La aventura de Norman Borlaug
«Ocupas la misma mesa que en su día tuvo Norman Borlaug», me había dicho Selassie un día que vino a darme la llave del piso que había olvidado en la mesa del desayuno, y desde entonces, cada vez que me sentaba frente a ella, no podía evitar imaginarme a aquel hijo de granjero, de ojos azules, rubio y bien plantado, que todavía debía de conservar las rústicas maneras de un chico educado en una escuela de aula única del último rincón de Iowa. Quién habría imaginado que aquel muchachote, que no había sido admitido en primera instancia en la universidad y cuya mayor distinción hasta el momento había sido que su nombre se inscribiera en el Hall of Fame de la lucha libre americana, acabaría dando fama a la universidad cuando recibió el premio Nobel de la Paz.






