El eterno viaje. Cómo vivir con Homero
Adam Nicolson
Barcelona, Ariel, 2015
432 pp. 19,90 €

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Adam Nicolson es historiador y periodista, ha escrito best-sellers y series de televisión sobre jardinería, paisajismo, buenas maneras e historia británica. En este libro se aproxima al género «Por qué importa…», que es una variedad ensayística predilecta de las letras inglesas en la que un entendido propone a un público culto su ejercicio de admiración, que puede derivar a la biografía o al alegato, allá cada cual, pero al cabo ha de demostrar por qué importa su personaje o su tema. Un ejemplo brillante sería Por qué la traducción importa, de Edith Grossman.

Formulado el tema enorme, Nicolson lo declara pequeño, y allá donde el lector esperaría una aproximación, él se va. De entrada, consigna su rechazo de la «ortodoxia» y proclama que «mi Homero es mil años más viejo». El autor parece persuadido de que eso es heterodoxia, aunque al lector no le parezca más que arbitrariedad y sólo le quede esperar que no sea gratuita. Por suerte, todo se aclara y enseguida se ve que Nicolson ha decidido entusiasmarse por un Homero difuso e inabarcable, porque da juego para hablar de Nicolson. La heterodoxia nicolsoniana adopta la combinación de la novela decimonónica que alterna formalmente descripción y diálogo, pero a la Nicolson, que consiste en mayoritaria descripción de Nicolson mientras viaja, mira y adjetiva —no como Pla, esperando a que lleguen los adjetivos, sino yendo a por ellos por tierra, mar y aire—, alternada con erudición de Nicolson, basada a su vez en descripciones y recuerdos de Nicolson.

Los nicolsonianos, sin duda, disfrutarán, y los homéricos que esperen alguna lucecita novedosa tendrán la suerte de no quedar cegados. El Homero de Nicolson es un confuso mito fundacional que narra, a través de mil años de improvisadores que van pasándose el cuento, la llegada de un pueblo de la estepa asiática a la costa mediterránea.

La primera vez que Nicolson nos muestra a Nicolson descubriendo la Odisea son nueve breves páginas con Nicolson al timón del Auk y describiendo todas las olas y espumas que la pasan por el bauprés, mientras lee el poema atado a la bitácora y navega cuatrocientos kilómetros por el océano Céltico. Es el pasaje donde ya se evidencia largamente una de las cualidades literarias más llamativas de la escritura de Nicolson: su convicción infatigable de que hacer saber al lector que él está emocionado es lo mismo que emocionar o ser emocionante.

Aunque Nicolson invierte gran cantidad de texto viéndose navegar, eso no le impide tomar la valiente decisión de que los poemas homéricos no tenían nada que ver con el mar ni la sal en sus primeras versiones cantadas en la estepa hace cuatro o cinco mil años, y dirigirse en consecuencia a bellos parajes entre el este de los Urales y la frontera kazaja, o bien el norte de Ucrania y su linde con Bielorrusia, donde describe a Nicolson contemplando los paisajes adonde «regresaba Tiresias en sus recuerdos más soterrados».

Los viajes de Nicolson son una sucesión de momentos líricos: uno fue en Palmira, donde ensimismado entre la «luz veteada en las palmeras y el aire suave y gris, casi lechoso», Nicolson se perdió, circunstancia que un joven aborigen aprovechó para secuestrarlo y violarlo en descampado. Nicolson recuerda que «En aquellos escasos minutos revisé todo el espectro de reacciones homéricas». Impresionante desempeño, aún más admirable cuando dos párrafos después presume de que «Por entonces yo no sabía nada de Homero». Nicolson da la mejor de sí en la cuota de sexo que, por lo visto, debe cumplir su fórmula de best-seller. Más adelante se recrea con los gángsters de cierta novela que no paran de decir «coñito», «cojones» y «correrse», como ejemplos de lo que Homero no escribe. Pero ya en la misma página de Palmira, Nicolson se lanza en un coche alquilado a través del sur de España en «una empresa quijotesca» consistente en hallar el lugar en que estuvo el Hades de la Odisea, que viene a ser en Riotinto: «Es el tipo de comportamiento que puede hallarse en una obra de teatro de Tom Stoppard o en una autobiografía al más puro estilo victoriano». Es lo que tiene Nicolson: está en todo, incluso le facilita el comentario sobre Nicolson al lector mudo de admiración por Nicolson. Llega pues, como era de temer, al museo minero, y entre las procelosas páginas sobre los colorines y los fósiles, reflexiona que «si Homero oyó hablar de este lugar en Quíos, no es de extrañar que ubicara aquí el Hades». Nicolson, en efecto, nos hace subir a lo alto de la vieja ciudadela de Quíos en una prolija ascensión adjetivadísima, para concluir que Quíos era un sitio pobre y Homero, «el producto de un mundo esencialmente marginal». La heterodoxia indomable de Nicolson no se arredra ante la menudencia de su propia y repetida declaración de que Homero es inexistente y abstracto: «Los poemas homéricos, o al menos versiones suyas, se escribieron en un lugar muy parecido a éste, posiblemente en torno a 725 a. C., o tal vez un siglo más tarde. Ciertamente, la precisión es irrelevante».

Este libro es ahora mismo finalista del London Hellenic Prize, que parece hecho para él, o viceversa, y que sin duda merece ganar. Con su erudición de andar por isla, Nicolson cree que nadie antes del siglo XX pudo haberse planteado la inexistencia empírica de Homero, y que el dieciochesco cambridgiano Richard Bentley fue el primero en minusvalorar la Ilíada y la Odisea como puñado de canciones y rapsodias que Homero escribió para cantarlas en privado, pero que no se ensamblaron en forma de poema épico hasta quinientos años más tarde. Aquí, aunque la precisión sea irrelevante, uno no puede por menos de replicar que ya Séneca se burlaba en De brevitate vitæ de los estudiosos que investigaban «cuántos remeros tuvo Ulises, si se escribió la Ilíada antes que la Odisea, si ambos poemas son del mismo autor y otras cuestiones del mismo género que, si te las reservas, no sirven de nada a la conciencia interior, y si las manifiestas, no parecerás más sabio, sino más importuno». Séneca, a su vez, parodiaba de ese modo a Longino, un crítico literario griego de la época de su padre, que escribió: «mientras Homero [en la Ilíada] se inflama con el combate, hasta el punto de que es el propio poeta el enardecido, muestra, en cambio, a lo largo de la Odisea, y esto merece por muchos motivos la más cuidadosa de las atenciones, que es peculiar de la decadencia de las grandes naturalezas una debilidad por los cuentos que les aumenta con la edad […]. Pienso que, por esas mismas razones, escribió por entero el texto de la Ilíada en la flor de su inspiración, rebosante de dramatismo y acción envolvente, mientras que la Odisea se va en pormenores en su mayor parte, lo cual es típico de la vejez. Por eso puede compararse al Homero de la Odisea con el sol poniente cuya grandeza aún persiste, pero sin intensidad. Porque aquí no mantiene el mismo tono poderoso que en los poemas iliádicos, ni la intensidad elevada se sostiene sin altibajos, no hay la misma profusión de pasiones acumuladas, faltan la facilidad para la transición, el estilo oratorio y las imágenes tomadas de la realidad. Por todo ello es más bien como el océano que se remansa y fluye en torno a sus límites y donde sólo se percibe el reflujo de su grandeza y un cabrilleo errante por lo fabuloso e increíble. Diciendo esto, no me olvido de las tormentas en la Odisea, ni de la aventura del cíclope, ni del resto de episodios, sino que hablo exclusivamente de la vejez, pero la vejez de un Homero; y es que, en todos esos pasajes, lo fabuloso prevalece sobre lo real. Con esta digresión quiero hacer ver, como digo, que una gran naturaleza tiende en su decrepitud a demorarse con bagatelas y chucherías, como la historia de los odres de vino, la de Circe que convierte a los hombres en cerdos, que Zoilo llama lechoncitos gritones, la de Zeus cebado como un polluelo por las palomas, la del naufragio con diez días sin comer, y la increíble matanza de los pretendientes. […] En segundo lugar, estas observaciones sobre la Odisea también apuntan a que veas cómo el declive de la pasión en los grandes escritores y poetas encuentra su expresión en la pintura de caracteres. De hecho, la descripción de la vida doméstica de Ulises es una suerte de comedia costumbrista». Es el pasaje de Longino que, traducido por Boileau, inspiró a d’Aubignac y Perrault la genialidad de que Homero era cuento, e inauguró el homerismo para todos donde navega Nicolson.

Con todo, Nicolson hace en este libro una aportación crucial a la moderna cuestión homérica. Por fin alguien de los que creen que los poemas homéricos no se crearon mediante la escritura, sino por improvisación oral, alguien culto y enterado, da una razón plausible: Nicolson también podría hacerlo. ¿Quién no ha dormido a su hijo con un cuento o una cantinela? ¿Quién no ha improvisado repetidamente en público un sermón archiasabido, por ejemplo en la promoción de su libro? Al menos, Nicolson lo ha hecho. Pues bien, eso es homérico: improvisar y rascar todo es empezar.

Lo mejor del texto es su incesante aspiración a guión de serie televisiva en la que Nicolson nos apostrofa más incansable y egotista de lo que podrían hacerlo Cousteau, Sagan y Attenborough juntos y a relevos. Ese ruido de fondo de comentarista lapidario constituye uno de los encantos de la prosa de Nicolson.

Ha sido una excelente idea titular esta versión española El eterno viaje —el subtítulo «Cómo vivir con» es el nombre de una nueva colección que Ariel ha inaugurado con tres libros: el presente, sobre Homero, y otros dos sobre Montaigne y Machado—. El título español se ciñe más al asunto, no hay que engañarse, quien entre deje toda esperanza: se trata del viaje de Nicolson en pos de Nicolson que consigue hacerse eterno al lector. Y al menos el aficionado a Homero de buena fe no sufrirá la plancha de aguardar centenares de páginas para llegar a la previsible conclusión de que Homero importa porque sirve para exhibir cuánto importa Nicolson.

Se ve que la traductora ha trabajado de lo lindo y el resultado es notable. Sólo tendría que atemperar su predilección por los casticismos y, dentro de ellos, los menos afortunados, que le hace ir dejando en el ya de por sí enrevesado paisaje nicolsoniano tropiezos como «rascamonda» y «almádena» que ella sabe traducir de manera que se entienda, sólo con que se tome su tiempo. También repasar esas «canoas con fueraborda bajo y accionadas a remo», insólitas incluso en la ocurrente prehistoria nicolsoniana. No es igual «extática» que «extasiada». Y «Homero hiede a largo uso» trasciende más bien a descuido.

Por suerte, la buena edición ayuda y, entre las páginas 82 y 93, se disfruta de un tramo inasequible al aburrimiento, con más de veinte notas mal numeradas, remitentes a pasajes fantasmas, confundidas y traspuestas. Es indicativo de la situación literaria que el trabajo que no se toman en la edición se lo deba tomar el lector, y todo para desenmarañar citas de hexámetros inexistentes.

Eduardo Gil Bera ha traducido a Longino, Séneca y Plutarco, entre otros muchos autores. Su último libro es Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth (Barcelona, Acantilado, 2015).

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