Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La toponimia no es un juego

Alberto Porlan ha publicado un libro de pretencioso título –Los nombres de Europa–, concebido como un juego, que él mismo delata en la cita preliminar de Billy Wilder: «He descubierto un juego nuevo. Éstas son las reglas…». Pues bien, las reglas de ese juego son bien sencillas: consisten simplemente en reunir los topónimos de cualquier país, independientemente de sus características lingüísticas, que ofrezcan entre sí alguna semejanza casual, por débil que ésta sea. Algunos ejemplos: Zaragoza y Ebro en España Saragosse y Yévre en Francia; la serie de Asturias (España) y el Vaud (Suiza): Lozana, Lausanne; Libardón, Yverdon; Sevares,Siviriez; Arnicios, Arnex; Pendás, Penthaz; Zardón, Chardonne; Bobia, Vevey; Ercina, Orzens; Melendreras, Mollendroz; Bulnes, Baulmes; San Román, Romont; Cabranes, Chavornay;la serie La

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Cuando la lengua vernácula se convierte en discurso prosístico

« La historia de la prosa –afirma F. Gómez Redondo– comienza en el momento mismo en que la lengua vernácula se convierte en discurso». En consecuencia, la historia de la prosa medieval, que ahora comento, surge del análisis de los discursos textuales. Se trata, pues, de una historia, con nuevos enfoques metodológicos, de los textos. Pero los textos de la prosa inicial castellana tienen un especial origen. Como señala Gómez Redondo, «la prosa se convierte en discurso formal en virtud de los mecanismos de recepción». Ahora bien, entre esos mecanismos de recepción, la interferencia del árabe juega un papel preponderante. Como ya he señalado en otra ocasión (Influencias sintácticas y estilísticas del árabe en la prosa medieval castellana, 2ª ed.,

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