Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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En 2006, Al Gore, anterior vicepresidente de Estados Unidos con Bill Clinton y reconvertido a la sazón al activismo ecologista, protagonizó An Inconvenient Truth. El documental recibió el Premio Nobel de la Paz 2007 a medias con el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), el órgano asesor de Naciones Unidas en asuntos científicos relativos al cambio climático. También sacudió tan fieramente a los votantes cooptados de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas -áteme usted esa mosca por el rabo- que lo coronaron con un Oscar de ese mismo año, algo más trascendente para muchos que un Nobel distante y elitista.

La verdad inconveniente cuyo nombre, como el de Yahvé o el de Lord Voldemort, ni siquiera debía pronunciarse no era otra que la emergencia planetaria creada por el calentamiento global, el cambio climático y esas cosas.  Con técnica PowerPoint Gore instruía a sus dilatadas audiencias de los riesgos que las emisiones incontroladas de CO2 iban a imponer al clima y la vida en la tierra. La película convirtió su reducción a cero en un dogma capital de la naciente religión ecologista.

En 2017, siendo ya presidente USA un Trump lapso y relapso en el negacionismo, Gore renovó la intensidad de su rebato con An Inconvenient Sequel:Truth to Power, otro largometraje donde a las imágenes devastadoras provocadas por el cambio climático y cuidadosamente seleccionadas para un público impresionable las compensaban los cameos  de múltiples líderes mundiales dizque resueltos a acabar con él de un jalón tras la COP 21 en 2015 (destripemos esta intriga: COP son las siglas en inglés de la Conferencia de las Partes y sus Partes son los 197 países que en 1992 firmaron la creación de la UNFCCC, siglas también inglesas de la Convención Estructural sobre Cambio Climático de Naciones Unidas. 21 era el número de conferencias UNFCCC habidas desde 1992 incluyendo ésta de París en 2015).

¿Sería verdad?

El guion del documental llevaba la marca de Hollywood. La misión no era imposible, pero se enfrentaba con obstáculos gigantescos. ¿Competirían en audacia los dirigentes mundiales con los valientes guerreros del Climate Reality Project, esos escuadrones sin miedo salidos de la poderosa mente del ex vicepresidente Gore como Atenea de la de Zeus? ¿Se impondría el ideal de un control kalóskagathós que iniciase la imperiosa transición climática? ¿Comprenderían los habitantes del planeta el desafío y estarían dispuestos a aceptar los sacrificios necesarios para afrontarlo?

Seguían varios McGuffins para mantener el interés de la acción: ¿conseguirían los atentados islamistas que habían sembrado el terror en París en noviembre 2015, un mes antes del inicio de la COP 21, descarrilar el ímpetu reformista? ¿hundirían India y sus amistades peligrosas entre los países emergentes el brioso clímax que se cernía sobre los delegados? ¿acabarían por imponerse las audaces propuestas de financiación del IIGCC -nuevo destripe de intriga: son las siglas inglesas del Grupo Institucional de Inversores en Cambio Climático- y de otras plataformas del capital? Al lector avisado no le cogerá de sorpresa este destripe final: sí, la COP 21 haría posible que las almas bellas pudiesen dormir tranquilas.

Uno de los políticos destacados en el montaje de la película era un florido Xi Jinping («El acuerdo debería servir de freno al aumento de la concentración atmosférica de gases invernadero», un envidiable resumen del Pensamiento XJ Etcétera). Otra proclama, no menor, provenía de Vladimir Putin. Para él, «el clima es uno de los más graves retos con los que se enfrenta la humanidad». Un razonamiento lógico, porque el principal de ellos -su propia porfía por recomponer el perdido imperio ruso- acababa de ser provisionalmente resuelto con la anexión de Crimea ante la indiferencia de Obama, de la cancillera Merkel y de otros figurantes occidentales.

Pero no sería Putin el primero en coronar el Tourmalet; el archimandrita de la nueva fe iba a ser Al Gore. Para eso había actuado en la película.

Perdón por eso de la nueva fe. Es una singular desmesura que podría costarme la cancelación en Twitter o el ostracismo de Facebook, pero no a otra cosa puedo atribuir opiniones tan inspiradas como la de John Kerry.

En 2004 Kerry vio derrotada su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, pero nunca ha renunciado a su destacado papel de brahmin del partido demócrata en Boston, Massachussetts, y en Washington DC. Brahmins según Cambridge Dictionary son los «miembros de un grupo de personas que gozan de una elevada posición social y han recibido una excelente educación, especialmente en los estados del nordeste» de Estados Unidos. Son rasgos que Kerry ostenta aunque, más allá de haberse convertido en beneficiario consorte de H.J. Heinz Company, la afamada empresa de salsas y mejunjes alimentarios, nunca haya dado otras pruebas de la sagacidad de su ingenio.

Kerry es hoy un flamante Enviado Especial para el Clima del presidente Biden y fue secretario de Estado de Obama al tiempo de la primera invasión de Ucrania. Pocos días antes de la segunda, ampliamente denunciada ya por su propio gobierno, Kerry compartía en BBC la preocupación por sus eventuales «consecuencias en términos de emisiones masivas» y su esperanza en que «el presidente Putin nos ayude a mantenernos en la senda de lo que necesitamos hacer por el clima».

Tampoco se me alcanza la eficacia de los resultados del grupo de trabajo II del IPCC (AR6 Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability) publicados en 28 de febrero pasado, justo el día en que Putin daba a los altos mandos militares la orden de «transferir las fuerzas de disuasión del ejército ruso a una situación especial de orden de combate». Si al buen entendedor la cosa le olía a primer paso hacia una conflagración nuclear, de qué diablos iban a servir unas propuestas para adaptar el clima a la inimaginable hecatombe venidera.

Es esa perversa desviación entre el supuesto arco de la historia que siempre se vence hacia la justicia y las perspicuas insensateces de tantos destacados líderes, ya políticos, ya científicos lo que suele acrecentar mi habitual escepticismo, especialmente indócil cuando se trata de la cosa esta del cambio climático. Ni es tan maleable como lo piensan sus creyentes ni intima muchos de los resultados exigidos por sus moralistas.

Así que he leído con un interés retroalimentado en cada página el último libro de Daniel Yergin (The New Map: Energy, Climate, and the Clash of Nations. With a New Epilogue. Penguin Books: Nueva York 2021. No hay traducción castellana). A quien le asusten sus 547 páginas le puede interesar esta discusión actualizada de sus tesis entre el autor y Ezra Klein, un colaborador de New York Times.

Yergin es un conocido escritor americano especializado en cuestiones energéticas y el análisis de sus consecuencias geopolíticas. En 1992 ganó un premio Pulitzer por su obra más conocida hasta ésta: The Prize: The Epic Quest for Oil, Money & Power (Simon and Schuster: Nueva York 1991. Traducido al castellano como Historia del Petróleo. Plaza y Janés: Barcelona 1992).

El segundo dogma de la fe ecologista mantiene que el cambio climático, el calentamiento global y esas cosas son resultado de una poco comprensible pasión prometeica por los combustibles que generan fuego y por el fuego que genera luz y energía. El primero, según Gore y sus guerreros, es el predicado previo e indiscutible de su verdad inconveniente: la capacidad de la inteligencia humana para operar en exclusiva con energías incombustibles/limpias/renovables que reduzcan a cero las atroces emisiones de CO2 y otros gasesnocivos. El tercero, que la pasión ígnea, en la medida en que aún no consiga embridar los impulsos destructores de la parte contratante de la primera parte, debe ser objeto de una gestión racional guiada por el interés colectivo, la justicia cósmica y/o el bien común desde ya.

Empecemos por lo último: la verdad, inconveniente o no, pero sí decididamente oportuna consiste en recordar que los distintos componentes energéticos difícilmente se compadecen con esa gestión racional en la medida en que están desigualmente distribuidos por el ancho mundo. A lo que hemos asistido desde los 1970s ha sido a un rapidísimo cambio del mapa mundial de la producción y el consumo de energía. Esa nueva cartografía no sólo señala dónde se acumulan o no los recursos energéticos, sino que complica las relaciones de poder entre quienes cuentan con ellos y quienes padecen una deprivación relativa. Cada cambio u oscilación es como una nueva mano en una partida de mus o de póker: la variación de las cartas determina las opciones de ganancia de los jugadores. La nueva geografía, pues, influye tanto sobre los términos de la adquisición y consumo de los recursos como induce la aparición de nuevas relaciones de poder. En definitiva, induce trasformaciones geopolíticas sin las cuales se hace prácticamente imposible entender el mundo en que vivimos y las opciones que ofrece según la posición de los jugadores en el tablero y las cartas que les llegan

Es un mapa en cambio continuo que «pone en pie nuevas y diferentes clases de poder. Una es el poderío de las naciones conformado por su economía, su capacidad militar y la geografía; por las grandes estrategias y los cálculos de ambición; por la sospecha y el miedo; y por lo contingente e inesperado. La otra es el poder que deriva del petróleo, del gas y del carbón, del viento y de la cobertura solar y de la fisión atómica; también del poder emanado de políticas que tratan de reordenar el sistema energético mundial y movernos hacia una emisión cero en carbono neto en nombre del planeta». Ese mapa dinámico permite responder a acontecimientos imprevistos como la pandemia de Covid-19, pero, al tiempo, también cambia establemente las posiciones ocupadas por todos los actores del sistema, en especial por los más importantes.

Un ejemplo. Desde los 1970s Estados Unidos había ido perdiendo posiciones en la producción mundial de petróleo y, de paso, su situación preeminente en la geopolítica mundial se había deteriorado. En 2008 la tendencia cambió. La imprevista aparición de nuevas explotaciones de petróleo y LNG (liquified natural gas) obtenidos de sus yacimientos de esquisto bituminoso –shale con la palabra inglesa- mediante técnicas de inyección hidráulica horizontal –fracking– ha renovado la tradicional posición puntera del país americano en el segundo decenio del siglo XXI. Estados Unidos se ha convertido en el primer miembro en importancia de la gran trinidad productora de energías fósiles. Rusia y Arabia Saudí son los otros dos.

El mapa ruso también se ha transformado al calor de los enormes depósitos energéticos puestos en valor tras la implosión de la URSS y, al tiempo, convertidos en un arma valiosísima para un dictador que aspira a recuperar su posición como gran potencia mundial. Sin embargo, al igual que sucedió durante la guerra fría, Rusia ve limitado el papel que le otorga su capacidad de producción energética por el relativo atraso del conjunto de su economía. El petróleo y sus derivados se han convertido en otra suerte de monocultivo que limita su independencia y disipa su capacidad de acción frente a los países de la Europa occidental. Tras la anexión de Crimea en 2014 su relación con Ucrania se había agriado [recuérdese que la edición inicial del libro está fechada en 2020 y que, por tanto, su redacción es anterior a la presente guerra JA] y hacía prever serios problemas entre ambas naciones. Rusia se ha envuelto también en unas relaciones tormentosas con Estados Unidos que trata de compensar con un regreso a Oriente Medio y un pivote hacia China asentado en la mutualidad de sus intereses. China necesita energía y Moscú mercados. Ambos apuestan, pues, por defender su «total soberanía» frente a la «hegemonía» americana que denuncian.

El mapa chino ha estado marcado desde la fundación de la República Popular por el llamado siglo de humillaciones y el verdadero Gran Salto Delante de su economía con las reformas impulsadas por Deng Xiaoping. China se ha expandido en todas las direcciones, al tiempo que trata de superar las limitaciones de su mapa político y energético afirmando su soberanía sobre la totalidad del Mar del Sur de la China. «La más crítica ruta comercial y marítima del mundo se ha convertido así en un punto clave de fricción geoestratégica con Estados Unidos y sus necesidades energéticas son una parte importante de sus reivindicaciones» que se completarán con una soñada reordenación de la economía global a través de BRI (Belt and Road Initiative).

El consenso WTO (Organización Mundial de Comercio) que a menudo se traducía como consenso de Washington se ha roto desde principios de este siglo y las críticas a China son una de las pocas cosas que une a los dos grandes partidos americanos mientras que los establecimientos militares de ambos países se señalan crecientemente como futuros adversarios. «Las voces favorables al desacoplamiento entre las dos grandes economías mundiales van acompañadas por la creciente desconfianza una de cuyas consecuencias será un aumento de tensiones entre ambos países».

Las lindes geográficas en Oriente Medio se han recompuesto tantas veces a lo largo de la historia que resulta imposible contarlas. La plétora de nacioncitas con las que Francia e Inglaterra trataron de colmar el vacío dejado por el imperio otomano tras la Gran Guerra resulta, empero, cada vez menos satisfactorio para sus destinatarios. Panarabismo, islam político, yihadistas de ISIS y sus congéneres opuestos al estado de Israel han tratado de sustituir esos estados-nación con un califato, hoy oscurecido por la rivalidad entre la Arabia Saudita sunní y el Irán chiíta, por la pugna entre éste y Estados Unidos y por la debilidad de los demás estados de la zona.

Pero el mapa de Oriente Medio no se define sólo por esas diferencias políticas. En su geografía participan también otras: geológicas, marítimas, el trazado de sus oleoductos, la situación de sus fuentes de energía. Petróleo y gas siguen ocupando un lugar preeminente en el comportamiento regional. Pero hay otro factor fundamental en juego: la fusión a escala local entre políticas climáticas globales y tecnología. «El único mercado que parecía garantizado y por largo tiempo para su petróleo era el del trasporte, específicamente el del automóvil. Ya ha dejado de ser así y no lo será en el mapa del futuro. Hoy el petróleo se enfrenta con el súbito desafío de una inesperada tríada: automóviles eléctricos que no lo necesitan; movilidad como servicio de alquiler y trasporte local de viajeros; coches sin conductor. Su evolución se traducirá en una batalla por el dominio de la Auto-Tech, una industria cifrada en billones de dólares».

Todos estos cambios en la configuración del nuevo mapa energético mundial imponen la necesidad de recordar una verdad oportuna frente a la del documental de Gore: el debate por el ajuste entre el mundo actual y el cambio climático no se resolverá en el horizonte 2030. Las prisas de la opinión pública y del movimiento ecologista mundial chocan con la lenta puesta en marcha de las nuevas políticas cero carbono neto y/o transición energética por razones políticas como también económicas y técnicas.

«Sol y viento se han convertido en los medios óptimos para la descarbonización de la electricidad. Eran energías alternativas en el pasado, pero ambas se han convertido hoy en la nueva normal. Sin embargo, al tiempo que su participación energética aumenta ambas se ven enfrentadas con el desafío de su intermitencia. Pueden inundar la red eléctrica cuando el sol brilla o sopla el céfiro, pero desaparecen en los días nublados o de suave brisa. Lo que apunta hacia grandes retos tecnológicos aún por resolver: mantener la estabilidad de la red eléctrica por períodos superiores a unas pocas horas». Hallar medios técnicos y económicos eficientes para almacenar y distribuir sin sobresaltos esas nuevas opciones energéticas no puede lograrse sin ocultar que cero carbono neto será uno de los grandes retos de las próximas décadas, pero no el único. Sería ingenuo pensar que tan deseable meta pueda lograr sin afrontar las incógnitas difícilmente tratables que plantearán sus dimensiones geopolíticas. Queden las ideas de Yergin sobre todo ello para la próxima ocasión.

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