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El Tractatus, irreconocible

No hay modalidad de trabajo en filosofía que no exija una gran seriedad y que no implique una inmensa responsabilidad por parte de quien aspira a participar en la gran labor colectiva que es la actividad filosófica profesional. Ello incluye a quienes vierten un texto clásico a un idioma distinto del original. Hablar de responsabilidades implica enumerar una serie de condiciones. El traductor responsable es quien pasa dichos exámenes, esto es, quien satisface las condiciones de que se trate. ¿Qué condiciones son esas? Desde luego, «conocer» el idioma del cual se traduce. Nadie discutirá este punto. Ahora bien, esta condición, siendo necesaria, dista muchísimo de ser suficiente. ¿Qué otras condiciones han de cumplirse? Una esencial, es que el traductor conozca su propio idioma. Es obvio que la mera fluidez en el lenguaje oral no basta para garantizar elegancia y belleza literarias. Una tercera condición sine qua non, para tener el derecho moral de atreverse a traducir una obra de valor universal, es saber de lo que está traduciéndose. 

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