Costaría mucho esfuerzo encontrar un personaje tan enigmático, determinante y multifacético como Alexandre Kojève en el panorama filosófico del siglo XX. A una altura similar quizá podríamos situar a Martin Heidegger, pero a tenor del activismo diplomático y del papel de muñidor de la naciente Unión Europea, el autor de Introducción a la lectura de Hegel sobrepasaría al oscuro rector de Friburgo. Más novelesca es, también, la vida del primero, en comparación con la cual inevitablemente palidece la tediosa vida en una cabaña de la Selva Negra.
Siendo misterio, y solo misterio, lo que envuelve todo lo relativo a Kojève, se agradece el esfuerzo realizado por Marco Filoni en este ensayo que presentamos para poner negro sobre blanco algunos datos de su biografía. Sabemos, por ejemplo, que huyó de su Rusia natal al poco tiempo de que Lenin se hiciera con el poder; también que vagó por Europa, que zanganeó por las universidades y que se doctoró bajo la dirección de Jaspers con una tesis sobre Vladímir Soloviev. Sin trabajo regular, el destino, esa fuerza de la historia en la que él, sin embargo, no creía, lo llevó a convertirse en el intérprete más innovador ―y rupturista― de Hegel y de él aprendió casi todo la que fue quizá la generación de filósofos franceses más ardiente y subversiva.
Kojève es un mago, el más insigne prestidigitador de la hermenéutica, muy hábil siempre que se trata de mudar de disfraz. A causa de ello, hay quien, con bastante sentido común, habla de él como un impostor. En efecto, lo fue. Y uno de los más avezados, descreídos y taimados de los que han existido. ¿Creía lo que decía en sus abstrusos seminarios? ¿Suscribía sin ambages esa inquietud que manifestaba por lo inexistente? ¿O bien era todo parte de un espectáculo, mera teatralización, una afectada simulación del que sabe que, a fin de cuentas, la verdad está llamada a evaporarse en el infierno de lo idéntico?
Se cuenta que, en los despachos en que, a altas horas de la noche, los poderosos debatían la deriva de nuestro continente, como asesor de la delegación francesa, Kojève aprovechaba para preparar informes para todos los gustos y que ofrecía el que mejor encajaba con la simpatía de su interlocutor. ¿Hay algo, además, más cinematográfico, más hollywoodiense, que un filósofo y agente secreto del KGB decretando el fin de la historia en el mismo corazón de Occidente?
Y, sin embargo, lo que ha quedado de él no es únicamente la admiración que despertó en intelectuales de la talla de Leo Strauss, Jacob Taubes o Carl Schmitt. Ni siquiera el mantra apocalíptico que ha contribuido a popularizar ―y vulgarizar, dicho sea de paso― intelectuales americanos subidos a sus hombros, como Fukuyama. Según Filoni, sus contribuciones, aunque fragmentarias, tienen un radio de acción más extenso y complejo de lo que dejan adivinar sus comentarios a Hegel.
Kojève tenía una obsesión. Y se llamaba Dios. Con él, con su idea, peló a brazo partido. De ahí que su interés fuera sobre todo el de inaugurar una filosofía alternativa a la tradición metafísica más común que, arrancando de Parménides, sustenta todo sueño teísta. Trabajó en sus escritos sobre el ateísmo durante años, sentándose puntualmente cada sábado para pensar y estudiar, en la medida en que se lo permitía su puesto de burócrata. Para entender, pues, lo que hizo, es necesario partir de su matriz eslava ―de Dostoievski, de Soloviev, del meonismo de Nicolái Minski, el profeta de lo inexistente― y, a partir de ello, considerar que su decisión de demorarse en Hegel solo fue un alto en su camino.
A sus lecciones acudían, con fervor religioso, casi como los integrantes de una secta oriental acuden a reverenciar a su yogui, Lacan, Merleau-Ponty, Aron, Bataille o Queneau. Pero ¿qué secretos desgranaba allí? Kojève se sumó ―tal vez por interés― a esa rehabilitación del hegelianismo que invadió Francia en el periodo de entreguerras, al abrigo de la obra de autores como Koyré, Jean Wahl o Hyppolite. Se ocupó, como pocos, de ese duro trabajo del concepto, como advierte Filoni. Y aunque Hegel era el centro, en realidad apuntaba más allá de él, propugnando ya la llegada del reinado de Nietzsche y, con él, presentando algunas de las colgaduras de la posmodernidad.
Lo singular del ruso, sin embargo, es que fecundó el indescifrable contenido de la Fenomenología del espíritu con las semillas del existencialismo heideggeriano y el redescubrimiento de la finitud. La dialéctica entre el amo y el esclavo y el lugar paradigmático en que Hegel sitúa la acción ―al hacerse del ser humano mediante el dominio del entorno natural, del prójimo y, finalmente, de sí mismo― es la coartada perfecta para ilustrar un mundo alternativo que, como recordó en su momento Zaratustra, los débiles han cobijado imaginando el auxilio de un ser supremo.
Se ha insistido en la lectura materialista a la que apunta Kojève, así como en la manera en que la acción puede servir para que el ser humano domeñe de una vez por todas su futuro, clausurando definitivamente el curso del tiempo. Llegado a un supuesto nivel de desarrollo superior ―el estado universal y homogéneo― se habrán cancelado para siempre los opuestos, en la síntesis definitiva.
Pero, si tenemos en cuenta que no ha terminado la historia, quizá la parte más sustancial y vigente hoy de sus reflexiones sea aquella en la que revela lo que constituye, a mi juicio, la clave de la modernidad y de esa posmodernidad a la que no paramos de dar vueltas y más vueltas. ¿No es esa defensa de la autonomía y acción exacerbada, ya intuida por Goethe, el estilete que finiquita a Dios? En este sentido, la importancia dada a la dialéctica entre amo y esclavo evidencia el resultado de una lucha apocalíptica y cifra en el hombre la victoria sobre el creador.
Había una figura por la que Kojève mostraba especial predilección: Kirílov, uno de los protagonistas de Los demonios. Inspirándose en las ideas de este personaje de Dostoievski, Kojève pensó que Dios era una estrategia para esconder el miedo a la muerte y evitar que un hombre endiosado pudiera adueñarse de su finitud, ejerciendo de modo auténtico y radical su libertad. Como para ese personaje literario, la nada y la inexistencia constituían para él el lugar al que conducía un mundo sin la protección de un ser trascendente. Kojève no intentó mostrarlo tan a las claras como Kirílov en la famosa novela, que osó propinarse su propia muerte, pero con sus juegos y fantasmagorías probablemente pretendió disfrazar la verdad más suprema e incómoda que existía en su opinión.
Vida y pensamiento de Alexandre Kojève rastrea en documentos, archivos, fondos y recuerdos para aclarar aspectos concretos del inagotable semblante de una figura incontenible y apoteósica. No es un error en un caso como el suyo ahondar en las escasas huellas biográficas que nos ha dejado, más que en su obra, porque las incógnitas que deliberadamente creó en torno a él son, para quien sepa leerlas, las principales zapas que contamos para penetrar en un pensamiento tan complejo como embaucador.
José María Carabante es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid.






