La memoria democrática pendiente de Europa del Este

Nueva historia del comunismo en Europa del Este

Agustín Cosovschi y José Luis Aguilar López-Barajas

Madrid, Editorial Siglo XXI, 2024

272 págs.

Prácticamente la mitad de los países que conforman la Unión Europea sufrieron dictaduras durante la segunda mitad del siglo XX. Las de España y Portugal fueron conservadoras, con orígenes fascistas; las de Europa del este, comunistas. Mientras que en España se quiere que la memoria democrática local entronque con el legado antifascista sobre el que se cimentaron las democracias europeas que derrotaron al Tercer Reich, por algún motivo, es muy difícil encontrar una solidaridad semejante con nuestros vecinos orientales, que sufrieron sus dictaduras hasta los años 90 y las consecuencias económicas, políticas y sociales de estas fueron mucho más devastadoras.

En amplios sectores de la izquierda española persiste cierta sospecha hacia los que derrocaron los comunismos de estos países. De alguna manera acabaron con el sueño revolucionario occidental, que no podía ni puede ser más egoísta, pues las consecuencias de esa «revolución» las padecían otros. Con Cuba ocurre tres cuartos de lo mismo, pero el resultado con los países del Este a menudo genera episodios de incomprensión. Muchas dinámicas que rigen en Europa oriental están profundamente condicionadas por el poscomunismo, persisten unas secuelas prolongadas y profundas del socialismo real que aún no han remitido completamente. La obra Nueva historia del comunismo en Europa del Este (Siglo XXI, 2024) de Agustín Cosovschi y José Luis Aguilar López-Barajas ofrece una visión con perspectiva y actualizada de la suerte de todos estos países antes y durante los regímenes socialistas. El trabajo recuerda la inconmensurable obra de Ferenc Fejtö, Historia de las democracias populares, cuyos dos primeros volúmenes se tradujeron al español en los años setenta; no así, desgraciadamente, el tercero. Un autor que ha tenido hasta imitadores en su enfoque coral de los países del Este.

Lo bueno y lo malo de esta nueva aportación es que muestra unos enfoques sobre la cuestión tan interesantes que el volumen de la obra deja la sensación de que podría haber sido aún más extenso. Aunque abordar la historia de tantos países, con sus múltiples diferencias y complejidades, en un solo libro ya es un reto.

La tesis de los autores parte de que los factores que más condicionaron la implantación del comunismo en estos países fueron el menor desarrollo con respecto a Europa Occidental ―aunque no fue en todos los casos; Checoslovaquia era ejemplo de lo contrario― y el problema nacional. Espinosa cuestión, la de las naciones sin Estado, heredada de la descomposición de los imperios cuyas tensiones ahí siguen: minorías húngaras fuera de Hungría, Moldavia y Rumanía, o el caso lamentable de la desintegración de Yugoslavia y sus rescoldos en Kosovo.

Los partidos comunistas que se instalaron en el poder amparados por Moscú heredaron no sólo estos problemas, sino también las propuestas ideológicas que ya había planteado la izquierda local que les precedió. Compartieron las ansias de modernización y el celo por la independencia nacional, difiriendo tan solo en los resultados.

No obstante, y contrariamente a lo que se cree, aunque todos estos países fueran denominados como «bloque» y fuese más que obvia la dirección de Moscú, los límites de la soberanía nacional causaron verdaderas ondas sísmicas en la región. Así lo atestiguaron las invasiones de Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968, el amago de hacer lo mismo en Polonia en 1981, evitado por Jaruzelski agónicamente, o el traumático episodio de la ruptura con Yugoslavia en 1948 y el pintoresco con Albania en 1961.

De hecho, la historia del socialismo en estos países se puede leer como un díptico. Una primera parte sería aquella en la que los partidos hermanos son metidos en vereda mediante purgas, torturas y la eliminación física de sus dirigentes en el contexto del Gran Terror. Los biógrafos de Tito siempre han subrayado el miedo que pasó cuando fue llamado a Moscú y el partido yugoslavo fue descabezado. Permaneció encerrado en la habitación que le entregaron y aprovechó para leer, no se atrevía ni a hablar, porque no sabía si al día siguiente seguiría con vida y, paradójicamente, salió de ahí como secretario general tras la ejecución de su predecesor, Milan Gorkic. Como consecuencia de ese trago, en lo sucesivo, las disputas intestinas entre comunistas yugoslavos, aunque no fueron pocas, no tuvieron un elevado índice de mortalidad.

Estas dinámicas se prolongaron después de la guerra, cuando los líderes que sobrevivieron tuvieron que establecer sistemas calcados al estalinista de la URSS. Las oleadas de purgas, ya fueran por trotskismo, la herejía titista, el proceso Slansky o cosmopolitismo (contra los judíos) transcurrieron en procesos paralelos a la eliminación de la oposición, real o potencial, y los «elementos burgueses». En algunos casos, los escenarios en los que se tomaron estas decisiones parecían una tragedia griega, como cuando Klement Gottwald, presidente checoslovaco, fue ordenando la ejecución de los que habían sido sus antiguos camaradas en los inicios del partido, intelectuales y brigadistas internacionales, al tiempo que iniciaba, no se sabe si como consecuencia de sus actos, una deriva alcohólica que le costó la vida.

Sin embargo, toda esta dinámica se vio frenada con la muerte de Stalin; la apertura que preconizó Nikita Jrushchov causó auténtica conmoción en los países satélites. No sólo había que revertir todo lo andando hasta el momento con tanta sangre derramada, sino que el cambio de los tiempos fue el pretexto ideal para desplazar a las camarillas estalinistas dominantes hasta entonces.

En cada país, este episodio se vivió de una manera a cada cual más tumultuosa y muchas veces en direcciones divergentes. En Polonia, el relativamente moderado Gomulka regresó al poder e inició reformas, pero en Checoslovaquia el presidente Novotny las pospuso, lo que quizá preparó el terreno para la eclosión del 68; en Hungría, Nagy, que propuso medidas como las de la primavera de Praga diez años antes, fue ejecutado, pero el estalinista Rakosi perdió el poder y este fue a parar a Kadar, que asumió buena parte de las demandas reformistas.

Como bien señalan los historiadores que firman este libro, estos fenómenos no se pueden estudiar de manera uniforme o monolítica ―en la RDA y Albania no hubo desestalinización―, pero lo que sí es cierto es que, a raíz de esta crisis, empezaron a surgir las vías nacionales al socialismo. A veces, como forma de ampliar las bases de la dictadura con el recurso del nacionalismo, en otras ocasiones como consecuencia del reparto económico que se orquestaba desde Moscú. En el caso rumano, rebeldes por el papel que se les asignaba en el comercio internacional socialista, no se podría entender sin tener en cuenta la disputa en el seno del partido entre los militantes del interior y los que habían pasado la guerra en la URSS. Entretanto, en Albania, esa vía se tradujo en un repliegue radical puesto que admitir cualquier tipo de reforma jruchevista habría podido erosionar la legitimidad de Enver Hoxha.

Pese a todo, hasta que la crisis del petróleo se dejó notar en los países del Este, estos sistemas gozaron de cierta estabilidad. Fue durante los años 70 que alcanzaron sus mayores logros, que, por otro lado, nunca gozaron de continuidad, como, por ejemplo, el problema de la vivienda, que nunca llegó a cubrir el crecimiento demográfico en las principales ciudades a pesar de los grandes esfuerzos que se realizaron en mass housing. Sin embargo, este periodo se recuerda como la edad dorada, y para el baby boom no es extraño que sean «los mejores años de nuestra vida».

La obra también recoge las últimas investigaciones académicas sobre estos sistemas. Son especialmente llamativas las relativas a la mujer. En contraste con Europa Occidental, donde la mayoría de las mujeres fueron amas de casa, en los sistemas comunistas estas alcanzaron mayor autonomía personal mediante el trabajo, mientras que el sistema era proclive a emparejamientos en mayor plano de igualdad.

No obstante, también se revisan las investigaciones que reflejan el problema de la doble jornada. La sociedad socialista conservó muchos tics tradicionales, entre ellos el reparto de tareas. Esas mujeres trabajadoras, al llegar a casa del trabajo, tenían que hacerse cargo también del trabajo doméstico y la crianza de los hijos, con lo que su insatisfacción general no era desdeñable.

Los estertores de estas dictaduras se produjeron entre la puesta en marcha de múltiples experimentos que pudieran dar viabilidad al proyecto socialista en un mundo que empezaba a globalizarse. En el caso yugoslavo, la Constitución del 74 fue un intento de funambulismo tan delicado que condujo a todo lo que pretendía evitar. Pero para las contradicciones del país balcánico no existían recetas mágicas. El ejemplo que citan nuestros autores en el libro resulta elocuente: la crisis que desató en 1969 el gobierno esloveno por el control de los fondos del Banco Mundial para construir una autopista que conectase Liubliana con Occidente, mientras el gobierno federal quería emplear ese capital para inversiones en las repúblicas menos desarrolladas. Las diferencias inter-republicanas en Yugoslavia eran demasiado tozudas.

De esta manera, y con la excepción de las insurrecciones en Kosovo, en Yugoslavia las grietas del régimen aparecieron inicialmente en las altas esferas, no tanto entre la ciudadanía, a la que le llegó una disputa nacionalista prefabricada que, aunque siempre estuvo latente, nunca tuvo un rango de enfrentamiento social. Una contradicción notable, porque Yugoslavia como tal tenía como fin evitar ese tipo de conflictos y enterrarlos para siempre. Ese era su significado. Aun así, fue mayor la paradoja de países como Checoslovaquia o Polonia, donde la oposición, al estilo de Comisiones Obreras en España, aprovechó los marcos legislativos socialistas para hacer llegar sus propuestas en lo que fue conocido como la «disidencia legalista», y de nuevo como en España, tuvieron un éxito decisivo, aunque parcial.

Desde un punto de vista económico, si bien en estos últimos años los comunistas habían aumentado la autonomía de las empresas y tratado de crear el marco para una sociedad de consumo, el modelo productivo siempre estuvo basado en la mano de obra de aluvión más que en el desarrollo tecnológico de los procesos. Sumado a la inherente corrupción en la gestión, propia de cualquier modelo de dictadura, la economía encaró la fase final dando señales de colapso.

Es realmente interesante cómo explican los autores que, con el mantenimiento del pleno empleo como dogma, los comunistas no tuvieron la capacidad de reacción de Occidente en la crisis del petróleo. La única salida fue el crédito y, desde ese instante, la desintegración del sistema era cuestión de tiempo. Estaba entrampado. Queda como nota curiosa mencionar que el único de ellos que se propuso contra viento y marea eliminar la deuda externa, Ceausescu, algo que logró con medidas draconianas sobre su propia población, acabó ejecutado.

En el resto, la desintegración de la dictadura tuvo la inesperada particularidad de no ser violenta, con la excepción de Yugoslavia, donde más que por el sistema se luchaba por redefinir las fronteras internas de la federación. La obra lo explica haciéndose eco de los últimos trabajos que destacan la inacción de los regímenes a la hora de «salvar el socialismo». Las elites se habían pasado cuarenta años reinventando el socialismo para adaptarlo a los cambios y las presiones y el descontento social, pero a finales de siglo ya no tenían más trucos en la chistera. Posiblemente, merced a no oponer resistencia violenta a esa inercia, no pocos cargos del socialismo encontraron acomodo en los nuevos partidos y en los sistemas democráticos. Demasiadas veces, para trazar un modo de continuidad con el comunismo: la corrupción.

Álvaro González es periodista. Actualmente en Jot Down, colaborador de Valencia Plaza, El Español y Ruta 66. Interesado en la Historia de España, la cultura popular, Europa del Este y los Balcanes.

Manifestantes anticomunistas colocan una bandera nacional húngara sobre los restos de una estatua demolida de Stalin, 1956. Wikimedia
Manifestantes anticomunistas colocan una bandera nacional húngara sobre los restos de una estatua demolida de Stalin, 1956. Wikimedia

Ficha técnica

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