El Basajaun, el Tarttalo y la Inguma


Trilogía del Baztán (El guardián invisible; Legado en los huesos; Ofrenda a la tormenta)
Dolores Redondo
Barcelona, Destino, 2015
1.516 pp. 55,50 €

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Bidasoa es el nombre que recibe en Guipúzcoa el río que, en la memoria de los lectores, está indisolublemente unido a la memoria de los Baroja, que en Vera de Bidasoa tienen su casa familiar, Itzea. Sin embargo, el mismo río recibe en su primer tramo navarro el nombre de Baztán y desde hace un par de años este topónimo se ha popularizado enormemente gracias al último gran best-seller nacional, la trilogía de Dolores Redondo integrada por las novelas El guardián invisible, Legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta.

Si hubo un tiempo en el que los pueblos miraban con recelo el hecho de convertirse en escenario de crímenes, incluso en la ficción, por miedo a contaminarse de leyendas negras, esa situación ha cambiado y ha pasado a ser un poderoso reclamo turístico. El valle del Baztán y su capital, Elizondo, una hermosa localidad de tres mil quinientos habitantes que sirve de marco para la trilogía, se han convertido en destino viajero para los numerosos admiradores de Dolores Redondo. De este curioso pueblo, de viejas casonas de piedra, con amplios aleros y fachadas embalconadas, proceden personajes tan dispares como el creador de la cerveza Coronita, emigrante en México, o, en la ficción, el don José trágicamente enamorado de Carmen, la protagonista de la novela homónima de Prosper Mérimée. Sus habitantes asisten complacidos a la llegada de turistas que recorren los escenarios de la trilogía en visitas guiadas –por más que lo óptimo en un viaje no sea la visita, sino el encuentro, que resulta más profundo y revelador que aquella–, llenan el restaurante preferido de la protagonista, compran los dulces típicos de la zona, los txatxingorris, que sirvieron para descubrir al culpable de la primera entrega, y se fotografían en el puente sobre el río que articula la triple historia.

Viene a cuento este apunte porque, en la trilogía del Baztán, el entorno, el locus en que se desarrolla la historia, adquiere una gran relevancia en más de un aspecto. Por un lado, en las precisas, insistentes descripciones del propio pueblo, Elizondo, y del espectacular paisaje navarro, cuyo clima lluvioso y húmedo va constituyendo un ambiente cerrado, rural, a veces opresivo, en el que hay resistencia a hablar: «Este debe de ser el único lugar del mundo en el que todos saben lo que hacen sus vecinos y nadie quiere contarlo» (Legado en los huesos, p. 200). En la ficción, lo idílico del paisaje del valle, verde y fértil, no siempre va acompañado de un paisanaje pacífico y laborioso, sino que a veces está impregnado de violencia. Más allá de los prados, se recorta el bosque oscuro e inquietante, que es algo más que una acumulación de árboles.

Por otro, en el uso, muy original, que se hace de lo antropológico, de las leyendas y tradiciones comarcales, con ese aprecio que tienen los vascos por todo lo ancestral. Dolores Redondo utiliza con habilidad el patrimonio mitológico de Euskadi y Navarra y consigue que el lector termine familiarizándose con algunas de sus criaturas, convertidas en personajes que intervienen en el desarrollo de la historia. Además de Mari, la diosa madre de la naturaleza, o de las lamias, hay tres criaturas que adquieren especial protagonismo. En el primer libro, el Basajaun, el Señor del bosque. En el segundo, el Tarttalo, una especie de cíclope de los vascones, con ciertas similitudes con el Polifemo homérico. Y en el tercero, la Inguma o espíritu de los malos sueños, que roba el aliento a los durmientes. La autora convoca a estos seres y frente a esa amenazadora intervención de las leyendas y la mitología opone el orden de la inspectora Salazar, su afán de justicia, su valor, su maternidad.

De esta inclusión de lo mitológico dentro de las tres novelas deriva, además, una saludable consecuencia: lo legendario repele lo castizo, las referencias a la mitología evitan el riesgo de caer en un costumbrismo apegado al terruño, en una estética rancia derivada de un mal entendimiento de lo que significa lo rural y que con tanta frecuencia ha contaminado la escritura ambientada en el campo. A través de estos apuntes mitológicos que le sirven de apoyatura, en fin, la trilogía participa de esta última corriente de la novela negra que busca la explicación del mal más allá del realismo, en los límites de lo fantástico, en lo diabólico o en fuerzas oscuras. Desde luego, hay muchos lectores a quienes les gusta este recurso. Si se forma parte de ellos, todo va bien en la lectura. Si no es así, los tres tomos pueden hacerse un poco largos.

Los tres títulos narran investigaciones independientes que se desarrollan durante algo más de un año, pero entrelazadas por los mismos personajes, que se entrecruzan en el mismo escenario. Los flecos que quedan sueltos en una entrega sirven de enlace con la siguiente. La protagonista, Amaia Salazar, no es sólo una brillante inspectora de la Policía Foral de Navarra, sino que reacciona con intensidad emocional a los avatares de sus investigaciones. Su retrato se completa con escenas que no son puramente detectivescas: sus relaciones con sus compañeros, con su marido, con su entorno, en el que no faltan los demonios familiares. Si en la primera entrega busca con anhelo ser madre, al inicio de la segunda está embarazada y da a luz a un hijo, al que llama Ibai, «hijo del río», y que, acorde con el título, tendrá una importancia decisiva en el último libro.

Dolores Redondo se inició en la escritura con relatos dirigidos al público infantil y continuó con una novela extraña, Los privilegios del ángel (Pamplona, Eunate, 2009, en una edición infame plagada de erratas), ambientada en Pasajes y en San Sebastián, protagonizada por una mujer que, a pesar de su nombre, Celeste, es «un ángel de luto» con sombríos problemas emocionales y con trastornos de identidad. Tras este breve aprendizaje, de pronto ha irrumpido en el mercado de un modo espectacular con la trilogía del Baztán.

Su biografía en Internet cuenta que realizó estudios de cocina y que tuvo su propio restaurante. Para la trilogía literaria ha elegido unos buenos ingredientes tradicionales, con un intenso sabor local, los ha equilibrado con habilidad en la cazuela, aliñados con nuevas aportaciones y ha elaborado un plato contundente para los amantes de esta cocina. Aunque hay algún error de bulto causado por una precipitación deseosa de aprovechar el tirón comercial –un personaje muere de dos formas diferentes en Ofrenda a la tormenta: apuñalado en la cárcel por otro preso (p. 180) y suicidándose (p. 314)–, la autora hace muy bien sus cálculos narrativos, demuestra coherencia entre los rasgos psicológicos de los personajes y las acciones que realizan, alterna con eficacia paisaje, mitología e intriga, puebla su trilogía de anotaciones históricas y documentales, e incursiona dentro de la narración con apuntes en presente verbal, aunque a veces chirrían un poco.

Pero Dolores Redondo muestra con mayor eficacia un entorno propio que una voz propia. Ha sabido desplegar un mundo peculiar e intransferible de indudable mérito, pero su estilo aún puede confundirse con otros similares. Como suele ocurrir con los mejores best-sellers, su prosa es limpia, práctica, efectiva, dice únicamente lo que quiere decir y despeja el camino para que el lector avance cómoda y velozmente en los relatos. La trilogía del Baztán está bien si tenemos en cuenta lo que hay en ella. Si consideramos lo que le falta, no llega tan lejos. Pero eso sería otra historia, como diría Kipling.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005), Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015).

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