RESEÑAS

Entre Pekín y Macondo

Eugenio Bregolat
En torno al renacimiento de China
Lérida, Universitat de Lleida, 2014
394 pp. 26 €

No conozco a Eugenio Bregolat, pero estoy seguro de que tiene, como los buenos futbolistas, una cintura envidiable. Tener cintura le dicen en Argentina a la habilidad para gambetear (piensen en Zidane o en Pelé o, los más antiguos, en Di Stéfano antes de que Mangriñán lo secara); por extensión, suele usarse también para indicar la pericia para salir de un paso complicado. No creo ser el único que se la admire a Bregolat.

En una de las entrevistas que cierran este volumen, Josep Puigbó, un periodista de la Televisió de Catalunya, se lo espetaba al tiro: «De hecho, sí que es usted persona de fiar. Al menos, muchos ministros de Asuntos Exteriores españoles se han fiado de usted; de todos los colores políticos, desde López Bravo, si hablamos de tiempo atrás, hasta García Margallo, ¿no? No han pasado ni treinta años de todo eso. ¿Cómo se explica el haber sobrevivido a todos los cambios políticos de estas tres décadas?». Y Bregolat: «Bueno, yo no he sido un político; me limité a militar en la UCD de Suárez y ése fue mi único partido. Luego, es verdad, unos y otros, socialistas o del PP, me han encomendado embajadas. Yo he tratado de ser un profesional y parece claro que si representé al Gobierno de Felipe González en China y luego al de Aznar y esta última vez tanto al de Rodríguez Zapatero como al de Rajoy será porque me han considerado un profesional»La traducción castellana de este entrecomillado (p. 370) y de otros textos en catalán recogidos en el libro es del autor de esta reseña y a él se deben los eventuales errores en que pueda haber incurrido..

No hay razón para discrepar de ese juicio. Bregolat es a todas luces un profesional en la última acepción del Diccionario de la Real Academia: «Persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación». La suya era, hasta su jubilación, la de diplomático y, según la página que le dedica Wikipedia, fue embajador, por este orden, en Indonesia, China, Canadá, Rusia, China otra vez, Andorra y en China como colofón. Lo más notable en su caso es haber desempeñado el puesto de Pekín en tres ocasiones (1986-1991; 1999-2003; y 2010-2013) y bajo políticos tan distintos como los socialistas y los populares. Para eso, tan poco habitual en la carrera, hay que tener cintura.

Un profesional es también lo contrario de un aficionado. Ser un profesional denota, en general, una dedicación más perentoria a la tarea de la que se trate. Se supone que los profesionales cuentan con más y mejor información, amén de conocer a fondo las sociedades donde trabajan. Imagino que Bregolat enviaba a Madrid despachos notables y mantenía contactos muy principales en China, pero quienes no estamos al tanto de esos asuntos de Estado sólo disponemos de sus escritos publicados para verter una opinión.

No es éste su primer libro sobre China. Anteriormente había publicado Bregolat La segunda revolución china. Las claves sobre el país más importante del siglo XXI (Barcelona, Destino, 2008), cuyo subtítulo encierra el núcleo de su narrativa y, también, el de su pensamiento estratégico. El volumen actual, un florilegio al hilo de su exaltación a un doctorado honoris causa en la Universidad de Lérida, su tierra natal, es más disperso por necesidad, pues recoge una amplia variedad de intervenciones y escritos aparecidos en diversos medios; algunos son artículos cortos en diarios como La Vanguardia y El Imparcial y otros, más largos, aparecieron en publicaciones minoritarias como Política Exterior. Al igual que el libro anterior, estos trabajos parecen ser la cosecha de un largo período de reflexión y en su mayoría están escritos en los años del destierro andorrano (2005-2010). Hay unas cuantas, pocas, excepciones de 2013 y 2014, una vez que Bregolat pasó a formar con las clases pasivas del Estado.

La recopilación, editada por Joan Julià-Muné e Imma Creus, de la Cátedra d’Estudis Asiàtics de la Universidad de Lérida, se organiza de forma temática, con apartados sobre la economía china, política interior, relaciones internacionales, España y China, y una serie de entrevistas con motivo mayormente de la publicación de La segunda revolución china. Cada una de esas secciones, a su vez, agrupa los textos de forma cronológica. Seguir la lectura en ese orden obliga a lidiar con informaciones fragmentarias y repetitivas, pero es un esfuerzo provechoso porque, al cabo, todos los textos giran sobre una narración de conjunto que les da cuerpo. Si alguien quiere ahorrárselos puede ir directamente a lo que, a mi entender, son las dos claves de esa narración: La Xina post-olímpica: llums i ombres, una conferencia de 2009, y el discurso de aceptación del doctorado ilerdense en 2014. Aunque las ideas centrales permanezcan invariadas entre esas fechas, en el segundo trabajo, Bregolat, ya jubilado, no se ve en la necesidad profesional de recogerse el pelo y deja que sus ideas retocen a placer.

Los profesionales suelen destacar por su realismo, es decir, por atenerse a los hechos. Hace treinta años, recuerda Bregolat, los chinos suspiraban por las «tres ruedas» (bicicleta, reloj y máquina de coser); hoy, las chinas núbiles sólo aceptan pretendientes que vengan con cuatro, las del coche, y, de propina, un piso. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2050 habrá más coches en China de los que hay hoy en el mundo entero (p. 81). Las aspiraciones de los chinos, pues, han cambiado al calor de sus nuevas posibilidades. Pero eso no ha sido más que el proceso lógico de una tendencia implacable que ha convertido a China en un coloso.

En 2003, la renta per cápita en China era de 5.400 dólares, aún muy lejana de las economías desarrolladas. Pero el crecimiento del PIB había sido espectacular y se esperaba que entre 2020 y 2030 se convirtiera en el mayor del mundo por PPA (Paridad de Poder Adquisitivo). En 2050 puede llegar a 44,4 billones de dólares, mientras que Estados Unidos sólo llegará a 35,1; India a 27,8; Japón a 6,6; y, de ahí para abajo, las demás economías desarrolladas. Es decir, la economía china será 25% más grande que la estadounidense. Si ello sucede, no será fruto de la casualidad, sino de algunas características del pueblo chino unidas a un modelo económico turboalimentado.

Los chinos han sido siempre notorios por su laboriosidad. Como dicen allí con guasa, los europeos anhelan la semana de treinta y cinco horas; ellos quisieran que las tuviera el día. «Trabajar como un chino» es un dicho corriente en nuestro país. Además, los chinos destacan también por gastar poco; la cuota de ahorro de las familias ha estado en torno al 40% durante los años del rápido desarrollo de la economía. Sobre esas bases, los dirigentes comunistas han levantado un trípode muy eficaz: consumo limitado, fuerte inversión y capacidad exportadora. Bregolat, apoyado en fuentes de prestigioWu Jinglian es una de las principales. A Wu se le tiene por uno de los grandes defensores de la economía de mercado en China. Es profesor en CEIBS (China-Europe International Business School), un centro de enseñanza superior de Shanghái establecido en 1994 por un acuerdo entre China y la Comisión Europea. También ha sido asesor del Gobierno chino en numerosos planes y es miembro de la CASS (Academia China de Ciencias Sociales), un organismo similar a nuestro CSIC. El editor de una selección en inglés de sus trabajos lo define como un académico que está al tiempo dentro y fuera de los círculos de poder chinos (véase Barry Naughton (ed.), Wu Jinglian. Voice of Reform in China, Cambridge, The MIT Press, 2013), lo que plantea la incógnita de saber desde qué terreno habla en cada ocasión., estimaba así su respectiva contribución al PIB entre 2002 y 2007: 39% para el consumo, 48% de inversión y 13% de exportaciones netas (el balance de exportaciones menos importaciones).

El modelo ha sido tachado de mercantilista por su gran dependencia del sector exterior y estar apoyado por una moneda nacional (yuán, también renminbí o RMB) cuya cotización mantiene el Gobierno por debajo de su valor real, es decir, está infravalorada para hacer más atractivas sus mercancías en el mercado global. Es una crítica que el Gobierno chino no acepta y Bregolat tampoco apoya. Para ambos –también para otros observadoresEntre otros muchos medios influyentes, The Economist y Financial Times han mostrado con frecuencia su confianza en la capacidad de la economía china para seguir creciendo sostenidamente. –, el peso de las exportaciones chinas (repitamos, netas) no es notablemente superior al de Alemania, Francia o España. En cualquier caso, insisten, es un modelo que ha dado óptimos resultados para el país y también para la economía mundial. Allá por 2008, Bregolat cifraba en un tercio la aportación a ella de China.

Al igual que otros analistas influyentes, públicos (como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial) o privados (como Goldman Sachs y otros bancos de inversión), él también destacaba sus límites. La participación del consumo en el PIB chino estaba muy por debajo no sólo de la de los países punteros, sino de otros muchos en vías de desarrollo. Los chinos son ciertamente grandes ahorradores, pero la obsesión gubernamental por invertir y exportar no les ayuda a comportarse de otra manera. Los servicios públicos (Seguridad Social, salud y educación) son muy elementales, de suerte que tienen que costeárselos en gran medida por su cuenta. Para Bregolat, allá por 2008 el Gobierno chino era consciente de la situación y se proponía tomar medidas para impulsar cambios que favoreciesen a los consumidores y, de paso, a las pymes llamadas a satisfacer sus deseos.

A su entender, cambios legislativos como la ley de contratos de trabajo en vigor desde 2008 introducían medidas favorables a los asalariados, lo que estimularía sus ingresos y su consumo. Algo similar podía decirse de las mayores garantías para los campesinos en el uso de la tierra que, pese a seguir siendo propiedad pública, les ofrecía mayores oportunidades de usarla para solicitar créditos o mejorar su explotación. Si, por su parte, el Gobierno se decidía a ampliar el gasto en servicios públicos, los trabajadores urbanos y agrarios iban a ver aumentar su capacidad de consumo. El giro de la economía china podría, finalmente, darse por seguro. Tal era, a ojos de Bregolat, la prometedora coyuntura en 2008 de la China olímpica. Olímpica, sin duda, en más de un sentido.

Y en eso llegó la crisis. En noviembre de 2008, las autoridades locales anunciaron un paquete de estímulo económico de cuatrocientos mil millones de euros, alrededor del 15%En realidad era algo menor: tan solo el 12,5% del PIB. del PIB chino, lo que, según Bregolat, «ha sido acogido como un rayo de luz en estos tiempos de tribulación, un gesto que ayudará a salir de la recesión global» (p. 51). La globalidad del rayo, al parecer, no era tanta, pues el plan respondía ante todo a los síntomas de fatiga aparecidos en la economía china ya en 2007. Algunos analistas anunciaban a la sazón que su tasa de crecimiento en 2009 caería hasta un 5 o 6%, muy por debajo del 7% necesario para crear los veinticinco millones anuales de empleos que precisaba el Gobierno para no deslizarse hacia un terreno «socialmente resbaladizo» (p. 51). Hoy sabemos que los pronósticos pesimistas no se cumplieron.

En la realidad, sin embargo, el estímulo forjó exactamente lo contrario de cuanto los analistas aconsejaban a los dirigentes chinos y ellos mismos decían perseguir: «El paquete –señalaba a la sazón uno de los pocos observadores avispados– gira sobre el aumento de la inversión gubernamental cuando, a largo plazo, lo que necesita la economía es precisamente lo contrario: aumentar los ingresos y el gasto de las familias para encaminarse hacia una trayectoria más orientada al consumo»Barry Naughton, Understanding the Chinese Stimulus Package, China Leadership Monitor núm. 28, p. 2.. Una contradicción en la que Bregolat no reparaba.

Tampoco fueron muchos quienes previeron las consecuencias del plan de estímulo. La más apurada fue la explosión del crédito bancario que siguió: «En el primer trimestre de 2009, los créditos totales en RMB aumentaron la enormidad de 4,6 billones. Es decir, su aumento en sólo tres meses fue mayor que la totalidad del paquete de estímulo previsto para dos años»Ídem, ibídem, p. 5.. Ahí comenzó la carrera de endeudamiento que hoy está pasando factura a la economía china. Pocos analistas, empero, se dieron cuenta de ello y una mayoría –que incluía a Bregolat, como es palpable en sus trabajos–, siguió celebrando los aciertos económicos del Gobierno chino.

Ese permanente tono celebratorio es uno de los rasgos más llamativos de su visión. Una y otra vez toma por moneda de curso legal las declaraciones del Gobierno chino y sus medios autorizados y, de paso, suele comentar su acierto sin la menor duda estratégica. Algunos ejemplos. En 2007, China anunció su intención de fabricar un avión comercial capaz de competir con Boeing y Airbus Han pasado ocho años desde el anuncio y el proyecto está aún en sus estadios inicialesEra un plan de COMAC (Commercial Aircraft Corporation of China), una compañía estatal que tiene encomendada la fabricación de aviones comerciales. El C919, cuyo primer vuelo se anuncia para 2015, es un aparato de un solo pasillo propulsado por dos motores turbojet con capacidad para 158-174 pasajeros. Los primeros aviones se entregarán en 2017. COMAC tiene planes para desarrollar otros más grandes (C929, para 290 pasajeros, y C939, para 390), pero no ha anunciado fechas de primeros vuelos. El tiempo dirá si se materializa la ambición de competir con los dos grandes de la aviación mundial.. Bregolat, sin embargo, daba a entender que ese sueño ambicioso se realizaría a corto plazo (p. 34): lo había dicho el Gobierno.

O recogía, sin más, gacetillas del gusto gubernamental: «China adelanta a Japón» es el título de un artículo escrito en 2010, sin reparar en que esa noticia era poco más que un factoide de los que permiten a los medios tratar a la economía mundial como una competición deportiva: China gana, Japón pierde. Las cosas, en cambio, son más complejas y, a menudo, menos teatrales. Si tenemos en cuenta sus poblaciones respectivas, poco debería extrañar que China, con 813 millones de personas de población activa en 2009, produjese un volumen total de bienes y servicios mayor que el de Japón, con sólo 68 millones de trabajadores. En realidad, lo que convierte al factoide en un hecho merecedor de reflexión es que China necesite aún hoy doce personas para igualar lo que produce un trabajador japonés. Tómesela como se quiera, la metáfora del adelanto sólo refleja la aún bajísima productividad de la economía de China. Si su población dispusiese de la misma tecnología que la japonesa, China habría sobrepasado a Japón hace muchos años y hoy su producción total sería doce veces mayor que la de su vecino. Pero eso no ayudaría a limpiar, hacer brillar y dar esplendor a los refulgentes estrategas de la economía china.

En diversas ocasiones (pp. 82, 92 y ss., 105 y ss.), Bregolat celebraba que China estuviese a punto de iniciar las reformas de su economía que permitirían un mayor protagonismo del consumo. No fue cierto entonces y sigue sin serlo ahora, antes al contrario. En porcentaje, el consumo de las familias pasó del 40% del PIB en 2005 al 34% en 2011Michael Pettis, Avoiding The Fall. China’s Economic Restructuring, Washington, Carnegie Endowment for International Peace, 2013.. Bregolat, pues, confunde el admirable crecimiento absoluto del PIB, que ha favorecido la aparición de una creciente clase media, con un cambio en la asignación de recursos que, en la distribución porcentual del pastel, no se ve por parte alguna. Pero, si el Gobierno lo anunciaba… Al parecer, en sus largos años en China, nunca oyó Bregolat lo de que allí nada es cierto hasta que el Gobierno lo desmiente. Si su fe en la política económica china dejaba chica a la del propio Gobierno, su tendencia al rendibú para con las autoridades se desborda aún más impróvidamente al juzgar la política interior y exterior de la República Popular.

Pese a sus contradicciones y a sus discontinuidades, para Bregolat, la historia reciente de China muestra una profunda continuidad en los objetivos de sus principales protagonistas: la recuperación de la soberanía nacional que a punto estuvo de irse a pique durante los llamados cien años de humillación (1838-1949). Cuando el 1 de octubre de 1949 anunciaba en la plaza de Tiananmén que «China se ha puesto en pie»Una frase que Mao Zedong no pronunció en esa ocasión, según la versión que dio el Diario del Pueblo, la publicación oficial por antonomasia del Gobierno chino., Mao Zedong no se refería, según el autor, al triunfo de la revolución campesina o al fin de la explotación, sino a la consecución de esa meta (p. 123). Bajo la dinastía manchú y, más tarde, con la república burguesa de Sun Yatsen, hubo aspiraciones e intentos paralelos de lograrla, pero todos ellos encallaron por la incapacidad de sus defensores para asegurar el desarrollo económico y tecnológico de China. A Mao también se le atragantó esa asignatura. No entendía que, sin una economía pujante, la independencia nacional acabaría por resultar imposible. Finalmente, en 1979, las reformas económicas de Deng Xiaoping deshicieron el secular nudo gordiano que había trabado el tránsito de China a la modernidad.

Es la historia reciente de China contada para los niños: literalmente. Los libros de texto de la asignatura Pensamiento y Política (similar a nuestra Educación para la Ciudadanía) que se estudia en el bachillerato superior chino coinciden con la versión de Bregolat punto por puntoEdward Vickers, «Selling Socialism with Chinese Characteristics: “Thought and Politics” and the Legitimation of China’s Developmental Strategy», International Journal of Educational Development, núm. 29 (2009), pp. 523-531.. La anterior historia maoísta en la que se habían formado millones de estudiantes insistía en la primacía de la lucha de clases, pero desde los años noventa se ha dado paso a otra que afianza la naturaleza patriótica y nacionalista de la Nueva China. El Partido Comunista de China se apropia así de un pasado nacional al que previamente había atacado por reaccionario y feudal, y reverdece como el auténtico defensor de la herencia cultural, de la tradición colectiva y de la nación.

Es una historiografía de escaso recorrido. De ser cierta su premisa, ¿cómo explicar las diferencias irreductibles entre los reformistas de los Cien Días, los boxers, los miembros del Movimiento del 4 de mayo y, en especial, la guerra civil entre el Partido Comunista Chino y el KuomintangLos Cien Días es el nombre de un brevísimo período de reformas (11 de junio a 21 de septiembre de 1898) rápidamente abortado por un golpe de Estado interno propiciado por Ci Xi, la emperatriz consorte. Acabar con las injerencias de las potencias occidentales y de Japón fue el objetivo central de la revuelta de los boxers en 1900. El movimiento del 4 de mayo (1919) se inició como una protesta contra los Acuerdos de Versalles que daban a Japón el control de algunos territorios de China. El Kuomintang o Partido Nacionalista Chino, bajo el liderazgo de Chiang Kai-shek entró en guerra abierta con el Partido Comunista a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de 1949, sus partidarios se refugiaron en Taiwán (la República de China por su nombre oficial). ? Al parecer, todos ellos suspiraban por rescatar a China de la dominación extranjera. ¿Cómo entender las incesantes purgas desencadenadas por Mao Zedong si tanto él como sus víctimas defendían por igual a su patria? Ciertamente, no es un prurito de integridad historiográfica profesional lo que anima a los defensores de esta nueva historia china, sino una maniobra estratégica. Si Deng desbrozó el camino para incorporar a China a la modernidad, su legitimidad y la del Partido Comunista para liderar su curso ulterior quedan fuera de toda duda. Es otra adaptación oportunista de la historiografía progresista que juzga los acontecimientos históricos por sus resultados, pero Bregolat no le hace ascos.

De ahí su juicio sobre Tiananmén en 1989Entre los meses de abril y junio de 1989, la plaza de Tiananmén, en el centro de Pekín, fue el escenario de un movimiento favorable a las reformas democráticas. En su momento culminante, en la plaza permanecían un millón de ocupantes, mientras que las protestas se extendían a otras cuatrocientas ciudades. Al tiempo, una mayoría del Comité Permanente del Partido Comunista de China decidió declarar la ley marcial y usar la fuerza para terminar con el movimiento. La represión causó un número aún indeterminado de víctimas y fue seguida de una oleada de detenciones y condenas de cárcel.. Que Deng fue el verdugo del movimiento democrático es un hecho sobre el que no existen mayores disputas. Pero, para Bregolat, Tiananmén fue también el momento decisivo para asentar definitivamente las reformas económicas. Poniéndose en el lugar de Deng, explica, la ocupación de Tiananmén era un movimiento contrarrevolucionario que hubiera debilitado fatalmente al Partido-Estado, «impidiendo un proceso de desarrollo económico exitoso y ordenado» (p. 148). Con ese flanco cubierto por la masacre del 4 de junio, el sagaz dirigente podía ya hacer frente al ala dura del Partido Comunista, que pretendía volver al maoísmo. Sonaba la hora de una política reformista exitosa y ordenada que, lejos de debilitar al Partido Comunista, le serviría para agrandar su legitimidad. La evolución posterior de China demostraría que Deng tenía la cabeza en su sitio.

¿Qué decir, pues, de los que se habían quedado sin ella? «Una democracia liberal en 1989 habría resultado, como Deng creía, imposible» (p. 148). Y ese epitafio realista lo adorna Bregolat con un estrambote sociológico: los demócratas de Tiananmén reflejaban el descontento urbano por una pasajera caída de su poder adquisitivo respecto de las rentas agrarias, y precisamente por esa razón su movimiento no encontró el eco que hubiera necesitado entre la población campesina. En suma, Tiananmén fue un incidente embarazoso y condenado al fracaso.

Con la misma lógica que le sirve para trenzar ese cesto, hace Bregolat un ciento. ¿Derechos humanos? «Es una larga marcha que requerirá décadas. Si algún día el gobierno, la administración y el partido se someten a la ley, con tribunales independientes, ello será no menos importante para China que la reforma económica, y se habrá dado un paso decisivo hacia la democracia, haya o no elecciones libres» (p. 178). ¿Llegará alguna vez ese día?

Poco antes, hablando del progreso económico de Hong Kong, Bregolat lo atribuía con razón a que Gran Bretaña había impuesto en la colonia el imperio de la ley (p. 153), pero eso no le retraía de unir su voz a la del Gobierno chino para criticar que a Gran Bretaña no le hubiese preocupado la falta de democracia en la colonia hasta que llegó el momento de traspasar su soberanía a China (p. 151).

¿Conoce alguien a Liu Xiaobo, el premio Nobel de la Paz en 2010, en presidio desde 2009 como coautor de la Carta 2008 en defensa de la democracia? Bregolat, al parecer, no. Su nombre no aparece una sola vez en las 396 páginas del libro. Hay, sí, referencias abstractas a la política de derechos humanos –nunca descrita como represiva– del Gobierno chino, pero ni un solo ejemplo de quienes la han sufrido. Tal vez no los haya. Al cabo, los medios oficiales chinos no suelen dar razón de ellos.

A veces, la necesidad se impone, especialmente si se trata de alguna causa que ha impresionado a la opinión internacional, por ejemplo Tíbet, pero nada aparta al realista de su coincidencia con el Gobierno chino: «La independencia del Tíbet es imposible, ya que ni China la consentiría en modo alguno, ni los tibetanos tienen fuerza para imponerla, ni otros países acudirían en su ayuda» (p. 171). A esa imposibilidad de hecho se añade el poso de la historia. Pekín considera a Tíbet parte integrante de China desde la conquista mongola del siglo XIII, aunque la parte tibetana lo niegue. En cualquier caso, Mao invadió el Tíbet en 1951 y el Dalai Lama (Bregolat utiliza las minúsculas para escribir el título) «alcanzó un acuerdo con Mao, sin oponerse a la soberanía china» (p. 170). Luego vendrían las disputas y la marcha del lama al exilio. La historia, en fin, no siempre tiene el resultado que desearíamos. ¿Alguna solución? Mientras no coincida con la del Gobierno chino, mucha tila y un buen mazo de cartas que barajar. La misma receta es de aplicación para Hong Kong, para Taiwán, para el mar del Sur de la China, para África, para lo que se tercie.

A uno le gustaría pensar que Bregolat se veía influido en estos escritos por la relativa incomodidad de su posición. Un exembajador en China que podía volver a serlo –y lo fue– no goza de la misma libertad que un escritor sin afiliación diplomática y tiene que cuidar lo que dice. Más aún: un buen profesional necesita estar atento no sólo al Gobierno ante el que está acreditado, sino también a la opinión dominante entre sus colegas de la crema burocrática global (ONU, Banco Mundial, FMI, OCDE, Unión Europea e così via), tan aficionados a ver los árboles antes que el bosque. Tal vez cuando Bregolat recobrase su libertad tras la jubilación…

Pues no. En el discurso de aceptación de su doctorado honoris causa, cuando ya estaba a solas con su conciencia, Bregolat doblaba la apuesta. Tras la implosión de la Unión Soviética, sostenía, Occidente consideró probado que no podía haber modernización sin economía de mercado y sin democracia liberal: «Sin embargo, el éxito arrollador de la “política de reforma económica y apertura al exterior” lanzada por Deng Xiaoping en 1978 demostró que esa superioridad no era un espejismo. China proclamó que el mercado no es exclusivo del capitalismo, sino parte del acervo de la cultura universal, y que cabe también en el socialismo […]. China ha mantenido la dictadura del proletariado, de modo que sin libertades ni democracia, tal como existen en Occidente, ha conseguido protagonizar el proceso de desarrollo económico más espectacular de la historia universal. Socialismo ya no es igual a miseria» (p. 387). Bregolat se embala: «Las antiguas certezas sobre la superioridad de los modelos occidentales han desaparecido […]. La legitimidad de origen es opinable: según los demócratas, la dan las urnas. China entiende que la da una revolución que le permitió sacudirse el yugo extranjero y hacerle cambiar el sistema económico y social. Pero la legitimidad de ejercicio es objetivable, depende de los resultados. Es cierto que en China el ciudadano carece de las libertades propias de una democracia liberal, pero el enorme incremento del nivel de vida es inapelable» (p. 390). Y concluye: «si hoy se celebrara una elección democrática en China no me cabe duda de que el Partido Comunista la ganaría, gracias a la fuerte legitimidad que le da el desarrollo económico del último tercio de siglo» (p. 394).

Creo haber oído cosas semejantes en España cuando yo era joven, pero tal vez la memoria me traicione. La edad. Lo que sí tengo a mano es una sencilla pregunta de Simon Leys allá por 2010, cuando Liu Xiaobo no pudo asistir a la ceremonia en que le habrían entregado su Nobel: «Los líderes chinos seguramente se hacen una idea muy cabal de su propio poder. Si es así, ¿por qué temen tanto a un poeta y ensayista frágil y carente de poder, encerrado en una cárcel, privado de todo contacto humano? ¿Por qué la mera imagen de esa silla vacante al otro lado del continente euroasiático les provoca semejante pánico?».

Bregolat es efectivamente un realista… mágico. Más que en Pekín, yo diría que presentó credenciales en Macondo.

Julio Aramberri es profesor visitante en DUFE (Dongbei University of Finance & Economics) en Dalian (China).

12/10/2015

 
COMENTARIOS

Julio Carabaña 20/04/16 15:37
Una más de esas reseñas bien escritas de un libro bien leído que se recuerdan todavía cuando se han olvidado. Y que deja una gran pregunta en el aire: ¿En cuánto reduciría el crecimiento económico el respeto a los derechos humanos? ¿Y el respeto a los derechos ciudadanos?. ¿Y el pluralismo político?

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