La herencia recibida (y II)

por Julio Aramberri

Confesión de parte

Justin Yifu Lin es un personaje notable. Sus títulos más reconocidos le vienen de una estancia en el Banco Mundial, del que fue economista jefe y vicepresidente senior entre 2008 y 2012, pero su biografía es algo más complicada que la de un académico de fama internacional al uso.

Aunque no lo dejen traslucir sus currículos oficiales, por ejemplo, el que parece ser más burocráticamente milimétrico, Lin ha sido uno de los inspiradores de las reformas económicas chinas desde la etapa Deng hasta nuestros días. Actualmente es el director del Centro para la Investigación Económica de la Universidad de Pekín, una de las más prestigiosas de China. Su Centro fue una de las cien instituciones universitarias de ciencias sociales seleccionadas para competir con las mejores universidades del mundo por el Ministerio de Educación chino, que dedica a sus elegidos atención y fondos de investigación muy superiores a los del resto de las universidades locales.

Además de sus tareas académicas, Lin ha sido miembro (1988-2008) de la Conferencia Política Consultiva de la República PopularCPPCC (por sus siglas en inglés) es un organismo consultivo formado por miembros de partidos políticos (en China hay otros partidos reconocidos además del Partido Comunista, aunque no sean otra cosa que marcas blancas de este último, ya que todos ellos siguen fielmente las directrices que les marca), organizaciones de masas y políticos independientes. Las funciones del CPPCC son parecidas a las del Consejo de Estado en España., vicepresidente de su Comisión para Asuntos Económicos (2005-2008) y miembro de su Comité Ejecutivo (2012-2015). También fue designado miembro del Congreso Nacional PopularNPC (por sus siglas en inglés) es la cámara legislativa de China. Su función es estampillar las decisiones que le someten los órganos superiores del Partido Comunista. (2008-2012) y Vicepresidente de la Federación China de Industria y Comercio (2005-2012), la confederación nacional de cámaras de comercio. Lin es, pues, un académico y un político mimado y muy jaleado por las autoridades comunistas.

Con esa biografía de burócrata, es difícil de alinear la pequeña chispa de aventura que le acompañó en otro tiempo. Lin nació en Taiwán (1952), finalizada ya en 1949 la guerra civil entre los nacionalistas del Kuomintang y los comunistas chinos (Partido Comunista de China). Taiwán (la Formosa de los portugueses) es una isla del Pacífico situada ciento ochenta kilómetros al este de la provincia china de Fujian y allí se refugiaron los restos del Kuomintang tras la derrota. Luego formarían la actual República de China (nacionalista), que la República Popular de China (comunista) considera como una provincia en rebeldía con la que espera reunificarse en un futuro aún por definir. Aparte de la isla grande de Taiwán, la República de China está compuesta por archipiélagos de pequeñísimas islas, entre los cuales el de Quemoy, o Jinmen, dista menos de dos kilómetros de la costa continental.

En la noche del 16 de mayo de 1979, el entonces capitán Lin Zhengyi que comandaba un puesto militar situado en el monte Ma de ese archipiélago, desertó, buscó el mar y se echó al agua sobre las diez de la noche. Llegó a nado al islote de Horn y allí fue avistado y arrestado por una patrulla del Ejército Popular. Lin tenía entonces veintiséis años y era un militar de elite en el ejército taiwanés. Dejaba atrás la promesa de una brillante carrera, a un hijo y a su esposa, que estaba embarazada del segundoLos detalles de esta aventura, seguramente la única en la muy funcionarial vida de Justin Lin, pueden seguirse en Evan Osnos, Age of Ambition. Chasing Fortune, Truth, and Faith in the New China, Nueva York, Farrar, Straus & Giroux, 2014, pp. 11 y ss.. Años más tarde –convertido ya en Justin Yifu Lin–, y tras completar un máster en Economía por la Universidad de Pekín (1982) y obtener un doctorado por la de Chicago (1986), el antiguo soldado nacionalista iba a convertirse en uno de los más influyentes economistas de la China comunista.

Qué le llevó a iniciar tan azaroso viaje, un viaje que normalmente solía hacerse en la dirección opuesta, es una pregunta que permanece sin respuestaSu perfil en Wikipedia incluye una doble apostilla. Lin, dice, se pasó a la República Popular con importantes documentos militares; por otra parte, en una carta enviada a su familia en Taiwán un año después de su deserción decía que «mi posición cultural, histórica, política y militar me hace creer que volver a la patria [la República Popular] es una necesidad histórica y también la mejor opción».. Sin ánimo de hallarla, cabe suponer que algo había en la China continental que le parecía merecedor de correr serios riesgos y de dar un sorprendente giro a su vida. Sea ello lo que fuere, Lin decidió echar su suerte con la China comunista.

Lin explica por qué, contra todo pronóstico, la China posmaoísta ha conocido el proceso de desarrollo económico más asombroso
de la historia

Lin no quisiera pasar por un propagandista, de ahí que, sin el menor titubeo, se autodefina como un científico social, un economista a secas. Para él, la explicación del asombroso avance económico chino no hay que buscarla en las decisiones de sus dirigentes, sino en haber sabido resolver los problemas del desarrollo en un país atrasado, una clave a cuyo hallazgo se siente orgulloso de haber contribuido. En China –sugiere– ha triunfado la economía sobre la política, de modo que, llegada la hora de juzgar sus éxitos, el reconocimiento debe premiar a los economistas que estuvieron atentos a las mejores prácticas del gremio. Sus escritos académicos, pues, se orientan a explicar las razones por las que, contra todo pronóstico, la China posmaoísta ha conocido el proceso de desarrollo económico más asombroso de la historia. Puesto que Lin es no sólo un observador principal, sino también uno de sus artífices, merece la pena detenerse en sus argumentos para entender esta explicación semioficial del éxito chinoLin tiene una amplia bibliografía. Aquí se seguirán dos de sus principales textos: Demystifying the Chinese Economy, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, y The Quest for Prosperity. How Developing Economies Can Take Off, Princeton, Princeton University Press, 2014..

La hipótesis de Lin sobre la historia reciente de China es rupturista. A su entender, el país entró en una fase totalmente nueva con las reformas que siguieron a la Tercera Sesión Plenaria (diciembre de 1978) del Comité Central del Partido Comunista de China elegido en su Undécimo Congreso (1977). Esa posición plantea un serio problema de partida para los miembros del Partido y, muy especialmente, para aquellos que, como él, tienen una confianza ciega en la ciencia económica: cómo explicar la dictadura del Gran Timonel sin recurrir a un juicio político.

La economía de la China maoísta siguió fielmente la pauta marcada por la Rusia de Stalin, pero la economía planificada no funcionó, anticipa Lin. Y, sin embargo, añade a renglón seguido: «De hecho, copiar el modelo soviético fue una opción inteligente y práctica»Lin, Demystifying the Chinese Economy, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, p. 68. porque, cuando se fundó la República Popular, China y Rusia compartían los mismos fines y condiciones similares. Era, pues, natural que China siguiese el mismo camino hacia la industrialización. Las condiciones similares entre ambos países eran dos. La primera, el deseo de dotarse de una poderosa defensa nacional que, en el caso chino, impidiese una vuelta a los cien años de humillación impuestos por las potencias coloniales; para lo cual –y ésta era la segunda condición– se necesitaba dar prioridad a la industria pesada y a las infraestructuras.

Ese camino era, por otra parte, similar al adoptado por muchos países poco desarrollados en los años de la descolonización. Estaba, sin duda, plagado de dificultades. Un país de escaso desarrollo suele tener tres características básicas: un excedenteExcedente se emplea aquí en el sentido de recursos no consumidos.  muy limitado que no genera gran volumen de capital; un sector exterior pequeño, que no permite financiar una gran industria pesada por la escasez de divisas; y una atomización de los ahorros, que lleva a sus ciudadanos a no confiarlos a la banca, sino a tenerlos a mano en metálico, reduciendo la inversión. En esas condiciones, es prácticamente imposible dar el salto al desarrollo industrial.

Para que un país poco desarrollado, sea socialista o capitalista, pueda darlo, la tarea más urgente será limitar los tipos de interés por debajo de los «naturales», es decir, de los que está dispuesto a pagar el mercado, a través de decisiones administrativas. Igualmente necesitará controlar el sector exterior, sobrevaluando la moneda nacional y devaluando las demás, de suerte que las importaciones resulten menos gravosas. Para ello, el Estado tiene que controlar por completo el sector exterior de la economía. Ese conjunto de condiciones es imposible de poner en marcha sin asegurar a las empresas altos beneficios, que habrán emplearse en el siguiente ciclo productivo. «Así pues, la lógica interna de una economía planificada tiene que recurrir a deprimir artificialmente los tipos de interés, a sobrevalorar la moneda doméstica y a reducir los precios de materias primas, salarios y otras necesidades cotidianas»Ibídem, p. 76.. Como esa estrategia no puede llevarse a cabo por medio de mercados competitivos, los gobiernos que la persiguen tienen que adoptar planes de inversión y consumo donde todo sea decidido por las autoridades centrales, es decir, sin la intervención de inversores particulares ni de los consumidores. Y un plan similar sólo puede funcionar si todas las unidades productivas se nacionalizan. Tales son las exigencias lógicas del crecimiento rápido.

La sumisión al plan no afecta sólo a las empresas industriales y de servicios; es menester que llegue también a la agricultura. La colectivización agraria podía, en teoría, revestir dos formas, y ambas se intentaron en China. La primera era el movimiento cooperativo, con una colectivización limitada por el derecho de los comuneros a retirarse si lo estimaban conveniente. Esta opción, sin embargo, venía lastrada por la llamada «tragedia de los colectivos» (tragedy of the commons). Si entrar y salir de las cooperativas se dejaba a la voluntad individual, pronto los comuneros más eficientes tenderían a abandonarlas. Así pues, tanto en Rusia como en China se procedió a la colectivización total. Ese sistema tenía algún factor económico a su favor: las economías de escala generadas por la puesta en común de tierras, útiles de labranza, proyectos de mejora a los que todos los comuneros estaban obligados a contribuir sin contraprestación salarial, cantinas colectivas que ahorraban tiempo de trabajo y uso de combustibles. Pero, apunta Lin, el régimen colectivista a ultranza registró un desventaja mayor aún: los campesinos redujeron al máximo sus prestaciones, con lo que la productividad descendió de forma espectacular. Así, como ya se apuntó en una entrega anterior, el Gran Salto Adelante obtuvo un fracaso estrepitoso y duradero: «En 1959, la producción de alimentos cayó un 15% respecto a 1958 y en 1960 tuvo otro descenso del 15% y ahí se mantuvo en 1961. Los tres años de crisis en la agricultura acabaron en un gran desastre humano y la muerte prematura de treinta millones de personas»Ibídem, p. 88.. En 1978 la productividad de la agricultura seguía al mismo nivel que en 1962.

Justin Yifu Lin

A la postre, China estaba condenada a cosechar los mismos resultados desastrosos de la Unión Soviética. La industria militar y las más directamente ligadas a ella se desarrollaron con relativa rapidez, pero el resto de la economía iba quedándose atrás. Entre 1952 y 1981, la productividad agregada creció, como máximo, al 0,5% anual, en tanto que en el conjunto de los países en desarrollo lo hizo al 2%: «El pueblo chino se apretó el cinturón y, mientras China lanzaba un satélite espacial, el nivel de vida medio no mejoró entre 1952 y 1978»Ibídem,  p. 101.. Si hubo excepciones, se debieron al crecimiento del empleo, no a aumentos salariales.

Cambio de piel

Era menester, pues, buscar otra salida que evitase tanto el capitalismo competitivo, que sólo podía funcionar a larguísimo plazo, como la economía planificada. A ese cisne negro lo llama Lin desarrollo gradual o seguidista (comparative advantage-following, CAF por su acrónimo), muy distinto del modelo de desarrollo retador (comparative advantage-defying o CAD).

La estrategia CAD tiene como meta hacer saltar a un país poco desarrollado hasta el nivel de los países avanzados en poco tiempo (diez o quince años) y puede intentarse bajo un régimen socialista u otro de mercado abierto. Acabamos de ver sus limitaciones en el primer caso. Por su parte, los países de mercado abierto que la han tanteado, como India, no han conseguido salir de la trampa de las rentas bajas (low-income trap). Para unos y para otros surge, además, un serio problema adicional: la imposibilidad de innovar. Tratar de reproducir autónomamente los avances tecnológicos de los países avanzados –justamente lo que propone la estrategia de sustitución de importaciones que constituye una parte fundamental del modelo CAD– tendría costes formidables, tanto financieros como laborales. No es posible reinventar Apple de forma autónoma y, si lo fuera, sería ridículo, amén de inútil.

La estrategia CAF, arguye Lin, se asienta en fundamentos más sólidos. Es la que permitió avanzar a las economías del Este asiático con mucha mayor rapidez y mejores resultados que los de los países CAD. ¿En qué consistió? La explicación convencional más extendida proviene de algunos economistas del Banco Mundial que subrayan la existencia de mercados libres en todos esos países. Para Lin, la realidad es otra: sus mercados se desarrollaron con un fuerte componente dirigista. El Ministerio de Industria y Comercio Internacional (MITI) japonés, considerado el forjador de la CAF, formulaba políticas industriales de una forma distinta a la usual en las economías abiertas. El MITI y sus imitadores en Corea, Taiwán, Hong Kong y Singapur seguían la estrategia que se ha bautizado como de mercados coordinados (CME, por sus siglas en inglés)Barry Naughton y Kellee S. Tsai (eds.), State Capitalism, Institutional Adaptation and the Chinese Miracle, Nueva York, Cambridge University Press, 2015.. Por un lado, mantenían bajos tipos de interés que permitían a las compañías de los sectores promocionados obtener capital doméstico a costes reducidos; por otro, imponían trabas a la importación de bienes competitivos extranjeros. Esta distorsión positiva en los precios fue, para Lin, la razón principal de sus éxitos; no la hipótesis de una libertad de mercados que no existió.

La estrategia CAF es una versión actualizada de la teoría de la ventaja comparativa que formulara David Ricardo a comienzos del siglo  XIX. Cada sociedad tiene una estructura específica de recursos productivos. Capital y trabajo, que son los decisivos en las economías modernas, pueden articularse de diversas formas según la dotación específica de cada una de ellas, de suerte que el proceso de desarrollo puede adoptar caminos diferentes. Al tiempo, según las características de cada economía, la viabilidad de las empresas puede ser muy distinta. Empresas que utilizan diferentes tecnologías pueden ser viables, es decir, obtener beneficios con combinaciones variables de esos dos factores.

Generalmente se piensa que una tecnología intensiva en capital es la mejor opción para cualquier empresa, pero recomendarla a todas por igual puede ocasionar serias distorsiones. Por ejemplo, exhortar a los agricultores chinos a que mecanicen sus campos porque la mecanización ha dado buenos resultados en Estados Unidos convertiría en inviables a muchas explotaciones agrícolas chinas. Así pues, China, con su abundante fuerza de trabajo y escaso capital, haría mal en aceptar ese consejo. La viabilidad de las empresas no depende sólo de la adopción de tecnologías punteras, sino de la adaptación a la estructura real de recursos disponibles. El objetivo de las políticas de desarrollo no consiste en imponer a todas las empresas tecnologías intensivas en capital, sino en hacer viables a algunas de ellas por medio de una estrategia gradualista y selectiva, que es lo que hicieron las economías avanzadas de Asia Oriental. Hasta el momento, en el caso chino han dado mejores resultados las tecnologías intensivas en trabajo. No existen, pues, recetas mágicas.

Una política industrial selectiva puede evitar que las empresas nacionales se empantanen en la trampa del subdesarrollo

Esta conclusión de Lin implica una condición necesaria: el rechazo del librecambismo. Si la economía mundial fuera verdaderamente global, es decir, sin fronteras ni aranceles, es muy dudoso que las economías intensivas en trabajo pudiesen sobrevivir, porque su línea de costes imposibilitaría su mantenimiento, es decir, esas empresas «no pueden subsistir sin protección y sin subsidios gubernamentales»Lin, The Quest for Prosperity. How Developing Economies Can Take Off, Princeton, Princeton University Press, p. 119.. Como en la estrategia CAD, hay aquí una llamada abierta a la intervención gubernamental; pero CAF se diferencia en que no impone un apoyo generalizado a todos los sectores económicos. Una política industrial selectiva puede evitar que las empresas nacionales se empantanen en la trampa del subdesarrollo a que conducen las estrategias CAD y, al tiempo, sentar las bases para que, en sucesivos ciclos productivos, a medida que vaya cambiando la estructura local de recursos disponibles, la economía nacional pueda abrirse y llegar a un equilibrio exterior más competitivo. No otro es el verdadero reto del desarrollo.

CAF impone una clara priorización sectorial. Su política de subsidios y/o incentivos fiscales se limita a empresas estratégicas –los llamados campeones nacionales– y, precisamente por esa desigualdad, puede generar recursos fiscales suficientes para financiarla. Los gobiernos pueden, además, reforzarla recurriendo a medidas complementarias como barreras comerciales, altos aranceles o establecimiento de monopolios.

En resumidas cuentas, «la clave para optimizar la estructura factorial de una economía radica en agrandar el excedente en cada ciclo productivo, así como la proporción del excedente que se acumula como capital»Ibídem, p. 125.. Y esa mejorada estructura factorial impulsará otro ciclo futuro de acumulación y progreso tecnológico, iniciando un círculo virtuoso de crecimiento económico que permitirá a los países atrasados recortar distancias con respecto a los ricos. Una vez que se haya conseguido esa meta y los atrasados no tengan miedo a perder la carrera de la innovación, el paso siguiente sería una mayor apertura de sus propios mercados y, eventualmente, la disposición a medirse con todos sus competidores en la economía global. Por si alguien quiere invocar la navaja de Ockham, la estrategia CAF es superior por clara, sencilla y eficaz.

Capitalismo estatal tardío

El argumento resulta un tanto arduo de seguir, pero si traducimos a Lin del burocratés al castellano la cosa se torna relativamente más sencilla. Su narración, recordémoslo, es la versión semioficial de las reformas abordadas por el Partido Comunista de China desde 1979. Es un relato rupturista con muchos matices. En resumen, la economía de planificación total que impuso Mao fracasó, pero –aquí Lin, un miembro destacado del Partido Comunista, confirma con una considerable dosis de cinismo la exigencia de no desautorizar al Gran Timonel– resultó apropiada en las circunstancias del momento. Tras el establecimiento de la República Popular, la defensa nacional y el desarrollo de la industria pesada y de las infraestructuras eran las tareas más apremiantes para China, y la planificación estalinista se adaptaba bien a ellas. Sin embargo, el desastre del Gran Salto Adelante y la paralización económica que siguió a la Revolución Cultural no contribuyeron a resolverlas de forma ordenada. Hasta que no se impuso la línea realista de Deng Xiaoping, China estuvo empantanada en una sucesión de desequilibrios económicos que amenazaban a la propia subsistencia del régimen. Se imponía, pues, una ruptura práctica con el maoísmo, la creación gradual de una economía más competitiva y la apertura de China a la economía global. En síntesis, la estrategia que Lin bautiza como CAF.

Ese modelo no exigía ser creado de nueva planta. Según Lin, a China le bastó con adaptar la política industrial que habían desarrollado con éxito notable los tigres asiáticosPara un análisis detallado del origen y la evolución de ese modelo, véase Andrea Boltho y María Weber, «Did China Follow the East Asian Development Model?», en Barry Naughton y Kellee S. Tsai (eds.), op. cit., capítulo 9.. Política industrial, en este contexto, significa una creciente dirección gubernamental de la economía. En suma, sus defensores se mueven entre la defensa de ambiciosos planes estatales para los principales sectores económicosEsa había sido la propuesta inicial de John K. Galbraith en The New Industral State, Princeton, Princeton University Press, 1967. con el fin de organizar la estructura industrial, evitar desequilibrios regionales y redistribuir la riqueza, amén de otras propuestas más modestas en las que el aparato estatal se limita a propiciar con incentivos fiscales o de otra clase la inversión en supuestos sectores de futuroVéase, por ejemplo, Robert Reich, The Next American Frontier, Nueva York, Crown, 1983, o Lester Thurow, The Zero-Sum Society. Distribution And The Possibilities For Change, Nueva York, Basic Books, 2008.. Se suponía que ése había sido el camino seguido por el MITI en los años del milagro económico japonésVéase Joseph Stiglitz, «From Miracle to Crisis to Recovery. Lessons from Four Decades of East Asian Experience», en Joseph Stiglitz and Shahid Yusu (eds.), Rethinking the East Asian Miracle, Nueva York, Oxford University Press, 2001.. No es mi intención escudriñar aquí los detalles del debate, aún inconcluso, sobre la eficacia general de la política industrial. Hasta ahora, sin duda, ha tenido en China los excelentes resultados invocados por Lin y otros muchos. Los escépticos, sin embargo, señalan que también los logros de Japón hasta el final de los años ochenta alimentaron la fantasía de que la política industrial era el remedio para las crisis recurrentes del capitalismo de libre competencia.

Pero la cuestión que interesa analizar es otra. A mi entender, la equiparación del desarrollo chino con la estrategia de mercados coordinados (CME, citada más arriba) es injustificada y distorsiona la discusión. Aun colosal, la intervención estatal en las economías de los tigres asiáticos nunca alcanzó las dimensiones que tuvo y tiene en la China de hoy. El MITI tenía en su mano definir hacia qué sectores deberían orientarse las inversiones; empujaba a las empresas hacia ellos mediante incentivos fiscales; manejaba el arancel o ponía trabas a la importación de bienes competitivos; manipulaba el tipo de cambio. Pero, para desarrollar su estrategia, tenía que contar con empresas muy poderosas, a las que solía convencer para que se coordinasen entre sí y para que persiguiesen los objetivos que el MITI había marcado. A veces, sin embargo, no lo conseguía, porque algunas de ellas se obstinaban en establecer sus propios objetivos y adoptaban sus propias decisionesEn los años cincuenta trató, sin éxito, de evitar la expansión de Sony. Más tarde intentó, también sin éxito, que algunas compañías automovilísticas renunciasen a la exportación o que diez de ellas se fundiesen en dos: Nissan y Toyota. Afortunadamente para Japón, esas empresas no siguieron la estrategia burocrática  del MITI.. En definitiva, si podían hacerlo, era porque sus gestores mantenían una independencia real frente al aparato estatal, por muy poderoso que éste fuera.

No es esa exactamente la situación en China. En la arquitectura empresarial del país hay tres grandes niveles. El primero lo conforman las empresas públicas estratégicas, que ocupan las cumbres de la economía o son monopolios naturales; en el nivel intermedio operan numerosas compañías estatales o propiedad de organismos públicos intermedios, que no se consideran de importancia estratégica, y también otras de capital privado; en el último se encuentra la mayoría de las empresas chinas, generalmente pymes privadas o empresas de capital mixto, que actúan como cualquier empresa capitalista en cuanto a determinación de políticas y a gobernación interna. No es fácil, pues, juzgar si colectivamente el sector empresarial chino puede compararse con el de los tigres asiáticosEn su trabajo citado, Andrea Boltho y Maria Weber llegan a la conclusión de que la realidad encierra muchas similitudes y otras tantas diferencias. En el aspecto crucial de la organización empresarial, las autoras señalan que «China […], pese a su rápida liberalización, aún mantiene numerosos rasgos de las economías gobernadas centralmente» (p.259)..

Sin embargo, la dependencia burocrática en asunto tan decisivo como la gobernación organizativa es prácticamente total para las empresas del primer nivel y también para muchas del segundo. Tomemos el caso de la Comisión para la Supervisión y Administración de Recursos Estatales (SASAC, por sus siglas en inglés)Los datos que siguen están tomados de Barry Naughton, «The Transformation of the State Sector. SASAC, the Market Economy and the New National Champions», en Barry Naughton y Kellee S. Tsai (eds.), op. cit., capítulo 3.. La SASAC se creó en 2003 como un holding gubernamental para el control de ciento noventa y seis grandes empresas estatales. No incluye a todas, pues los bancos y otras entidades financieras, también estatales, pertenecen a un holding distinto (Huijin Corporation). En SASAC se incluyen las tres grandes compañías petroleras; la red eléctrica y las grandes compañías de electricidad; y las compañías ligadas a la industria militar y al ejército. Es decir, lo más selecto de la gran industria china.

Sin embargo, pese a su enorme peso financiero y laboral, SASAC tiene serias limitaciones para decidir sus propias políticas, especialmente en el terreno organizativo. Sobre el papel, está facultada para reclutar a los más importantes gestores de las compañías que le pertenecen, pero, en la realidad, es el Partido Comunista quien adopta las decisiones referentes al personal clave. Aunque no se haya hecho en otros holdings, en el caso de SASAC se han publicado datos que permiten calcular hasta qué punto llega ese control. En el sistema burocrático chino, sus firmas tienen categoría de viceministerios y sus directivos supremos están equiparados a los ministros. Los directores generales y los presidentes del consejo de administración de las cincuenta y tres principales empresas del conglomerado son nombrados directamente por el departamento de personal del Partido Comunista. Normalmente, las relaciones entre los órganos de personal del Partido y la SASAC son fluidas, pero en caso de discrepancias fundamentales la decisión final corresponde al Partido. Muchas de las compañías de SASAC tienen, además, una larga tradición de buenas relaciones con los más altos gerifaltes comunistas y, a menudo, con sus familias y sus protegidosLa desgracia de Zhou Yongkang, antiguo miembro del Comité Permanente del Politburó, ha sido seguida por la de muchos de sus colaboradores, a los que colocó en la Compañía Nacional de Petróleos durante el tiempo en que fue su presidente.. Es decir, los incentivos profesionales que SASAC ofrece a sus ejecutivos les empujan a mantener las mejores relaciones con sus superiores políticos y a subordinar los intereses de sus propias compañías a los de la nación, tal y como los entiende el Partido Comunista. Sería impensable que pudiesen tomar decisiones independientes y, menos aún, contrarias a la política decretada por los órganos centrales.

En estas condiciones, equiparar el funcionamiento de los conglomerados chinos a los keiretsu japoneses o los chaebol coreanos equivale a confundir las churras con las merinas. Es un argumento falaz que, sin embargo, tiene un evidente valor publicitario para eso que se llama la diplomacia pública china.

La inclusión de China entre los tigres asiáticos instala plácidamente al país en el camino de la normalidad capitalista. A la larga, una vez que haya cambiado suficientemente su dotación competitiva con un mayor protagonismo del consumo y la innovación, China acabará por convertirse en una economía abierta y capaz de competir pacíficamente con todas las demás. Lin y sus partidarios no ponen fecha a ese desenlace, ni explican cuáles son los pasos precisos para alcanzarlo, pero la intención es clara: hacer tabla rasa de la historia reciente de China. Así, el maoísmo puede resultarles, a la vez, una estrategia «inteligente y oportuna» y un fracaso morrocotudo. Da igual, porque desde 1979 en China se ha roto la continuidad con el pasado. Llámesela como se quiera –economía social de mercado, mercado socialista, socialismo con rasgos chinos, sociedad armónica, el sueño chino–, esta nueva China coincide en sus objetivos finales con el resto de los países avanzados.

Sin embargo, conviene afinar. Más que ruptura con el pasado, lo ocurrido en China desde 1979 ha sido una transición económica excepcional, en el sentido de únicaHabría que matizar el argumento con la inclusión de Vietnam, que ha seguido una trayectoria similar, pero eso exigiría entrar en un debate sustancioso, sin duda, pero no indispensable.. Su economía se ha abierto en forma desigual, pero innegable, a la dinámica de los mercados competitivos. La competencia forma parte de la vida cotidiana de las empresas del tercer nivel y muchas del segundo y hasta los monopolios del primero tienen que contar con la de los mercados mundiales. No es ahí donde China es excepcional.

Lo excepcional es que su capitalismo sea estatal y tardío. El adjetivo «tardío» no sería necesario, excepto por su función de cortafuegos. Por un lado, indica que el capitalismo chino importa y se mide con los perfiles del capitalismo más reciente (peso del capital financiero; limitaciones a la competencia; creciente intervención gubernamental). Por el otro, nos evita entrar en larguísimas discusiones cuasiteológicas con quienes rechazan la posibilidad de que el capitalismo pueda adoptar formas organizativas distintas de la abiertamente competitiva sin dejar de serlo, y también con los marxistas irredentos que aún confían en que exista esa entelequia escurridiza a la que llaman socialismo.

La burocracia pública china no es como la de la mayoría de los países avanzados. Es la propia de un Estado totalitario

La marca fundamental del capitalismo chino actual es, a mi entender, su estatalidad. El Estado o sus organismos intermedios son dueños del suelo. La burocracia estatal se reserva la definición de las reglas del juego económico y determina los fines que las empresas deben perseguir. Aunque en el tercer nivel estén sujetas a la competencia, la mayoría de las del segundo (muchas de las cuales pertenecen a administraciones provinciales y locales y dependen de los dirigentes del Partido Comunista en esos niveles) no lo está y, por supuesto, no hay competencia real entre las del primero, monopolios u oligopolios muy restringidos todas ellas.

Este es el gran problema para entender el comportamiento económico de China: su burocracia pública no es como la de la mayoría de los países avanzados. Es la propia de un Estado totalitario. Llamo Estado totalitario a aquel que ignora y/o reprime el derecho de sus ciudadanos a expresarse libremente y a crear instituciones independientes, es decir, que ignora y/o reprime la autonomía de la sociedad civil. Pese a que algunos tigres asiáticos han impuesto límites más o menos rígidos a la autoorganización de sus instituciones, en todos ellos se le ha reconocido un espacio variable, pero no menos real de independencia. Es decir, se ha distinguido entre el ámbito público y el privado; se ha mantenido la división de poderes; y se ha aceptado el imperio de la ley.

Nada de eso existe en China. La economía allí no se rige por sus propias leyes, ni cuenta con instituciones autónomas. Todas ellas están sometidas a los dictados políticos del Partido Comunista, que a menudo no se comporta de acuerdo con lo que prevé la racionalidad económica. Cuando los intereses de las empresas, de los trabajadores o de los agricultores chocan con la línea política definida por el Partido, son siempre aquéllos los que tienen que ceder. No en balde, como se ha visto, la cúpula organizativa de las empresas clave está en manos de militantes comunistas. Incluso entre las empresas de capital privado del segundo nivel, la burocracia comunista cuenta con muchos instrumentos de presión –fiscales, monetarios y «persuasivos» (recuérdese que en China todos los medios de comunicación pertenecen al Estado)– para obligarles a seguir los dictados de la línea política.

Así pues, la cuestión de cómo definir la estructura de la economía china no es una cuestión baladí o simplemente académica. Todos aquellos que, sobre la base del rápido crecimiento de China, la ven como un país en evolución hacia un capitalismo abierto –aun limitadamente– a la competencia, no consiguen explicar por qué políticas cuya adopción se consideraría lógica en una sociedad razonable no llegan a adoptarse. Por ejemplo, una mayoría de analistas y el propio Gobierno chino hablan de la necesidad de dar mayor participación al consumo en la distribución del PIB. Sin embargo, las iniciativas para extender los servicios sociales –que ampliarían la renta disponible de las familias y, con ella, un aumento del consumo– no pasan de ser buenas palabras. A nadie debería ocultársele que ese cambio estructural, aparte de las batallas internas que suscitaría en el seno del Partido Comunista, no puede llevarse a cabo sin dar participación a la sociedad civil. Precisamente, aquello que el régimen del Partido Comunista está decidido a que no suceda en manera alguna, pues le va en ello su permanencia en el poder.

Ese es el más chino de los rasgos del «socialismo con rasgos chinos» que preconizan los dirigentes del Partido Comunista. Se remonta al tiempo de la fundación de la República Popular con Mao Zedong y la economía política de China resulta incomprensible sin contar con él. La interesada explicación rupturista de Justin Yifu Lin, aceptada –explícitamente o no– por tantos observadores de la China Popular, tiene tanto valor como el juramente felón de lealtad a la República de China que el famoso economista hizo en su día. Técnicamente, sin embargo, no sirve para mucho más que para embrollar la cuestión, impidiendo entender la estructura y el funcionamiento de la economía china. La realidad, por cierto, no deja de imponerse. Como en ningún otro sitio, es en China donde la economía política es fundamentalmente política a secas.

01/12/2015

 
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