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Loco por ser salvado

La corta vida, el gran talento y el último dólar de Jack Kerouac estaban a punto de consumirse cuando la joven escritora Joyce Glassman le compró una cena consistente en perritos calientes y judías un sábado por la noche en Nueva York en enero de 1957. Glassman comprendió que estaba sin un céntimo, pero del resto no se enteraría hasta más tarde. Pensó que Kerouac era hermoso, con sus ojos azules y su piel bronceada. Acababa de volver de pasar sesenta y tres días solo en una de esas torres de vigilancia para detectar incendios en medio de las Montañas de las Cascadas, al noroeste de la costa del Pacífico, donde escribió furiosamente en su diario y se sintió atormentado por sombríos pensamientos de mortalidad. Glassman tenía veintiún años, había nacido y se había criado y educado en el Upper West Side de Manhattan. Había leído la ambiciosa primera novela de Kerouac, The Town and the City, creía en el poder redentor del amor y estaba abierta a prácticamente cualquier cosa. Cuando Kerouac le preguntó si podía quedarse en su casa, situada en la parte alta de la ciudad, ella contestó: «Como quieras».

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