
Isabel Quintanilla o la emoción de las cosas
Alejada de toda grandilocuencia, lo que siempre captó la atención de Emily Dickinson fue la épica de lo pequeño, la universalidad de lo doméstico, el misterio de lo cotidiano. Las cosas esenciales de la vida suceden a diario y están sujetas a ciclos y a una constante renovación, parece decirnos su poesía, que atesoraba la virtud de saber ver lo que se tiene delante de los ojos. Aunque parezca lo contrario, no es fácil decir lo evidente y apegarse a lo terrenal; en la mayoría de las disciplinas del arte, lo más común suele ser levantar los pies del suelo. Los poemas de Dickinson ofrecen en cambio un raro consuelo dichoso: la conciencia de la maravilla de estar vivos.






