vez no sea la más adecuada para que participen en ella hombres modernos como Vargas Llosa».

            Es muy interesante la forma en que esta crítica de García Ponce a Vargas Llosa repite la que, en términos más amistosos, Romain Rolland le hizo a Freud, que en las primeras páginas de El malestar en la cultura se refiere a la experiencia de lo sagrado para confesar que no puede entenderla porque nunca la ha sentido. Cuenta allí que su amigo Rolland, tras haber leído El porvenir de una ilusión, le reprochaba su incomprensión del fenómeno religioso, derivada de la incapacidad para acceder a la fuente última de toda religiosidad, mucho más importante y más profunda que la fe o que los dogmas: un sentimiento común a todos los espíritus religiosos, independiente de la religión concreta en la que se manifieste y que consiste en un sentimiento «oceánico» de fusión con el universo sin barreras y sin límites, con sensación de eternidad; un sentimiento de comunión indisoluble, de pertenencia inseparable a la totalidad del mundo exterior. Freud reconoce que, efectivamente, a él esas cosas no le pasan, nunca ha tenido sentimientos de ese tipo. Literalmente, escribe: «Ich selbst kann dies “ozeanische” Gefühl nicht in mir entdecken» (Yo no puedo encontrar en mí mismo esos sentimientos “oceánicos”. Freud, 1930). Aunque sí puede admitir que a otras personas les ocurra.

Puestas así las cosas, el núcleo de la religiosidad, la experiencia de lo sagrado, sería un sentimiento del que algunas personas disfrutan y que a otras les resulta totalmente desconocido. Se trataría de un caso más de esas facultades que no todo el mundo tiene. Hay quien padece amusia congénita y es incapaz de comprender la emoción que a los demás les produce un concierto de Mozart. Hay quien padece de anosmia y no puede distinguir el olor de los geranios y el de las axilas porque no percibe ninguno de los dos.

Desde esta perspectiva, el sentimiento religioso, la capacidad de sentir la espiritualidad mística, sería algo de lo que disfruta gran parte de los seres humanos, pero no todos. Freud era un racionalista estricto, muy interesado en el estudio analítico y lógico de las pulsiones y los afectos, pero no era un sentimental. Esa cualidad no le fue dada. Nunca pudo conocer internamente la vivencia de lo sagrado porque él simplemente no tenía sentimientos oceánicos.

            La divergencia entre Rolland y Freud se inició en una amistosa carta personal y, cuando pasó a ser pública, siguió siendo un diálogo entre amigos con vivencias y perspectivas diferentes. La respuesta de Vargas Llosa a la agresiva crítica de García Ponce es de una caballerosidad tal que obvia el tono de su adversario y abre el diálogo diciendo: «¿Es la falta de espíritu religioso un obstáculo para entender a Bataille? Juan García Ponce piensa que sí, en el severo comentario que le merece mi prólogo a la traducción española de Historia del ojo (…). Tratándose del buen lector y mejor escritor de literatura que es García Ponce, su opinión importa, y aunque sea difícil compartirla, invita a la reflexión» (Vargas Llosa, 1979). Como Freud le dijo a Rolland, Vargas Llosa responde a García Ponce que el carecer de sentimientos religiosos no impide pensar racionalmente sobre la religión. Y dedica las tres páginas de su respuesta a clasificar las obras de Bataille en tres grupos —en mi opinión clarísimos—, tal como lo hemos recogido antes: los libros de mística heterodoxa y atea, los dedicados al pensamiento libertario y los relatos de ficción.

García Ponce cerró la polémica con un nuevo texto en el que insiste en su postura, pero lo hace ya con un tono que poco tiene que ver con la agresividad insultante del primero: «En su generosa y equilibrada respuesta a mi airado y malqueriente comentario sobre su prólogo a Historia del ojo de George Bataille, Mario Vargas Llosa se pregunta si la falta de espíritu religioso es un obstáculo para entender a Bataille y afirma, con razón, que yo pienso que sí tal como lo expongo en mi “severo comentario”. El libre espíritu con el que Vargas Llosa leyó ese comentario invita un diálogo que permita precisar ciertos puntos más que a una discusión en la que la malevolencia de los contendientes sea un elemento indispensable».

            Amansada la fiera, García Ponce rechaza la separación entre el Bataille espiritual y el racionalista libertario e insiste en que la imposibilidad de entender al primero impide también ver el sentido profundo de la obra del segundo. Como Rolland, piensa que la experiencia espiritual de lo sagrado no se puede analizar racionalmente desde fuera, que para entenderla es imprescindible haberla sentido por dentro. Por eso, en su opinión, Vargas Llosa hace una lectura parcial y sesgada de Bataille, adaptándolo a sus propios intereses, con la intención (noble, pero inútil) de convertir a Bataille en su cómplice; ahí estaría el abismo con lectores como él mismo, compenetrados con Bataille desde una complicidad interna que nunca podrá alcanzarse desde el puro racionalismo.

Bataille como autor póstumo

Jean Jaques Pauvert, el mítico editor parisino que se enfrentó a la censura y publicó la mejor literatura erótica y libertaria del siglo veinte, fue amigo de Bataille y además editó algunos de sus libros. Su testimonio confirma el escaso éxito que esos libros tuvieron en vida de su autor, tan prestigioso como ignorado durante años fuera del círculo intelectual parisino. Minuit publicó en 1949 La parte maldita y tuvo que acabar saldando gran parte de la edición. Gallimard rechazó varios de sus libros. Pauvert imprimió dos mil ejemplares de El azul del cielo en 1957 (escrito en 1935) y seis años después muchos de ellos seguían en el almacén. Cuando le preguntaron por las razones de ese fracaso inicial y el éxito posterior, Pauvert planteó la hipótesis de que la celebridad póstuma de Bataille se debiese más a su reputación que a la lectura directa de sus obras, sobre las que él mismo confiesa tener serias dudas de haberlas comprendido bien: «Cuando Bataille escribía que “el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, ¿qué es lo que realmente quería decir? A eso él no respondía nunca. (…) Su pensamiento era sobre todo poético; no quería ni podía explicar realmente las cosas; transmitía sensaciones, comunicaba un estado que correspondía a un profundo malestar». (Pauvert, 1978).

Ese estilo de pensamiento y escritura dio a la obra de Bataille un aire misterioso que resulta tan sugerente y evocador como impreciso. Todavía en 1972 Vargas Llosa dudaba de que Bataille dejase alguna vez de ser un escritor de minorías, pues le parecía «demasiado fúnebre, feroz e irreductible a fórmulas simples para ser popular». Hoy se amontonan los libros sobre Bataille en distintos idiomas y los artículos son ya casi inabarcables, tanto en el campo ensayístico como en el académico.

En su prólogo a una antología de Bataille, Fernando Savater sintetizó este cambio de perspectiva sobre Bataille con el paso de los años: «¿Quién fue Bataille? ¿El místico sádico, dudoso compañero de viaje del surrealismo, que se estrelló y se volvió a estrellar contra el puritanismo dogmático de Bretón? ¿El fundador del “Colegio de Sociología” con Roger Caillois y Michel Leiris, donde su estudio sobre lo sagrado y el deseo de reincorporarlo con fuerza a la vida moderna les hizo plantearse seriamente la necesidad de realizar un sacrificio humano en París, proyecto aplazado por falta de víctima idónea? ¿El autor de novelas divinamente eróticas que firmaba con el seudónimo de Pierre Angélique? ¿El teórico de la religión, bajo la inspiración antropológica de Marcel Mauss y filosófica de Kojéve? ¿El asiduo de la orgía, de la embriaguez, del burdel? ¿O, sencillamente, el discreto bibliotecario de Orléans? De sus muchos rostros, sólo uno no ofrece duda y fue Michael Foucault quien lo formuló así: “Hoy ya lo sabemos, Georges Bataille es uno de los escritores más importantes del siglo”». (Savater, 1981).

El éxito póstumo de Bataille en el mundo académico e intelectual fue anticipado en los años setenta por la lectura personal de Vargas Llosa, realizada sin duda desde su perspectiva propia, distinta a la de otros, pero clarísima y congruente con su visión del mundo y su concepción de la literatura. A la vez que hacía una destacada aportación al esfuerzo de Editorial Tusquets para introducir en España la obra de Bataille, hace cinco décadas, Vargas Llosa lo asimiló, lo incorporó a su propio pensamiento y lo aprovechó para apuntalar su concepción de la literatura como ámbito imaginario que nos permite expresar esos «demonios» internos tan fructíferos en un artista como dañinos en un psicópata.

José Lázaro es es profesor de Humanidades Médicas en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

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