Desprecio cotidiano de las matemáticas elementales

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Las nuevas generaciones de ciudadanos, en su devenir diario, han olvidado mayoritariamente las matemáticas elementales, sí, esas de sumar, restar, multiplicar y dividir, y, lo que es peor, han perdido por completo el sentido de la proporción y de la apreciación cuantitativa aproximada. En los medios de comunicación, a menudo, da lo mismo 8 que 80, kilómetro que metro, kilo que tonelada o minuto que hora; y, en general, no se sabe operar a mano, ni se acierta siquiera a poner la coma en el resultado de una división, una circunstancia que viene de perlas en el maquillaje político al uso.

Esta sencilla reflexión viene inspirada por la triste carta al director de un periódico que una madre escribe respecto al precario empleo que han ofrecido a un hijo suyo altamente cualificado: 400 euros mensuales por cuatro horas diarias de trabajo en un incomunicado polígono industrial de las afueras que le obliga al uso de su propio automóvil, lo que supone el pago por su cuenta de 257 euros mensuales de Seguridad Social y un mínimo de 200 euros mensuales de gasolina, seguro y amortización del automóvil, con el resultado final de que, si en efecto acepta el trabajo, habrá de gastar 57 euros mensuales netos para alegría del ministro de la risa floja, quien podrá pavonearse de que hay un parado menos.

Si aplicáramos las matemáticas cotidianas a las más publicitadas cifras del paro registrado, restándoles las de los parados que se han dispersado allende nuestras fronteras y expresando el empleo real en equivalentes de jornada completa, nos encontramos con que la cacareada, festejada y reída cifra es en realidad una cifra nada halagüeña. Si, por ejemplo, un empresario cambia un empleo a tiempo completo, indefinido o no, por tres puestos de trabajo de dos horas diarias, decide disminuir el sueldo por hora de sus nuevos empleados y deja de pagar su Seguridad Social, se pierde un cuarto de equivalente de jornada completa, el empleador ahorra mucho dinero y la estadística del paro queda debidamente embellecida con una ganancia neta de dos empleos. Sin embargo, las matemáticas más elementales nos muestran que esta estadística miente y que el empleo en nuestro país se sigue yendo al diablo.

Las nuevas y rosadas cifras del paro también provocan públicas y amplias sonrisas de placer en un notorio empresario que está acusado de pagar en negro horas extras que muy bien podían haberse traducido a nuevos empleos de tiempo completo. Este empresario no debe de ser de los peores, ya que no dejan de llegarme noticias de empresas, que pueden ser desde chiringuitos playeros hasta universidades públicas y privadas, cuya práctica consiste, por ejemplo, en contratar cuatro horas diarias de trabajo para exigir muchas más sin remuneración alguna.

Podría seguir enumerando ejemplos de nuestro olvido de las matemáticas, pero el arriba esbozado me basta para rogar que no dejemos de tenerlas presentes, que hagamos siempre las cuentas, aunque sea las de la vieja, y que no nos duelan prendas para la denuncia cuando pretendan hacernos las de la lechera.

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